Particularismos en la liturgia: de fondo, un problema eclesiológico

Cathopic - Consagración

La Iglesia es la Esposa del Señor; con gusto la contemplaba así san Ignacio de Antioquía, y la definió: “católica” (Ad Esm. VIII,2), y con tan hermosa expresión la denominaron con frecuencia los Padres: “la Católica”.

Integra en su catolicidad lo particular, la diversidad; es riqueza que se une y genera comunión, evitando disgregar, romper, exaltar lo peculiar y diferente como necesidad de autoidentificación, de distinguirse ante los demás católicos o ante el resto de la Iglesia Católica.

La exaltación de lo particular crea enfrentamientos y reinos de taifas cuando se eleva por encima de la unidad y de lo común, despreciando al conjunto, a la totalidad. Crea una peculiar superioridad de unos sobre los demás, de la parte sobre el todo. Sin embargo, lo propio del cristianismo, lo propio de pertenecer a la Católica, es entrar en la totalidad, integrarnos humildemente en el Cuerpo, sentirnos agradecidos de las dimensiones de la Católica Iglesia.

Escribía Ratzinger:

“Ser cristiano, si se entiende bien, incluye siempre una cierta trascendencia de la propia situación, de la propia nacionalidad, del propio idioma, de la propia posición (y no una rigidez sagrada): establece una realidad que solo alcanza su plenitud en la convergencia hacia la totalidad”[1].

Esta convergencia a la totalidad, este espíritu católico, que siempre es integrador, corrija la deriva y la acentuación exacerbada de los particularismos, la idealización y absolutización de “la” comunidad concreta frente a la catolicidad integradora. ¡Cuánto bien haría leer, por ejemplo, de Balthasar “Católico”, o de De Lubac “Catolicismo. Aspectos sociales del dogma”!

Todo esto, que son apuntes netamente eclesiológicos, tiene su correspondencia con la liturgia (ésta es inseparable de la eclesiología y de la vida eclesial, es su “epifanía”: Juan Pablo II, VQA, n. 9). Hay difundida por todas partes la necesidad de diferenciarse cada cual en la liturgia, cada cual adoptar y crear un estilo propio, un modo de celebrar, unos cantos diferenciadores, una estética diferente, alguna intervención para hacerse visible, etc…, fortaleciendo la propia identidad frente a los demás, marcando distancias.

Ya resulta difícil celebrar la liturgia como una casa común a la que poder acceder en cualquier parte del mundo cualquier hijo de la Iglesia: acceder, reconocer, sentirse cómodo e identificado y no extraño y marginado de unos ritos que parecen privados en vez de eclesiales; entrar en cualquier iglesia y poder reconocer como suya aquella liturgia porque es la misma en todo el orbe católico.

La liturgia pasa de ser el rito solemne y espiritual de toda la Iglesia, al cual me puedo incorporar en cualquier parte del mundo, en cualquier catedral o parroquia, a ser un elemento en el que volcar cada cual su forma, recreándolo, como una seña de identidad. ¡En cada sitio se celebra de forma distinta! El capricho de cada cual, la creatividad de aquel otro, la sensibilidad del Movimiento cuál, etc., crean un estilo y una forma de liturgia en la que uno no reconoce la liturgia de la Iglesia y puede participar tal cual, sino que con dificultad asiste a las peculiaridades que han introducido los particularismos de personas, parroquias, movimientos o comunidades. ¡Cada cual quiere sentirse “especial”! ¿Todos tienen que añadir algo, hacer algo o decir algo para señalar su propia identidad como grupo?

Si san Francisco de Asís proponía vivir el Evangelio “sine glossa”, radicalmente y sin artificios, al pie de la letra, tal vez nos ayudaría a vivir la Catolicidad de la Iglesia si tomáramos los libros litúrgicos para realizarlos “sine glossa”, sin los añadidos o cambios de los distintos particularismos, sin querer destacarnos o singularizarnos por algo. Y recordemos lo que dijo el Vaticano II:

“nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia” (SC 22, 3).



[1] RATZINGER, J., “Los fundamentos antropológicos del amor fraterno”, en OC VIII/1, p. 75.

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