Moniciones a las lecturas y la opinión de Farnés (bastante restrictiva, por cierto)

monicionLas moniciones son breves alocuciones, explicaciones muy sumarias, que ayudan a los presentes en la liturgia a situarse, vivir con atención o comprender mejor lo que se va a realizar. Estas moniciones, normalmente sacerdotales o diaconales, servían para ir dirigiendo a la asamblea: “Antes de participar en los sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados”, “Oremos”, “Orad, hermanos, para que este sacrificio”, “Levantemos el corazón”, “Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir”, “Daos fraternalmente la paz”, “Inclinaos para recibir la bendición”, etc. En la tradición eclesial, eso son moniciones: claras, breves, orientadoras; “expresarlo en pocas palabras” (IGMR 31) es el sentido de estas moniciones o su adaptación por el sacerdote.

   De ahí se pasó a permitir que el sacerdote, el diácono u otro hicieran una breve introducción a la Misa del día: “le está permitido introducir a los fieles, con brevísimas palabras, a la Misa del día, después del saludo inicial y antes del rito penitencial” (IGRM 31).

   También puede hacerlo el sacerdote antes de la Liturgia de la Palabra:

(“el sacerdote puede presentar a los fieles, con una brevísima intervención, la Liturgia de la Palabra” (IGMR 128);

“Corresponde al presidente introducir, de vez en cuando, a los fieles mediante unas  moniciones,  en  la  liturgia  de  la  palabra,  antes  de  la  proclamación  de  las lecturas. Estas moniciones podrán ser de gran ayuda para que la asamblea reunida escuche mejor la Palabra de Dios, ya que promueven el hábito de la fe y de la buena voluntad.  Esta  función  puede  ejercerla  por  medio  de  otros,  por  ejemplo,  del diácono o del comentador” (OLM 42).

 Recordemos por ejemplo la bellísima monición introductoria a la Liturgia de la Palabra de la Vigilia pascual, leída por quien preside (obispo o sacerdote): “Queridos hermanos: Con el pregón solemne de la Pascua, hemos entrado ya en la noche santa de la resurrección del Señor. Escuchemos, en silencio meditativo…”

  El sacerdote, asimismo, puede realizar una brevísima monición introductoria antes del Prefacio, pero nunca en el interior de la Plegaria eucarística (IGMR 31).

   Esas moniciones a la liturgia de la Palabra son una novedad con el actual Misal Romano de 1970, algo inédito en la tradición litúrgica de la Iglesia.

  Quien realiza estas moniciones, debe tenerlas bien preparadas, ser escueto, y no leerlas desde el ambón, sino desde otro sitio oportuno, un micrófono o atril auxiliar:

“El comentarista, a quien corresponde, según las circunstancias, proponer a los fieles breves explicaciones y moniciones para introducirlos en la celebración y para disponerlos a entenderla mejor. Conviene que las moniciones del comentador estén exactamente preparadas y con perspicua sobriedad. En el ejercicio de su ministerio, el comentarista permanece de pie en un lugar adecuado frente a los fieles, pero no en el ambón” (IGMR 105 b).

     En ocasiones, y no como algo habitual, unas breves moniciones pueden ayudar a la escucha de las lecturas de la Palabra de Dios:

“Si las circunstancias lo aconsejan, se puede pensar en unas breves moniciones que ayuden a los fieles a una mejor disposición” (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, n. 45).

Breves y claras, por escrito para evitar la locuacidad y que parezca una pequeña homilía (y, por favor, que nadie argumente que esas moniciones son inspiradas o casi dictadas por el Espíritu Santo en aparente arrebato místico):

“Antes de las lecturas, especialmente antes de la primera, pueden hacerse unas breves  y  apropiadas  moniciones.  Hay  que  atender  con  mucho  cuidado  al  género literario de estas moniciones. Deben ser sencillas, fieles al texto, breves, preparadas minuciosamente y adaptadas al matiz propio del texto al que deben introducir” (OLM 15).

   Es necesaria mayor moderación en estas moniciones, mayor discreción en su uso, recurriendo a ellas en pocas ocasiones y cuando se vea que es imprescindible para situarse ante ciertas lecturas más difíciles o en ciertas celebraciones más solemnes y extraordinarias (como la Vigilia de Pentecostés, por ejemplo). Pero su abuso convierte a las moniciones en algo innecesario, repetitivo, que fatiga en vez de disponer a la escucha interior, cuando por obligación hay que tener moniciones en cada Eucaristía a cada lectura.

   Dicho lo cual, con argumentos de razón (razonables) y argumentos de autoridad (el Misal y su Leccionario), traigo a colación lo que hace años escribiera P. Farnés (para algunos el único liturgista de referencia):

“Entre los formularios usados en las celebraciones (lecturas, plegarias, cantos, etc.) hay que enumerar, sin duda alguna, las moniciones. Estas constituyen un género distinto con sus características muy propias, que es preciso respetar y no confundir con los demás tipos de textos litúrgicos.

 Antes del Movimiento litúrgico las moniciones pasaban casi desapercibidas. Incluso es posible que muchos crean que se originaron precisamente a raíz de este Movimiento, cuando se quiso dar a los fieles aquel acercamiento a la liturgia que no habían tenido los cristianos de tiempos anteriores. Aunque esto no sea del todo exacto –las moniciones existieron en la liturgia desde antiguo, por supuesto mucho antes del Movimiento litúrgico- lo que sí es innegable es que sólo al iniciarse dicho Movimiento cobraron todo el relieve que tuvieron más tarde y que conservan en nuestros días.

En los primeros tiempos del Movimiento litúrgico las moniciones fueron incluso casi el único lazo de unión entre la liturgia y la asamblea. Luego adquirieron un tal prestigio –una celebración era tenida, y a veces se tiene aún, por “litúrgica” y participada cuando en ella hay moniciones en abundancia- que llegaron a prodigarse de manera probablemente excesiva, perdiendo incluso, al menos algunas veces, su misma identidad propia. Cuando llegó la restauración litúrgica y el pueblo recobró su participación inteligente en los ritos (sobre todo con el uso de la lengua popular), las moniciones habían adquirido un tal derecho de ciudadanía en la liturgia que entonces resultaba ya impensable prescindir de ellas; por otra parte los nuevos libros litúrgicos hacen frecuente alusión a las mismas”[1].

 Continúa explicando cómo nacieron y qué uso tuvieron esas moniciones a las lecturas bíblicas en su momento histórico:monicionando

 “Si es verdad que las moniciones litúrgicas estuvieron ya en uso en las antiguas liturgias, no es menos cierto que en la antigüedad estas moniciones se polarizaron sobre todo en torno a las oraciones. Con referencia a las moniciones para las lecturas bíblicas, en cambio, nada o casi nada encontramos en la antigüedad.

 Ambientar la proclamación de la Palabra con una monición es, pues, una verdadera novedad de nuestro tiempo. El origen de este nuevo género de monición hay que buscarlo en los primeros tiempos del Movimiento Litúrgico (bastante antes, por tanto, de la moderna reforma litúrgica); el motivo que dio nacimiento a estos nuevos formularios fue el deseo de encontrar un paliativo ante las lecturas proclamadas en una lengua incomprensible para la asamblea. Al “crear” por tanto estas nuevas moniciones, se perseguía el mismo fin que indujo ya a restaurar las antiguas moniciones para las plegarias: con unas y otras se intentó ayudar al pueblo a una participación más inteligente en la liturgia. Pero, a pesar de que la finalidad fue común, la raíz histórica de ambos tipos de formularios era distinta: las moniciones para antes de las plegarias era una restauración; las moniciones previas a las lecturas eran, en cambio, una verdadera creación nueva.

 Subrayar este origen diverso puede parecer una simple nota de erudición histórica; pero en realidad tiene su importancia práctica en vistas a proyectar mejor las moniciones para nuestra liturgia. Porque, si en el ámbito de las moniciones para las plegarias cabe el recurso a los antiguos usos, en el ámbito de las moniciones a las lecturas, por el contrario, no cabe ni el recurso a la historia litúrgica (en la antigüedad no existieron tales moniciones para las lecturas), ni a los primeros tiempos del Movimiento Litúrgico (las moniciones de aquellos años se proyectaron como ayuda de emergencia ante unas lecturas proclamadas en latín).

 Al presentar de una manera general las moniciones litúrgicas aludimos ya a la distinta naturaleza que deben tener unas moniciones proyectadas para la celebración en latín y las preparadas ahora para la celebración en lengua del pueblo. Las primeras tenían como finalidad ofrecer un resumen de lo que luego el ministro –celebrante o lector- diría en aquel latín que el pueblo no comprendía; las actuales, en cambio, deben perseguir el logro de una mayor vivencia personal de las lecturas que hoy, por lo menos en su tenor material, el pueblo ya comprende por su sola proclamación.

 Esta distinción resulta más fundamental aún cuando se trata de moniciones para antes de las lecturas que en el caso de las oraciones. Las lecturas, en efecto, por su propia naturaleza, hablan a la mente, exponen determinados conceptos, “revelan” un contenido; en cierta manera las lecturas están llamadas a “adoctrinar” (cosa que, de por sí, no hacen las plegarias); por ello resulta de suma importancia evitar en el binomio “monición-lectura” toda repetición de conceptos.

 Cuando la Palabra se proclamaba en latín podía resultar interesante una presentación-resumen del mensaje de la perícopa en la lengua del pueblo. Pero ahora que el pueblo entiende el tenor de las lecturas, este resumen previo es inútil e incluso puede representar una fastidiosa repetición que, en lugar de “servir” a una mayor vivencia de la Palabra, en el fondo desvirtúe el interés por su proclamación, pues al proclamar la lectura la asamblea conoce ya previamente el contenido de lo que la perícopa va a anunciar.

 Si, pues, la asamblea, por una parte entiende ya el texto bíblico y, por otra, las aplicaciones del mismo a la propia vida reencuentran su lugar propio tradicional en la homilía, la monición no debe ser ni explicativa de la lectura que va a seguir (este contenido lo presentará la misma lectura) ni aplicación moralizante del texto a la propia vida (este aspecto en todo caso es propio de la homilía). Las eventuales moniciones deben, por tanto seguir otros derroteros, que ayuden simplemente a vivir, a contemplar y a gozar con mayor intensidad – no a exponer – lo que anunciará el texto inspirado”[2].

    Esa eventualidad –es decir, alguna vez, si es necesario, no siempre y por obligación- la expresa más adelante el mismo P. Farnés:

 “Distinguir el caso de cuándo conviene hacer una monición previa a la lectura bíblica y cuándo es mejor omitirla es un primer punto importante y no siempre bien logrado. La costumbre de hacer una monición a cada una de las lecturas en las misas festivas es aún la práctica más habitual, quizá porque está demasiado presente aún en el subconsciente de los responsables de la celebración aquella época en que las lecturas eran leídas en latín y todas por el mismo actor, el que presidía o “decía la misa”, como se estilaba decir entonces.

 El primer principio que debe orientar el uso de estas moniciones es dejar de considerarlas como parte del mismo esquema celebrativo. La monición no está llamada a usarse siempre. La monición –al contrario de lo que acontece con la lectura misma o con los textos eucológicos- no es un elemento constitutivo de la celebración sino únicamente subsidio a la misma. La monición a las lecturas, dice acertadamente el Proemio al Leccionario, “puede introducir de vez en cuando a los fieles en la liturgia de la Palabra, antes de la proclamación de las lecturas”.

 Un primer principio importante es pues, no crear el hábito –ni en vistas a las celebraciones feriales ni siquiera en vistas a las de los domingos- de que toda lectura debe ir precedida de una monición”[3].

Con estos criterios tan claros…, ¿no deberíamos revisar esa praxis de moniciones siempre en cada Eucaristía a cada lectura? ¿No deberíamos recortar tanto recargamiento para alcanzar lo que el Vaticano II quería: “noble sencillez … no deben tener necesidad de muchas explicaciones” (SC 34)?



[1] FARNÉS, P., Pastoral de la Eucaristía, Dossiers CPL 49, Barcelona 1991, p. 26.

[2] Id., pp. 36-37.

[3] Id., pp. 46-47.

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