18.07.18

La Escuela Católica: comunión de amor

Introducción

Este artículo no es una descripción de todos los colegios concertados ni de todos los colegios católcios. Ni siquiera es una descripción de mi colegio. Tampoco pretende ser un ejercicio vanidoso de autobombo para elogiarme a mí mismo: a mí me falta mucho para ser un maestro o un director santo.

No obstante, mi reflexión parte de mi propio ejercicio de la labor como profesor y director de un colegio católico. Y desde ahí, este artículo pretende ofrecer una aportación personal en positivo sobre cómo considero yo que debería ser un colegio católico: en negativo he escrito ya muchos criticando la deriva de muchos colegios que se denominan católicos y distan mucho de serlo (desde mi punto de vista).


Siempre se dice que cada escuela conforma una “comunidad educativa” en la que intervienen los profesores, el personal no docente, los padres y los alumnos. Incluso la regulación administrativa determina que esta comunidad educativa tenga su órgano de representación en los consejos escolares. En el caso de los consejos escolares de los centros privados concertados, hay que añadir a la entidad titular del centro.

Si toda escuela es una comunidad educativa, una escuela católica tiene que ser una comunión de amor: una unión de hijos de Dios en la verdad y en la caridad. “La Iglesia ve en el hombre, en cada hombre, la imagen viva de Dios mismo” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 105): este es el punto crucial que debería marcar la diferencia entre una escuela laica y una escuela verdaderamente católica. El hecho diferencial de una escuela católica no es la disciplina ni el bilingüismo ni la excelencia académica: es el amor. Y la única norma que se debe establecer de modo inflexible e incuestionable en ella es la caridad, entendiendo por caridad el modo de amar de Dios: un amor incondicional, un amor que no espera nada a cambio, un amor que perdona siempre; un amor que es servicio, donación de uno mismo; un amor que no se limita a los amigos o a quienes nos caen bien o a quienes piensan como uno, sino que es un amor universal que tiene que incluir también a los enemigos, a los que me caen mal o a quienes piensan de manera radicalmente distinta de mí. La caridad es el amor de un Padre bueno que siempre está dispuesto a abrazar a sus hijos, a perdonarlos y a salvarlos. La caridad es el amor de Cristo en la cruz: un amor tan grande por cada uno de nosotros que llegó a derramar su preciosísima sangre y a entregar su propia vida para salvarnos a nosotros. La caridad es el amor que tan bellamente canta y describe San Pablo en la Primera Carta a los Corintios:

Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, sería como el bronce que resuena o un golpear de platillos.

Y aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, no sería nada.

Y aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo caridad, de nada me aprovecharía.

La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

(Lo de aguantarlo todo y soportarlo todo viene muy a cuento hablando de una escuela…)

Parafraseando a San Pablo: aunque tuviera los mejores profesores y las mejores instalaciones, si una escuela católica no está regida profunda y entrañablemente por la caridad, no valdrá para nada. Y, por descontado, no sería católica.

En una escuela católica debemos ver en cada persona que forma parte de su “comunidad educativa” a alguien tan precioso y con una dignidad hasta tal punto valiosa, que mereció que Cristo muriera por él en la cruz. Casi nada…

Y el primero que debe marcar el norte de la escuela católica es su director. Y ese norte no puede ser otro que Dios. Porque viviremos esa comunión de amor en la medida en que cada uno de nosotros vivamos en comunión con el Señor. El director de una escuela católica debería ser experto en caridad porque la única manera de llevar a todos a Dios es el amor. No se trata – como dice el Papa – de hacer proselitismo, lanzándoles a todos a la cabeza el Catecismo; ni mucho menos de juzgar o condenar a las personas por su conducta, sus pecados o por su manera de vivir (quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra). Sin renunciar ni ocultar la Verdad, la única manera de evangelizar pasa por amar a todos siempre, porque el lenguaje del amor supera cualquier barrera y lo entiende todo el mundo. Todo el mundo comprende el significado de un beso o de un abrazo; o de una palabra de consuelo o de aliento; o de una sonrisa. Es la santidad la que atrae y la que puede llevar a las personas a Cristo. Porque “la salvación que Dios ofrece a sus hijos requiere su libre respuesta y adhesión. En eso consiste la fe, por la cual «el hombre se entrega entera y libremente a Dios», respondiendo al Amor precedente y sobreabundante de Dios (cf. 1 Jn 4,10) con el amor concreto a los hermanos y con firme esperanza, «pues fiel es el autor de la Promesa» (Hb 10,23)” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 39). La fe no se impone; se propone. Y se transmite con la palabra, pero mejor aún con el testimonio de una vida de entrega, de amor y de servicio desinteresado. Nada hay más rentable que la santidad en la economía de Dios. Y no hay nada más perjudicial que nuestra incoherencia entre la fe que profesamos y la vida que llevamos; entre nuestras palabras y nuestras obras.

El trabajo del director de una escuela católica empieza de rodillas ante el Santísimo. El director debe, antes que nada, ponerse en manos de Dios y pedir cada día delante del Sagrario la gracia que necesita para cargar con su cruz. Y debe pedir por cada uno de sus profesores todos los días antes de empezar el día: pedir al Señor por las necesidades de cada uno de ellos; y pedir también que les aumente la fe y les haga santos para que puedan desempeñar adecuadamente su labor con los niños. Muchas veces los directores estamos tan atareados que no tenemos tiempo para lo más importante: para rezar. Orar también es amar: es caridad. El director debe rezar por todos: por las familias, especialmente por quienes están pasando por dificultades; y por todos los niños que el Señor le encomienda: especialmente también por quienes más necesidades tienen. El director de una escuela católica debe conocer a cada uno de sus alumnos y a sus familias. Y debe interesarse por ellos, escucharles y ayudarles en sus necesidades. El director no puede estar encerrado en un despacho: debe dejarse ver y estar accesible a las familias. No debe estar recluido en una inexpugnable torre de marfil, custodiado por un secretario que gestiona su agenda de reuniones. Hablar con el director tiene que ser fácil para cualquier familia que lo necesite.

Lo primero que suprimiría de las instituciones educativas católicas, si estuviera en mi mano, sería el concepto de “recursos humanos”. Los profesores y el personal no docente de un colegio no son meros recursos: son personas, creadas por Dios a su imagen y semejanza; hijos de Dios por el bautismo. Y cada persona vive su propias circunstancias: tiene su familia, sus preocupaciones, sus enfermedades, sus heridas, sus alegrías, sus virtudes, sus limitaciones… Pero en cualquier caso, todas las personas son fines en sí mismas: no medios para alcanzar un fin, por muy bueno que sea ese fin. Y el director tiene que amar entrañablemente a cada persona que forma parte de su equipo. El director tiene que propiciar que el claustro y el persona de administración y servicios conformen una comunión de amor. Y la caridad va mucho más allá de lo estipulado en los convenios colectivos o en la normativa laboral (sin dejar de cumplir con todo ello, debe ir más allá). A los profesores no hay que utilizarlos: hay que amarlos como Dios los ama. Y hay que preocuparse por ellos, escucharlos, consolarlos, animarlos, felicitarlos, valorarlos. A veces también hay que corregirlos: porque el pecado nos afecta a todos y muchas veces todos metemos la pata. Pero a un profesor no hay que exprimirlo para obtener de él la máxima productividad y la mayor rentabilidad (no son medios: son fines en sí mismos). Desde mi punto de vista, el director debe querer a sus profesores y debe procurar en la medida de lo posible que sean felices en su labor educativa y que puedan dar lo mejor de sí mismos en beneficio de los niños. La mejor “gestión de personal” consiste en vivir cada día la caridad. Y ¿un profesor que va contento a trabajar, que se siente valorado y querido, no trabajará más y mejor?

Una escuela católica debe ser rentable y sostenible económicamente. Y esa también es responsabilidad de la dirección de los colegios. Para lograr esa viabilidad, debemos colaborar tanto los padres como los profesores. Porque las instalaciones no se arreglan con buenas intenciones y los recursos materiales que hacen falta en el colegio hay que pagarlos. Las subvenciones de las administraciones públicas no llegan a cubrir las necesidades de un colegio concertado, como está más que demostrado. Pero el factor económico tampoco es un fin en sí mismo, sino un medio necesario e imprescindible para que la escuela católica pueda cumplir su misión, su fin último: procurar la salvación de las almas, por la gracia de Dios, de cuantos participan en la vida del colegio. Y eso pasa también por la caridad: ningún niño debe ser discriminado de ninguna manera por un problema económico. Y si una familia está pasando por apuros o sufriendo la lacra del paro, ¿cómo no vamos a ayudarlos si los queremos? ¿Cómo voy a mirar para otro lado? ¿Puedo decir “ese no es mi problema” o “que se las apañen como puedan”? Si no ayudamos a quien sufre, nuestro amor sería pura palabrería vacía. Pero las familias deben ser conscientes al mismo tiempo de que deben colaborar responsablemente en el sostenimiento de su colegio: no por “obligación” (los colegios concertados tenemos prohibido cobrar cuotas), sino por caridad: por amor a sus propios hijos. Porque lo que aporten al colegio siempre irá a mejorar el servicio que se preste a sus propios hijos. Esto también es “comunión de amor”.

La familia es el primer ámbito educativo y el más importante porque los padres queremos a nuestros hijos tal y como son: sin condiciones, con sus virtudes y sus defectos. A los padres no nos importa que nuestros hijos sean más guapos o más feos, más listos o más torpes; y si uno de nuestros hijos sufre alguna enfermedad o alguna discapacidad, lo queremos más aún si cabe y nos sacrificamos más todavía por ellos. Por eso es tan importante defender a la familia de las instituciones regidas por el Pensamiento Único que trabajan infatigablemente por destruirla y por usurpar a los padres el derecho a educar a sus hijos conforme a sus propias convicciones.

Un colegio católico debe ser una escuela de santidad. Nuestro negocio consiste en ganar almas para el Cielo. Los profesores debemos ser santos y vivir en gracia de Dios para que podamos ser dignos instrumentos del Espíritu Santo. Los niños se merecen maestros santos porque solo los santos pueden enseñar a los niños lo realmente importante: que Dios los quiere a cada uno de ellos, con su nombre y apellidos; que cada uno de ellos son únicos e irremplazables. Los niños deben sentirse en el Colegio tan queridos como en sus casas. Y si corregimos, corrijamos con amor, buscando siempre el mayor bien para los niños. Los maestros debemos amar a los niños con un amor, si no igual, sí semejante al que sus padres y sus madres sienten por ellos. Sin amor no hay educación posible. Una escuela con meros “trabajadores” de la enseñanza, únicamente preocupados por cumplir un horario y cobrar a fin de mes, sería una mierda. Primero amemos a los niños, conozcamos los talentos que Dios les ha dado y ayudémosles a desarrollarlos. Y enseñémosles con la palabra y, sobre todo con nuestro buen ejemplo, el valor de la santidad, que es mucho más que ser “buenas personas”. Así también ellos querrán aspirar a ser santos como sus maestros. Y si los niños vienen heridos (las separaciones y los divorcios traumáticos están a la orden del día) o maltratados a la escuela, curémoslos dándoles todavía más amor si cabe durante las horas que están en el Colegio. Y, sobre todo, recemos por ellos. Los maestros debemos rezar a diario por nuestros alumnos y por sus familias. A donde yo no llego, llega Dios. Creamos en la fuerza y en el poder de la oración. Todos los maestros católicos deberíamos empezar cada mañana delante del sagrario rezando por los niños que el Señor nos encomienda e implorando la gracia de Dios para que nos ayude en nuestra labor. Un maestro que no reza ni vive en gracia de Dios no puede ser un buen maestro en una escuela católica. Como mucho, podrá ser un buen instructor. Pero no un buen maestro a imagen del único y verdadero Maestro, que es Cristo.

Nuestras escuelas católicas deben ser espacios de comunión y de amor: escuelas centradas en Cristo, centradas en la Eucaristía, que es el sacramento de la caridad. En nuestro ámbito escolar, la fe será algo palpable si vivimos en coherencia eucarística y dejamos que el Señor transforme nuestro corazón para hacerlo semejante al suyo. Así cada uno de nosotros podrá ser un instrumento del amor de Dios y la escuela será verdaderamente un espacio de paz y de caridad donde los niños podrán crecer, madurar y aprender, sintiéndose amados y protegidos. Esa debe ser nuestra aportación a la construcción de la civilización del amor, que tanta falta nos hace en medio de este mundo cada día más cruel e inhumano.

Que la Santísima Virgen María, Madre y Maestra, interceda por todos nosotros para que Dios nos conceda la gracia de amar y a enseñar a nuestros alumnos con la misma ternura y la misma capacidad de sacrificio con que ella amó y cuidó a Nuestro Señor Jesucristo. Ella, la llena de gracia, nos enseña el camino de la santidad: que nosotros también nos dejemos llenar de gracia. Porque el que da sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, temor de Dios, fortaleza y piedad es el Espíritu Santo. Y eso es lo que nuestros alumnos y nosotros necesitamos. Si somos siervos fieles y vivimos en gracia de Dios, podremos ser instrumentos del Espíritu Santo en la misión educativa. Si no, seremos unos pobres “des-graciados” que poco o nada podremos aportar de bueno a nuestros niños.


Post Scriptum: Cuando terminen de leer este escrito (si llegan a terminarlo), seguramente alguno podrá decir aquello de “aplícate el cuento”. Y tendrán razón quienes lo piensen. Yo no soy santo. Quiero serlo: pero obviamente no lo soy. Y no soy un director ideal ni un maestro maravillosos. Así que les ruego que recen por mí para que el Señor me vaya haciendo santo, porque Él lo puede todo: hasta llegar a convertir a un gusano miserable como yo en santo. Yo ya hace tiempo que no le pido otra cosa para mí.

16.07.18

La Batalla por la Escuela

Terminó el curso hace unos días. En el Colegio sólo quedamos el personal de limpieza y secretaría y el equipo directivo. Queda limpiar y arreglar el colegio y dejarlo todo listo para empezar en septiembre el próximo curso. Ya no hay niños bulliciosos corriendo por el patio del colegio ni profesores atareados con sus clases. Todo está tranquilo y silencioso. Dentro de unos días, el P. José Carlos vendrá a retirar al Santísimo del Sagrario de la capilla del colegio. Y entonces quedarán las cuatro paredes de un edificio sin vida. Porque mientras esté presente el Maestro, hay vida dentro de esa casa. Pero sin Él, queda la cáscara vacía. Esto no lo podrán entender quienes no tiene fe. Pero la diferencia entre que esté presente en el colegio el Señor en el Santísimo Sacramento y que no esté, resulta abismal, inmensa, inconmensurable…

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26.06.18

24.05.18

La Escuela Intranscendente del Nuevo Paradigma

Hay muchas escuelas supuestamente católicas (digo muchas, no todas) que han sido las abanderadas del modernismo o, lo que es lo mismo, de la Iglesia del Nuevo Paradigma, desde hace más de cincuenta años. Los religiosos neoparadigmáticos no dudaron en cambiar la tradición y el carisma de sus fundadores por las novedades de la modernidad. La mayoría de esas órdenes religiosas (no todas) languidecen en una muerte lenta que prolongará su decadencia y su agonía hasta que desaparezcan. Hoy en día estas órdenes religiosas tienen más jubilados que miembros activos. Es lo que pasa cuando el sarmiento se separa de la Vid Verdadera, que es Cristo: que el sarmiento se seca y no sirve ya más que para echarlo al fuego.

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10.05.18

Me sacudo el polvo de las sandalias

 

“iam necesse est audias nolis uelisne, quid colatis sordium”

 (Es necesario que oigas, quieras o no, qué clase de ignominias adoráis vosotros)

Ayer sentí que el Señor me pedía que os advirtiera una vez más, pero yo me resistí: “¿para qué? Nadie me va a hacer caso. Y si les digo que se van a condenar a las penas del Infierno si no se convierten, además, me van a tachar de fundamentalista, de ultra… Me van a desacreditar. Yo quedo mal y encima no va a servir para nada… ¿Qué van a pensar de mí? ¿Qué van a decir…?”

Así que anoche no escribí nada. Bueno sí. Escribí un título: “Me sacudo el polvo de las sandalias”.

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