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20.07.19

Martirio por la verdad

Publicado el 21 de agosto del 2009. Republicado el 20 de julio del 2019.

Leo, medito, rezo y, como de pequeño, sueño despierto. Y en el sueño a veces parecen querer deslizarse palabras del cielo que llaman a una cruzada, a la que se ha de partir no con las armas de hierro y acero, sino con las descritas en Efesios 6,13-18.

Y sin embargo, aunque el tiempo se acerca, todavía estamos en fase de preparación, de simple rumor de cascos de caballos inquietos deseosos de salir del castillo hacia la batalla. Martirio por la verdad. Ese es el destino de los nuevos cruzados.

No será un martirio de sangre, sino de desprecio, de soledad, de burla, de incomprensión, de abandono. Mas nada de eso ha de amilanar al que reza, al que estudia, al que adora, al que limpia su alma de pecado, al que aprende a vivir por y para el Señor. Jóvenes, maduros y ancianos, no hay edad para esa milicia. Todos pequeños a los ojos del Padre. Todos gigantes por la gracia de Cristo. Todos valientes por el fuego del Espíritu. Quemarán, pero no destruirán. Vencerán, pero no harán rapiña.

Ecce ego sum, mitte me.

Luis Fernando Pérez Bustamante

7.07.19

Pidamos a Dios la repulsa de nuestros pecados

Del Oficio de Lecturas de hoy en la Liturgia de las Horas:

Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás…

Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor.
San Agustín de Hipona, Sermón 19,2-3

El camino al cielo está jalonado de caídas provocadas por nuestros pecados. Caídas de las que nos levantamos por la gracia de Dios a través del sacramento de la confesión. Sacramento que empieza por el reconocimiento interno de nuestras infidelidades y que acaba en el confesionario y el cumplimiento de la penitencia que se nos imponga.

No hay cosa más peligrosa para el alma que tener en poco el pecado, especialmente si se trata del pecado mortal. Quien así obra, puede parecer que está vivo, pero en realidad es un muerto en vida.

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25.05.19

Los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos

Uno de los tesoros que ofrece la Iglesia a los fieles es la Liturgia de las horas. Y dentro de dicho tesoro es fácil encontrar perlas tan magníficas como esta cita del comentario de San Agustín al Samo 138:

Si no cesamos en nuestra buena conducta, alabaremos continuamente a Dios. Dejas de alabar a Dios cuando te apartas de la justicia y de lo que a él le place. Si nunca te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, habla tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón. Pues, del mismo modo que nuestros oídos escuchan nuestra voz, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos.

No hay nada que se escape al conocimiento del Señor. Él es quien escudriña los corazones

Él escruta el abismo y el corazón de los hombres, y penetra todos sus secretos. El Altísimo conoce toda ciencia y examina los signos de los tiempos, anunciando el pasado y el porvenir, y desvelando los rastros de las cosas ocultas.  No se le escapa ningún pensamiento, ni una sola palabra le es desconocida.
Eccle 42,18-20

Y en base a lo que sabe de nosotros y a cómo actuamos, nos juzgará:

… y sabrán todas las iglesias que yo soy el que escudriña los corazones y las entrañas y os daré a cada uno según vuestras obras. 
Ap, 2,23

No en vano Cristo nos advirtió que el pecado no solo consiste en realizar malas acciones, sino en desearlas (Mt 5,28). Por ello es altamente recomendable confesarnos no solo de lo que obramos mal sino de los desos desordenados que son la puerta hacia las malas acciones.

A su vez, los buenos deseos pueden y deben ser la antesala de las obras meritorias. De ahí que debamos implorar del Señor la gracia de que purifique nuestros pensamientos. Recordemos que la gracia actúa concediéndonos primero el deseo de obrar bien y luego el poder cumplir la voluntad de Dios. Él mismo es “quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito” (Fil 2,13).

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31.03.19

Lo que no se suele señalar de la parábola del hijo pródigo

Recordemos dos cosas que se suelen olvidar al predicar sobre la parábola del hijo pródigo (Luc 15, 1-3.11-32)::

- Que el hijo se arrepintió, volvió, pidió perdón y estuvo dispuesto a ser tratado como un siervo más.

- Que solo se arrepintió cuando se vio comiendo con los cerdos.

Es muy necesario señalar lo primero porque hoy abunda la creencia de que no hace falta arrepentirse de los pecados ya que Dios nos va a perdonar sí o sí. Ni les cuento en dónde está la idea de que cabe estar dispuesto a pagar las consecuencias de haber pecado aun a pesar de ser perdonado. Al contrario, hoy está muy extendida la idea protestante de que no es necesaria penitencia alguna tras confesarse. A elo ayudan las, en mi opinión, absurdas penitencias que proponen la inmensa mayoría de los sacerdotes. Porque ya me dirán ustedes qué tiene de penitencial rezar un padrenuestro y un avemaría.

En cuando el segundo punto, pocos reparan en el hecho de que el hijo no quiso regresar por amor a su padre, sino por sufrir las consecuencias de sus pecados. O sea, algo muy parecido a la atrición, término que hoy no solo se ignora y se ocuita sino que se desprecia.

Y antes de que misericordistas, buenistas, neocones y demás habitantes del universo oficialista me digan nada, digo: “Ya, ya sé que el perdón incondicional (*) y restaurador del padre es una parte esencial de la parábola". 

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4.11.18

Amar a Dios, amar al prójimo

Evangelio de hoy:

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos.»
El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.» Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
Luc 12,28b-34

Del evangelio de este domingo se pueden sacar muchas conclusiones ciertamente interesantes. La primera de todas es que, a pesar de su mala fama generalizada, entre el grupo de los escribas había algunos que no estaban “lejos del Reino de Dios". Es de suponer que lo mismo ocurría entre los fariseos. 

La segunda, mucho más importante, es que la clave para discernir si uno está en Dios es precisamente el amor hacia Él y hacia el prójimo. Como bien dice el apóstol San Juan “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20). De poco valen todas las ayunos y penitencias del mundo si se desprecia al vecino. 

Es por eso que el apóstol San Pablo advierte que “si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada” (1 Cor 13,1-2) y añade “en una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor” (1 Cor 13,13) (*).

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