El hombre es “capaz” de Dios

“¿Por qué late en el hombre el deseo de Dios?

Dios mismo, al crear al hombre a su propia imagen, inscribió en el corazón de éste el deseo de verlo. Aunque el hombre a menudo ignore tal deseo, Dios no cesa de atraerlo hacia Sí, para que viva y encuentre en Él aquella plenitud de verdad y felicidad a la que aspira sin descanso. En consecuencia, el hombre, por naturaleza y vocación, es un ser esencialmente religioso, capaz de entrar en comunión con Dios. Esta íntima y vital relación con Dios otorga al hombre su dignidad fundamental.”
(Catecismo de la Iglesia Católica –Compendio, n. 2).

De muchas maneras, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y comportamientos religiosos. Pero la finalidad religiosa de la existencia puede ser olvidada, desconocida y hasta rechazada por el hombre, ya sea por ignorancia o indiferencia religiosas, por los malos ejemplos de los creyentes, por la influencia de ideologías antirreligiosas, por rebeldía contra el mal en el mundo, por las tentaciones de este mundo o hasta por el miedo u odio del pecador que huye ante la llamada de Dios.

Aunque el hombre se olvide de Dios o lo rechace, Dios no deja de llamar a cada hombre para que viva y encuentre la felicidad, también a través del testimonio de otros que le enseñan a buscar a Dios. La apertura a esta llamada de Dios exige del hombre el esfuerzo de su inteligencia y la rectitud de su voluntad, para buscar sinceramente la verdad sobre Dios y para adherirse totalmente a esa verdad, una vez que la ha encontrado.

“¿Cómo se puede conocer a Dios con la sola luz de la razón?

A partir de la creación, esto es, del mundo y de la persona humana, el hombre, con la sola razón, puede con certeza conocer a Dios como origen y fin del universo y como sumo bien, verdad y belleza infinita.”
(Catecismo de la Iglesia Católica –Compendio, n. 3).

La existencia de Dios no es evidente, pero es demostrable. Las pruebas de la existencia de Dios no son iguales a las demostraciones matemáticas o las pruebas de las ciencias experimentales. Son argumentos filosóficos convincentes y convergentes, que permiten llegar a verdaderas certezas.

Las vías para conocer a Dios tienen siempre como punto de partida la Creación. Conocemos a Dios por sus obras, la causa divina por su efecto mundano. San Pablo, refiriéndose a los paganos, afirma: “Lo que de Dios se puede conocer está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad.” (Romanos 1,19-20).

Algunas vías de acceso a Dios toman como punto de partida el mundo material y otras parten de la persona humana. Estos dos enfoques son complementarios entre sí.

Las pruebas clásicas de la existencia de Dios siguen el primero de estos dos caminos: a partir del devenir, del ser, de la contingencia, de las perfecciones y del orden del mundo se puede conocer a Dios como origen, fundamento permanente y fin del universo. Éste es el enfoque seguido por Santo Tomás de Aquino en sus célebres cinco vías.

Dado que la filosofía moderna y contemporánea ha puesto generalmente a la persona humana en el centro de su reflexión, actualmente hay una tendencia a privilegiar las vías que parten del hombre. Con su apertura a la verdad y la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y su conciencia, con su aspiración al infinito y a la felicidad, el hombre se pregunta acerca de Dios y percibe signos de su alma espiritual, semilla de eternidad que lleva en sí. Esta alma, irreducible a la sola materia, no puede tener origen más que en Dios.

“¿Basta la sola luz de la razón para conocer el misterio de Dios?

Para conocer a Dios con la sola luz de la razón, el hombre encuentra muchas dificultades. Además no puede entrar por sí mismo en la intimidad del misterio divino. Por ello, Dios ha querido iluminarlo con su Revelación, no sólo acerca de las verdades que superan la comprensión humana, sino también sobre verdades religiosas y morales que, aun siendo de por sí accesibles a la razón, de esta manera pueden ser conocidas por todos sin dificultad, con firme certeza y sin mezcla de error.”
(Catecismo de la Iglesia Católica –Compendio, n. 4).

La doctrina católica afirma que la verdad de la existencia de Dios no es propiamente un artículo de fe, sino un preámbulo de la fe, que puede ser conocido por la razón natural. La fe no anula a la razón, sino que presupone el conocimiento natural de Dios y lo perfecciona. No obstante, puede suceder que un ser humano particular conozca esta verdad sólo por la fe y el conocimiento no reflejo.

El Concilio Vaticano I, en el año 1870, llegó incluso a definir como dogma de fe que la razón humana puede alcanzar el conocimiento de Dios. El último Concilio ecuménico, el Vaticano II, reafirmó esta enseñanza tradicional del Vaticano I. En estos tiempos de relativismo filosófico, moral y cultural, la Iglesia Católica es la más firme defensora de la dignidad de la razón humana. La situación no deja de ser algo irónica. En el siglo XIX los racionalistas acusaban a la Iglesia de ser la gran enemiga de la razón, un simple residuo del oscurantismo medieval, destinado a desaparecer a poco que el progreso de la ciencia siguiera desplegándose. El siglo XX, sin embargo, presenció el hundimiento de esa falsa religión del progreso y manifestó el fracaso del proyecto de la Ilustración racionalista. La gran mayoría de los descendientes espirituales de los racionalistas del siglo XIX han perdido la fe en la razón y caído en el relativismo, que es una forma moderna del antiguo escepticismo. Del error de endiosar la razón humana, haciéndole ocupar el lugar de Dios, han ido a parar al error contrario, el de rebajar a la razón humana, teniéndola por incapaz de conocer la verdad de lo real. La Iglesia, en cambio, sigue en su posición tradicional: la razón humana no es capaz de abarcarlo todo, pero tampoco es completamente impotente para conocer la verdad absoluta.

¿Qué puede conocer la razón humana? ¿Todo, nada o algo? Entre el soberbio “todo” de los racionalistas de ayer y la pesimista “nada” de los escépticos de hoy, se mantiene firme y verdadero el humilde “algo” de los católicos: la razón humana puede captar algo del infinito misterio del ser. Y este “algo” le basta.

“¿Cómo se puede hablar de Dios?

Se puede hablar de Dios a todos y con todos, partiendo de las perfecciones del hombre y las demás criaturas, las cuales son un reflejo, si bien limitado, de la infinita perfección de Dios. Sin embargo, es necesario purificar continuamente nuestro lenguaje de todo lo que tiene de fantasioso e imperfecto, sabiendo bien que nunca podrá expresar plenamente el infinito misterio de Dios.”
(Catecismo de la Iglesia Católica –Compendio, n. 5).

Algunos filósofos e incluso teólogos han caído en el grave error de pensar que Dios es un misterio tan absolutamente incomprensible para el hombre que lo más adecuado para nosotros sería no hablar de Dios o al menos no afirmar nada acerca de Él. Esto es una muy lamentable exageración de la doctrina católica que dice que no conocemos positivamente la esencia de Dios. El gran escritor católico G. K. Chesterton escribió una vez que las herejías son verdades que se han vuelto locas, perdiendo así su relación con las demás verdades. La afirmación de que no conocemos positivamente la esencia de Dios debe ser complementada por otras dos afirmaciones de la doctrina católica.

La primera es que, aunque no conocemos positivamente la esencia divina, la conocemos negativamente. O sea, aunque no sabemos perfectamente cómo es Dios, sabemos perfectamente lo que Dios no es: Dios no es material, no es limitado, no es impersonal, no es malo, etc.

La segunda es que podemos conocer la esencia divina analógicamente, a partir de sus efectos. Entre dos seres hay analogía cuando hay a la vez semejanza y desemejanza; semejanza en uno o varios sentidos y desemejanza en otro u otros sentidos. La doctrina católica sostiene que entre Dios y los seres creados por Él hay analogía, es decir semejanza y desemejanza, aunque en este caso la desemejanza es siempre mayor que la semejanza. Esta analogía nos permite alcanzar un verdadero conocimiento de Dios, aunque imperfecto.

Ilustremos esto con un ejemplo. Sabemos que Dios es bueno, pero no conocemos plenamente la forma divina de la bondad. La bondad infinita de Dios no es igual a la bondad finita de las criaturas. Sin embargo, la bondad de los seres finitos nos permite hacernos una idea de la bondad de Dios. Ésta es una bondad eminente y es la causa primera de toda la bondad de las criaturas.

De todos los seres creados del universo material, el que tiene una mayor semejanza con Dios es el ser humano. A fin de conocer a Dios por sus obras, es preciso que nos esforcemos por conocer al ser humano, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y por ello es capaz de conocer y amar a Dios.

Aun cuando no crea en Dios conscientemente, todo ser humano tiene un conocimiento implícito y no conceptual de la existencia de Dios. Todo ser humano conoce la existencia de la verdad y Dios mismo es la Verdad. Todo ser humano desea y conoce naturalmente la felicidad y Dios mismo es la felicidad del hombre. Es deseable que todos lleguen a conocer a Dios también de un modo explícito y conceptual, reconociéndolo como la Verdad Primordial y el Sumo Bien.

Dios nos ha creado para que encontremos en Él la plena felicidad. Quiere que lo conozcamos y que entremos en una relación de comunión con Él. Dios no cesa de buscarnos, por todos los medios. Nosotros, entonces, tampoco dejemos de buscar a Dios a nuestro alrededor, en los acontecimientos grandes o pequeños de cada día.

Daniel Iglesias Grèzes


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3 comentarios

  
Franco
Daniel
Es notable cómo el ser humano busca, aún sin saberlo, todo aquello que corresponde al ser de Dios, como el conocimiento perfecto(ciencias), la belleza perfecta(artes), la felicidad, incluso el poder.

PD: Estoy leyendo tu libro "En el principio era el Logos" y es buenísimo. Aprovecho para preguntarte. Acerca de la complejidad irreductible, ¿Hay otros sistemas irreductiblemente complejos que no sean sólo órganos o similares?
Saludos.

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DIG: Muchas gracias, Franco.

Algunos sistemas irreduciblemente complejos se dan en el nivel molecular (por ejemplo, el flagelo bacteriano) y otros se dan a un nivel digamos macroscópico (aunque sus detalles pertenecen también al nivel molecular), como por ejemplo el sistema de coagulación de la sangre.
19/01/14 4:11 PM
  
Franco
Acabo de terminarlo, y fué realmente inspirador. Con mi pregunta, en realidad me refería a sistemas a una escala mayor, como a un individuo en sí, o a un ecosistema, o al ciclo del agua, o al sistema solar. Porque eso sí que haría absurda la idea de azar.
A propósito del libro, en él se menciona que es parte de una trilogía(siendo En el principio... el primero), los otros dos, ¿No son parte de la "colección" de InfoCatólica?
Gracias y saludos.

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DIG: Gracias, Franco. En sí mismo el concepto de "complejidad irreducible" parece aplicable a cualquier tipo de sistemas; habría que analizar cada propuesta cuidadosamente para ver si la definición se cumple o no en el caso concreto.

Lo que digo en el prólogo de "En el principio era el Logos" es que ese libro es la primera parte de una trilogía que, si Dios quiere, completaré algún día; agrego aquí que ese día aún no ha llegado. Las otras dos partes de la trilogía todavía no existen, aunque de a poco voy juntando algunos materiales para componerlas.
19/01/14 9:33 PM
  
Franco
Daniel
No puedo esperar a leer esos libros :)
Aclaro algo aunque no haga falta: cuando dije que el libro fue inspirador, quise decir que, mientras lo leía, se agolpaban en mi mente argumentos de todo tipo. Por ejemplo, la cuestión de si el universo tiene alguna finalidad, y se me ocurrieron posibles vías para demostrarlo. Y así con varios temas más. Jamás me había pasado eso con un libro.
Te felicito por esa labor tan grande, y espero leer algún día la trilogía completa.

PD: No es necesario que publiqués este comentario.
Saludos.
20/01/14 2:41 PM

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