¿Es posible entender (un poco mejor) a Roma?
Razones de perplejidad
Desde la época del Papa San Pablo VI, y cada vez con mayor fuerza, notamos que muchos tratan al Papa, a cada Papa, simplemente como una figura pública, de la que se puede opinar, a favor o en contra, con la misma libertad y prácticamente en las mismas condiciones en que se opina de cualquier otra persona pública. El Papa, en este sentido, es visto por muchos, incluyendo muchos católicos, en un nivel semejante al que pueden tener los artistas, los políticos, los deportistas o los gerentes de grandes empresas.
Esa tendencia ha ido aumentando su fuerza con el tiempo. Ya era bastante fuerte en tiempos de Benedicto XVI, que tuvo que enfrentar una auténtica ola de desaprobación, prejuicios y acusaciones desde el comienzo de su pontificado.
Las cosas se aceleraron en el pontificado de Francisco, en parte por el rasgo de “provocación” y “singularidad” que tuvo este Papa, para quien resultaba sencillo tener gestos inusuales o dar declaraciones extrañas, incluso en materia de fe y de moral. Por supuesto, esto suscitó que las opiniones en torno a su ministerio se multiplicaran y se radicalizaran, de modo que el panorama actual muestra claras señales de polarización en amplios sectores.





