10.05.18

Y con tu espíritu - I (Respuestas - I)

  En la liturgia, el saludo litúrgico del ministro ordenado (obispo, sacerdote o diácono) se responde con una fórmula antigua, clásica, venerable, con origen en las Escrituras y en las costumbres semíticas: “El Señor esté con vosotros – Y con tu espíritu”.

  Este saludo expresa una especial asistencia de Dios, una elección amorosa, una protección para quien va a ser enviado a una misión particular y nada debe temer porque no se ampara en sus propias fuerzas, recursos, compromisos o capacidades. Inspira, por tanto, seguridad en la continua asistencia divina.

  Su origen es muy antiguo, inmemorial. Es el modo en que Booz saluda a los segadores: “El Señor con vosotros” (Rt 2,4), o sea, “Dominus vobiscum” en latín., y es el modo en que Dios se comunica a sus elegidos. “No temas… estoy contigo”, como en el caso de Abrahán (Gn 26,3.23), Moisés (Ex 3,12) o Jeremías (1,6-8). A Josué le dice el Señor con cálidas palabras: “como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré” (Jos 1,5), y a Gedeón de esta forma: “El Señor esté contigo, valiente guerrero” (Jue 6,12).

  Esta presencia divina es garantía para el elegido, confianza en la acción de Dios. ¡No digamos nada al iniciarse la plenitud de los tiempos! El ángel Gabriel se dirige a la Virgen María: “El Señor es contigo… No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Concebirás…” (Lc 1,28-30). No estará sola, ni desempeñará su especialísima vocación sola y por su propio esfuerzo y voluntarismo: el Señor estará con María Virgen dando siempre gracia suficiente.

  Jesucristo conforta a sus apóstoles ante su ausencia visible, por la Ascensión, prometiéndoles su presencia invisible aunque real: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Garantizó que la Iglesia reunida para orar y celebrar la liturgia santa en su nombre, contaría siempre con su presencia: “donde dos o tres se reúnen en mi nombre… allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

  Las cartas paulinas muestran el uso litúrgico del saludo, sin poder diferenciar muy bien si fueron estos saludos paulinos los que pasaron a la liturgia o si san Pablo asumió un uso ya extendido en la liturgia apostólica. El Apóstol se dirige a las distintas Iglesias deseándoles esa Presencia viva de Jesucristo, su gracia, su paz y su misericordia. Leámoslos todos:

 “Gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rm 1,7).

 “A vosotros gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1Co 1,3; 2Co 1,2; Ef 1,2; Flp 1,2).

 “La gracia del Señor Jesús con vosotros” (1Co 16,23).

 “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros” (2Co 13,13).

 “La gracia esté con vosotros” (Col 4,18).

 “La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros” (1Ts 5,28).

 “La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros” (2Ts 3,18).

 “Gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro” (2Tm 1,2).

  Tres saludos del Apóstol de las gentes incluyen la terminación “con vuestro espíritu” y una, muy especialmente, a Timoteo, el joven obispo, se le dirige “con tu espíritu”:

 “La gracia del Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu” (Flp 4,23).

 “La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos” (Gal 6,18).

 “El Señor esté con tu espíritu” (2Tm 4,22).

   “Sea con vuestro espíritu” (Gal 6,18) se puede interpretar, sin duda, de muy distintas maneras. Expresa lo más profundo del ser humano, allí donde el Espíritu Santo se une a nuestro propio espíritu dando testimonio de que somos hijos de Dios (Rm 8,15); hace referencia al hombre formado por cuerpo, alma y espíritu (1Ts 5,23) consagrado a Jesucristo. A esto alude, por ejemplo y siguiendo el texto paulino, la oración de bendición de óleo de los enfermos que reza el obispo en el original latino: “sientan en el cuerpo, en el alma y en el espíritu tu divina protección” (aunque en la traducción castellana se ha omitido “espíritu”).

   Pero también la tradición eclesial ha interpretado “espíritu” restringido al carisma ministerial, a la gracia única y específica del Espíritu Santo por la imposición de manos: “el don que hay en ti, que te fue dado por intervención profética con la imposición de manos del presbiterio” (1Tm 4,14), “el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2Tm 1,6), “el Señor esté con tu espíritu” (2Tm 4,22).

   La respuesta en la liturgia, “y con tu espíritu”, es más expresa y llena de contenido que decir “y contigo”, como lo haría una traducción más coloquial y más pobre a su vez. Alude al espíritu sacerdotal, al Espíritu que obra mediante el sacerdote, a la gracia propia del sacramento del Orden.

   La Tradición, desde luego, lo interpretó así. Veamos suficientes testimonios. Por ejemplo, san Juan Crisóstomo, el patriarca de Constantinopla:

   “El Señor Jesucristo con tu espíritu… No dice: contigo, sino: con tu espíritu. Doble ayuda: de la gracia del Espíritu y del auxilio de Dios. Y es que Dios no puede estar con nosotros de otra manera que con su gracia espiritual” (Hom. sobre 2Tm, n. 10).

   “Ya veis que esto también lo hace el Espíritu… Si el Espíritu no estuviera en nuestro común padre y doctor [se refiere al obispo Flaviano], cuando hace poco ha subido a su sede y os ha saludado a todos, no hubiéramos respondido: y con tu Espíritu… Y no sólo cuando os habla, o cuando ora por vosotros, le respondéis con estas palabras, sino cuando asiste a esta santa mesa y ofrece el tremendo sacrificio… Cuando le respondéis: y con tu Espíritu, con esta respuesta estáis recordando que no es la persona ni los méritos humanos los que realizan esta obra, sino la gracia del Espíritu la que realiza este sacrificio sacramental… Si no estuviera presente el Espíritu no existiría la Iglesia” (Hom. Pentecostés, PG 50,458-459).

   Al responder “y con tu espíritu” al saludo sacerdotal, el pueblo santo se une a la acción litúrgica más plenamente, se une a la oración común, dando su asentimiento al sacerdote para que obre y deseando que el Espíritu Santo actúe sobre el espíritu sacerdotal:

   “Advierte cuán era la fuerza de la asamblea… Ahora a todos se propone un mismo cuerpo y una misma bebida. Y puede uno ver también cómo el pueblo toma mucha parte activa en las súplicas. Y así hay oraciones comunes de los sacerdotes y del pueblo… Ya en los tremendos misterios el sacerdote ora por el pueblo, y éste por el sacerdote; pues estas palabras: “con tu espíritu”, no significan otra cosa” (S. Juan Crisóstomo, In 2Cor, hom. 18,3).

  Igualmente, de la Iglesia siríaca, nos llega esta explicación tan concreta y clara:

 “…llama “espíritu” no al alma que está en el sacerdote, sino al Espíritu que éste ha recibido por la imposición de manos” (Narsay de Nísibe, Hom. XVII).

   Por eso, ayer y hoy, la respuesta “y con tu espíritu” sólo se da al ministro ordenado, aludiendo al “espíritu” que recibió en el sacramento del Orden: “ésta es la razón también por la que la Iglesia permite sólo a los que tienen las órdenes mayores usar el Dominus vobiscum, o sea al obispo, sacerdote y diácono”[1].

 



[1] JUNGMANN, J.A., El sacrificio de la Misa, Madrid 1959, 466.

3.05.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 3ª parte (XVIII)

3. “Dignidad” del sacerdocio común

  Una enseñanza completa y clara es la que nos ofrece san Pedro Crisólogo, mostrando la naturaleza, la dignidad y la función del sacerdocio bautismal; es la voz de la Tradición más genuina desplegando las riquezas de este sacerdocio común y orientando, con palabras de fe, para vivirlo y desarrollarlo:

  “Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto –dice– a presentar vuestros cuerpos. Al rogar así el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del sacerdocio: a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

  ¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima.

 Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios –dice–, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

 Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva; la muerte resultó castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando, en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo.

Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como una hostia viva. Es lo mismo que ya había dicho el profeta: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo.

 Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tú oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu: haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.

 Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte, sino con tu buena voluntad” (Serm. 108).

  El sacerdocio real, bautismal, se ejerce en el mundo, consagrando la materia profana –el trabajo, el arte, la economía, la cultura… ¡todo!- a Dios; no es un privilegio para vivirlo de puertas adentro del templo, sino para santificarse en el mundo transformándolo y ofreciendo allí los continuos sacrificios espirituales.

  Es el mundo el lugar donde ser sacerdotes, vivir santamente, ofrecer, orar e interceder. Esta es la enseñanza constante de la Iglesia: “los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde” (LG 31); “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento” (LG 31); “también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios” (LG 34); “los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo” (LG 35).

 Ya que la Iglesia recibe una misión propia, “que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo” (AA 2), en el mundo, en el orden civil y temporal, realiza su misión por medio del laicado en virtud del sacerdocio bautismal. “Los laicos hechos partícipes del ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen su cometido en la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo” (AA 2). “siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento” (AA 3); lo realizan porque son consagrados por Dios como sacerdotes, profetas y reyes en el mundo, y se nutren de la vida litúrgica y sacramental: “son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

 

 

26.04.18

La sacristía también es lugar litúrgico

Un lugar amplio, hermoso, que disponga para empezar la celebración litúrgica con suficiente recogimiento y que sirva igualmente para conservar todas las cosas y elementos necesarios para el culto: esto es la sacristía.

   El Caeremoniale episcoporum señala como paradigma:

    “En la iglesia catedral no debe faltar el “secretarium”, es decir una sala digna, en lo posible cercana a la entrada de la iglesia, en la cual el Obispo, los concelebrantes y los ministros puedan ponerse los vestidos litúrgicos, y de la cual se inicie la procesión de entrada. La sacristía será de ordinario diferente del “secretarium”; en ella se guarda el ajuar sagrado, y en ella los días ordinarios el celebrante y los ministros se pueden preparar para la celebración “ (n. 53).

  Tanto en la sacristía como en el secretarium debe observarse el silencio y la modestia (cf. Id., n. 37):

  “Pongan todos esmero en guardar silencio, respetando así tanto la común disposición de ánimo como la santidad de la casa de Dios” (Id., n. 170).

   En las nuevas construcciones hay que pensar en la sacristía como un lugar amplio y no como si fuera un pequeño vestidor; y pastoralmente, cuidar mucho la sacristía: hay que lograr que unos minutos antes de la celebración litúrgica no se convierta en lugar de conversaciones y asuntos varios, sino de silencio, ya que es lugar casi-sagrado, para permitir que el sacerdote y los ministros se dispongan a los Misterios con humildad y devoción. El silencio y el orden son cualidades de una buena sacristía.

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20.04.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 2ª parte (XVIII)

2. Ofrecer, orar y santificarse

  El sacerdocio común de los fieles es llamado también sacerdocio bautismal porque es en los sacramentos de la Iniciación cristiana donde se recibe, originando una participación nueva, óntica, de todo nuestro ser, en la Persona y misión del Salvador. En las aguas bautismales nace un pueblo nuevo, ya consagrado al Señor, pueblo sacerdotal.

  El sacerdocio bautismal nace de nuestra regeneración en Cristo y de la unción con el Espíritu Santo:

 “La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal. ¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón?” (S. León Magno, Serm. 4,1).

 En ese sentido, destaca la interpretación patrística de la Unción post-bautismal con el santo Crisma:

  “Al salir de la piscina bautismal, fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a continuación. Es lo que dice e salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el Cantar de los cantares: Tu nombre es como un bálsamo fragante, y de ti se enamorar las doncellas. ¡Cuántas son hoy las almas renovadas que llenas de amor a ti, Señor Jesús, te dicen: Arrástranos tras de ti; correremos tras el olor de tus vestidos, atraídas por el olor de tu resurrección!

  Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio lleva los ojos en la cara. Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la barba de Aarón, porque te convierte en raza elegida, sacerdotal, preciosa. Todos, en efecto, somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su sacerdocio” (S. Ambrosio, De Mist., 29-30).

  Somos sacerdotes por el bautismo, un sacerdocio santo, por el cual y ante todo, dirá San Pedro, ofrecemos “sacrificios espirituales” (1P 2,5).

  “Y sacerdocio real porque están unidos al cuerpo de aquel que es rey soberano y verdadero sacerdote, capaz de otorgarles su reino como rey, y de limpiar sus pecados como pontífice con la oblación de su sangre. Los llama sacerdocio real para que no se olviden nunca de esperar el reino eterno y de seguir ofreciendo a Dios el holocausto de una vida intachable” (Beda el Venerable, Com. a la Primera Carta de san Pedro).

   Este sacerdocio común se destina a ofrecer sacrificios espirituales, y entre estos sacrificios, destaca la oración; ésta es un sacrificio puro y constante que se eleva en honor de Dios y que intercede por todos. Así pues, la vida de oración, tanto en privado como en la oración común y litúrgica es un sacrificio que se ofrece en razón del sacerdocio bautismal. Será oración espiritual, pura, si va acompasada con una vida santa, ofrecida a Dios, y con obras buenas, de misericordia y bondad:

  “La oración es el sacrificio espiritual que abrogó los antiguos sacrificios. ¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios?, dice el Señor. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada. ¿Quién pide algo de vuestras manos? Lo que Dios desea, nos lo dice el evangelio: Se acerca la hora, dice, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque Dios es espíritu, y desea un culto espiritual.

 Nosotros somos, pues, verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes cuando oramos en espíritu y ofrecemos a Dios nuestra oración como aquella víctima propia de Dios y acepta a sus ojos.

Esta víctima, ofrecida del fondo de nuestro corazón, nacida de la fe, nutrida con la verdad, intacta y sin defecto, integra y pura, coronada por el amor, hemos de presentarla ante el altar de Dios, entre salmos e himnos, acompañada del cortejo de nuestras buenas obras, y ella nos alcanzará de Dios todos los bienes” (Tertuliano, De orat., 28).

  Por el sacerdocio eterno de Jesucristo, del cual participamos, ofrecemos nuestra oración al Padre por su medio. La oración no es un sentimiento privado ni un desahogo momentáneo, sino una plegaria que se desarrolla en comunión con Cristo, y se eleva a Dios por el sacerdocio de Cristo, nuestro Mediador e Intercesor. Por eso orar es un ejercicio del sacerdocio común que se ejerce en virtud de la unión con Cristo Sacerdote; orar “sin cesar” (1Ts 5,17), “sed asiduos en la oración” (Rm 12,9), es misión y oficio de los bautizados por su sacerdocio.

 “Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por su medio, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre. Por él, pues, ofrecemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos todavía enemigos. Por él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios. Por esto, nos exhorta san Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Por este motivo, decimos a Dios Padre: «Por nuestro Señor Jesucristo»” (S. Fulgencio de Ruspe, Carta 14,36).

Pero igualmente es oficio sacerdotal el sacrificar, el ofrecer el sacrificio. En el Antiguo Testamento, de pie, el sacerdote ofrecía víctimas en el altar del Templo; Cristo de pie en la cruz, “elevado”, “levantado sobre la tierra”, ofreció como Sacerdote el sacrificio de sí mismo. Ahora los bautizados, unidos a Cristo en la Cruz, también ofrecen como sacerdotes, no ya víctimas y animales, sino se ofrecen a sí mismos junto con Cristo (especialmente en la Eucaristía), ofrecen su corazón y el ejercicio de las virtudes cristianas, del trabajo, de las obras. Propio del sacerdote es sacrificar y ofrecer y ahora, por el sacerdocio bautismal, es propio de nuestra vida sacrificar y ofrecer oblaciones espirituales y santas.

 Entregamos nuestro corazón con la confesión de nuestros pecados y el reconocimiento de su misericordia y esa ofrenda de nuestro corazón contrito, humillado, amasado con lágrimas de expiación, es sacrificio santo:

 “Si te ofreciera un holocausto - dice-, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar” (S. Agustín, Serm. 19,3).

  El mejor y más alto sacrificio es unirse a Cristo Sacerdote, entregándose a Dios, ofreciéndose a Él, para que Él tome de nosotros lo que le plazca, sin reservarnos nada.

  “Sacrifiquemos no jóvenes terneros ni corderos con cuernos y uñas, más muertos que vivos y desprovistos de inteligencia, sino más bien ofrezcamos a Dios un sacrificio de alabanza sobre el altar del cielo, unidos a los coros celestiales. Atravesemos la primera cortina, avancemos hasta la segunda y dirijamos nuestras miradas al Santísimo.

  Yo diría aún más: inmolémonos nosotros mismos a Dios, ofrezcámosle todos los días nuestro ser con todas nuestras acciones. Estemos dispuestos a todo por causa del Verbo; imitemos su Pasión con nuestros padecimientos, honremos su sangre con nuestra sangre, subamos decididamente a su cruz” (S, Gregorio Nacianceno, Serm. 45,23-24).

 

 

12.04.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 1ª parte (XVIII)

 Una buena teología orienta y determina que pueda darse una buena pastoral, así como una vida espiritual sólida, con solera; pero la ausencia de una buena teología, se presta a las veleidades de unos y otros, a las buenas intenciones y entusiasmos de unos y otros y, por tanto, a la creatividad salvaje, la improvisación y los cambios.

  Para alcanzar el meollo de la cuestión, la participación de los fieles en la liturgia (interior, consciente, activa, externa, plena, fructuosa, devota… adjetivos de la Constitución Sacrosanctum Concilium), se requiere una buena teología que vaya a lo central, en este caso, una teología que ahonde en el sacerdocio bautismal de todo el pueblo santo de Dios. Es este sacerdocio común, conferido por Cristo con su Espíritu Santo, el que determina el modo y la calidad de la participación en la liturgia. Todos deben participar en la santa liturgia en razón de que han sido constituidos sacerdotes para nuestro Dios.

   Este sacerdocio es llamado “sacerdocio bautismal” y “sacerdocio común”, diferente del “sacerdocio ministerial” en esencia y no solamente en grado: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (LG 10). Los sacerdotes reciben el ministerio, que es distinto en su esencia, para el servicio de los fieles, para la santificación del pueblo cristiano y como ayuda para que todos vivan santamente su sacerdocio bautismal: “El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios” (Ibíd.).

   Por el bautismo y la confirmación, Dios hace de sus hijos un pueblo santo, sacerdotal, para que vivan a Él consagrados en el mundo; así se entiende que podamos pedir en oración: “Rey todopoderoso, que por el bautismo has hecho de nosotros un sacerdocio real, haz que nuestra vida sea un continuo sacrificio de alabanza”[1].

   La carta a los Hebreos muestra a Cristo como el sumo sacerdote que ha ofrecido un sacrificio perfecto y ha entrado en el santuario del cielo, intercediendo por todos. Su sacrificio ha sido Él mismo en su cuerpo, no ofreciendo nada exterior a sí mismo, ni es un sacerdocio ritual, repitiendo los mismos sacrificios año tras año. Cristo sacerdote ha ofrecido el único Sacrificio de una vez para siempre. Jesucristo es el sumo sacerdote de los bienes definitivos.

“En la Carta a los Hebreos se afirma, de forma clara y convincente, que Jesucristo ha cumplido con toda su vida y sobre todo con el sacrificio de la cruz, lo que se ha inscrito en la tradición mesiánica de la Revelación divina. Su sacerdocio es puesto en referencia al servicio ritual de los sacerdotes de a antigua alianza, que sin embargo Él sobrepasa, como Sacerdote y como Víctima. En Cristo, pues, se cumple el eterno designio de Dios que dispuso la institución del sacerdocio en la historia de la alianza” (Juan Pablo II, Audiencia general, 18-febrero-1987).

  Explica Orígenes la acción sacerdotal plena de Jesús:

  “Una vez al año el sumo sacerdote, alejándose del pueblo, entra en el lugar donde se halla el propiciatorio, los querubines, el arca del testamento, y el altar del incienso, en aquel lugar donde nadie puede penetrar, sino sólo el sumo sacerdote.

  Si pensamos ahora en nuestro verdadero sumo sacerdote, el Señor Jesucristo, y consideramos cómo, mientras vivió en carne mortal, estuvo durante todo el año con el pueblo, aquel año del que él mismo dice: Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar el año de gracia del Señor, fácilmente advertiremos que, en este año, penetró una sola vez, el día de la propiciación, en el santuario: es decir, en los cielos, después de haber realizado su misión, y que subió hasta el trono del Padre, para ser la propiciación del género humano y para interceder por cuantos creen en él” (Orígenes, Hom. in Lev., 9,5).

  Jesucristo sumo y eterno sacerdote ha ofrecido un sacrificio perfecto para la expiación de los pecados, al asumir nuestra humanidad en su encarnación y ofrecerse en el árbol de la cruz. Él es, al mismo tiempo, sacerdote, víctima y altar[2]. Los sacrificios del Antiguo Testamento, que una y otra vez se repetían por su incapacidad para expiar, eran sólo anuncio y profecía del sacrificio perfecto de Cristo.

 “Según la doctrina apostólica, se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor. Él fue quien como Dios verdadero y verdadero sumo sacerdote que era, penetró una sola vez en el santuario, no con la sangre de los toros y los machos cabríos, sino con la suya propia. Esto era precisamente lo que significaba aquel sumo sacerdote que entraba cada año con la sangre en el Santo de los Santos.

  Él es quien en sí mismo poseía todo lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención, es decir, él mismo fue el sacerdote y el sacrificio; él mismo, Dios y el templo: el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos, el sacrificio que nos reconcilia, el templo en el que nos reconciliamos, el Dios con quien nos hemos reconciliado” (S. Fulgencio de Ruspe, Regla de la verdadera fe, 22,63).

  El sacerdocio de Cristo, eterno y para siempre, que no proviene de medios humanos ni de genealogía, sino “según el rito de Melquisedec” (cf. Sal 109), de origen divino, es comunicado a todos los miembros de su Cuerpo, la Iglesia; los que son de Cristo quedan hechos partícipes de su sacerdocio eterno y definitivo: “Que constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.

El no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo…”[3] Este sacerdocio tiene dos modalidades: el sacerdocio bautismal de todos los fieles y el sacerdocio ministerial por el sacramento del Orden, diferentes en esencia y no sólo en grado.

  Todo el pueblo cristiano participa de la cualidad sacerdotal de su Señor: “Señor Jesús, sacerdote eterno, que has querido que tu pueblo participara de tu sacerdocio, haz que ofrezcamos siempre sacrificios espirituales agradables a Dios”[4]. Vemos, pues, la verdad y contundencia de las palabras del Apocalipsis: “has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes” (Ap 5,10).

 

 



[1] Preces Laudes, Martes I del Salterio.

[2] Prefacio pascual V.

[3] Prefacio Misa Jesucristo sumo y eterno sacerdote.

[4] Preces Laudes, Lunes II del Salterio.