Unirse a los textos litúrgicos (Notas de espiritualidad litúrgica - VIII)

 libro      La liturgia da más fruto en nosotros si tenemos una disposición interior, si nos preparamos a ella. Parte de ese trabajo personal es asimilar los textos litúrgicos conociéndolos por la oración y meditación personal. Eso nos facilitará luego su escucha orante en la liturgia.

      Aquí, de nuevo, con otro matiz, hay que abordar el tema de la participación en la liturgia, buscando siempre su concepto verdadero y no su caricatura, ya que es siempre requisito y cualidad del alma ante el Misterio que se vive en la liturgia, y no acción exterior “creativa”, un hacer cosas y producir movimiento en torno al altar.

     La participación activa y fructuosa en la liturgia es poner en sintonía el alma con el espíritu de la liturgia, unirse a la liturgia con toda la mente y el corazón, amando a Cristo:

    “Sin afectar a la eficacia de la acción cultual de Jesucristo, tanto el ministro como los simples fieles que intervienen en la celebración o en la recepción de este culto esencial, por su razón de miembros vitalmente unidos a la Cabeza, pueden añadir algo a su integral perfección o al grado de percepción de su eficacia si, como seres inteligentes, aportan a la acción litúrgica una consonancia espiritual con la actitud correspondiente del alma de Jesucristo. Así, en el sacrificio de la misa, aunque siempre es grato y acepto al Padre porque siempre es el acto supremo de religión que le tributa Jesucristo, el carácter social y representativo del sacerdocio del Señor tendrá una expresión más perfecta y adecuada si el celebrante y los fieles asistentes no sólo participan exteriormente a la celebración de la misa, sino que además procuran adaptar su actitud espiritual a la del alma de Jesucristo” (Brasó, Liturgia y espiritualidad, Barcelona 1956, 236).

     Sacerdotes y fieles deben acomodarse a la plegaria litúrgica, poner en consonancia su espíritu con el texto litúrgico, con atención amorosa y sin distracción, orando realmente la liturgia durante el desarrollo de la misma:

   “De aquí el interés de la Iglesia porque todos los fieles, y más especialmente los ministros de su oración pública, actualicen y perfeccionen la plegaria litúrgica y los ritos eclesiásticos, adaptando a ellos las interiores disposiciones individuales y asimilando y expresando como propio lo que ellos significan. Con la unión de estos dos elementos –el elemento exterior y objetivo aportado por la liturgia y el elemento interior subjetivo que en general corresponde a la Iglesia y que concretamente debe ser actualizado por los ministros y por los fieles- el acto litúrgico adquiere su máximo valor cultual” (Brasó, p. 239).

     El elemento interno es necesario para bien participar y bien orar:

    “El elemento interno, en cuanto supone una intención y una voluntad iniciales y actuales de la Iglesia orante, es esencial y da su principal eficacia a la oración litúrgica, en cuanto es oración y en cuanto es litúrgica. Por esto toda oración o acción litúrgica tiene verdadero valor cultual, porque siempre se halla animada por el espíritu de la Iglesia” (Brasó, p 240).

   ¿Y si se reza distraídamente? La liturgia será válida y eficaz ante Dios, pero dará menos fruto en el alma de quien la vive de manera descuidada. Por ejemplo, un sacerdote al rezar el Oficio divino:

    “El ministro debe añadir a la oración de la Iglesia su propia actitud interior que la actualiza vitalmente y le confiere la perfección propia de una acción instrumental consciente. Así, la oración de un sacerdote que reza su breviario distraídamente no deja de ser la oración de la Iglesia, pero se resiente de la deficiencia del ministro, porque, si bien actúa como instrumento, no lo hace como instrumento plenamente consciente… Es evidente que el efecto santificador de la oración de la Iglesia sobre el mismo ministro y sobre los fieles está en proporción directa de la intensidad espiritual con que ellos se unen a la oración de la Iglesia por una sincera compenetración de pensamientos y de deseos” (Brasó, pp. 240-241).

    La atención es elemento necesario para vivir la vida litúrgica. La anotamisalción benedictina “mens concordet voci” es espiritualidad litúrgica. Es una atención amorosa, un recogimiento interior, para vivir la liturgia y sus plegarias. ¿Podemos adaptarnos a plegarias ya hechas, a formularios invariables sin pizca de emotividad, tan distintos de la devotio moderna (“Oh Jesús amantísimo, aquí me tienes…”)? Sí. Es posible. Pero requiere el esfuerzo de la atención de la mente y del corazón.

     “San Benito, profundo poseedor del espíritu de la oración litúrgica, expresó en una breve sentencia la norma de esta oración: Mens nostra concordet voci nostrae. Que nuestra mente concuerde con lo que pronuncian nuestros labios. Muchos maestros de la vida espiritual nos la hubieran dado completamente invertida. Así: Vox nostra concordet menti nostrae, para enseñar que las formas externas de la plegaria deben ser expresión sincera de la interna devoción. Pero esto no sería una oración litúrgica. Sería nuestra oración: la que sale espontáneamente de nuestra alma y que expresa cuanto hay en nuestro interior. En cambio, la oración litúrgica es la oración de la Iglesia. La Iglesia es quien debe inspirarla, quien debe tomar la iniciativa y dictarnos el contenido y aun la forma externa de la embajada que, en su nombre, debemos llevar ante la majestad de Dios” (Brasó, pp. 241-242).

     Es un esfuerzo por salir de mi individualismo, o de mi subjetividad al orar, para entregarse a algo objetivo, la oración litúrgica. Supone un esfuerzo y una adaptación, un cambio de mentalidad y de hábito:

   “Cierto es que el sujetar nuestra mente al texto de la oración litúrgica supone un esfuerzo de adaptación y nos obliga a posponer nuestra inclinación espontánea y nuestros gustos personales al pensamiento y a los intereses de la Iglesia. Pero ello constituye nuestra mayor dignidad: el poder encarnar y dar actualidad a la oración de Jesucristo y de su Iglesia. Como premio al sacrificio de nuestro individualismo se nos concede una mayor compenetración con la Iglesia, la gracia de la contemplación y un sobreabundante y sólido alimento de nuestras almas, que se sumergen en la corriente de vida sobrenatural y de alabanza divina que circula ente Dios y la Iglesia a través de nuestra conveniente acción instrumental. El esfuerzo por adaptar nuestro espíritu a la palabra que nos dicta la Iglesia va amoldándonos a ella, nos enseña a pensar y a sentir como ella piensa y siente ante la presencia de Cristo y de su misterio, hasta hacer vibrar toda nuestra vida como un eco de la voz orante de la Iglesia” (Brasó, p. 242).

     Todo esto será más fácil si somos iniciados: si en los retiros se nos ha predicado o se ha meditado en voz alta un prefacio o una oración colecta, o si es habitual este recurso en las homilías o predicaciones y en nuestras catequesis, o si un buen director espiritual enseña así a orar pacientemente. Así se facilitará que la oración personal tome los textos litúrgicos entre las manos y no resulten ni áridos ni extraños.

1 comentario

  
maru
''Orar con los textos litúrgicos'' Así es P. Javier, hay textos bíblicos perfectos para orar y no digamos los salmos, que los hay de todo tipo, tanto de alegria como de tristeza, de agradecimiento, de súplica, etc.etc. Yo me pregunto y créame que me pregunto bien, cuántos de los que asisten a misa o ''intervienen'', leen a menudo la Biblia u orancon algún texto litúrgico?, muchos sólo la leen cuando suben al ambón a hacer la lectura del dia. Personalmente, me quedo con lo de ''orar con los textos litúrgicos'', porque son Palabra de Dios. Y ésto, se deberia enseñar, divulgar, predicar más, por parte de la Iglesia. Gracias por todo lo que nos aporta y enseña. Que el Señor y su Madre le cuiden mucho.
06/10/20 12:10 PM

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