8.03.18

Participación, liturgia y vida, 1ª parte (XVII)

La liturgia de la vida se va transformando en una liturgia de lo cotidiano, en un culto vivo y real de las cosas cotidianas, lo ordinario de la vida. Aquello que vivimos en el mundo, en la sociedad, el ámbito familiar y de amistad, el oficio o profesión, el apostolado, la vida social, etc., son la materia y el lugar donde cada uno de los fieles darán culto a Dios, sirviendo a Cristo Señor y santificándose en él.

  La liturgia de la Iglesia tiene una incidencia real en los creyentes, santificándolos, y de ese modo recibe una prolongación en la liturgia existencial de cada bautizado en el mundo. Curiosamente, más que preocuparnos de la acción divina en la liturgia y la transformación interior, se incide más en un tipo de participación externo, lleno de activismo; sin embargo, se ha de tener en cuenta, de manera concreta, que los fieles se impregnen bien de aquello que celebran y en lo que participan para que sus vidas sean vidas santas en el mundo. Es decir, lo que hay que buscar e incrementar es esa participación interior de todos los fieles, para que vivan la liturgia y asuman sus riquezas, de manera que luego salgan de la liturgia transformados para vivir santamente.

   Por tanto, a la hora de fomentar e incrementar la “participación” o “una Misa participativa”, hemos de tener en mente la verdadera participación interior, que busca entrar en el Misterio, y su prolongación en la vida, y no reducir la participación a las intervenciones y la creatividad del grupo inventando ofrendas, moniciones, manifiestos y acción de gracias.

 

            1. El culto espiritual

 Lo nuestro es un culto a Dios en espíritu y verdad que se desarrolla no sólo en el templo, sino allí donde vivimos, luchamos y trabajamos. Es el culto litúrgico de nuestra vida diaria. “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Co 10, 31); también dirá el Apóstol: “Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor… Servid a Cristo Señor” (Col 3, 23s.) y así cualquier cosa que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Col 3,17).

  La participación interior en la liturgia nos cualifica después para vivir en el Señor, para hacerlo todo en el nombre del Señor. Nada hay ajeno a Cristo, que es la medida de todas las cosas; por tanto, si se participa en la liturgia, se va adquiriendo la forma de Cristo para vivir luego de un modo distinto y santo, como Cristo, en la liturgia de la vida. Esos son los sacrificios espirituales que ofrecemos a Dios en el altar del corazón: “Tam­bién vosotros, como piedras vivas, entráis en la construc­ción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo” (1P 2,5).

  El bautizado vive su existencia santamente, como un sacrificio litúrgico (cf. Flp 2,12), una liturgia viva, ofreciendo sacrificios espirituales y glorificando a Dios:

 “Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf. 1 P 2,4-10). Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios (cf. Hch 2,42-47), ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rm 12,1) y den testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos (cf. 1 P 3,15)” (LG 10).

  Por eso pedimos en la liturgia: “Señor Jesús, sacerdote eterno, que has querido que tu pueblo participara de tu sacerdocio, haz que ofrezcamos siempre sacrificios espirituales agradables a Dios”[1].

  Esto es posible por una prolongación real de la participación en la liturgia, especialmente eucarística; entonces esa participación interior de los fieles los sitúa en medio del mundo:

 “Los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante” (LG 10).

 Lo específicamente cristiano es ese culto en espíritu y verdad que se prolonga, se realiza y se verifica en lo cotidiano de la vida; ya no es una ceremonia religiosa, restringida al ámbito del templo y de lo sagrado, sino el influjo santificador que llega hasta los momentos diarios de nuestro vivir.

  En ese sentido, será san Pablo en la carta a los Romanos, quien señalará cómo vivir un culto existencial y una liturgia viva: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual” (Rm 12,1). Ya el sacrificio no es una víctima con derramamiento de sangre, sino viva, es decir, el corazón del bautizado que recibe una vida nueva por el sacrificio único de Cristo.

  Ese sacrificio del cristiano es él mismo. San Pablo “califica ese sacrificio sirviéndose de tres adjetivos. El primero —"vivo"— expresa una vitalidad. El segundo —"santo"— recuerda la idea paulina de una santidad que no está vinculada a lugares u objetos, sino a la persona misma del cristiano. El tercero —"agradable a Dios"— recuerda quizá la frecuente expresión bíblica del sacrificio “de suave olor” (cf. Lv 1, 13.17; 23, 18; 26, 31; etc.)”[2].

  Con Jesucristo y en Él, nuestros sacrificios espirituales, racionales, se han integrado en su ofrenda y reciben un nuevo valor santificador y redentor. “Los animales sacrificados habrían debido sustituir al hombre, el don de sí del hombre, y no podían. Jesucristo, en su entrega al Padre y a nosotros, no es una sustitución, sino que lleva realmente en sí el ser humano, nuestras culpas y nuestro deseo; nos representa realmente, nos asume en sí mismo. En la comunión con Cristo, realizada en la fe y en los sacramentos, nos convertimos, a pesar de todas nuestras deficiencias, en sacrificio vivo: se realiza el “culto verdadero"”[3].

 La Eucaristía especialmente, pero toda la liturgia, es un “misterio que se ha de vivir” ya que se reciba una “forma eucarística de la vida cristiana”, tal como reza el título de la III parte de la exhortación “Sacramentum caritatis”. La fe se no reduce al templo ni a los momentos de culto litúrgico, arrinconada según la praxis secularista al ámbito privado, sino que la fe, sostenida, alimentada, confirmada, por la vida litúrgica y la Eucaristía conforman un nuevo modo de vivir, de ser y de estar en el mundo. Escribe Benedicto XVI:

 “Resulta significativo que san Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos en que invita a vivir el nuevo culto espiritual, mencione al mismo tiempo la necesidad de cambiar el propio modo de vivir y pensar: «Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (12,2). De esta manera, el Apóstol de los gentiles subraya la relación entre el verdadero culto espiritual y la necesidad de entender de un modo nuevo la vida y vivirla. La renovación de la mentalidad es parte integrante de la forma eucarística de la vida cristiana, «para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina» (Ef 4,14)” (Sacramentum caritatis, n. 77).

  La liturgia da forma a la vida cristiana, una forma eucarística como cumbre, es decir, adquirir la misma forma Christi.

 

            2. El culto para la vida

 Cuando participamos en la liturgia, todos, los fieles, recibimos la impronta del Espíritu Santo que, haciéndonos tomar la forma de Cristo, nos sitúa en el mundo para vivir una liturgia santa, encarnada en lo concreto de nuestra vida. ¿Cómo? Las oraciones, especialmente la oración de postcomunión, apuntan en esa dirección y entonces se ve el fruto real de la participación de los fieles en la liturgia, así como muchas preces en Laudes. O dicho de otra forma, la participación interior de los fieles nos conduce a un modo de vivir santo en el mundo.

            a) Modelada según la liturgia

  Aquello que hemos visto y oído, lo que nuestras manos han tocado, la Palabra de la Vida en la misma liturgia, dan forma a nuestra vida. Lo celebrado no es un paréntesis ritual, sino una transformación: “te suplicamos, Señor, que se haga realidad en nuestra vida lo que hemos recibido en este sacramento”[4], prolongando eucarísticamente en lo cotidiano lo vivido en los sacramentos: “concede a cuantos celebramos los misterios de la pasión del Señor manifestar fielmente en nuestras vidas lo que celebramos en la eucaristía”[5].

 Esta acción de la liturgia no es espontánea, ni para un momento, sino que su acción se despliega de un modo permanente por gracia, hasta ir alcanzando todas las fibras de nuestro ser y nuestro obrar: “concédenos, Dios todopoderoso, que la fuerza del sacramento pascual, que hemos recibido, persevere siempre en nosotros”[6], y otra oración muy semejante suplicará: “el fruto de este santo sacrificio persevere en nosotros y se manifieste siempre en nuestras obras”[7]. La gracia de la vida litúrgica posee una nota de continuidad: “su fruto se haga realidad permanente en nuestra vida”[8].

  La vida litúrgica es fuente de santidad: “te rogamos, Señor, que esta eucaristía nos ayude a vivir más santamente”[9], “la participación en los santos misterios aumente, Señor, nuestra santidad”[10].

  La liturgia es escuela del más puro espíritu cristiano, robusteciendo lo que somos por el bautismo: “por la eficacia de estos santos misterios fortalece, Señor, cada vez más nuestra vida cristiana”[11], “acreciente nuestra vida cristiana”[12]. Orienta para la unidad de vida, la coherencia entre lo celebrado y lo que luego se vive, entre las palabras y las obras: “haz que, confesando tu nombre no sólo de palabra y con los labios, sino con las obras y el corazón, merezcamos entrar en el reino de los cielos”[13], “nos otorgue nuevas fuerzas y nos ayude a vivir como cristianos de palabra y de obra”[14].

  No son los sentimientos tan pasajeros, las exaltaciones afectivas, los que deben mover y dirigir la vida, sino la gracia de Cristo que realiza su tarea de dirección en nosotros. Así brota un modo nuevo de estar ante los demás y en el mundo: “la acción de este sacramento, Señor, penetre en nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que sea su fuerza, no nuestro sentimiento, quien mueva nuestra vida”[15].

 

            b) Unión profunda con Cristo

  Sin lugar a dudas, la mejor participación interior y fructuosa es la comunión con Cristo, esto es, una unión profunda, vital y constante con el Señor. Se vive en el Señor, en unión con Él, permaneciendo en Él, en su amor. La unión con Cristo que se vive en la liturgia, mística y sacramental, se prosigue luego en la vida cotidiana. ¡Todo en el Señor!, sirviendo a Cristo Señor. “El sacrificio que te hemos ofrecido y la víctima santa que hemos comulgado llenen de vida a tus sacerdotes y a tus fieles, para que, unidos a ti por un amor constante, puedan servirte dignamente”[16]. El amor de Cristo es nosotros nos vincula a Él por completo y, con el vínculo del amor a Cristo y del amor de Cristo, le serviremos dignamente en el orden de lo cotidiano.

  Esta unión con Cristo nos hace partícipes de su obra redentora, asumiendo y completando en nosotros lo que falta a la Pasión de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1,24): “haz que, por el trabajo del hombre que ahora te ofrecemos, merezcamos asociarnos a la obra redentora de Cristo”[17]; también, glosando el versículo paulino, se pide que “completemos en nosotros, en favor de la Iglesia, lo que falta a la pasión de Jesucristo”[18]. La vida de Jesús se manifiesta en nosotros si llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús (cf. 2Co 4,10), se prolonga este misterio en nosotros y de esa forma estamos más unidos a Cristo: “llevemos en nuestro cuerpo la muerte de Cristo y nuestra vida sea un esfuerzo continuo por unirnos cada vez más a ti”[19].

  Esa unión con Cristo –y por tanto, y por extensión, unidad trinitaria- permite que demos frutos verdaderos. Sin Él no podemos hacer nada; pero con Él todo lo podemos. La vid que es Cristo permite a los sarmientos dar frutos que siempre permanezcan, la condición de conservar y guardar esa unión: “Oh Cristo, vid verdadera de la que nosotros somos sarmientos, haz que permanezcamos en ti y demos fruto abundante, para que con ello reciba gloria Dios Padre”[20].

  La liturgia participada –en lo interior- acrecienta la unión y realiza en nosotros la obra de dar frutos permanentes, frutos buenos, para glorificar al Padre: “unidos a ti en caridad perpetua, demos frutos que siempre permanezcan”[21], para que viendo nuestras buenas obras glorifiquen al Padre: “haz, Señor, que el ejemplo de nuestra vida resplandezca como una luz ante los hombres, para que todos den gloria al Padre que está en los cielos”[22], “que en todas nuestras palabras y acciones seamos hoy luz del mundo y sal de la tierra para cuantos nos contemplen”[23].

  Y nuestra vida dará gloria a Dios si está unida a Cristo; entonces seremos alabanza de su gloria: “Señor, Padre de todos, que nos has hecho llegar al comienzo de este día, haz que toda nuestra vida, unida a la de Cristo, sea alabanza de tu gloria”[24], porque para eso hemos sido elegidos antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,3-15).

Esos frutos se entregan y se ofrecen a los demás, buscando su salvación, la salvación del mundo: “concédenos vivir tan unidos en Cristo, que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo”[25], “concédenos, ahora, fortalecidos por este sacrificio, permanecer siempre unidos a Cristo por la fe y trabajar en la Iglesia por la salvación de todos los hombres”[26]. Cuanto hacemos y vivimos, lo que trabajamos y las obras santas, pero también la oración personal y comunitaria, la plegaria, se ensanchan con corazón católico deseando que la salvación sea eficaz en todos los hombres: “Te pedimos, Señor, que extiendas los beneficios de tu redención a todos los hombres”[27].

 

             c) Somos presencia de Cristo

  La participación en la liturgia nos cristifica, nos une de tal modo con Cristo, que nos vamos transformando en Él, y así nuestra presencia es una memoria de Cristo para todos, un testimonio real que apunta al Señor y lo señala ante los hombres. Ante ellos, difundimos el buen olor de Cristo: “concédenos, Dios todopoderoso, que quienes han participado en tus sacramentos, sean en el mundo buen olor de Cristo”[28]. El bonus odor Christi es el perfume de una vida santa, bella; “somos el buen olor de Cristo” (2Co 2,15).

  Hasta tal punto es transformante la participación interior en la liturgia, que llegamos a parecernos al mismo Señor, teniendo la mente de Cristo, los sentimientos de Cristo: “te pedimos, Dios nuestro, la gracia de parecernos a Cristo en la tierra”[29], “transformados en la tierra a su imagen”[30], “los celestes alimentos que hemos recibido, Señor, nos transformen en imagen de tu Hijo”[31].

  Somos situados en el mundo a imagen de Cristo, el Hombre nuevo, y recreados en Él en santidad y justicia. Nos despojamos de nuestro hombre viejo para revestirnos de Cristo: “la participación en los sacramentos de tu Hijo nos libre de nuestros antiguos pecados y nos transforme en hombres nuevos”[32]. La liturgia nos transforma en lo más profundo de nuestro ser: “siempre caminemos como hombres nuevos en una vida nueva”[33].

 Al participar en la liturgia interiormente “libres de la decrepitud del hombre viejo, recomencemos una nueva vida en continuo progreso espiritual”[34], y esperamos cada día vivir con la novedad de Cristo en nuestra existencia: “Tú que nos dado la luz del nuevo día, concédenos también caminar por sendas de vida nueva”[35].

 

 



[1] Preces Laudes, Lunes II del Salterio.

[2] Benedicto XVI, Audiencia general, 7-enero-2009.

[3] Ibíd.

[4] OP (: Oración de postcomunión), III Dom. Cuar.

[5] OF, San Juan de la Cruz, 14 de diciembre.

[6] OF, II Dom. Pasc.

[7] OP, Jueves II Cuar.

[8] OF, Viernes II Cuar.

[9] OP, Martes II Cuar.

[10] OP, Miérc. VII Pasc.

[11] OP, 29 de diciembre.

[12] OP, Martes III Cuar.

[13] OP, IX Dom. T. Ord.

[14] OP, S. Ignacio de Antioquía, 17 de octubre.

[15] OP, XXIV Dom. T. Ord.

[16] OP, Por los sacerdotes.

[17] OF, Por la santificación del trabajo, B.

[18] OP, Virgen de los Dolores, 15 de septiembre.

[19] OP, Común de vírgenes, 1.

[20] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.

[21] OP, Jesucristo sumo y eterno sacerdote.

[22] Preces Laudes, Martes II del Salterio.

[23] Preces Laudes, Miérc. II del Salterio.

[24] Preces Laudes, Sábado IV del Salterio.

[25] OP, V Dom. T. Ord.

[26] OP, San Juan de la Cruz, 14 de diciembre.

[27] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.

[28] OP, Misa crismal.

[29] OP, Votiva Sgdo. Corazón.

[30] OP, XX Dom. T. Ord.

[31] OP, Transfiguración del Señor, 6 de agosto.

[32] OP, Miérc. Octava Pasc.

[33] OP, Común de varios mártires, en tiempo pascual, 9.

[34] OF, Común de vírgenes, 2.

[35] Preces Laudes, Viernes II del Salterio.

1.03.18

Disposiciones interiores para participar en la liturgia, y 3ª parte (XVI)

c) Sentido de catolicidad

 

            -Eclesialidad de la liturgia

  La participación interior en la liturgia se realiza cuando hay un espíritu católico. Con profundo sentido eclesial, reconoce en la acción litúrgica no una acción privada, reservada sólo a los asistentes y con efectos espirituales sólo en los asistentes, de manera que se identifique la liturgia como algo grupal, restringido a la propia comunidad.

“Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es “sacramento de unidad", es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan; pero cada uno de los miembros de este cuerpo recibe un influjo diverso” (SC 26).

  El sentido católico dilata el corazón, lo ensancha, y esta nota de catolicidad es definitiva para vivir la liturgia con una mayor hondura. La reducción secularista centra la liturgia en los participantes, en el grupo, convirtiéndolo todo en fiesta y compromiso; pero la liturgia, ni es privada ni se reduce a un grupo: es católica. Todos los fieles deben experimentar en sus almas que la liturgia es una “epifanía de la Iglesia”, que “el Misterio de la Iglesia es principalmente anunciado, gustado y vivido en la Liturgia”[1].

  Las súplicas de la Iglesia en su liturgia son siempre universales, incluyen a todos, miran las necesidades de todos los hombres. Lo más alejado de ese espíritu católico es mirar sólo a los propios asistentes, la comunidad allí reunida, sólo lo propio. La catolicidad es siempre integradora: de todos y de todo en la única y santa Iglesia.

  “Es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra” (CAT 1140) y no sólo el grupo particular, como si fuera éste el sujeto de la liturgia. Ésta es acción de Cristo y de la Iglesia, la Iglesia entera, la del cielo y la de la tierra, unida a su Cabeza. Es una realidad magnífica: “La Liturgia es “acción” del “Cristo total” (Christus totus). Los que desde ahora la celebran participan ya, más allá de los signos, de la liturgia del cielo, donde la celebración es enteramente comunión y fiesta” (CAT 1136). La liturgia, primero, es obra de Cristo, protagonista absoluto de la liturgia y no los fieles que busquen intervenir: “si en la liturgia no destacase la figura de Cristo, que es su principio y está realmente presente para hacerla válida, ya no tendríamos la liturgia cristiana, totalmente dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora”[2]. Y junto a Cristo, su Cuerpo que es la Iglesia, a la que pertenece la liturgia[3]. La liturgia es católica, universal, y no se encierra en el ámbito de los asistentes:

 “La perspectiva litúrgica del Concilio no se limita al ámbito interno de la Iglesia, sino que se abre al horizonte de la humanidad entera. En efecto, Cristo, en su alabanza al Padre, une a sí a toda la comunidad de los hombres, y lo hace de modo singular precisamente a través de la misión orante de la “Iglesia, que no sólo en la celebración de la Eucaristía, sino también de otros modos, sobre todo recitando el Oficio divino, alaba a Dios sin interrupción e intercede por la salvación del mundo entero” (n. 83)” (Juan Pablo II, Carta Spiritus et Sponsa, n. 3).

 En la liturgia, incluso en su celebración más sencilla y pobre, con unos pocos fieles, se entra en la liturgia del cielo, en una Comunión viva con todos los santos del cielo y también en Comunión viva con toda la Iglesia peregrina y la Iglesia que se purifica (en el purgatorio). “En esta liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen participar cuando celebramos el Misterio de la salvación en los sacramentos” (CAT 1139).

 Es expresiva de esta realidad de Comunión, de catolicidad, la cláusula final de los prefacios: “Por eso, con los ángeles y los santos, te cantamos el himno de alabanza diciendo sin cesar”[4], “Por eso, con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria”[5], etc.

  También la catolicidad –con el cielo y toda la Iglesia- se expresa claramente en las plegarias eucarísticas: “En comunión con toda la Iglesia” (Canon romano), “acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra” (Plegaria eucarística II). “Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos por los que te ofrecemos este sacrificio: de tu servidor el Papa N., de nuestro Obispo N., del orden episcopal, de los presbíteros y diáconos, de los oferentes y de los aquí reunidos, de todo tu pueblo santo y de aquellos que te buscan con sincero corazón” (Plegaria eucarística IV). Por último, se vive esta catolicidad que supera no sólo el espacio sino también el tiempo, en el Oficio divino, donde se une a la alabanza de la Iglesia del cielo: “con la alabanza que a Dios se ofrece en las Horas, la Iglesia canta asociándose al himno de alabanza que perpetuamente resuena en las moradas celestiales; y sienta ya el sabor de aquella alabanza celestial que resuena de continuo ante el trono de Dios y el Cordero” (IGLH 16).

  El sello de la catolicidad marca la participación interior en la liturgia: se vive católicamente, esponjando el alma, cuando uno se reconoce recibiendo un don, la liturgia, que no es manipulable a gusto de la propia asamblea, sino en comunión con toda la Iglesia. Lo católico dilata el alma y así ser “hombre de Iglesia” conduce a vivir la liturgia santa de un modo nuevo, dilatado, abarcando a todos:

“En su primera acepción, sin distinción obligada entre clérigo y laico, el ‘eclesiástico’, vir ecclesiasticus, significa hombre de Iglesia. Él es el hombre en la Iglesia. Mejor aún, es el hombre de la Iglesia, el hombre de la comunidad cristiana. Si la palabra en este sentido no puede ser arrancada del todo al pasado, que al menos perdure su realidad. ¡Que ella reviva en muchos de nosotros! ‘En cuanto a mí –proclamaba Orígenes- mi deseo es el de ser verdaderamente eclesiástico’. No hay otro medio, pensaba él con sobrada razón, para ser plenamente cristiano. El que formula semejante voto no se contenta con ser leal y sumiso en todo, exacto cumplidor de cuanto reclama su profesión de católico. Él ama la belleza de la casa de Dios. La Iglesia ha arrebatado su corazón. Ella es su patria espiritual. Ella es ‘su madre y sus hermanos’. Nada de cuanto la afecta le deja indiferente o desinteresado. Echa sus raíces en su suelo, se forma a su imagen, se solidariza con su experiencia. Se siente rico con sus riquezas”[6].

  Un corazón que late así, católicamente, comprende la naturaleza eclesial de la liturgia y la viva abarcando a todos, orando por todos y con todos, ofreciendo por todos. Está en comunión con todos los miembros de la Iglesia, con los ángeles y los santos: su corazón abarca a la Iglesia y al mundo entero. Se sabe católico e integra a todos. “En todos sus actos sobrenaturales, el cristiano obra ‘ut membrum Ecclesiae’, ‘ut pars Ecclesiae’. Jesucristo nos ama a cada uno; y a cada uno nos dice como Moisés: ‘te he conocido por tu nombre’; pero no nos ama separadamente. Él nos ama en su Iglesia, por la que vertió su sangre. Por fin, nuestro destino personal no puede realizarse sino en la salud común de la Iglesia”[7]. Con esta perspectiva de catolicidad, pensemos que “es de trascendental importancia que todos tengan conciencia de estas dimensiones de la Iglesia. Pues cuanto más vivo sea el sentimiento que de ellas se tenga, tanto más se sentirá cada uno dilatado en su propia existencia, y por eso mismo realizará plenamente en sí mismo, y por sí mismo, el título que también él ostenta de católico”[8].

 

            -Intercesión universal

 De aquí, de este concepto católico se derivan muchas consecuencias[9]; en la participación interior en la liturgia, más concretamente, lleva a orar realmente por todos, ensanchando los espacios de la caridad, hacia cualquiera que necesite oración, y no simplemente las propias y personales necesidades.

En la celebración eucarística hay un momento en que el pueblo cristiano ejerce su sacerdocio bautismal intercediendo por todos los hombres y la salvación del mundo: es la oración de los fieles:

 “En la oración universal, u oración de los fieles, el pueblo responde en cierto modo a la Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos. Conviene que esta oración se haga de ordinario en las Misas con participación del pueblo, de tal manera que se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren diversas necesidades y por todos los hombres y por la salvación de todo el mundo” (IGMR 69).

  El espíritu católico a nadie excluye, sino que por todos ora, ruega e intercede. En nuestro rito hispano, los dípticos poseen un sello de catolicidad evidente. No sólo se ora por los fieles presentes y sus necesidades, sino por toda la Iglesia y por cuantos sufren: “Tengamos presente en nuestras oraciones a la Iglesia santa y católica: el Señor la haga crecer en la fe, la esperanza y la caridad”, “Recordemos a los pecadores, los cautivos, los enfermos y los emigrantes: el Señor los mire con bondad, los libre, los sane y los conforte”

  Igualmente, el Oficio divino, junto a su carácter de alabanza, es igualmente súplica e intercesión católica, universal, por todos, por el mundo, por la salvación: “la Iglesia expresa en la Liturgia los ofrecimientos y deseos de todos los fieles, más aún: se dirige a Cristo, y por medió de él al Padre, intercediendo por la salvación del mundo. No es sólo de la Iglesia esta voz, sino también de Cristo, ya que las súplicas se profieren en nombre de Cristo” (IGLH 17). Los ministros ordenados participan de esta solicitud eclesial rezando el Oficio divino no sólo por sí mismos, sino en nombre de toda la Iglesia, pidiendo por los fieles que se les haya encomendado y por todos los hombres: “los obispos y presbíteros[10], que cumplen el deber de orar por su grey y por todo el pueblo de Dios” (Ibíd.).

 De valor especial, educando el espíritu de la oración, son las preces de Vísperas de la Liturgia de las Horas. Son la intercesión eclesial, la de Cristo con su Cuerpo que es la Iglesia: “como la Liturgia de las Horas es, ante todo, la oración de toda la Iglesia e incluso por la salvación de todo el mundo  conviene que en las Preces las intenciones universales obtengan absolutamente le primer lugar, ya se ore por la Iglesia y los ordenados, por las autoridades civiles, por los que sufren pobreza, enfermedad o aflicciones, por los necesidades de todo el mundo, a saber, por la paz y otras causas semejantes” (IGLH 187).

 

            -Ofrenda por la salvación del mundo

  Pero junto a la oración que es universal, católica, está la propia ofrenda. Se participa en el sacrificio eucarístico con corazón católico cuando se ofrece pensando en todos, en la salvación de todos, en la vida de todos. La catolicidad de la cruz del Señor orienta la ofrenda que presentamos al altar y que ofrendamos junto con nosotros mismos. Ofrecemos con sentido católico: “te rogamos nos ayudes a celebrar estos santos misterios con fe verdadera y a saber ofrecértelos por la salvación del mundo”[11]. El deseo católico es que el efecto de la Eucaristía alcance a todos los hombres: “mira complacido, Señor, los dones que te presentamos; concédenos que sirvan para nuestra conversión y alcancen la salvación al mundo entero”[12].

  Con el sacrificio eucarístico, glorificamos a Dios, y en su honor es ofrecido, pero también, con los mismos sentimientos de Cristo Jesús, amamos al mundo y queremos su salvación, no su condenación: “recibe y santifica las ofrendas de tus fieles, como bendijiste la de Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos”[13], y otra oración, muy parecida en su corte, reza: “recibe con bondad las ofrendas de tus siervos, para que la oblación que ofrece cada uno en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos”[14]. Queremos colaborar, de todos los modos posibles, en la salvación del mundo por el que Cristo se entregó en la cruz, llegando incluso a ofrecernos nosotros mismos como ofrenda: “concédenos… convertirnos en sacrificio agradable a ti, para la salvación de todo el mundo”[15].

 Imploramos de Dios la salvación del mundo en el corazón de la anáfora: “Te pedimos, Padre, que esta víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero” (Plegaria eucarística III). Es el sacrificio de Cristo y de la Iglesia, su Cuerpo, su Esposa, impetrando la salvación. Pero también el Oficio divino, la Liturgia de las Horas, es una continua intercesión por todos y en nombre de todos, unidos a Cristo:  “la misma oración que el Unigénito expresó con palabras en su vida terrena y es continuada ahora incesantemente por la Iglesia y por sus miembros en representación de todo el género humano y para su salvación” (IGLH 9).

 Alabamos, oramos y ofrecemos por todos: ese el sentido católico que la liturgia lleva y que imprime en nuestras almas. Así es como, entonces, respondemos a la monición sacerdotal: “El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”.

  En los dípticos del rito hispano, que son invariables, la oración está unida al sacrificio; los dones están ya presentados en el altar –y cubiertos con un velo- y se realiza la intercesión de los dípticos guiados por el diácono. El sentido es católico, universal: “Lo ofrecen por sí mismos y por la Iglesia universal”, responden los fieles y el sacrificio va a ser ofrecido por todos: “Ofrecen este sacrificio al Señor Dios, nuestros sacerdotes: N. el Papa de Roma, nuestro Obispo N. y todos los demás Obispos, por sí mismos y por todo el clero, por las Iglesias que tienen encomendadas, y por la Iglesia universal”.

  La participación interior lleva la marca hermosa de la catolicidad.

 

 



[1] JUAN PABLO II, Carta Vicesimus Quintus Annus, n. 9.

[2] Benedicto XVI, Discurso a los Obispos de la región Norte 2 de Brasil en visita ad limina, 15-IV-2010.

[3] La liturgia es de la Iglesia y no del sacerdote o del grupo de fieles que la celebren; el mismo Concilio Vaticano II dice: “Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie o cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia” (SC 22).

[4] Prefacio de santos pastores.

[5] Prefacio solemnidad Sgdo. Corazón.

[6] DE LUBAC, H., Meditación sobre la Iglesia, Madrid, Encuentro, 1988, p. 193.

[7] DE LUBAC, H., Meditación…, p. 45.

[8] DE LUBAC, H., Meditación…, p. 52.

[9] Una de ellas ya la hemos citado con palabras de la Sacrosanctum Concilium: “Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia” (SC 22); otra sería atenerse fielmente a los libros litúrgicos: “La fidelidad a los ritos y a los textos auténticos de la Liturgia es una exigencia de la «lex orandi», que debe estar siempre en armonía con la «lex credendi»” (JUAN PABLO II, Carta Vicesimus Quintus Annus, 10).

[10] Sobre los presbíteros en concreto, dirá: “participan en la misma función, al rogar a Dios por todo el pueblo a ellos encomendado y por el mundo entero” (IGLH 28).

[11] OF, Dom. IV Cuar.

[12] OF, Jueves V Cuar.

[13] OF, XVI Dom. T. Ord.

[14] OF, XXIV Dom. T. Ord.

[15] OF, San Andrés Kim Taegon, 20 de septiembre.

22.02.18

El baptisterio

La pila bautismal debe ser fija, sobre todo en el bautisterio, construida de materia apropiada y con arte, apta incluso para el caso del bautismo por inmersión. Con el fin de que resulte un signo más pleno, puede construirse de forma que el agua brote como un verdadero manantial (SECRETARIADO NACIONAL DE LITURGIA, Ambientación y arte en el lugar de la celebración, 1987, nº 20).

    Se prevé que la fuente bautismal esté en una capilla aparte, cerca de la entrada de la iglesia. Si no es posible, en el presbiterio, pero no como algo normal y habitual sino excepcional. Es preferible que tenga ocho lados, recuperando la antigua tradición, sea situando la fuente bautismal en una capilla octogonal, o enmarcando pila en un templete octogonal, o adoptando la forma octogonal la misma pila. ¿Por qué el número 8? Tiene evidentes raíces bíblicas. El Señor Resucitó en el Octavo Día, inaugurando un tiempo nuevo; si el tiempo cronológico tiene 7 días, el Señor abre el tiempo de la vida nueva con un día más, el Octavo, que supera el tiempo terreno.

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15.02.18

Disposiciones interiores para participar en la liturgia, 2ª parte (XVI)

b) El corazón que participa

 ¿De qué modo se realiza la participación interior, la propia del corazón? ¿Cuáles son las disposiciones íntimas, espirituales? Pensemos que una verdadera participación en la liturgia conduce a que lleguen “a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí” (SC 48).

            -Estar ante Dios

  La liturgia es opus Dei, obra de Dios, así como un divino servicio. Es algo santo y sagrado porque proviene de Dios mismo que nos permite estar en su presencia y servirle; es santa y sagrada la liturgia porque en ella estamos ante Dios mismo, y debemos reproducir el mismo espíritu de fe, respeto y adoración de Moisés ante la zarza ardiente que se descalza porque está en terreno sagrado ante el Dios vivo (cf. Ex 3,1-8).

  Se nos inculca un sentido profundamente religioso, la conciencia de una Presencia, sin los resabios secularistas donde el hombre es el centro y la liturgia parece una fiesta humana, una comida de amigos.

“Nada de lo que hacemos en la Liturgia puede aparecer como más importante de lo que invisible, pero realmente, Cristo hace por obra de su Espíritu. La fe vivificada por la caridad, la adoración, la alabanza al Padre y el silencio de la contemplación, serán siempre los primeros objetivos a alcanzar para una pastoral litúrgica y sacramental” (Juan Pablo II, Carta Vicesimus Quintus Annus, n. 10).

  Quien nos inculca ese sentido religioso de la liturgia -¿acaso podría tener otro?- es la misma eucología. Acudiendo a la liturgia, estamos sirviendo a Dios: “podamos servirte en el altar con un corazón puro”[1]. La ofrenda –eucarística y existencial- se ofrece con un solo objeto, el de servir a Dios: “Mira, Señor, complacido el sacrificio espiritual que vamos a ofrecerte en nuestro deseo de servirte”[2]. Dios mismo nos llama al servicio santo de la liturgia: “escucha, Señor, nuestra oración y libra de las seducciones del mundo a los que has llamado a servirte en estos santos misterios[3] y la liturgia es siempre un servicio al Señor: “concédenos, Dios de misericordia, servir siempre a tu altar con dignidad”[4]. La ofrenda posee un significado espiritual mostrando que somos siervos del Señor: “como signo de nuestra servidumbre[5], “miras nuestra ofrenda como un gesto de nuestro devoto servicio”[6].

  La liturgia es un servicio divino, un servicio santo[7]. En ella somos siervos y servidores, no dueños y amos; recibimos como don, no somos poseedores a nuestro arbitrio. Vivimos y queremos vivir “entregados a servirte en el altar”[8]. En la liturgia obsequiamos a Dios con “el homenaje de nuestro servicio”[9].

 

            -Virtudes sinceras del corazón

  Para que la ofrenda eucarística, incluyendo la ofrenda que cada uno hace de sí mismo, pueda ser agradable a Dios Padre todopoderoso, es necesario que el corazón esté revestido de unas virtudes concretas. Es decir, la participación en la liturgia, cuando se da realmente en el servicio divino, atiende al corazón. El estilo desenfadado, informal, que trivializa para parecer aparentemente más cercano; la falsa familiaridad, el tono catequético para todo (convirtiendo la liturgia en logos y cayendo en verbalismo) o el tono rutinario, monótono y cansino; todo esto choca frontalmente con lo que antes veíamos, el carácter sagrado y el servicio divino, que eso es la liturgia.

  La primera virtud, o el primer modo, es la “dignidad”; es la cualidad de lo digno, la excelencia, el realce, la gravedad y el decoro. La dignidad corresponde a aquello que realmente es importante, y, en nuestro caso, santo: la liturgia de Dios y para Dios. La dignidad se reserva para cuando se está delante de alguien superior o en algo realmente importante, y eso mismo es lo que ocurre en la liturgia: estamos ante alguien superior, Dios, el Señor, y ante lo realmente importante: glorificarle. Es una concepción teológica y teologal de la liturgia, no utilitarista, secularizada, humanista, antropocéntrica.

  Tan importante es esa dignidad a la hora de vivir y celebrar la liturgia, que con mucha frecuencia aparece como una petición al Señor: “concédenos, Señor, participar dignamente en estos santos misterios”[10]; “te ofrezcamos una digna oblación”[11], “te ofrezcamos dignamente este sacrificio de alabanza”[12]. Son peticiones ya que es el Señor quien obra en nosotros el corazón bien dispuesto, por gracia, para reconocer su Presencia y estar dignamente ante Él: “prepara, Señor, nuestros corazones para celebrar dignamente estos misterios”[13]. Los fieles deben desear y suplicar siempre, para toda liturgia, que “nuestro servicio sea digno de estos dones sagrados”[14] y que “celebremos con dignidad estos santos misterios”[15]. Por tanto, una cualidad del corazón, que se va a manifestar en el porte exterior, en la compostura, es la dignidad, aquella que conviene para ofrecer y estar con reverencia en el culto cristiano. Tan importante que es que suplicamos: “concédenos… servir siempre a tu altar con dignidad”[16], “con culto reverente”[17].

Junto a la dignidad, una serie de cualidades del corazón y, por tanto, profundamente existenciales, marcan la vida y la sellan como una realidad santa para el Señor. El culto cristiano es un culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23), el corazón del creyente. Un culto vacío es rechazado por el Señor como leemos en los profetas y en algunos salmos; sólo en el corazón reside la verdad de la persona, del creyente. “Dios dice al pecador: ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?…” (Sal 49, 16-17).

 Así participar en la liturgia es implicar la vida y mostrar la propia vida. Se participa “en el altar con un corazón puro[18]; se ofrece al Señor con un corazón libre, sin ataduras, ni apegos, ni idolatrías, ni esclavitudes, sirviendo únicamente al Señor, Dios verdadero, y rechazando los ídolos: “concédenos, Señor, ofrecerte estos dones con un corazón libre”[19]. “No entrará en ella nada profano”, nada impuro (Ap 21,27).

  La ofrenda será pura si el corazón es puro, porque no es sólo pan y vino llevado al altar, porque el sacrificio de Cristo es la ofrenda pura desde donde sale el sol hasta el ocaso (cf. Mal 1,11), sino la ofrenda de cada uno de los fieles entregándose al Padre por Cristo: “que este sacrificio, Señor, sea para ti una ofrenda pura[20]. Esta pureza de corazón es también sinceridad: no es una cosa lo que se ofrece mientras la vida permanece ajena al sacrificio de Cristo; o las palabras dicen una cosa sin que el corazón las pronuncie (“este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”, Is 29,13; cf. Mt 15,7-9); o la vida litúrgica es un paréntesis de piedad mientras hay un divorcio de la fe con lo concreto de la vida. La sinceridad es coherencia y unidad de vida para que la liturgia sea expresión de nuestra propia entrega a Dios y le permitamos la transformación absoluta de lo que somos: “haznos aceptables a tus ojos por la sinceridad de corazón[21]. Es la sencillez, la veracidad, sin fingimiento alguno, ante Aquel que sondea las entrañas y el corazón (cf. Sal 138,1), y nada hay oculto ante Él. Él sabe lo que hay en el corazón de cada hombre (Sal 32,15), lee en los corazones: “los conocía a todos… porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2, 24-25).

 La adoración y el santo temor de Dios no implican ni alejamiento ni miedo; sino piedad filial ante Dios Padre, por eso ofrecemos y nos ofrecemos con confianza: “recibe, Señor, los dones que te presentamos confiados”[22], “llenos de confianza en el amor que nos tienes, presentamos en tu altar esta ofrenda”[23].

 Junto a lo anterior, la humildad: “no soy digno de que entres en mi casa”. La liturgia es un ejercicio de humildad: “¿Quién puede estar en el recinto sacro?” (Sal 23), recordándonos constantemente que realizamos el culto cristiano y nos asociamos a la Iglesia del cielo “no por nuestros méritos sino conforme a tu bondad” (Canon romano). Por eso estar y vivir la liturgia se modela interiormente a partir de la humildad: “Mira complacido, Señor, nuestro humilde servicio”[24], de manera que no hay lugar para los protagonismos ni para las pequeñas disputas a la hora de realizar un servicio en la liturgia (leer, dirigir una monición, entonar…) sino que la humildad es el sustento y cimiento de la participación santa. Entonces, humildemente, la Gracia de Cristo podrá obrar en nosotros.

 El ejercicio de la liturgia es un acto de oración sublime y perfecta; es oración, no activismo; es oración, no fiesta secular; cuando se vive la liturgia y se participa internamente, se advierte el rostro hermoso de la liturgia, el ser “Iglesia en oración”: “Mira, Señor, los dones de tu Iglesia en oración”[25]. El espíritu de oración determina la calidad de una celebración litúrgica; de ahí que se pueda valorar la participación en la liturgia por el fervor que provoca y con el que se vive, y no simplemente por las exhortaciones moralizantes o la exaltación afectiva de sentimientos o de esteticismos: “nos dispongamos a ofrecer con mayor fervor…”[26]. El fervor es un celo ardiente, caracterizado por el fuego; es entusiasmo, ardor, ante las cosas santas.

 La vida litúrgica es una respuesta a la convocatoria del Señor por los caminos de la vida para que todos acudan (cf. Mt 22,9). Pero es imprescindible una vestidura conforme a la santidad del Misterio, la blanca vestidura del bautismo (cf. Gal 3,27; Col 3,10), el traje nupcial para ser partícipes de las bodas de Cristo con la Iglesia (cf. Ef 5,25-26; Ap 19,7). Son vestidos “blanqueados en la sangre del Cordero” (Ap 7,14). Por eso es imprescindible participar con el traje blanco del bautismo, con el traje de bodas: “Señor, haz que nos acerquemos siempre a tu banquete con la vestidura nupcial[27]. Del banquete solamente es expulsado aquel que no vino con el traje de fiesta. El rey “reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?” (Mt 22,11-12).

  El alma ha de estar revestida de fiesta y de gracia, de blancura de inocencia, para entrar en el servicio de la liturgia; pero, alegóricamente, también habría que recordar el modo de estar vestidos externamente, conforme al pudor y al respeto que merecen las cosas santas.

 

            -Espíritu de fe (lo teologal)

 Para participar realmente en la liturgia, el corazón del cristiano debe vivir según las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Ni asistimos a un ceremonial de obligado cumplimiento, una función religiosa para deleite de los sentidos, ni a un recuerdo subjetivo (psicológico) de algo del pasado que nos mueve al compromiso ético. Somos participantes de la actualidad del Misterio de Cristo, siempre presente en la liturgia. Sólo la fe intensa y viva conduce a participar; la fe rebosante de amor a Dios, de caridad sobrenatural.

  La fe y la caridad dirigen a una participación mucho más consciente, devota, interior, con plena disponibilidad a la acción de la Gracia de Cristo. Nada de rutina, nada de activismo, nada de antropocentrismo (ese lenguaje de valores, compromisos y muchas moniciones, simbolismos añadidos). Entonces, participar, es vivir la liturgia “con fe verdadera”[28], “la fe y la humildad de tus hijos te hagan agradable esta oblación”[29]; deseamos que la Eucaristía podamos “recibirla siempre con un profundo espíritu de fe”[30], “celebremos con dignidad estos santos misterios y los recibamos con fe”[31].

 Siempre con “amor”, lejos del protagonismo, o de considerarnos dueños de la liturgia; la liturgia pide un amor grande, sobrenatural, en el corazón del pueblo cristiano porque sólo así se participa de verdad y se llega al núcleo del Misterio: “esta eucaristía, celebrada con amor”[32] y “te agrademos con la ofrenda de nuestro amor”[33]; “purifica a los que venimos con amor a celebrar la eucaristía”[34].

 A la acción litúrgica acudimos, y nos metemos de lleno en ella, implicándonos, si hay ese gran amor que nos mueve: “concédenos, Señor, que esta ofrenda sea agradable a tus ojos, nos alcance la gracia de servirte con amor”[35]. Dios mismo nos comunica ese amor santo que tiene su origen en Él, que se derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rm 5,5), y que incluso se convierte en alimento: “el amor con que nos alimentas fortalezca nuestros corazones”[36].

 

           



[1] OF (: Oración sobre las ofrendas), San José.

[2] OF, Espíritu Santo, B.

[3] OF, Lunes II Cuar.

[4] OF, Jueves V Cuar.

[5] OF, IV Dom. T. Ord.

[6] OF, VIII Dom. T. Ord.

[7] “Nuestro humilde servicio” (OF, X Dom. T. Ord.); “nuestro servicio” (OF, XIII Dom. T. Ord.).

[8] OF, San Carlos Luanga, 3 de junio.

[9] OF, Santa Marta, 29 de junio.

[10] OF, Misa in Coena Domini.

[11] OF, Votiva Sgdo. Corazón.

[12] OF, Votiva de los santos Apóstoles.

[13] OF, Viernes II Cuar.

[14] OF, XIII Dom. T. Ord.

[15] OF, San Pío X, 21 de agosto. Esta dignidad de cuerpo y alma conviene para estar al pie de la cruz, sacrificio que se actualiza en la Eucaristía: “Te rogamos nos dispongas para celebrar dignamente el misterio de la cruz” (OF, San Francisco de Asís, 4 de octubre); “te rogamos, Señor, que tú mismo nos dispongas para celebrar dignamente este sacrificio” (OF, Virgen del Rosario, 7 de octubre).

[16] OF, Viernes V Cuar.

[17] OF, VII Dom. T. Ord.

[18] OF, San José.

[19] OF, XXIX Dom. T. Ord.

[20] OF, XXXI Dom. T. Ord.

[21] OF, Común de pastores, Fundadores de Iglesias, 9.

[22] OF, En cualquier necesidad, B.

[23] OF, IX Dom. T. Ord.

[24] OF, X Dom. T. Ord.

[25] OF, XV Dom. T. Ord.

[26] OF, San Jerónimo, 30 de septiembre.

[27] OF, San Luis Gonzaga, 21 de junio.

[28] OF, IV Dom. Cuar.

[29] OF, Espíritu Santo, B.

[30] OP (: Oración de postcomunión), Sábado III Cuar.

[31] OF, San Pío X, 21 de agosto.

[32] OF, VII Dom. Pasc.

[33] OF, XII Dom. T. Ord.

[34] OF, Santos Inocentes, 28 de diciembre.

[35] OF, XXXIII Dom. T. Ord.

[36] OP, XXII Dom. T. Ord.

8.02.18

La sede para la penitencia

    La renovación de la vida bautismal exige la penitencia. Por tanto, el templo debe estar preparado para que se pueda expresar el arrepentimiento y la recepción del perdón, lo cual exige asimismo un lugar apropiado (Catecismo de la Iglesia, nº 1185).

    El sacramento de la penitencia es un sacramento eclesial, puesto que el pecador ofende a Dios y a la Iglesia con su pecado, y de ambos se separa, y por ambos, vuelve a la comunión. Es el sacramento de la paz de Dios donde se vuelve a la pax Ecclesiae. Es, asimismo, claro ejemplo, de cómo la Iglesia es santa en sí misma y pecadora en sus miembros.

    Este sacramento es un sacramento comunitario, aunque sólo lo celebre un penitente y un presbítero. Es un sacramento comunitario y eclesial, pero un tanto especial por su celebración. Reformada ésta por el Concilio y el Ritual, ahora consta -¡debe constar!- de saludo, lectura bíblica, confesión, penitencia, oración del penitente, imposición de manos y absolución, oración de acción de gracias y despedida.

    Este sacramento no es un encuentro psicológico ni una dirección espiritual: es una celebración litúrgica, donde existe una sede presidencial y un ministro que preside el sacramento revestido de las vestiduras litúrgicas, porque es signo e instrumento eficaz de Cristo.

  Junto a la sede del presidente, el lugar del penitente. Es conveniente que tenga la posibilidad de sentarse para confesar, igualmente que se pueda poner cómodamente de rodillas para la absolución, y que no existan separaciones que impidan la imposición de manos sobre la cabeza del penitente.

   La reja, que debe existir en todo confesionario, es un signo de respeto para el que quiera preservar su anonimato, pero no es lo deseable, puesto que impide la realización concreta y entera de los signos del sacramento. La rejilla hoy no es obligatorio usarla sino tenerla para el penitente que desee usarla y preservar el anonimato. En el caso de las mujeres, en general, es una buena medida de prudencia y recato.

    Debe haber un lugar discreto pero iluminado, que no produzca miedo sino serenidad y confianza para celebrar con tranquilidad el sacramento. Educar para el sacramento: silencio, imposición de manos, lectura de la Palabra, oraciones del penitente.

 Recordemos la instrucción pastoral “Dejaos reconciliar con Dios” del Episcopado español:

    “El sacramento de la penitencia normalmente se celebrará, a no ser que intervenga una causa justa, en una iglesia u oratorio. Ha de evitarse por todos los medios que las sedes para el sacramento de la penitencia o confesionarios estén ubicados en los lugares más oscuros y tenebrosos de las iglesias como en ocasiones sucede. La misma estructura del “mueble confesionario” tal y como es en la mayoría de los casos presta un mal servicio a la penitencia que es lugar de encuentro de Dios, tribunal de misericordia, fiesta de reconciliación. Por esto y para dar todo el relieve necesario al acto del coloquio penitencial, debe cuidarse la estética, funcionalidad y discreción de la sede para oír confesiones. En todo caso tener presente que, tanto en la iglesia como fuera de ella, el lugar para la reconciliación de responder, por una parte, a la discreción propia de la acción que se realiza y así pueda favorecer el diálogo; pero, a la vez, no debe perder el carácter de lugar visible.

    No podemos dejar de recordar aquí el respeto que se debe tener a este sacramento y la dignidad con la que debe celebrarse, incompatible con algunos usos que se manifiestan, a veces, en la manera de vestir o de comportarse el sacerdote durante la celebración. En este sentido recordamos que los ornamentos propios para celebrar la reconciliación individual en la iglesia son el alba y la estola” (n. 79).

 NB. Y añado a lo estrictamente litúrgico, porque me sale del alma: una buena sede penitencial requiere algo tan sencillo como que el sacerdote realmente se siente, aunque no confiese nadie, todos los días; que esté esperando allí aun cuando no acuda nadie ni un día ni otro ni otro. ¡Que aproveche para leer o para orar! Pero eso de los tablones de anuncios: “Confesiones media hora antes de la Misa” debe ser absolutamente real. El sacerdote ha de sentarse diariamente en su sede penitencial como Cristo que siempre está esperándonos. Esa es una gran catequesis sin palabras sobre la verdad del sacramento.