El valor del «Yo confieso ante Dios»: ni cátaros ni puros ni perfectos

Confiteor

Fórmula medieval, recitada por el sacerdote en voz baja como preparación para la Misa y cuyo uso se fue extendiendo también para los fieles; en el Misal romano de 1962, después del sacerdote, al pie del altar, lo rezan los acólitos (y fieles) y de nuevo, otra vez, mientras el sacerdote comulga lo rezan los fieles preparándose para la comunión.

En la Misa ahora es la 1ª fórmula del acto penitencial para que juntos, sacerdote y fieles, se dispongan a celebrar dignamente, santamente, los sagrados misterios. También, en la fórmula B del sacramento de la Penitencia (celebración comunitaria con confesión y absolución individual), se recita estando todos de rodillas o profundamente inclinados (RP 27; CE 628), antes de acercarse a los sacerdotes para la confesión individual.

Tiene algunos aspectos interesantes que se deben considerar.

En primer lugar el “Yo”, “yo confieso”, personal, concretísimo, sin generalizaciones en las que esconderse o difuminar la propia responsabilidad (“todos somos pecadores”, “la Iglesia-institución es pecadora y necesita reformarse”, y excusas semejantes).

¡Yo!, no otro, ni los otros, ni la sociedad injusta, sino “yo”, en mi vida, “confieso”, reconozco y me acuso.

“Se habla en primera persona. “Yo” he pecado, y no confieso los pecados de los demás, no confieso los pecados anónimos de una colectividad, me confieso con mi “yo”; pero al mismo tiempo son todos los miembros los que mediante su “yo” dicen “he pecado”, es decir, toda la Iglesia viva dice esto: “yo he pecado”. Así, en esta comunión, al “confesar” surge una imagen de la Iglesia: la señalada con el Concilio Vaticano II en la Lumen gentium, 1, 8…: la Iglesia es santa, y, para ser santa, necesita purificarse; camina por la senda continua de la penitencia, que es su senda, y así encuentra la renovación, siempre necesaria”[1].

No es una Iglesia de cátaros, perfectos y puros, selectiva, que solo cuente con los “comprometidos”, sino una Iglesia de bautizados que caminan y hacen penitencia. La perfección sólo está en el cielo; aquí un criterio de “pureza”, de selección de “fe adulta” y puesta a prueba, conduciría a un espíritu sectario, cerrado en sí, algo ajeno a Cristo y a la naturaleza misma de la Iglesia:

“Siempre han existido tendencias que pretendían construir una Iglesia de total pureza, una Iglesia en la que no hubiera ningún pecador. Frente a tales programas, aparentemente razonables, está el recuerdo de que el Señor vino para buscar a los pecadores y que se sentó a la mesa con ellos… La Iglesia no puede aislarse de los pecadores; debe aceptar que en su red hay todo tipo de peces y que en su campo se mezcla junto con el trigo también la cizaña”[2].

Pero, además, mi confesión (“Yo confieso”) es pública, delante de los demás, porque mis pecados dañan a los demás, dañan a la Iglesia y repercuten en ella. Al ser miembro de la Iglesia, reconozco mi ser pecador ante la Iglesia, y a sus miembros pido su intercesión orante en este camino penitencial cotidiano:

“En segundo lugar, yo confieso mis pecados en comunión con los demás, ante ellos y ante Dios. Y finalmente pido a Dios el perdón, pues solo Él puede otorgármelo. Pero ruego a los hermanos y a las hermanas que recen por mí, es decir, busco en el perdón de Dios también la reconciliación con los hermanos y las hermanas”[3].



[1] RATZINGER, “Las culpas de la Iglesia”, en OC VIII/1, p. 463.

[2] Ibíd.

[3] Id., pp. 463-464.

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