Los Agnus Dei de cera

pío xii agnus deiHermosa tradición, antigua, ya casi en desuso, fue la elaboración de medallones de cera, con la imagen del Agnus Dei impresa, grabada, y que se fabricaban con simbólico ritual con la cera del Cirio pascual del año precedente.

  La Iglesia ha tenido ritos simbólicos muy expresivos y merecen ser conocidos para empaparnos bien de lo que fueron nuestras tradiciones. Muchas de ellas se han perdido, o se han suprimido sin más, empobreciendo todo el tejido simbólico de la liturgia, de devociones y de piedad. Y… ante tantas ausencias, se inventan cosas y ritos nuevos para distintos momentos en la vida pastoral, catequética y litúrgica.

   Dom Guéranger, en su “L’année liturgique[1] bien explica la historia y el sentido de estos Agnus Dei:

    “El Miércoles de Pascua es célebre en Roma por la bendición de los Agnus Dei: ceremonia que realiza el Papa el primer año de su Pontificado y después cada siete años.

    Los Agnus Dei son discos de cera en los cuales se graba, por un lado la imagen del Cordero de Dios, y por el otro la de algún santo. El uso de bendecirlos, en la fiesta de Pascua, es muy antiguo; se encuentran vestigios en los monumentos de la liturgia desde el siglo VII; y cuando en 1544 en Roma se abrió la tumba de la emperatriz María, mujer de Honorio e hija de Stilicon, fallecida antes de mitad del siglo V, se encontró en ella uno de estos Agnus Dei, semejante a los que el Papa bendice todavía hoy.

    No nos equivocaríamos al decir que esta práctica se habría instituido en memoria del bautismo de los neófitos, en la época en que se dejó de administrar este sacramento en las fiestas de Pascua. Incluso parece demostrado que los nuevos bautizados recibían de mano del Papa cada uno un Agnus Dei, el Sábado de Pascua; de donde hay que concluir, así como del hecho de una de estas figurillas de cera encontrada en la tumba de la emperatriz María, que la administración solemne del bautismo y la bendición de los Agnus Dei son dos ritos que coexistieron durante cierto tiempo.

    La cera que se emplea en la confección de los Agnus Dei es la del cirio pascual de año precedente, a la que se le añade mucho de otra; y además se la mezclaba con el Santo Crisma. En la edad media, el encargo de batir la cera y estampar las figuras sagradas se confiaba a los subdiáconos y a los acólitos de palacio; hoy, pertenece a los religiosos de la Orden del Císter, que habitan en Roma, en el monasterio de San Bernardo.

    La ceremonia tiene lugar en el palacio pontificio, en una sala en que se ha preparado un gran barreño lleno de agua bendita. El Papa se acerca a este barreño y recita primero esta oración:

Señor Dios, Padre todopoderoso, creador de los elementos, conservador del género humano, autor de la gracia y de la salvación eterna, que ordenaste a las aguas que salían del paraíso regar toda la tierra; cuyo Hijo único marchó a pie seco sobre las aguas y recibió el bautismo en su seno; él que derramó el agua mezclada con la sangre de su sacratísimo costado, y mandó a sus discípulos bautizar a todas las naciones: sé propicio y derrama tu bendición sobre nosotros que celebramos todas estas maravillas, para que sean bendecidos y santificados estos objetos que vamos a sumergir en esta agua, y que el honor y la veneración que se les tributará nos merezcan a nosotros, tus siervos, la remisión de los pecados,  el perdón y la gracia, y por último la vida eterna con tus santos y elegidos.

    El Pontífice, después de estas palabras, derrama el bálsamo y el santo Crisma sobre el agua del barreño, pidiendo a Dios que la consagre para el uso al cual debe servir. Se vuelve a continuación hacia las cestas donde se amontonan las figuras de cera y pronuncia esta oración:

 Oh Dios, autor de toda santificación, y cuya bondad siempre nos acompaña; tú que, cuando Abrahán, el padre de nuestra fe, se disponía a inmolar a su hijo Isaac para obedecer tu orden, quisiste que consumase el sacrificio por la ofrenda de un carnero que el arbusto había enredado; tú que mandaste por Moisés, tu siervo, el sacrificio anual de los coderos sin mancha, por nuestra oración, dígnate bendecir estas formas de cera que llevan la imagen del inocentísimo Cordero, y santificarlas por la invocación de tu santo Nombre; para que, por su contacto y por su vista, los fieles sean invitados a la oración, las tormentas y las tempestades sean alejadas, y los espíritus malignos puestos en fuga por la virtud de la santa Cruz que en ellas está marcada, delante de la cual toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Jesucristo, habiendo vencido la muerte por el patíbulo de la cruz, está reinando en la gloria de Dios Padre. Es Él quien habiendo sido llevado a la muerte como cordero al matadero, te ofreció a ti, su Padre, el sacrificio de su cuerpo, para que pudiera llevar la oveja perdida que había sido seducida por el fraude del diablo, y traerla sobre su espalda para reunirla con el rebaño de la patria celestial.

Dios todopoderoso y eterno, instituidor de las ceremonias y de los sacrificios de la Ley, que consientes en apaciguar tu cólera en que había incurrido el hombre prevaricador, cuando te ofrecía las hostias de expiación; tú que aceptaste los sacrificios de Abel, de Melquisedec, de Abrahán, de Moisés y de Aarón; sacrificios que no eran sino figuras, pero que, por tu bendición, fueron santos y salvíficos para aquellos que te los ofrecieron humildemente; dígnate hacer que, del mismo modo que el Cordero inocente, Jesucristo tu Hijo, inmolado por tu voluntad en el altar de la cruz, libró a nuestro primer padre del poder del demonio, así estos corderos sin mancha que presentamos a la bendición de tu majestad divina reciban una fuerza bienhechora. Dígnate bendecirlos, santificarlos, consagrarlos, darles la virtud de proteger a aquellos que los llevarán devotamente con ellos contra la malicia de los demonios, contra las tempestades, la corrupción del aire, las enfermedades, los ataques del fuego y las emboscadas de los enemigos, y hacer que sean eficaces para proteger a la madre y a su fruto, en los peligros del alumbramiento. Por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor.

Después de estas oraciones, el Papa, habiendo ceñido un lienzo [un gremial o delantal], se sienta cerca del barreño. Sus oficiales le acercan los Agnus Dei; los sumerge en el agua, figurando así el bautismo de nuestros neófitos. Los prelados los retiran enseguida del agua, y los depositan encima de mesas cubiertas con manteles blancos. Entonces el Pontífice se levanta y pronuncia esta oración:

Espíritu divino, que fecundas las aguas y las haces servir para tus misterios más grandes; tú que quitas su amargor y las haces dulces, y que, santificándolas por tu soplo, te sirves de ellas, para borrar todos los pecados por la invocación de la santa Trinidad: dígnate bendecir, santificar y consagrar estos corderos que han sido echados en el agua santa y empapados de bálsamo y de santo Crisma; que reciban de ti la virtud contra los esfuerzos de la malicia del diablo; que todos los que los lleven consigo permanezcan seguros; que no tengan que temer ningún peligro; que la maldad de los hombres en absoluto les sea perjudicial; y dígnate ser su fuerza y su consolación.

Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que eres el Cordero inocente, sacerdote y víctima; tú al que los profetas llamaron la Viña y la Piedra angular; tú que nos has rescatado por tu sangre, y que marcaste con esta sangre nuestros corazones y nuestras frentes, para que el enemigo pasando cerca de nuestras casas no nos alcance con su furor; tú eres el Cordero sin mancha cuya inmolación es continua; el Cordero pascual convertido, bajo las especies del Sacramento en el remedio y salvación de nuestras almas; que nos conduce a través del mar del siglo presente a la resurrección y a la gloria de la eternidad. Dígnate bendecir, santificar y consagrar estos corderos sin mancha, que en tu honor hemos fabricado de cera virgen y empapados de agua santa, de bálsamo y de Crisma sagrados, honrando en ellos tu divina concepción que fue efecto de la Virtud divina. Defiende a aquellos que los llevarán consigo del fuego, del rayo, de la tempestad, de toda adversidad; libra por ellos a las madres que están con los dolores del alumbramiento, como asististe a la tuya cuando le llegó tu día; y lo mismo que salvaste a Susana de la falsa acusación, a la bienaventurada virgen mártir Tecla de la hoguera, y a Pedro de los lazos de la cautividad, así dígnate librarnos de los peligros de este mundo, y haz que merezcamos vivir contigo eternamente.

  Los Agnus Dei son recogidos a continuación con respeto, y reservados para su distribución solemne que debe hacerse el Sábado siguiente. Es fácil ver el vínculo de esta ceremonia con la Pascua: el Cordero pascual se recuerda en ella constantemente; al mismo tiempo que la inmersión de los corderos de cera presenta una alusión evidente a la administración del bautismo, que fue durante tantos siglos el gran interés de la Iglesia y de los fieles en esta solemne Octava.

   Las plegarias que antes hemos citado abreviéndolas un poco, no son de las más antiguas; pero el rito que las acompaña muestra suficientemente la alusión al bautismo, aunque no se alude en ellas directamente. Los hechos prueban, como lo acabamos de ver, que el uso de bendecir los Agnus Dei no se instituyó tal como pretenden algunos autores, en la época en que se dejó de bautizar solemnemente en Pascua; es anterior en varios siglos y sirve para confirmar, de manera conmovedora, la importancia que la Iglesia concedió y concederá siempre al culto del misterio del Cordero en estos días santos.

   Los Agnus Dei, por su significado, por la bendición del Soberano Pontífice y la naturaleza de los ritos empleados en su consagración, son uno de los objetos más venerados de la piedad católica. De Roma se difunden  por el mundo entero; y con frecuencia la fe de aquellos que los conservan con respeto ha sido recompensada con prodigios. Bajo el pontificado de san Pío V, el Tíber se desbordó de manera aterradora, y amenazaba inundar varios barrios de la ciudad; un Agnus Dei arrojado sobre las aguas las hizo retroceder al momento. Toda la ciudad fue testigo de este milagro, que se discutió más tarde durante el proceso de Beatificación de este gran Papa”.

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Pablo VI parece ser el último Papa que realizó, mano sua, este bello rito.

pablo VI Agnus Dei

En el Año de la Misericordia, 2016, se volvieron a elaborar los Agnus Dei.

agnus dei francisco

Y en este enlace de Ceremonia y rúbrica española se encuentran numerosas fotos y explicaciones muy ilustrativas.

 

 



[1] “Le temps pascal”, tom. I, Paris 1921 (18ª), p. 331-336.

8 comentarios

  
Tecla Odette
Lástima que ya no se haga. Da tristeza que el Cirio del año anterior, se relegue a una esquina o en un depósito.
La falta de sacralidad entre nosotros es preocupante

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JAVIER:

Es muy grave: hemos perdido el sentido de lo sagrado, hemos expulsado la sacralidad y convertido todo en mundanidad banal.
11/05/21 11:13 AM
  
Maria Celia Allamandri
Yo tengo uno que me dio una monjita de clausura, está en una tarjetita muy delicada hecha por estás monjitas.
11/05/21 12:24 PM
  
maru
"...la importancia que la Iglesia concedió y concederá siempre al culto del misterio del Cordero en estos días santos..."
Desgraciadamente, hoy día (alguna excepción queda) se perdió el sentido del misterio y de la sacralidad (si me apura, hasta de la divinidad). Tengo un post suyo P. Javier, en el cual vd. hablaba de la pérdida de la sacralidad .

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JAVIER:

Sí, he escrito mucho y seguiré haciéndolo sobre la sacralidad, el sentido de lo sagrado en la liturgia, estando en presencia de Dios. Por ejemplo, en este post de 2016.

11/05/21 1:40 PM
  
Gece
Conocía el rito parcialmnete, pero no con tanta amplitud por lo que se agradece especialmente. El amor en los detalles aquí se ve. Y una alegría añadida: sabe r algo tan reciente como de 2016.

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JAVIER:

Es una alegría, desde luego. Pero dudo que se haya seguido el rito antiguo, papal, y simplemente se han fabricado de cera en algún Monasterio para la ocasión. Ojalá se hiciera más veces, cundiera el ejemplo.
11/05/21 11:08 PM
  
J. Pereira
Recuperar el sentido de la sacralidad... ¿Cuando lo tomaremos de las manos del los iconoclastas y de los profanadores?

Maravilloso texto también este: www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=25913 Respecto la "actuosa participatio", cuando empecé a irme a la Misa del Vetus Ordo tenía ansias de saber todas las respuestas y aprender todos los cánticos - tan acostumbrado con la necesidad de hacer algo - cuando entonces, por la gracia de Dios, me he dado cuenta del valor del silencio, de la importancia de escuchar el canto para la elevación del alma y de cuánto es más importante la participación, es decir, la comunión espiritual con la oración del sacerdote, del Cristo Sacerdote y de toda Iglesia. Aún si no dijera oralmente una sola palabra.

Eso no quiere decir que en tiempos en los que el Vetus Ordo era la forma ordinaria (hasta mis 6 años así fue la Santa Misa) no haya faltado adecuada catequesis para una buena comprensión y más fructosa participación litúrgica y santificación de la vida.


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JAVIER:

Sin duda es grande el valor del silencio (contemplativo, sagrado, orante), y unirse por supuesto a las oraciones que el sacerdote pronuncia, pero también lo es el responderle, contestar..., y no que sea el acólito o monaguillo quien lo haga en nombre de todos, para pasar todos en absoluto silencio toda la Misa.
12/05/21 6:02 AM
  
Javidaba
Muchas gracias, D. Javier; no tenía de los Agnus Dei más idea de que debían ser una especie de medallas; pero en absoluto pensaba que la cera del Cirio Pascual fuera su "materia prima". Es toda una "predicación" cargada de símbolos. ¡Qué belleza en la liturgia de la Iglesia!, y qué generosidad en tantos y tantos sacramentales que como buena Madre, pone a disposición de sus hijos, y ¡qué pena que permitamos que se pierdan y olviden por nuestra culpa!.
13/05/21 2:30 PM
  
maru
Gracias por mencionar el post del 2.016, ,porque no lo tenía.
15/05/21 4:30 PM
  
María
Una pregunta un poco tonta, tal vez. Pero ¿qué se hace con esos medallones de cera una vez fabricados? ¿Se guardan como una reliquia o como quien tiene una estampita o tienen alguna función en la liturgia o en otro momento?
Gracias!

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JAVIER:

Eran sacramentales. Se llevaban a casa como una "estampa" o algo así, con devoción; como cualquier objeto bendecido. Ya para la liturgia no se empleaban más.
19/05/21 12:27 PM

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