InfoCatólica / Liturgia, fuente y culmen / Archivos para: Julio 2021

27.07.21

Misterio de unidad (Tu Catedral - IV)

burgos

En cada Iglesia local hay una sola catedral, porque cada Iglesia local está regida por un solo obispo, sucesor de los apóstoles por la ordenación sacramental, y signo del mismo Cristo para la Iglesia.

Una sola catedral y un solo obispo son expresiones claras de la unidad de la Iglesia. ¡Qué fuerza tienen estos conceptos, y cómo resalta la unidad de la Iglesia un Padre apostólico, san Ignacio de Antioquía! Discípulo directo de los Apóstoles, desarrolla una bella teología de la unidad eclesial:

“Que nadie os engañe. Si alguien no está dentro del altar del sacrificio, carece del plan de Dios. Pues, si la oración de uno o dos tiene tal fuerza, ¡cuánto más la del obispo y toda la Iglesia!” (Ad Ef., 5,2).

“Esforzaos por frecuentar una sola Eucaristía, pues una es la carne de nuestro Señor Jesucristo y uno el cáliz para unirnos a su sangre, uno es el altar como uno es el obispo junto con el presbiterio y los diáconos” (Ad Fil., 4,1).

¡Visto así, cómo cambia la catedral! Ya no es un edificio cultural, poseedor de innumerables tesoros arquitectónicos, o pictóricos o escultóricos… ni tampoco lo veremos como una iglesia más, tal vez alejada del sentir cotidiano de la fe. La catedral, tu catedral, cualquier catedral es signo de unidad de la Iglesia.

Entramos en la catedral. Es grande, hermosa. Es un templo de gran capacidad, pero sobre todo es un templo con mucho significado. La catedral es casa de todos los católicos. Es hogar de los hijos de la Iglesia, presidido por el pater familias, el obispo, padre y pastor.

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20.07.21

Liturgia y belleza, relación y retos (y III)

belleza

3. El antropocentrismo desolador

Pero todo lo anterior se resiente y se viene abajo con el antropocentrismo que con tanta fuerza arremetió contra todo en las iglesias a partir de los años 70.

Este antropocentrismo sitúa al hombre el centro de todo, expulsando a Dios, lo sagrado, lo ritual, el Misterio en definitiva. Dice valorar al hombre por el hombre, pero es que el hombre sin Dios está fracasado sin otra opción posible: es el absurdo, es la nada. Es lo contrario del más sano humanismo cristiano, ya que éste valora al hombre en cuanto ve su referencia en Cristo, el Hombre nuevo, y su vocación y destino eternos y sobrenaturales. El antropocentrismo está agotado y encerrado en sí mismo.

La aparición del antropocentrismo en la liturgia fue desoladora. Sustituyó a Dios para ponerse el hombre, y la liturgia dejó de ser la glorificación de Dios y la santificación del hombre, para convertirse en algo autorreferencial, una comunidad que se celebraba a sí misma en todo caso. La liturgia se manipuló a gusto de cada uno como mera “fiesta de la comunidad”. Se perdió la sacralidad del lugar y de la acción litúrgica, se banalizó como si fuera una sala de reuniones más, desterrando la atmósfera sagrada de la liturgia (el silencio, el canto litúrgico, el incienso, etc). La belleza de los textos litúrgicos –que necesitan una iniciación, ciertamente- se trocó en textos improvisados, de dudosísima calidad y ortodoxia pero contemporáneos. La participación litúrgica promovida por la Iglesia, una participación activa, consciente, piadosa, interior, fructuosa, se cambió por una continua intervención de todos, de manera que participar era intervenir ejerciendo algún servicio en la liturgia para que se sintieran protagonistas: que fueran muchos los que subieran y bajaran al altar, que muchos hicieran algo.

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12.07.21

"Cantate Domino. Antología de documentos": una reseña, una invitación, un camino por recorrer

antologíaQue la Iglesia siempre veló por las artes, la cultura y la belleza es indudable; que prestó atención al canto en la liturgia y la música, es patente a los ojos de todos. Y es que no todo vale en el campo de la liturgia, no todo puede entrar en nuestros templos, no todo es válido ni puede servir para el culto divino, no todo eleva el alma a Dios ni posee santidad ni es arte verdadero.

 A fin de formar y permitir el estudio y la lectura, la enseñanza y la catequesis, se ofrece esta Antología, eficazmente dirigida por D. Óscar Valado, excelente amigo mío, y en la que hemos colaborado liturgistas, músicos y traductores, y que ha llevado mucho tiempo y revisiones lograr el resultado final, tan digno y atrayente.

  Desde S. Pío X hasta la actualidad, hay mucho en el Magisterio sobre el canto y la música en la liturgia, ya sea con documentos de mayor o menor rango (motu proprio, Decreto, Instrucción, etc.), o con discursos o alocuciones de los diferentes Papas, así como –en apéndice- los prenotandos de los distintos rituales y libros litúrgicos en lo concerniente a la música y canto.

El enchiridion o antología es exhaustivo. Nada se ha dejado atrás o ignorado. De este modo se convierte en un instrumento útil para la vida litúrgica de la Iglesia. Se recogen 253 documentos, divididos por pontificados, y a cada pontificado le precede una sugerente introducción. A lo que hay que sumar apéndices e índices analíticos y demás.

 En palabras de Presidente de la Comisión episcopal para la liturgia, D. J. Leonardo Lemos, obispo de Orense, “reunir todo este material en un solo volumen de casi un millar de páginas convierte esta Antología en una obra completamente imprescindible no solo para los especialistas del ámbito musical, sino para todos aquellos que deseen conocer lo que el magisterio de la Iglesia ha dicho en estos últimos cien años acerca de la música”.

 

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6.07.21

Humildad, humildad y más humildad necesaria

humildad

“Si quieres llegar a la verdad, no busques otro camino que el que trazó el mismo Dios, que conoce nuestra enfermedad. Ahora bien, el primero es la humildad, el segundo es la humildad, el tercero es la humildad, y cuantas veces me lo preguntases te respondería la misma cosa” (S. Agustín, Ep. 118,22).

Las palabras de S. Agustín son válidas para toda la vida cristiana, en todos los campos, y también, ¡cómo no!, para la liturgia.

La liturgia reclama la humildad de sus sacerdotes y de los ministros del altar, porque la liturgia es servicio divino, glorificación de Dios; es un don, un tesoro, del que la Iglesia es administradora, servidora, y nadie es su dueño o propietario. Ya lo advertía el Vaticano II en una afirmación muchas veces desconocida o ignorada:

“Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna
por iniciativa propia en la Liturgia”
(SC 22).

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