Leon III y el episodio que unió a la Iglesia con el imperio

CON OCASIÓN DEL 1200 ANIVERSARIO DE CARLOMAGNO ( y II)

RODOLFO VARGAS RUBIO

Carlos había recibido la unción regia cuando sólo contaba doce años. Acompañando a su padre en sus campañas militares aprendió el oficio de la guerra, en el que se mostraría como un gran adalid, hasta el punto que en torno a él se forjaría una leyenda, que dejó trazas en la famosa novela de caballería sobre los “Doce Pares de Francia”. Lo cierto es que habiendo alcanzado la edad adulta, ya se hallaba preparado para suceder a Pipino el Breve, el cual murió el 24 de septiembre de 768 en la abadía de Saint-Denis no sin antes haber dividido el reino franco entre él y su hermano menor Carlomán, siguiendo la costumbre germánica (que había contribuido a debilitar la monarquía merovingia).

Carlos recibió Austrasia, Neustria y parte de Aquitania y Borgoña, formando un arco del Rin al Garona, que rodeaba los dominios de Carlomán, a quien habían tocado Alamannia, Turingia y parte de Burgundia y Aquitania. En 769, Hunaldo, antiguo duque de Aquitania vencido por Pipino el Breve, salió de su encierro claustral y promovió una revuelta en el oeste del ducado. Carlomán se abstuvo de ayudar a Carlos a sofocarla (como habría sido su deber). Hunaldo fue vencido gracias al conde de Gascuña, pero quedó patente la malquerencia existente entre los hijos y sucesores de Pipino. Fue necesaria la intervención de la reina viuda Bertrada para poner paz entre sus hijos, cuya reconciliación se produjo en 770. Un año más tarde, Carlomán, presintiendo su próximo fin, cedió algunas de sus tierras a la abadía de Saint-Rémi de Reims, donde quería ser sepultado. Retirado en su castillo de Samoussy en Picardía, rindió el alma el 4 de diciembre de 771. Carlos fue reconocido por su sucesor a despecho de los dos hijos que Carlomán había tenido con Gerberga (la cual se los llevó a la corte del rey longobardo). De esta manera, el reino franco volvió a la unidad.

El defensor de la Iglesia

Carlos había heredado de su padre también el título de “Patricius Romanorum”, que hacía de él el protector nato de la Santa Sede y del Patrimonio de San Pedro. Hallándose empeñado en la campaña contra los Sajones, recurrió a él en demanda de auxilio el papa Adriano I (772-795), cuyos territorios habían sido invadidos por Desiderio, rey de los longobardos. Éste, que abrigaba planes muy ambiciosos de supremacía en Italia y quería a la vez vengarse del repudio de su hija Desiderata por parte de Carlos, había intentado que el pontífice rompiera su amistad con los francos, a lo que Adriano se había negado. A pesar de hallarse en plena campaña contra los Sajones, Carlos cruzó los Alpes en 773, conquistó Verona y puso sitio a Pavía.

Aproximándose la Pascua de 774, Carlos quiso ir a pasarla a Roma. Su entrada fue apoteósica, vitoreado por pueblo entusiasta y desbordante. Adriano I lo recibió el sábado santo en San Pedro, a cuya cripta bajaron ambos, jurándose mutuamente fidelidad ante la tumba del Apóstol. El domingo de Resurrección asistió el rey a los oficios en Santa María la Mayor y comió en el palacio lateranense con el papa. Fue el lunes de Pascua, en San Pedro, cuando los cantores romanos entonaron por primera vez la famosa litania carolina. El miércoles sucesivo, Carlos y Adriano se reunieron para negociaciones políticas en el Vaticano. El pontífice pidió al hijo de Pipino que confirmara el tratado de Quierzy de veinte años atrás. Carlos ordenó a su notario redactar una nueva donación, que firmaron él y sus magnates francos presentes, depositándola sobre la confesión de San Pedro. Adriano I la firmó también con gran contento al comprobar que a la donación de Pipino se añadía todo el Exarcado (incluyendo Imola, Bolonia y Ferrara) y las antiguas posesiones de la Iglesia en Córcega, Venecia, Istria, Espoleto y Benevento.

Después de esta visita triunfal a Roma –en la que, como hemos visto, quedó ratificada y fortalecida la alianza del papado y el reino franco– volvió Carlomagno al sitio de Pavía, ciudad que cayó poco después, en junio de ese mismo año 774. Carlos depuso a Desiderio y lo envió al exilio en un monasterio de Corbie mientras ceñía la Corona de Hierro y se hacía proclamar “rex Langobardorum”. Una secular amenaza para la Santa Sede desaparecía. Sin embargo, Adriano aún tuvo que hacer frente al alzamiento de tres duques longobardos y a las pretensiones de León, arzobispo de Rávena, el cual, haciéndose llamar “primado de Italia”, aspiraba a constituir un Estado eclesiástico independiente del Papa pero a sus expensas, lo cual estorbaba el cumplimiento de lo acordado por Carlos y Adriano. Éste lanzó un llamado a aquél como a un nuevo Constantino. En 776, la rebelión de los duques fue vencida por Carlos y el arzobispo León hubo de contentarse con el título de “vicario del Papa”. En el curso de una segunda visita a Roma –esta vez acompañado por su esposa Hildegarda y su hijo Ludovico, el cual fue bautizado y apadrinado por el papa– con motivo de la Pascua de 781, ratificose el acuerdo de 774, quedando determinada con exactitud la extensión de los dominios papales y reconocida y asegurada para siempre la soberanía del romano pontífice. Desde entonces dejó de datar éste sus documentos refiriéndose al emperador bizantino.

Un verdadero cruzado

La primera visita a Roma y sus entrevistas con Adriano I dejaron una profunda huella en el ánimo de Carlos, el cual quedó muy imbuido de su papel como campeón de la Cristiandad. Las campañas posteriores a 774 han de ser vistas en su conjunto principalmente como una misión. La mayor de todas fue la guerra contra los sajones, paganos recalcitrantes, a quienes no había arredrado una primera expedición en 772, en el curso de la cual Carlos había hecho destruir el árbol sagrado Irminsul, símbolo de la resistencia del paganismo germánico (impermeable a la influencia romana y al cristianismo), y obligado a convertirse a los vencidos. Los sajones, aprovechando la ausencia de Carlos a causa de la conquista de Lombardía, se habían vengado destruyendo santuarios cristianos en Hesse y Renania. Tras el paréntesis de Italia, Carlos convocó en Quierzy en septiembre de 774 una asamblea de los grandes del reino, en la que se decidió acabar con la rebelión de los sajones convirtiéndolos en masa al cristianismo según “la loi de fer de Dieu” (“la ley de hierro de Dios”): bautismo o muerte.

Así pues, los francos penetraron en Wesfalia en 775, rindiéndosele sin la menor resistencia los ostfalianos y los angarianos; no así los wesfalianos, que se resistieron durante un tiempo e hicieron sufrir a los ejércitos de Carlos graves bajas. A la llegada de éste, para evitar ser exterminados, los westfalianos se rindieron y pidieron la paz, prestándole juramento de sumisión. Los daneses (llamados normandos), que eran paganos, aprovecharon la bajada de Carlos a Italia de 776 para efectuar algunas reconquistas, pero el rápido regreso de éste los hizo retroceder. Dividió entonces el territorio sajón en distritos de misión. En el campo de mayo de Paderborn de 777 se convirtieron muchos sajones, pero su caudillo el westfaliano Widukindo se hallaba significativamente ausente, habiéndose refugiado en la corte de su cuñado el danés Sigfrido.

A Paderborn llegaron de España –enviados por Suleiman, wali de Barcelona y Gerona– tres emires enemigos de Abderramán de Córdoba, que rindieron homenaje a Carlos y le invitaron a invadir el norte de la Península Ibérica. Las condiciones de la Iglesia bajo la dominación árabe despertaron la simpatía del rey franco, que en la primavera de 778 movilizó sus ejércitos contra el poder mahometano. El de Neustria atravesó los Pirineos occidentales, mientras los de Austrasia, los longobardos y los burgundios penetraban por los Pirineos Orientales. Ambas columnas de encontraron frente a Zaragoza, donde esperaba Suleiman a Carlos asegurándole que la ciudad se le rendiría. Pero ésta permaneció fiel al emirato de Córdoba y, ante la amenaza de las huestes árabes, los francos emprendieron el regreso a su reino, no sin antes pillar Pamplona. El resultado de esta primera campaña de España fue insignificante y sólo dejó el recuerdo del paso de Roncesvalles, emboscada tendida a los francos por los vascones y en la que perecieron algunos significados paladines de Carlos, entre ellos su sobrino Roldán, personaje del cantar de gesta homónimo.

La difícil sumisión de los sajones

Durante la que podemos denominar una especie de “cruzada española” de Carlos, el caudillo sajón Widukindo retornó de su exilio llevando consigo un ejército de daneses y, aprovechando la ausencia de aquél, se dedicó a asolar el Hesse y el valle del Rin, matando o haciendo huir a los misioneros cristianos y devastando iglesias, incluso la abadía de Fulda (de la cual lograron escapar algunos monjes llevando consigo las reliquias de san Bonifacio). En junio de 779, Carlos juntó sus ejércitos en Düren y atacó con éxito el campamento atrincherado de Widukindo en Bocholt. Después de esta victoria consideró completamente sometidos a los sajones. En la dieta de Lippspringe se decidió dividir su territorio en distritos misioneros y condados francos. El propio Carlos asistió a bautizos masivos de sajones en 780 y marchó a Italia. Durante dos años la situación pareció controlada.

Pero en 782 se promulgó la capitular “De partibus Saxoniae”, en virtud de la cual no sólo se obligaba a los sajones a abrazar el cristianismo bajo pena de muerte, sino también a pagar –como los francos– los diezmos para el sostenimiento de la Iglesia; además, se confiscaba una buena parte de las propiedades en beneficio de las misiones. No faltaba más para que Widukindo, volviendo de su segundo exilio, encabezara la revuelta del pueblo sajón exasperado contra los francos por sus exacciones. En Suntal sobre el Weser, las fuerzas de Widukindo vencieron a los francos, matando a dos legados regios y a cinco condes francos. Carlos en persona decidió vengar este desastre y mandó degollar en un solo día a 4.500 sajones en Verden, a orillas del río Aller (783). Hay que aclarar que no se trataba de prisioneros de guerra, sino de cabecillas de los más turbulentos del ejército de Widukindo, debilitado por disputas de raza entre sus heterogéneos componentes. El caudillo sajón logró nuevamente escapar, esta vez a través del Elba. La guerra continuó dos años más y tras las derrotas sajonas de Detmold y Osnabrück, Widukindo acabó por abjurar de Odín y aceptar al Dios de los cristianos, aceptando el bautismo en Attigny (en las Ardenas) el año 785. Fue su padrino el propio Carlos.

Aquí cabe una reflexión sobre los métodos evangelizadores de los francos entre los sajones, preconizados por Carlos. Se acusa a éste de haber procedido en sus conquistas de manera brutal y violenta, forzando a los vencidos a recibir el bautismo. Hay que distinguir aquí dos cuestiones: la primera de orden bélico y la segunda de conciencia. En cuanto a lo primero, puede comprenderse que algunas medidas sangrientas que tomó Carlos fueran el resultado de la exacerbación de una guerra comenzada a justo título, pero que fue adquiriendo el carácter de guerra a muerte por la rebeldía y ferocidad de los sajones. Pero, en referencia a la segunda cuestión, resulta injustificable la coacción ejercida sobre las conciencias por el poder político en la conversión de los bárbaros. Alcuino, consejero de Carlos, informa en sus cartas que se procedía con excesivo rigor, el cual sólo se atenuaba gracias a la acción benévola de los misioneros, que intentaban ofrecer un lenitivo a la humillación de los vencidos.

Todavía se rebelarían los sajones en 792, esta vez a causa de los pesados tributos a los que estaban sometidos. Para sofocar radicalmente todo levantamiento decidió Carlos emplear esta vez el método de las deportaciones en masa, enviando gran número de familias sajonas al reino franco, donde sus hijos fueron educados en la fidelidad al rey y a la religión cristiana. De entre ellos surgirían más tarde obispos y sacerdotes que, retornando a su patria de origen, contribuyeron grandemente a evangelizarla. Para mejor consolidar la cristianización de los sajones, Carlos consideró oportuno, además, establecer entre ellos la jerarquía eclesiástica. Así, con anuencia de la Iglesia, erigió algunas diócesis como las de Bremen y Osnabrück en 787 y nombró para ellas a obispos llenos de celo, prudencia y sabiduría.

La Cristiandad en la mente de León III

A la muerte de Adriano I, fue elegido papa, por el voto unánime del clero y pueblo de Roma, el custodio de Letrán y presbítero cardenal de Santa Susana León III, amado por la mayor parte de los romanos. Desembarazada la Santa Sede de la tutela bizantina, el nuevo pontífice se apresuró a anunciar la muerte de su predecesor y su propia elección a Carlos, enviándole la reliquia de las llaves de la Confesión (al oro de las cuales se amalgamaban raspaduras de las cadenas de san Pedro) y el estandarte de la Iglesia. De este modo quería recordarle al rey de los francos sus deberes como guardián del sepulcro del príncipe de los Apóstoles y comandante de la milicia de Roma. Al mismo tiempo le rogó que enviara a sus legados para que recibieran el juramento de los romanos a Carlos como su patricio. Éste, complacido, designó como su representante a Angilberto, el cual llevó a León III de parte de su señor ricos dones, con los cuales el papa embelleció los edificios lateranenses, en especial la basílica, que fue conocida desde entonces como “leonina”.

En el palacio de Letrán mandó edificar, por ejemplo, un imponente triclinio o sala para los banquetes oficiales, tomando como modelo la del palacio imperial de Constantinopla. El ábside, enmarcado por un arco de triunfo, es lo único que queda hoy de este triclinio de León III. En él se pueden apreciar: al centro del ábside, un gran mosaico representando a Cristo Redentor sobre el monte de la Ascensión, rodeado de sus apóstoles, en actitud de enviarlos a evangelizar a todos los pueblos; sobre el arco de triunfo, a la izquierda, a Cristo sentado sobre un trono entregando las llaves de la Iglesia a san Silvestre y el lábaro a Constantino, y, a la derecha, san Pedro en su cátedra, consignando un báculo a León III y el estandarte de la Iglesia a Carlos. La simbología era clara: retomando la antigua tradición romana, León recreaba las nuevas condiciones históricas presentando a Carlos como un nuevo Constantino, benefactor y protector de la Sede Apostólica; en definitiva, el poder temporal en armonía y defensa del poder espiritual y de su misión universal. Los mosaicos del triclinio, anteriores al año 800, expresan el grandioso plan del papa de restaurar el Imperio de Occidente en nombre de la Cristiandad.

Sin embargo, León III tendría que vencer primero una grave oposición que se formó en su contra en Roma por parte de un sector de la aristocracia. A la sazón, los parientes del difunto Adriano I, que tenían importantes intereses creados a lo largo de los veintitrés años de espléndido reinado de éste, no se resignaban a perder poder e influencia frente a un papa que frenaba su insaciable codicia. Una parte del pueblo, víctima de su demagogia, se mostró descontento con el papa y dispuesto a secundar a los díscolos nobles, entre los que destacaban Pascual, primicerio de la Iglesia, y Teodoro, sobrinos de Adriano I. En un principio se trató de desprestigiar al pontífice mediante innumerables calumnias que circularon por Roma y se hicieron llegar a oídos de Carlos. Más tarde vino la conjura.

Justificación del papa ante el rey de los francos

El 25 de abril de 799, fiesta de san Marcos, mientras el papa presidía a la cabeza del clero la solemne procesión de las letanías mayores, hallándose frente al monasterio de los Santos Esteban y Silvestre (a mitad de camino del cortejo que recorría desde San Juan de Letrán hasta San Lorenzo in Lucina), León III fue atacado por un destacamento armado bajo las órdenes del primicerio Pascual, del tesorero Cámpulo y de Mario Nepesino. El pontífice fue tirado por tierra, se le arrebataron los hábitos pontificales, fue golpeado y se le intentó arrancar los ojos y la lengua. Cubierto de su propia sangre y casi exánime, fue hecho encerrar por orden de Pascual y Cámpulo en una celda del monasterio, de donde fue arrastrado por la noche a San Erasmo sobre el monte Celio. Allí fue rescatado por Albino y algunos otros de sus leales y trasladado a San Pedro, donde León pudo recuperarse, aunque la rebelión no fue sofocada, porque se unieron a ella los nobles de la Tuscia y la Campania, descontentos del nuevo poder temporal de la Santa Sede. Sólo la intervención de Viniquio, duque de Espoleto, y el legado franco Visundo salvó al papa, que fue llevado a Espoleto.

Viniquio hizo saber a Carlos lo sucedido y que el papa deseaba tener una conferencia con él. El rey de los francos envió al encuentro de León al arzobispo Aldeboldo de Colonia, al conde palatino Anscario y a su hijo el rey Pipino de Italia. Ambos se entrevistaron en el campamento de Paderborn con gran cordialidad. Los enemigos del papa, sin embargo, no permanecieron inactivos: además de saquear y pillar Roma, enviaron a Carlos, en su condición de patricio romano, una embajada presentando graves acusaciones contra aquél. Su fiel consejero Alcuino, le recomendó proteger al papa y hacerlo escoltar a Roma, pero examinar los hechos ante un tribunal, aunque dejando claro que “prima sedes a nemine iudicatur” (la Santa Sede no puede ser juzgada por nadie). León III, en efecto, pudo regresar en el otoño de 799 a su capital sano y salvo, acompañado por los arzobispos Aldeboldo de Colonia y Arnón de Salzburgo, cinco obispos y tres condes palatinos, en calidad de missi dominici. Algunos días después, los enviados de Carlos se constituyeron en tribunal, ante el que comparecieron Pascual y Cámpulo, los cabecillas de la rebelión.

Entretanto, Carlos, haciendo honor a su promesa de acudir a Roma para celebrar la Navidad, descendió a Italia. Era noviembre y León III salió a recibirlo en Nomento (a unos dieciocho kilómetros de Roma), reentrando en la Ciudad Eterna con toda pompa acompañado de él y de sus hijos Carlos el Joven, co-rey de los francos, y Pipino de Italia. Una semana después se reunieron en San Pedro el clero y la nobleza tanto romana como franca para examinar una vez más las acusaciones contra el papa. Éste y Carlos se sentaron uno junto a otro. Todos los obispos y abades se negaron a pronunciarse, aduciendo el principio formulado por Alcuino, según el cual la Sede Apostólica, cabeza de todas las iglesias, no puede ser sometida a juicio humano alguno. Por otra parte, los detractores del pontífice no se atrevieron ya a comparecer, por lo cual, siguiendo una antigua costumbre, juró éste delante de todos desde el púlpito, sobre el libro de los Evangelios, ser inocente de todos los cargos que se le habían inicuamente imputado: este episodio se conoce como la Justificación de León III y fue inmortalizado por Rafael en la Sala del Incendio del Borgo del Palacio Apostólico Vaticano.

Carlomagno, emperador de Occidente

Carlos era ya, de hecho, el príncipe más poderoso de Occidente, pero teóricamente el poder imperial seguía residiendo en Constantinopla, pues tres siglos atrás, después de la caída de Rómulo Augústulo, una legación del senado había entregado al emperador de Oriente Zenón todos los poderes de Roma. A la sazón reinaba a orillas del Bósforo una mujer, mejor dicho una virago: Irene, viuda de León V el Jázaro y madre de Constantino VI, de cuya regencia se había hecho cargo en 780. Una revolución palaciega la había entronizado en 797 en lugar de su hijo (que fue depuesto y cegado). Irene tomó el título no de basilissa (destinado a la consorte imperial), sino de basileus (proprio del emperador reinante). La incierta situación creada por el reinado de una mujer sin sucesión aparente facilitó los planes del papa.

Según la tradición, León III, después de su justificación, invitó a Carlos a la misa de nochebuena en San Pedro, rogándole que asistiera en traje de gala romano, lo cual no era de extrañar, dado que se trataba del Patricius Romanorum (aunque el rey sólo se sentía más a gusto con su indumentaria franca). En medio de los sagrados ritos, hallándose Carlos sumido en oración, sintió un frío tacto en sus sienes mientras oía a la multitud reunida exclamar por tres veces: “Carolo, piisimo Augusto a Deo coronato, magno et pacificio Imperatori, vita et victoria!” (¡A Carlos, piadosísimo Augusto coronado por Dios, al magno y pacífico emperador vida y victoria!). Carlos se levantó aturdido y, volviéndose, vio a un León III sonriéndole con una traviesa complacencia: acababa de ser hecho emperador por sorpresa. Parece ser, sin embargo, que la restauración del Imperio de Occidente ya había sido tratada por sus protagonistas en Paderborn. El pontífice ungió a Carlos y a su hijo Pipino y recibió de ellos magníficas ofrendas para las cuatro basílicas patriarcales.

La coronación de aquel a quien la Historia iba a conocer como Carlomagno ponía de manifiesto dos hechos: la autoridad del obispo de Roma, superior a la de las demás sedes de la Cristiandad, y el prestigio del rey de los francos como patricio y protector de la Iglesia, cuyo poder excedía al del resto de los príncipes cristianos. En lo sucesivo y a lo largo de unos cuantos siglos, la historia de Europa iba a quedar marcada por las relaciones entre los dos nuevos poderes: el del Papado y el del Imperio. En cuanto a Bizancio, el acto de León III cayó muy mal. Para apaciguar a Irene, Carlomagno, viudo de Liutgarda, le envió en 801 una propuesta de matrimonio, el cual habría servido para unir de nuevo Oriente y Occidente. Parece ser que la idea no desagradó a la emperatriz, pero no tuvo tiempo de considerarla, pues al año siguiente fue destronada por otra revolución palaciega encabezada por su tesorero Nicéforo, quien la envió desterrada a Lesbos (la iglesia ortodoxa la canonizó por haber restaurado el culto de las imágenes).

El renacimiento carolingio

Desde 790 residía Carlos de manera habitual en Aquisgrán, que se convirtió en capital administrativa del Imperio, desde la cual llevó a cabo la obra de consolidación de sus conquistas y de civilización según el ideal cristiano. Después de cuatro siglos de invasiones bárbaras y de inestabilidad política, Europa comenzaba a reorganizarse. La Cristiandad vio expandidas sus fronteras: en 801, con la conquista de Barcelona (segunda intervención en España), quedó constituida la Marca Hispánica; en 803 fueron conquistados los ávaros, que ocupaban Panonia; al año siguiente los sajones se sometieron definitivamente tras 32 años de guerras; en fin, la amenaza sarracena fue conjurada en 808 en la batalla de Taillebourg. El feudalismo, basado en las relaciones personales de vasallaje, comenzó a imponerse al par que una cultura agraria. El monacato de Occidente experimentó un nuevo impulso fundamental gracias a la obra reformadora de san Benito de Aniano. Carlomagno quiso organizar su imperio sobre el modelo de la Iglesia.

Pero fue en el plano de la cultura y de la educación en el que la obra de Carlomagno dejó huellas más duraderas. Fomentó la creación de escuelas palatinas (paralelamente a las escuelas catedralicias y monacales). En Aquisgrán, especialmente, fundó una, en la cual se formaron la élites laicas y eclesiásticas del Imperio. Puso por obra un vasto programa educativo basado en el esquema de las siete artes liberales (trívium y quadrívium) de Marciano Capella, Casiodoro y Boecio transmitido por Beda el Venerable. El llamado renacimiento carolingio fue posible gracias a grandes figuras intelectuales que adornaron la corte imperial, entre ellas: Alcuino, Eginardo, Teodulfo el Visigodo, Pablo Diácono, Pedro de Pisa. De ellos, Alcuino fue el principal impulsor del redescubrimiento y estudio de los libros sagrados y de los autores antiguos. Los hombres de esta época ya lamentaron la barbarización del latín y la necesidad de volver a los modelos clásicos, lo que los hace precursores de los humanistas. Se difundieron los conocimientos principalmente por medio de la escritura, haciéndose célebres los scriptoria, donde se cultivaba la exquisita minúscula carolingia.

El Imperio Carolingio no duró ni un siglo, debido a las divisiones que provocó su partición en 843. El mismo Carlomagno parece que consideraba que la dignidad imperial le había sido conferida a título personal; por eso se titulaba a sí mismo “serenissimus augustus, a Deo coronatus, magnus et pacificus imperator, Romanum gubernans imperium, qui et per misericordiam Dei rex Francorum et Langobardorum”. De hecho, en 806, siguiendo la costumbre franca, hizo por testamento partición de sus dominios entre sus hijos sin hacer mención del Imperio; sin embargo, en 813, no sobreviviéndole más que Ludovico Pío (Pipino de Italia y Carlos el Joven habían muerto), se lo dejó íntegro con el título imperial. Hizo corroborar sus disposiciones por cinco sínodos provinciales y en una asamblea general convocada en Aquisgrán puso él mismo la corona imperial en las sienes de su heredero. Alcuino teorizó sobre el papel del príncipe cristiano, sosteniendo que debía ser como un nuevo David (sacerdote-rey), vindicador de los derechos de Dios, protector de su Iglesia y defensor y padre de su pueblo. Carlomagno murió de neumonía en su capital el 28 de enero de 814, hace mil doscientos años. En 1165, Federico Barbarroja lo hizo canonizar por el antipapa Pascual III. Roma no se ha pronunciado nunca sobre la validez del hecho, pero prefiere no darle el título de santo en razón de los cuestionables métodos de conversión de los sajones. Prospero Lambertini (futuro Benedicto XIV) en su tratado sobre la beatificación y canonización declaró que, a lo más, se podía tolerar que se lo llamase “venerable”. Pero lo que es indudable es que Carlos, rey de los francos y de los longobardos y emperador de Occiente, fue verdaderamente un gigante de la Historia, merecedor del epíteto de Magno.

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