Las primeras reacciones de Iglesia española ante el alzamiento militar de Franco (I)

EL CARDENAL GOMÁ RECIBIÓ CON ESCEPTICISMO LAS PRIMERAS NOTICIAS DE LA REVOLUCIÓN MILITAR

JOSÉ FRANCISCO GUIJARRO

Se había hecho público el día 8 de mayo de 1936 el nombramiento de un obispo auxiliar para la sede de Toledo, el aragonés Gregorio Modrego Casaus. hasta entonces canciller del arzobispado primado, oriundo de Tarazona -diócesis en la que monseñor Gomá había sido obispo, antes de ser trasladado a Toledo-; y se había fijado para su ordenación episcopal la fiesta de Santiago Apóstol, en la catedral de Tarazona, como lo refiere en su carta, fechada en el balneario de Belascoaín, en Navarra, el 13 de agosto de 1936 al Secretario de Estado, cardenal Pacelli:

“Salí de Toledo el 12 de julio, habiéndome sorprendido de improviso el levantamiento cívicomilitar en Tarazona, mi antigua Sede, adonde me había dirigido esperando la fecha de la consagración de mi Obispo Auxiliar, que debía celebrarse allí el día 25 de julio. He venido aquí para someterme a la cura de aguas de este Balneario, en la imposibilidad de ir a Cataluña como era mi propósito, para hacerlo en un balneario de aquella región.”

De este modo, en el momento del alzamiento el cardenal primado se encontraba fuera de su diócesis, donde probablemente hubiera sido asesinado, como tantos de sus sacerdotes, de haber permanecido en ella. Como, según veremos seguidamente, tras un viaje a Roma en diciembre de aquel año, fue designado representante personal y oficioso de Pío XI ante la junta de Gobierno Nacional, mantuvo durante toda la contienda su residencia en Pamplona, de donde le resultaba más ágil la comunicación con Roma y los desplazamientos a Burgos o a Salamanca, así como alguna visita esporádica a su sede, una vez que Toledo, en septiembre de 1936, había sido liberada. Y así, desde una zona que se encontró durante toda la guerra al margen del teatro de las operaciones militares y en la que no tuvo lugar ninguna represión por motivos religiosos, pudo ejercer, como primado, unas funciones de coordinación entre los demás obispos de España y mantener una eficaz comunicación con la Santa Sede.

Existía en España, desde 1923, una junta de Metropolitanos, de carácter meramente consultivo, cuya presidencia correspondió a los sucesivos arzobispos de Toledo -Reig, Segura, Gomá y, después de la guerra, Pla y Deniel-, aun cuando todavía no hubieran sido, estos dos últimos, promovidos al cardenalato. Así, si bien resulta anacrónico atribuirle al cardenal Gomá unas funciones que aún no habían quedado establecidas, no es menos cierto que, por la responsabilidad de ser el presidente de la junta de Metropolitanos, y en las circunstancias ciertamente excepcionales de estar España dividida en dos por la guerra, encontrándose muchas sedes impedidas o vacantes, y por el prestigio personal del que ya entonces gozaba el cardenal primado entre la mayoría de los obispos españoles, asumió, de hecho, unas funciones en la Iglesia española que, aunque canónicamente no le correspondieran, sin embargo no le fueron discutidas.

No obstante, en un momento en que era aún poco probable -por no decir materialmente imposible- el que por el correo certificado, que expresamente menciona el cardenal Gomá, expedido desde la frontera de Canfranc, hubiera podido llegar a manos del cardenal Secretario de Estado en Roma la documentación remitida desde Belascoaín (Navarra) en esta primera intervención del cardenal primado, ya se le había anticipado el superior general de los misioneros Hijos del Corazón de María, el padre Felipe Maroto, quien el 20 de agosto, tras una visita al cardenal Pacelli, elaboró allí mismo una petición manuscrita, que fue mecanografiada seguidamente, y llevada a la audiencia de Pío XI el día 22. En la respuesta del cardenal Pacelli ya se encuentran expresiones tales como «las localidades de España en las que se ha hecho feroz la persecución religiosa» y «los que escriben con sus sufrimientos y su sangre una página gloriosa en la historia de la Iglesia».

Se trataba, en aquel caso, de la petición de unas facultades extraordinarias para poder celebrar la santa misa sin observar la totalidad de las normas litúrgicas, en las condiciones de precariedad impuestas por las circunstancias del frente de guerra. No fue, sin embargo, el episcopado español, con el cardenal primado a la cabeza, la única fuente de información y de contacto de la Santa Sede sobre la realidad del desarrollo de los acontecimientos de España. Era embajador de España ante la Santa Sede el diplomático Luis de Zulueta, y a él le dirigió una nota la Secretaría de Estado, con fecha 31 de julio, protestando enérgicamente por las reprobables violencias que se estaban llevando a cabo contra personas y cosas sagradas, y por la suspensión del culto decretada por el gobierno de la República. Once días después el embajador Luis de Zulueta respondió con otra nota, después de una vez realizar las consultas pertinentes con el gobierno de Madrid y tener contactos telefónicos con Ventura Gassols sobre la situación en Cataluña. En ella deploraba profundamente los hechos y afirmaba que las autoridades españolas, incluso las de Cataluña, habían intervenido en muchos casos para evitar crueles excesos, protegiendo la vida de sacerdotes y religiosos, y que la suspensión temporal del culto era sólo una medida preventiva transitoria, encaminada precisamente a evitar posibles desmanes.

Hecha esta exposición, acusaba a buena parte del clero español poco menos que de haberse hecho merecedor de tales acciones por la actitud adoptada. Algunos habían tomado las armas en las filas facciosas, como se había comprobado tras la recogida de muertos y heridos después de los combates; otros se habían hecho fuertes es sus respectivas iglesias, siendo luego éstas atacadas, muchos clérigos y religiosos habían dado su apoyo a la rebeldía armada y algunos obispos estaban en relación con la junta facciosa de Burgos, llegando los de Palma de Mallorca, Pamplona y Vitoria a amenazarles con penas espirituales, según fue radiado e17 de agosto por la estación emisora de Burgos.

Con su estilo peculiarmente incisivo, Miguel de Unamuno había publicado en el diario Ahora, con fecha 3 de julio de 1936, la siguiente anécdota, que, si bien cronológicamente se retrotraía a un tiempo muy anterior, sin embargo, era entonces cuando alcanzaba la más rabiosa actualidad:

“Recuerdo que después de que aquellas Constituyentes, de nefasta memoria -Dios me perdone-, votaron -el que esto escribe no lo votó ni asistió a aquellas sesiones- aquel artículo 26, en que se incluyó mucho evidentemente injusto, como se lo reprochara yo a uno de los prohombres revolucionarios, hubo de decirme: «Sí, es injusta; pero aquí no se trata de justicia, sino de política». Y me dio a entender que cierta injusta medida persecutoria se daba para proteger a los perseguidos contra otras persecuciones populares en caso de no tomar la medida. Que es como si un Tribunal de justicia dijese: «Le hemos condenado a muerte, porque si no, la turba le saca de la cárcel y le lincha». Curioso argumento que no deja de aplicarse.”

En este contexto se sitúa uno de los informes remitidos a la Secretaría de Estado por el cardenal Gomá, el de fecha 13 de agosto de 1936, en el que presenta sus impresiones sobre los hechos de los que, desde aquel lugar y por aquellas fechas, podía tener conocimiento acerca del desarrollo de la guerra. No se hace ilusiones sobre los motivaciones personales que han dado lugar al movimiento:

“En conjunto puede decirse que el movimiento es una fuerte protesta de la conciencia nacional y del sentimiento patrio contra la legislación y procedimiento de gobierno de este último quinquenio, que paso a paso llevaron a España al borde del abismo marxista y comunista.

Pero no puede precisarse el móvil que ha impulsado a cada uno de los directores del movimiento. Unos se mueven, sin duda, por el ideal religioso, al ver profundamente herida su conciencia católica por las leyes sectarias y laicizantes y por las desenfrenadas persecuciones; otros, por ver amenazados sus intereses materiales por un posible régimen comunista: muchos, por el anhelo de una paz social justa y por el restablecimiento del orden material profundamente perturbado; otros, por el sentimiento de unidad nacional amenazado por las tendencias separatistas de algunas regiones.

Cierto que, como en la civilización cristiana están salvaguardados todos esos intereses, aun los de orden material y temporal, los dirigentes del movimiento, según se desprende de sus proclamas y arengas, propenden a la instauración de un régimen de defensa de la civilización cristiana.

Pero es muy de lamentar que, según manifestaciones que acaba de hacerme una de las figuras más destacadas y más católicas del movimiento,` no se haya concretado previamente en sus líneas generales la forma que habrá de tener el nuevo Estado español caso de triunfar el movimiento. Ello podría malograr en parte la victoria y causar descontento en su día a grandes núcleos que han ofrendado su vida y derramado su sangre primero y ante todo por la defensa de la Religión.

Es muy diversa la ideología de los dirigentes del movimiento y corre desde la de algunos militares de alta graduación que no se hallarán mal con una República laicizante, pero de orden, hasta la de algunos otros que combaten con la imagen del Corazón de Jesús en el pecho y que quisieran una Monarquía con unidad católica, como en los mejores tiempos de los Austrias.

De hecho, y en reuniones previas de los dirigentes, para no malograr en germen el movimiento, se han debido eliminar del programa común cuestiones fundamentales que deberán forzosamente plantearse así que triunfara el movimiento. Entre los puntos tratados han sido […] el de las relaciones del Estado con la Iglesia. Esto último ha quedado así en el programa común: «Separación de la Iglesia y el Estado». Falta ver el alcance que se daría a esta proposición.”

Se muestra así, en un primer momento, escéptico el primado sobre la seriedad de lo que, por entonces, aún se podía calificar como una bienintencionada aventura. Tras cerca de un mes de guerra no encontraba aún bien definido qué es lo que se pretendía, y desde su retiro de Navarra tampoco veía con claridad de qué parte iba a resultar el triunfo.

3 comentarios

  
terciario98
A ver si decimos las cosas con un poco de precisión. El Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936, no fue una "revolución militar". El elemento militar lideró una rebelión armada de la población para restaurar el orden y la autoridad en la sociedad. El Alzamiento fue, por tanto, popular.
27/03/10 10:26 AM
  
Miles_Dei
Hasta la misma fuente que cita lo llama "levantamiento cívicomilitar"

Eso se llama ser fiel a las fuentes.
27/03/10 9:10 PM
  
Rovirosa
"Comentario de Miles_Dei
Hasta la misma fuente que cita lo llama "levantamiento cívicomilitar"

Eso se llama ser fiel a las fuentes."


Y a esto se le llama nostalgia.
06/04/10 11:59 PM

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