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16.12.21

Liberalismo, Totalitarismos y Ley de Dios

Liberalismo

Así explica Danilo Castellano Qué es el liberalismo:

La libertad liberal es, pues, esencialmente reivindicación de una independencia del orden de las cosas, esto es, del “dato” ontológico de la creación y, en el límite, independencia de sí mismo. Aquélla, por tanto, reivindica coherente, aunque absurdamente, la soberanía de la voluntad, sea la del individuo, la de la sociedad o la del Estado. Pretende siempre afirmar la libertad respecto de Dios y la liberación de su ley en el intento de afirmar la voluntad/poder sin criterios y, al máximo, admitiendo aquellos criterios y sólo aquellos que de ella derivan, y que –al depender de ella– no son propiamente criterios. De ahí́ la reivindicación de las llamadas libertades “concretas”: de la libertad de pensamiento contrapuesta a la libertad del pensamiento, de la libertad de religión contrapuesta a la libertad de la religión, de la libertad de conciencia contrapuesta a la libertad de la conciencia, etc.

El hombre tiene derecho a ser feliz pero también tiene el derecho a poner la felicidad en aquello en lo que cree que le hace feliz. El ser humano es responsable de sus actos y sería el origen y el fin de sus propias leyes. Y la persona se puede autodeterminar como quiera. La persona libre no debe estar sujeta a ninguna forma de coacción.

Sigue Castellano:

No sería libre, por tanto, quien está sometido a la ley natural que no permite la autodeterminación absoluta, quien debe estar debajo de una voluntad distinta de la propia. Los Diez Mandamientos constituirían obstáculos para la libertad, como toda autoridad obstaculizaría también tal libertad. Por ello se ha podido sostener que el hombre no nace libre, sino que se convierte en libre. La libertad no sería una de las características naturales del ser humano sino una conquista suya dependiente de la sola capacidad de autoafirmarse.

Todo ser humano, para ser libre, debe ser dueño de sí, no simplemente de sus actos. Lo que significa que debe poder disponer y gozar absolutamente –como sigue escribiendo Locke en el ya citado Segundo Tratado– de la “propiedad de la propia persona”. Sólo el individuo tiene derechos sobre sí mismo. Nada más puede interferir en el goce y en la disposición de su vida y su libertad. Lo que, a su vez, significa que cada uno es soberano de sí. Puede, por ejemplo, disponer libremente del propio cuerpo; puede, por ejemplo, mutilarse por finalidades no terapéuticas (ligadura de trompas, esterilización, etc.); puede disponer de sí por pura conveniencia (cambio de sexo, contratos sobre el propio cuerpo con fines de lucro, etc.); puede reivindicar el derecho al suicidio; puede consumir libremente sustancias estupefacientes si entiende que le hacen (al menos momentáneamente) feliz.

Todos, en suma, tendrían derecho –como repite también Marcello Pera– de “escoger y perseguir la propia concepción del bien”, incluso cualquier concepción siempre que sea compatible con las normas políticas públicas.

Yo soy libre de escoger, si quiero, la concepción del bien que propone la religión católica. Pero soy yo quien decide, soy yo la instancia última: nunca Dios. El liberalismo propone que cada individuo haga su propia voluntad: no la voluntad de Dios; que la persona establezca sus propias normas morales, según su criterio subjetivo: Dios no es nadie para obligarme a aceptar unos Mandamientos que coartan mi libertad de decidir por mí mismo. Y si cada uno, de manera subjetiva, decide qué está bien y qué mal, el relativismo se acaba imponiendo porque nadie tendría derecho a imponer su visión del hombre y del mundo a los demás.

La libertad liberal es la libertad negativa; es decir, la libertad ejercida sin ningún criterio. Poco importa, aunque la cuestión resulte relevante desde el punto de vista práctico, que esta libertad se ejercite por el individuo, por el Partido o por el Estado. Lo que destaca es el hecho de que postula que la libertad sea liberación: liberación de la condición finita, liberación de la propia naturaleza, liberación de la autoridad, liberación de las necesidades, etc.

Si el Liberalismo es representado por la serpiente que incitó a nuestros primeros padres a pecar y a desobedecer la Ley de Dios, dejándose tentar por la soberbia de pretender ser como dioses; el Leviatán representa perfectamente los totalitarismos. Los ciudadanos han de renunciar a su libertad para someterse completamente al poder del Estado. El Estado ha de salvar a los hombres de sí mismos y garantizar su seguridad física y vital. El Estado tiene que salvarnos de las pandemias, del cambio climático, de la contaminación, del tabaco, de la carne roja y de los rayos solares que perjudican nuestra piel. El Estado es soberano: es un monstruo que no respeta a nadie más que a quien le rinde pleitesís y sumisión total. 

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13.12.21

La Hora del Poder de las Tinieblas

 

Todas las ideologías modernas prescinden o niegan la existencia de Dios cerrilmente. En uno de mis últimos artículos, me refería a las ideologías modernas, con un lenguaje pretendidamente apocalíptico, como a las bestias, a las tarascas, que blasfeman contra Dios y vociferan contra el Creador su bilis nauseabunda. Parafraseo a Gregorio XVI en Mirari vos: 

Verdaderamente, podríamos decir que ésta es la hora del poder de las tinieblas para cribar, como trigo, a los hijos de elección. Sí; la tierra está en duelo y perece, infectada por la corrupción de sus habitantes, porque han violado las leyes, han alterado el derecho, han roto la alianza eterna. Es el triunfo de una malicia sin freno, de una ciencia sin pudor, de una disolución sin límite. Se desprecia la santidad de las cosas sagradas; y la majestad del divino culto, que es tan poderosa como necesaria, es censurada, profanada y escarnecida: De ahí que se corrompa la santa doctrina y que se diseminen con audacia errores de todo género. Ni las leyes sagradas, ni los derechos, ni las instituciones, ni las santas enseñanzas están a salvo de los ataques de las lenguas malvadas.

La democracia liberal puede ser un sistema perfecto para elegir al alcalde de tu pueblo pero resulta perversa cuando se considera la “soberanía nacional” como el fundamente último de la moral y de las leyes. Cuando el bien y el mal lo determinan las mayorías, el pueblo suele elegir a Barrabás y mandar a Cristo al suplicio y a la muerte en la cruz.

Y fue la cruz de Cristo la que creó y fundó la civilización occidental, con su cultura y su modo de vida centrada en Dios. Y durante muchos siglos, fue la Caridad el fundamento de las leyes y Cristo el Soberano y Rey verdadero. Hasta que el “antropocentrismo”, el “humanismo”, la persona humana decidió endiosarse, arrastrada por la soberbia, y rebelarse contra el señorío de Dios. De ahí nacen todos los males que nos aquejan ahora.

Todas las ideologías son herejías y apostasías. Todas las ideologías son mentirosas porque son hijas del padre de la mentira y príncipe de este mundo. Todas las ideologías ofrecen su propia utopía y ofrecen el paraíso en la tierra y la solución a todos los problemas sociales. Todas las ideologías prometen la felicidad al hombre; pero se trata de una felicidad puramente de tejas para abajo: el bienestar económico, la justicia social, la fraternidad universal, el derecho al orgasmo… Cada una, con su rollo. Todas mentiras. Todas falsas felicidades. Porque sin Dios, lo único que cabe esperar es un mundo tenebroso de pecado, desgracia y desesperación. Un mundo sin Dios es el infierno anticipado ya aquí en la tierra.

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10.12.21

Reflexiones sobre el Patriotismo, el Nacionalismo y el Idioma Español

Patriotismo

La diferencia entre el patriotismo y el nacionalismo consiste en que el primero forma parte del orden de la caridad y el segundo, pareciéndose en cierto modo al primero, forma parte del desorden del odio. Es así de sencillo.

El patriotismo forma parte del cuarto mandamiento de la ley de Dios. Así lo señala el Catecismo:

2199 El cuarto mandamiento se dirige expresamente a los hijos en sus relaciones con sus padres, porque esta relación es la más universal. Se refiere también a las relaciones de parentesco con los miembros del grupo familiar. Exige que se dé honor, afecto y reconocimiento a los abuelos y antepasados. Finalmente se extiende a los deberes de los alumnos respecto a los maestros, de los empleados respecto a los patronos, de los subordinados respecto a sus jefes, de los ciudadanos respecto a su patria, a los que la administran o la gobiernan.

Y Santo Tomás señala que después de Dios, a los padres y a la patria es a quien más les debemos (Sum. Theol. II-II, q. 101, a. 1).

El patriotismo forma parte de las virtudes de la justicia y de la piedad. Las personas hemos de reconocer lo que la patria nos ha dado. Y hemos de corresponder aportando lo mejor de nosotros mismos para honrar y corresponder con justicia a todo lo que hemos recibido de ella. Por eso, todos debemos trabajar por el bien común de nuestros conciudadanos, de nuestros vecinos.

En el orden de la caridad, nuestro deber comienza por el amor a nuestros padres, a nuestras esposas y a nuestros hijos: a nuestra propia familia. No puedo dar lo que tengo a los de fuera de casa y dejar sin pan a mis propios hijos. Suena a obviedad. Parece de sentido común… Pero es que de sentido común andamos muy escasos últimamente. A veces somos muy solidarios con los que están lejos y tenemos abandonados a nuestros propios padres en cualquier asilo… Ser solidario con los que están lejos es más cómodo y exige menos de ti…

La caridad y la justicia ha de ser para con todos, pero debe empezar por los más próximos: por los tuyos. Y debe seguir por tus vecinos: por quienes viven contigo en el mismo barrio, en la misma aldea, en el mismo pueblo. Y debe seguir con la caridad por los que forman parte de tu misma comarca, de tu misma región y de tu mismo país; para acabar abrazando al mundo entero. Pero con un orden de prelación y no a lo loco. El amor es al próximo: al compañero de trabajo, al compañero de pupitre… Empecemos por extender el amor y la caridad por nuestro entorno más cercano. 

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9.12.21

Alejandro se ha curado: gracias

El 21 de abril del presente año, publicaba deprisa y corriendo una petición de oración por un chico que por aquel entonces estaba en 3º de ESO en mi colegio. Se llama Alejandro. Y le acababan de detectar un tumor cerebral que no se sabía qué consecuencias podría acarrear. Le operaron el viernes, 23 de abril, y le extirparon el tumor. Y de los posibles efectos adversos colaterales de la operación, de los que habían sido advertidos los familiares por los médicos por lo que pudiera pasar, nada de nada. 

Acaba de mandarme un audio la madre de Alejandro para decirme que el resultado de la resonancia que le habían hecho a Alejandro hace pocos días había salido perfectamente. Ocho meses después de la operación, Alejandro no tiene secuelas y está fenomenal. Y ahí lo tengo dando guerra en su clase de 4º de ESO de mi Colegio. Este año, si Dios quiere, se graduará con sus compañeros. Bendito sea Dios.

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8.12.21

¡Dejen de maltratar a Jesús Sacramentado!

Leo en Hispanidad el último articulo de don Javier Paredes, que les recomiendo encarecidamente que lean: Carta abierta a los obispos y sacerdotes españoles, ante las innumerables faltas de respeto a la Eucaristía: ¡Dejen de maltratar a Jesús Sacramentado!

Destaco este párrafo:

Solo soy un testigo de la falta de respeto y de piedad con que se trata a la Eucaristía, con las excepciones que por supuesto las hay. A juzgar por lo que se ve exteriormente, se podría decir que se está perdiendo la fe en la presencia real de Jesucristo en las sagradas especies eucarísticas, y hasta se podría pensar que hay un intento de hacer desaparecer a Jesucristo Eucaristía.

No sé si se está perdiendo la fe en la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento pero talmente lo parece. Claro que lo parece, viendo los abusos litúrgicos que sufre en tantos templos hoy en día. Sobre ese asunto de la comunión ya escribí no hace mucho un artículo detallado, titulado Sobre la Comunión, en el que denunciaba el abuso que supone el recurso injustificado a los llamados ministros extraordinarios de la comunión (que curiosamente no había hecho falta durante más de dos mil años, hasta que en 1973 se vio de repente la necesidad imperiosa de ellos); y donde escribía también sobre los límites del derecho de recibir la comunión. Así que no abundaré sobre esos temas, que ya traté suficientemente.

Pero la fiesta de la Purísima es un buen momento para suplicar a los sacerdotes que vuelvan a tantos confesionarios vacíos, que prediquen la necesidad del arrepentimiento, de la penitencia y de la conversión; y que confiesen a los fieles. Ese sería un buen punto de partida para reconstruir la Iglesia, hoy en ruinas. Empecemos por confesar y por predicar la conversión. Los fieles estamos pidiendo cosas sencillas: confesionarios abiertos, celebraciones litúrgicas dignas y comunión en la boca y de rodillas. Recuperemos los confesionarios y los comulgatorios, que se quemaron en la mayoría de los templos más o menos a principios de los años 70 (justamente cuando aparecieron los ministros extraordinarios de la comunión: será pura coincidencia).

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