16.06.22

El Monasterio de La Santa Espina III: el reconocimiento de don Juan de Austria por Felipe II

El 28 de septiembre de 1559, se produce el encuentro entre Felipe II y Jeromín -don Juan de Austria- en un claro próximo al Monasterio de la Santa Espina.

Tomado literalmente del Capítulo V del libro Un Rincón de Castilla. Reseña Histórica del Monasterio de La Santa Espina, de don Antolín Gutiérrez Cuñado.

Hay un hecho en la historia de España poco conocido, y al parecer insignificante, pero trascendental por sus consecuencias, digno de ser representado en el mármol y en el lienzo, y que por escenario tuvo el ameno valle de la Santa Espina, delante de los muros del Monasterio: el reconocimiento del que había de ser el invicto Capitán don Juan de Austria por su hermano Felipe II, el célebre Monarca a quien la Historia da el dictado de el Prudente.

Uno de los personajes que más sobresalían entre los que acompañaban al Emperador Carlos V, era Luis Méndez Quijada, señor de Villagarcía, Villanueva de los Caballeros, Santofimia y Villamayor de Campos, descendiente de la noble familia de los Quijadas, que descansaban en el Monasterio en la Capilla de su nombre. Le tocó la suerte de recibir por esposa a la excelsa dama, honra y prez de la castellana nobleza, doña Magdalena de ülloa, hermana del primer Marqués de la Mota, nobilísima señora, dechado de virtudes, de cuyas manos corrió siempre tan abundante el río de oro de su caridad, que no titubeó el V. P. Lapuente en darle el honrosísimo título de La Limosnera de Dios.

Sin límites debía de ser la confianza que el Emperador tenía puesta en su mayordomo Luis Quijada, por cuanto sólo a él le hizo sabedor del origen de su hijo Jeromín, y sólo a él le confió la educación secreta del mismo.

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14.06.22

El Monasterio de La Santa Espina II

Una corona de espinas

«Entonces los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte. Lo desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza, y en su mano derecha una caña, y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: “Salve, Rey de los judíos"». (Mt 27, 27-29)

Nos llega por la Sagrada Escritura que unos soldados romanos colocaron a Jesús en su cabeza una corona de espinas durante su pasión. En concreto, en los Evangelios canónicos de Mateo (27, 29), Marcos (15, 17) y Juan (19, 2). 

El Mesías, sentenciado a muerte, entregado a los soldados, fue flagelado y luego coronado de espinas. En esos pasajes, los soldados romanos se burlaban de Él con frases insultantes referidas a su reinado: “Salve, rey de los judíos”, le gritan. Y claro, un rey merece una corona, pero en el caso de ese que decía ser rey de los judíos, condenado a morir, los soldados le humillaron e hirieron confeccionando una corona con espinas e hincándosela en la cabeza.

Según Fleury (Ch. Rohault de Fleury, Mémoire sur les Instruments de la passion de N.S.J.-C. Paris 1870), una vez estudiada la reliquia y diferentes ramas de zarza que aún se conservan (como por ejemplo en Tréveris y Pisa), la Corona de Espinas no habría sido tal y como nos la presenta la iconografía cristiana, sino una suerte de casquete de espinas que cubría toda la cabeza como una cofia. Las ramas espinosas empezaban todas desde el anillo de juncos, que era la base del casquete y servía para entrelazar las ramas de zarza y para sujetarlas.

Las ramas pertenecían a la especie Zizyphus vulgaris-lam, conocido también como Zizyphus Spina-Christi. Es un tipo de zarza que puede alcanzar los siete metros de altura y está muy difundido en el área de Jerusalén. Sus espinas son de diferentes tamaños, pudiendo llegar a un máximo de 5-7 cm.

(Tomado de Reliquiosamente: La corona de espinas y la Sainte Chapelle)

El dolor de las espinas al clavarse sobre la cabeza de Nuestro Señor Jesucristo sería difícil de describir; por no hablar de la sangre que se derramaría por culpa de esas espinas que se clavaban y se hundían en la cabeza por efecto de los golpes que sus torturadores daban sobre la corona de espina valiéndose de cañas y palos para escarnecer más al Señor. Mucha sangre, mucho dolor, mucha humillación, muchas burlas…Y todo por nuestros pecados, que no solo desgarran a nuestro Señor, sino que, además, lo humillan con tantos desprecios como recibe. Tantas blasfemias, tantos sacrilegios, tantos desprecios, tantas herejías…

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11.06.22

Discurso para la Graduación de mis niños de 4º de ESO

Conmovido, emocionado, sobrepasado, abrumado, agradecido… No sé qué más puedo decir ante tantas muestras de amor por parte de las familias del Colegio, de mis profesores y, sobre todo, de mis niños. Uno no se puede sentir más querido de lo que yo me siento. Es mucho más de lo que merezco. Que toda la gloria y el honor sea para Jesucristo. 

Comparto el discurso que ayer por la noche pronuncié como buenamente pude delante de padres, alumnos y profesores en la graduación de mis queridísimos niños de 4º de ESO.

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El Monasterio de La Santa Espina I

Documentos de referencia:

Antón Casaseca, Francisco[1]Monasterios Medievales de la Provincia de Valladolid, Santarén, Valladolid, 1942.

Gutiérrez Cuñado, Antolín [2]Un Rincón de Castilla. Reseña Histórica del Monasterio de la Santa Espina. Imprenta Ibérica, Madrid, 1913.

Guillén Robles, Francisco[3]El Monasterio de La Santa Espina. Su erección, privilegios y vicisitudes. Imprenta y Lit. de los Huérfanos, Madrid, 1887.


En la comarca de los Montes Torozos, en un valle formado por el arroyo Bajoz, se alza el Monasterio de la Santa Espina, a unos 45 Km de Valladolid y a 21 Km de Medina de Rioseco.

Dice el P. Manrique en sus «Anales» que, siguiendo la Cronología Cisterciense, el Monasterio de La Santa Espina habría sido fundado en 1143. Pero el mismo P. Manrique data con exactitud el momento en que nace la casa cisterciense de La Espina, al insertar la carta fundacional. Según esta, el 20 de enero de 1147, doña Sancha, ante los Prelados de Segovia, León y Palencia; de los Condes Poncio de Cabrera, Manrique y Amergot; y en presencia de otros próceres y guerreros de su Corte, declaró que le daba a Bernardo, Abad de Claraval en Francia, dos heredades suyas, llamadas de San Pedro de Espino y de Santa María de Aborridos; los linderos de ambas posesiones comprendían montes bravos y labrantíos, viñas, prados y fuentes. La donación se hacía para edificar en estas tierras un Monasterio en honor de Jesús y de María, en cuyo recinto Monjes Cistercienses habían perpetuamente de implorar la divina misericordia, para que perdonara los pecados de la donadora, los de sus ascendientes y los de todo fiel cristiano, vivo o difunto.

Las memorias del Monasterio y las lecciones de la principal festividad religiosa que en él se celebraba de antiguo, autorizaron una tradición, cuyo fondo de verdad esmaltó la fantasía popular con los brillantes colores de su lozana inspiración y con el prestigio de lo maravilloso.

Dos años después de la erección en 1147, el 6 de Abril de 1149, el Rey Don Alfonso VII, estando en Zamora, confirmó con sus hijos Sancho y Fernando la donación de la Infanta su hermana, dando en la nueva fundación y en sus pertenencias absolutas facultades al Abad de Claraval y lanzando su maldición sobre todos aquellos, aun de los de su estirpe, que contradijesen su voluntad y dañasen al Monasterio, entregándolos, cual nuevos Judas, al fuego eterno.

Halláronse presentes a la celebración del acta de confirmación la misma Infanta Doña Sancha, Bernardo, Berenguer y Juan, Obispos de Zamora, Salamanca y León respectivamente, el Conde Poncio, Mayordomo del Emperador, los Condes Osorio, Amalrico y Ramiro Floles, con varios otros magnates de la Corte.

El Monasterio conservó las memorias de su erección, sintetizándolas en inscripciones, que campeaban en sus paredes y tapices, de los cuales poseía algunos bien ricos. Había, al parecer, un tapiz bordado con las armas imperiales de don Alfonso y, haciendo juego con ellas, el escudo de San Bernardo. Alrededor de estas armas estaba dispuesto este título:

Petit, Sanctia; Aediftcat, Bernardus per Nibardus; Ditat,

Alphonsus; Protegit, Spinea corona; Aperit, Petrus.

Ordenado cada nombre con su verbo correspondiente, la inscripción vendría a decir: pide la Infanta a San Bernardo religiosos; edifica el Monasterio por medio de su hermano Nibardo; el Emperador Alfonso dota y enriquece la fundación; la Santa Espina protege el Monasterio y ábrele las puertas del cielo San Pedro.

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2.06.22

Fin de Etapa en Puerto Real

Acaba de llegarme una noticia de la Cadena Ser de Valladolid que titula:

La Junta entrega la gestión de la escuela de capacitación agraria a una fundación ultracatólica

Por si queda alguna duda, la Fundación “ultracatólica” es la Fundación Educatio Servanda. Y el «ultracatólico» que va a ir a dirigir el internado del Monasterio de la Santa Espina en Valladolid va a ser un servidor.

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