1.12.22

La Iglesia está dejando de ser española (y católica)

Tomo prestado el título de un artículo que publicó recientemente Pedro Tena en Libertad Digital. El título resulta sugerente y provocador. Aquí les dejo el enlace:

La Iglesia está dejando de ser española (y católica)

El artículo de Tena viene a cuento del conflicto que surgió hace unos días en un Colegio de La Salle en Baleares en el que expulsaron a un grupo de alumnos por poner una bandera de España en el aula.

Don Pedro Tena, tras recordar la persecución religiosa en la España de la Segunda República y durante la Guerra Civil, señala (subrayados míos):

Pero de esto hace mucho, aunque el gobierno de Pedro Sánchez quiera hacernos creer que Franco y Queipo eran unos monstruos y Largo Caballero, Prieto, Carrillo o Durruti eran unos angelitos. Eso sí, aquellos han sido exhumados y los demás, agraciados con calles, plazas, monumentos y homenajes varios. No hace tanto del auxilio de la Iglesia vasca al terrorismo etarra –inolvidable Setién—, no hace nada de la ayuda continua de la Iglesia catalana y balear a sus separatismos. Tanto es así que España no ha dejado nunca de ser católica pero la Iglesia, en cuyo nombre se fraguó la unidad nacional y el primer Estado - Imperio moderno del mundo, está dejando de ser española.

Y tiene toda la razón el señor Tena. Pero lo peor es lo que el autor deja caer, como el que no quiere la cosa, en el paréntesis del título de su columna: la Iglesia está dejando de ser española. Pero además está dejando de ser católica. Y eso es para mí lo más triste.

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29.11.22

Jesucristo es Dios

Hay días que casi vale más no levantarse de la cama. Porque empiezo viendo el tuit de esta archiconocida religiosa y ya se me corta la digestión del desayuno. 

¿Cómo que si Jesús «viniera hoy»? Ya, ya… Ya lo sé: se refiere a la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo… Pero es que Cristo no ha subido al cielo y se ha desentendido del mundo y de su Iglesia. Cristo está presente en su Iglesia hasta el final de los tiempos. ¿Cómo que si le gustaría «cómo nos ha quedado la Iglesia que Él fundó»? ¿Acaso la Iglesia es una institución puramente humana? ¿Acaso no es Él la cabeza de la Iglesia y nosotros los miembros de su Cuerpo Místico? ¿Se cree esta religiosa que Cristo fundó la Iglesia y luego se largó y ahí os quedáis: apañáoslas como podáis? ¿No cree en la presencia real de Cristo en la Eucaristía? ¿No cree que Cristo vive y reina por los siglos de los siglos?  Yo no me considero mejor que nadie ni soy nadie para dar lecciones de nada, pero no se puede ir por la vida soltando barbaridades y engañando a la buena gente con falsas doctrinas y errores patentes.

Yo es que alucino… ¿En qué creen estos religiosos? Yo no sé cuál es su doctrina o su fe, pero de lo que estoy seguro es de que no es la fe de la Santa Madre Iglesia; no es la fe de los santos y doctores de la Iglesia ni la fe de los Padres de la Iglesia. ¿Por qué no nos ceñimos a la doctrina de siempre, a la sana doctrina, a la que creyeron los santos que ya gozan de la gloria celestial, y dejamos de buscar novedades?

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24.11.22

Sostenible, Inclusivo y Resiliente

Escribe Carmelo Jordá en Libertad Digital un artículo titulado La Iglesia cuela en clase de religión el contenido anticapitalista que Ayuso había eliminado. En ese artículo, podemos leer:

La asignatura de religión puede ser o está siendo ya el coladero por el que el contenido más adoctrinador e izquierdista llegue a los niños de Madrid.

Alumnos de religión de primero de la ESO en colegios de Madrid son obligados a visionar un vídeo de YouTube sobre los "objetivos de desarrollo sostenible” de la ONU del que, además, después tendrán que examinarse, es decir, no se trata de un contenido complementario de la asignatura para tener más información, sino que se da como parte central de la misma: los niños tendrán que aprenderse las mentiras del ecologismo.


Pues yo hoy me he levantado inclusivo y resiliente. He escuchado el clamor de la Madre Tierra y como todo está conectado con todo, me he puesto a gritar. Pero en nuestra casa común, hay personas poco inclusivas y resilientes y mis vecinos se pusieron a insultarme por despertarles con mis clamores. 

Tender puentes y derribar muros, combatir contra el calentamiento global y el cambio climáticos antropogénico da mucho que hacer y es muy cansado: tienes que reciclar cada basura en su cubo; pasar frío en invierno, calor en verano… Tienes que ir a los museos a echar pintura contra Las Meninas o ácido sobre algún sarcófago egipcio del Museo Arqueológico. Ser el perfecto lerdo resiliente da mucho que hacer. 

Tienes que defender a todo ser sintiente (menos a los fetos que son excrecencias como las verrugas), combatir la tauromaquia, insultar a los cazadores, atacar a los ganaderos que explotan y oprimen a los animales; protestar contra los agricultores que abonan sus tierras con productos no sostenibles ni inclusivos; tienes que encadenarte a las porterías de los campos de fútbol o a las redes de las pistas de tenis; colgar pancartas del tamaño de Noruega en la Puerta de Alcalá; pegarte con superglú a los marcos de la maja desnuda o a Ferraris carísimos de exposición… 

Además tienes que protestar contra los coches, contra la combustión de hidrocarburos, contra las emisiones de COde las fábricas, contra los plásticos, contra la pesca, contra la aviación comercial… Y encima tienes que ir a todas partes en bicicleta o andando para no contaminar.

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21.11.22

Contra los Modernistas y los Impíos (III): la Santa Misa

Se ha oído a menudo últimamente que la Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles; para los pecadores es el perdón, el viático que nos ayuda a andar, a caminar. Y es verdad, si no nos hacemos trampas al solitario. Porque algún teólogo avispado razonaba no hace mucho de esta manera:

  1. Los que sufren, los enfermos, discapacitados y moribundos reciben el Cuerpo de Cristo como viático para su último paso al Reino.
  2. Los divorciados también sufren.
  3. En consecuencia, los divorciados vueltos a casar, que forman parte de ese colectivo de personas que sufren, también deberían poder comulgar, porque la fuerza de la Eucaristía les va a ser de gran ayuda.

Así discurren los impíos. El silogismo (la trampa, la falacia) no puede ser más evidente. ¿Qué tendrá que ver un agonizante con un divorciado vuelto a casar? Quien vive en pecado mortal no debe comulgar, si antes no se arrepiente de sus pecados con propósito de enmienda, se confiesa; y recibe la absolución y cumple la penitencia.

Dice el Apóstol en 1Co 11,27: Quien comiere el pan y el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor.

Nuestro Señor nos manifiesta que es necesario acercarse a recibir el alimento eucarístico con las almas bien preparadas; pues Él mismo, antes de dar a sus Apóstoles el Sacramento, no obstante de estar ya limpios, les lavó los pies (Jn. 13 5.), enseñándonos a acercarnos a este Sacramento con gran pureza de conciencia. Así como aprovecha mucho recibir este Sacramento con buenas disposiciones, siendo causa de vida eterna, también daña mucho el recibirlo con malas, siendo causa de ruina eterna.

El pecador, al trasgredir voluntariamente la ley divina en materia grave, renuncia a la amistad con Dios poniéndose de espaldas a Él como fin último sobrenatural. El pecado mortal se opone diametralmente a la caridad y por eso la destruye totalmente. El pecado mortal nos vuelve enemigos de Dios.

«Como el cuerpo muere cuando le falta el alma, así el alma muere cuando pierde a Dios. Y hay una diferencia: la muerte del cuerpo sucede necesariamente; pero la del alma es voluntaria» (In Ioannis 41,9-12; cf. Rm 7,24-25).

Enseña Santo Tomás de Aquino respecto a la comunión:

No todas las medicinas son buenas para todas las enfermedades. Porque una medicina que se da a quienes se han librado de la fiebre para fortalecerles, dañaría a los que tienen fiebre todavía. Pues así, el bautismo y la penitencia son como medicinas purgativas, que se suministran para quitar la fiebre del pecado. Mientras que este sacramento es una medicina reconfortante, que no debe suministrarse más que a los que se han librado del pecado.

Por lo tanto, el pecado mortal es la muerte para la vida de la gracia y para la caridad. Y no puede comulgar con Dios quien voluntariamente se ha apartado de Él. 

Pero no solo no tienen los réprobos problema con la comunión de los pecadores públicos – no solo los divorciados vueltos a casar, también los políticos que promueven las leyes del aborto o de la eutanasia – sino que tampoco tienen reparos en que comulguen paganos, ateos, budistas, protestantes o musulmanes. ¡Que comulguen todos! ¡Venga, alegría!

Dice Santo Tomás de Aquino

Pero pesa más el impedimento que va contra la caridad misma que contra su fervor. Por eso, el pecado de incredulidad, que separa radicalmente al hombre de la unidad de la Iglesia, hablando en absoluto, es el que hace al hombre más inepto para recibir este sacramento, que es el sacramento de la unidad de la Iglesia, como ya se dijo. De donde se deduce que peca más gravemente el infiel que recibe este sacramento que el pecador fiel; el infiel, además, ultraja más a Cristo, presente en este sacramento, muy especialmente si no cree que Cristo está verdaderamente presente en él, porque, en lo que de él depende, disminuye la santidad de este sacramento y la virtud de Cristo que opera en él, que es ultrajar el sacramento en sí mismo. Sin embargo, el fiel que comulga con conciencia de pecado no ultraja este sacramento en sí mismo, sino en su uso, por recibirlo indignamente. (Suma Teológica III Qu.80).

Para los impíos, el pan consagrado es solo un símbolo, una metáfora. Representa para ellos la solidaridad, la fraternidad universal de todos los hombres de cualquier raza, sexo o religión. La comunión es el símbolo del compartir: cuando todos ponemos lo que tenemos a disposición de los demás, hay suficientes recursos para que todos coman y todavía sobran (así interpretan de forma naturalista la multiplicación de los panes y los peces).

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16.11.22

Contra los modernistas y los impíos (II): el Pecado

 

Creo que en los últimos artículos publicados en este blog y, sobre todo en los comentarios que los lectores han ido dejando, ha quedado de manifiesto que hay dos iglesias distintas con doctrinas diferentes: la Iglesia Católica (la única verdadera) y la Iglesia del Anticristo, que es la que llaman del nuevo paradigma. Esta iglesia del nuevo paradigma cree que puede cambiar la ley de Dios a capricho. Sus jerarcas y teólogos se creen dios. Y así pueden determinar que lo que antes era pecado, ahora ya no lo es. Esta nueva iglesia no tiene a Cristo en el centro, sino a la persona: al hombre. La nueva iglesia predica la antropolatría. Y de este modo, el hombre se creyó capaz de cambiar la Ley de Dios a su gusto y decretar por su propia voluntad que lo que antes era pecado – como la sodomía, el adulterio o la fornicación – dejara de serlo. Y se creyó el impío capaz de enmendarle la plana a Dios y cambiar el Decálogo para adaptarlo a sus gustos y a los gustos de su amo y señor, que no es otro que el demonio. Y las herejías entraron todas en la Iglesia en tromba.

El hombre quiere ser dios. Esta es la causa y la raíz de todos los males. El gran pecado del hombre es la soberbia, que conduce a la desobediencia de la Ley de Dios. «Dios ha muerto y el hombre está por encima del bien y del mal». «Yo soy dios y me autolegislo: me doy a mí mismo mis propias leyes morales. Yo decido lo que está bien y lo que está mal según mi propia voluntad endiosada». La soberbia del hombre moderno llega al extremo de creerse capaz de modificar el clima del planeta o, incluso, su propia naturaleza, conforme a su voluntad soberana.

La antropolatría – la adoración a la persona – es la religión del Anticristo. Ya no es Dios el centro. Ya no es Cristo el Señor y Salvador. El hombre es señor de sí mismo: es autónomo y fin en sí mimo. Su fin ya no es dar gloria a Dios, sino darse gloria a sí. El hombre cree que no necesita a Dios para nada: cree que su vida es suya, que se autoposee y que se puede autodeterminar, como si su vida les perteneciera y no fueran causas segundas. El hombre moderno, que quiere hacer lo que le da la gana con su vida en cada momento, es como el necio de la parábola que se dice a sí mismo:

Alma, tienes muchos bienes guardados para muchos años; relájate, come, bebe y disfruta de la vida.

Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios.

Decía Jorge Manrique que «querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera es locura». Y, efectivamente, el hombre moderno está loco. Rematadamente loco. Porque nuestra vida está en manos de Dios y nadie sabe el día ni la hora pero todos vamos a morir. «¿Y quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?» (Mt. 6, 27).

El hombre moderno cree que en el progreso: los avances científicos y técnicos nos harán inmortales (transhumanismo) y nos devolverán al paraíso perdido. En un futuro indeterminado «tomaremos el cielo al asalto». Para construir el nuevo Jardín del Edén, el hombre ya no necesita a Dios. Se basta a sí mismo. «Habrá un día en que todos los hombres vivirán en paz, como hermanos, en una sociedad en la que reinará la paz y la justicia. Y para ello no necesitamos a Dios para nada».

El futuro será mejor que el pasado y que el presente. El futuro, más o menos lejano, coincidirá con la plenitud. Por eso el progresista desprecia la tradición, el arte y la historia; desprecia los clásicos y babea ante cualquier novedad, aunque se trate de un mingitorio colocado en la pared de un museo. Lo nuevo siempre es lo mejor y lo viejo es despreciable por el mero hecho de pertenecer la pasado. El culto a la máquina y a la juventud es signo de nuestro tiempo. Hay un adanismo que considera que la historia empieza con él y que lo de antes no sirve. Se da culto al cuerpo, a los avances tecnológicos y científicos. Hay un ansia de inmortalidad pero puramente terrenal. En definitiva, «yo soy dios y me creo mi propio paraíso terrenal y confío en que la ciencia y la técnica impidan que me muera, si yo no quiero». Y Dios no existe y, si existe, resulta irrelevante. La ley de Dios resulta molesta y el hombre moderno se rebela contra ella. Siempre ha pasado, desde el non serviam de Satanás y desde el pecado original de Adán y Eva. No hay nada nuevo bajo el sol. El hombre moderno se da a sí mismo sus propias leyes y no acepta que nadie – ni siquiera Dios – le imponga nada.

Por eso, al hombre moderno le molestan profundamente dos conceptos: el de pecado y el de la condenación al infierno. Para el hombre moderno progresista no existe el pecado ni la condenación y se creen que, si hay un dios, a nadie condena y todos van al cielo. La religión del nuevo orden mundial es la religión del Anticristo: nada es pecado y todos al cielo de cabeza. El relativismo moral (nada está bien o está mal: depende de cada uno) ha cambiado la Ley Moral Universal (la Ley de Dios) por las leyes positivas aprobadas por las mayorías en los parlamentos. Y así, el mal se convierte en bien, e incluso en un derecho (el aborto o la eutanasia); y el bien, en mal (rezar ante un abortorio es delito).

¿Quieren saber cuál es la religión del Nuevo Orden Mundial, la religión de la Iglesia del Nuevo Paradigma, la religión del Anticristo? Vean el video.

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