InfoCatólica / Santiago de Gobiendes / Archivos para: 2022

11.06.22

El Monasterio de La Santa Espina I

Documentos de referencia:

Antón Casaseca, Francisco[1]Monasterios Medievales de la Provincia de Valladolid, Santarén, Valladolid, 1942.

Gutiérrez Cuñado, Antolín [2]Un Rincón de Castilla. Reseña Histórica del Monasterio de la Santa Espina. Imprenta Ibérica, Madrid, 1913.

Guillén Robles, Francisco[3]El Monasterio de La Santa Espina. Su erección, privilegios y vicisitudes. Imprenta y Lit. de los Huérfanos, Madrid, 1887.


En la comarca de los Montes Torozos, en un valle formado por el arroyo Bajoz, se alza el Monasterio de la Santa Espina, a unos 45 Km de Valladolid y a 21 Km de Medina de Rioseco.

Dice el P. Manrique en sus «Anales» que, siguiendo la Cronología Cisterciense, el Monasterio de La Santa Espina habría sido fundado en 1143. Pero el mismo P. Manrique data con exactitud el momento en que nace la casa cisterciense de La Espina, al insertar la carta fundacional. Según esta, el 20 de enero de 1147, doña Sancha, ante los Prelados de Segovia, León y Palencia; de los Condes Poncio de Cabrera, Manrique y Amergot; y en presencia de otros próceres y guerreros de su Corte, declaró que le daba a Bernardo, Abad de Claraval en Francia, dos heredades suyas, llamadas de San Pedro de Espino y de Santa María de Aborridos; los linderos de ambas posesiones comprendían montes bravos y labrantíos, viñas, prados y fuentes. La donación se hacía para edificar en estas tierras un Monasterio en honor de Jesús y de María, en cuyo recinto Monjes Cistercienses habían perpetuamente de implorar la divina misericordia, para que perdonara los pecados de la donadora, los de sus ascendientes y los de todo fiel cristiano, vivo o difunto.

Las memorias del Monasterio y las lecciones de la principal festividad religiosa que en él se celebraba de antiguo, autorizaron una tradición, cuyo fondo de verdad esmaltó la fantasía popular con los brillantes colores de su lozana inspiración y con el prestigio de lo maravilloso.

Dos años después de la erección en 1147, el 6 de Abril de 1149, el Rey Don Alfonso VII, estando en Zamora, confirmó con sus hijos Sancho y Fernando la donación de la Infanta su hermana, dando en la nueva fundación y en sus pertenencias absolutas facultades al Abad de Claraval y lanzando su maldición sobre todos aquellos, aun de los de su estirpe, que contradijesen su voluntad y dañasen al Monasterio, entregándolos, cual nuevos Judas, al fuego eterno.

Halláronse presentes a la celebración del acta de confirmación la misma Infanta Doña Sancha, Bernardo, Berenguer y Juan, Obispos de Zamora, Salamanca y León respectivamente, el Conde Poncio, Mayordomo del Emperador, los Condes Osorio, Amalrico y Ramiro Floles, con varios otros magnates de la Corte.

El Monasterio conservó las memorias de su erección, sintetizándolas en inscripciones, que campeaban en sus paredes y tapices, de los cuales poseía algunos bien ricos. Había, al parecer, un tapiz bordado con las armas imperiales de don Alfonso y, haciendo juego con ellas, el escudo de San Bernardo. Alrededor de estas armas estaba dispuesto este título:

Petit, Sanctia; Aediftcat, Bernardus per Nibardus; Ditat,

Alphonsus; Protegit, Spinea corona; Aperit, Petrus.

Ordenado cada nombre con su verbo correspondiente, la inscripción vendría a decir: pide la Infanta a San Bernardo religiosos; edifica el Monasterio por medio de su hermano Nibardo; el Emperador Alfonso dota y enriquece la fundación; la Santa Espina protege el Monasterio y ábrele las puertas del cielo San Pedro.

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2.06.22

Fin de Etapa en Puerto Real

Acaba de llegarme una noticia de la Cadena Ser de Valladolid que titula:

La Junta entrega la gestión de la escuela de capacitación agraria a una fundación ultracatólica

Por si queda alguna duda, la Fundación “ultracatólica” es la Fundación Educatio Servanda. Y el «ultracatólico» que va a ir a dirigir el internado del Monasterio de la Santa Espina en Valladolid va a ser un servidor.

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1.06.22

San Bernardo y Abelardo

En una página web que trata sobre la vida de San Bernardo de Claraval, podemos leer estos párrafos que dejan bien a las claras la heterodoxia de quien redactó el texto. Trata sobre la controversia entre el santo cisterciense y un hereje de su tiempo: el filósofo Abelardo:

«La actitud de los dos adversarios tenía que ser muy diferente; el uno (el hereje) era un intelectual, seguro de sí mismo, de su pensamiento, de sus métodos dialécticos; aniquilaba de entrada al monje borgoñón. El otro (el santo) era un espiritual, un alma llena de Dios, que no buscaba en absoluto su gloria personal, que sólo quería dar testimonio de la Palabra. Abelardo veía en el concilio una especie de academia ante la cual podría librarse a la esgrima de unas ideas; Bernardo lo consideraba como un tribunal que tenía que juzgar a un sospechoso. Por esto mismo el cisterciense no permitió que su adversario se colocase en un terreno de su elección; arremetió desde buen principio. Afirmaba precisamente que los temas que Abelardo pretendía discutir no eran temas de discusión. La fe se acepta o se niega, pero el dogma es un bloque y no soporta verse desencajado a capricho de todos. Sorprendido por este ataque, desconcertado, abrumado desde la entrada en juego por una lluvia de citas sacadas de las Escrituras, comparado sucesivamente a Arrio, Nestorio y Pelagio, Abelardo sintió que el suelo le fallaba y vaciló.


En aquel duelo, incontestablemente, el hombre de su tiempo, el cristiano medieval típico, era san Bernardo. Representaba la tendencia, característica de la época, de considerar ejemplar el pasado y determinante en sí, la fe sola por el «alfa» y «omega»; mientras que su adversario encarnaba un movimiento atrevida o temerariamente progresivo. Es verdad que, en lo sucesivo, las ideas de Abelardo han podido actuar felizmente sobre la evolución del pensamiento cristiano; pero, «hic et nunc», constituían un peligro para una sociedad cuya fe más sólida era el parangón. Se puede ser simplemente culpable de estar demasiado adelantado a su tiempo

¡Qué poca vergüenza! ¡Qué cara más dura!

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20.05.22

Un Mundo Feliz

Imagínense una raza de seres humanos que se creyeran dioses, seres superiores, élites. Imagínense que esa minoría plutocrática mirase por encima del hombro al resto de la humanidad, a la que considerara inferior y a la que ven como una masa de necios que ni piensan ni quieren pensar; animales que solo quieren satisfacer sus bajas pasiones: comer, beber, tener sexo a mansalva… Son seres humanos que nada bueno aportan, salvo su mano de obra, cada vez más innecesaria, gracias a los avances de la técnica y la robótica. Pero esa gentuza deja una huella de carbono horrorosa: son como una mancha de petróleo que todo lo ensucia. Esa masa consume recursos naturales hasta el punto de amenazar la vida en el planeta. Si fuéramos menos, tocaríamos a más. Y podríamos vivir como dioses.

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14.05.22

No hay derecho

Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma.

Una persona que no tiene la intención de cambiar su vida y abandonar el pecado público no debe recibir la Sagrada Comunión ni la absolución. No lo digo yo: lo dice Santo Tomás de Aquino, el Doctor Común de la Iglesia.

Y el apóstol San Pablo lo dice con toda claridad en 1 Cor. 11, 27-29:

27. De manera que cualquiera que comiere este pan, o bebiere el cáliz del Señor indignamente, reo será del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
28. Por tanto, examínese a sí mismo el hombre, y de esta suerte coma de aquel pan y beba de aquel cáliz.
29. Porque quien lo come, y bebe indignamente, se traga y bebé su propia condenación, no haciendo el debido discernimiento del Cuerpo del Señor.

Como dice el Levítico: «ninguno que tenga mancha ha de acercarse al altar» (21,16). No existe el derecho a comulgar en pecado mortal: comulgar sin estar en gracia de Dios es sacrilegio y blasfemia. Quienes comulgan en pecado mortal «crucifican de nuevo en sí mismos al Hijo de Dios y lo exponen al escarnio» (He 6,6).

La Eucaristía es el sacramento de la caridad y de la unidad de la Iglesia, como dice San Agustín; y estando el pecador sin caridad y separado, con toda razón, de la unidad de la Iglesia, si se llegase a este sacramento, cometería una falsedad, dando a entender que tiene la caridad que no tiene. Por lo que incurre en sacrilegio como violador del sacramento y, consiguientemente, peca mortalmente.

Algunos objetan que la comunión del Cuerpo de Cristo es una medicina espiritual y que la medicina se da a los enfermos para que se curen, según aquello de Mt 9,12: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Y como los enfermos o indispuestos espiritualmente son los pecadores, podrían recibir la comunión sacramental sin culpa quienes viven en pecado mortal. Aducen así que la eucaristía no es el premio de los santos, sino el Pan de los pecadores, induciendo de esta manera al sacrilegio y a la perdición de las almas.

Pero ante este error, contesta Santo Tomás de Aquino:

No todas las medicinas son buenas para todas las enfermedades. Porque una medicina que se da a quienes se han librado de la fiebre para fortalecerles, dañaría a los que tienen fiebre todavía. Pues así, el bautismo y la penitencia son como medicinas purgativas, que se suministran para quitar la fiebre del pecado. Mientras que este sacramento (la santa comunión) es una medicina reconfortante que no debe suministrarse más que a los que se han librado del pecado.

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