Cuatro criterios para reconocer la buena literatura
«Tiempo de lectura». Obra de Charles Moreau (1830–1891). |
«Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir».
Italo Calvino.
«Cada lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo».
Marcel Proust
En una charla que impartí recientemente, uno de los asistentes me planteó una interesante y difícil pregunta: ¿cómo podemos reconocer la buena literatura? Improvisé como pude una respuesta, en la que todavía creo, pero que, tras mucha reflexión, encuentro insuficiente e incompleta. Por ello, sin intención de agotar el tema (inabarcable para mí), me he decidido a escribir sobre el asunto para darles mi parecer. Lo hago a continuación esbozando cuatro circunstancias que podrían ayudar a ese reconocimiento y a las que, osadamente, me atrevo a denominar «pruebas».
1ª.- La prueba del tiempo: cuando la tradición habla
Comienzo con un principio fundamental en la valoración literaria que podríamos enunciar con sencillez: lo verdaderamente bueno perdura. No se trata de un argumento de autoridad ni de un conservadurismo nostálgico, sino de una constatación empírica que desafía el relativismo cultural. Si la bondad literaria fuera puramente subjetiva, completamente dependiente de modas pasajeras u opiniones circunstanciales, cada época rechazaría inevitablemente la literatura de la anterior, como quien se deshace de un vestuario anticuado. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra lo contrario.
Los buenos libros son intemporales y transtemporales: atraviesan los siglos con una vitalidad incólume y pertenecen, por igual, a todas las épocas. Homero lleva siendo leído 2800 años; Dante, desde hace siete siglos; Shakespeare y Cervantes, desde hace cuatro centurias, y Dostoievski, desde hace siglo y medio. La lectura de todos ellos sigue siendo unánimemente percibida —por lectores de las más diversas procedencias culturales— como buena, bella y verdadera. Esta unanimidad transgeneracional no es casual: es el testimonio de una bondad objetiva que trasciende los caprichos de cada momento histórico.
Como criterio práctico, podemos afirmar que si una obra ha sido considerada valiosa por múltiples épocas y culturas, es altamente probable que posea una bondad intrínseca y objetiva. No obstante, conviene introducir dos matices imprescindibles. Por un lado, no todo lo antiguo es bueno: existe abundante basura literaria que el tiempo ha olvidado con justa razón, y cuyo rescate arqueológico resultaría innecesario. Por otro, no todo lo moderno es indigno: hay obras contemporáneas muy estimables que, probablemente, resistirán el paso de los años y se integrarán al canon de los clásicos. Sin embargo, la probabilidad de acierto aumenta drásticamente cuando nos acercamos a aquellas obras que ya han sido pasadas por el riguroso tamiz del tiempo: cuanto más tiempo haya transcurrido, más probabilidad habrá de que se trate de un buen libro.
2ª.- La prueba de la relectura: el retorno imperativo
Lo verdaderamente bueno invita a volver. Este segundo criterio es tan significativo como el primero, y acaso más íntimo y personal, aunque igual de revelador. Cuando un libro es mero entretenimiento y carece de bondad, belleza y verdad, su consumo es puramente mercantil, semejante al de un producto desechable. Una vez terminado, el libro simplemente se descarta: pierde su interés y su razón de ser. No hay lugar para una segunda lectura debido a dos razones fundamentales. Primero, porque su superficialidad permite extraer todo lo que el libro ofrece en el primer y único intento, como quien vacía un recipiente de escaso contenido. Segundo, porque, dado que lo que ofrece no es memorable ni deleitoso, ni provechoso ni profundo, el lector no regresa porque sabe, por instinto, que no encontrará ni sacará nada bueno ni nada nuevo en esa visita.
Borges relacionaba esta circunstancia con la filosofía de Heráclito y su famoso río, en el que, en principio, nadie puede bañarse dos veces; según él, «uno no lee dos veces el mismo libro». Si al iniciar la relectura nos parece el mismo, el libro no es bueno.
Esto no es nada extraño, dado que el mal libro se apoya, por lo general, en situaciones contingentes y efímeras: la sorpresa, el shock, la novedad o la curiosidad morbosa. Todos estos son elementos que se agotan en sí mismos, como fuegos artificiales que brillan intensamente por un instante y luego desaparecen en la oscuridad. Por el contrario, el buen libro descansa en presupuestos radicalmente distintos: estructura, significado, profundidad y resonancia. Esto lo convierte en un pozo sin fondo que no solo invita a volver, sino que revela —tanto en los matices de su superficie tornasolada como en las cambiantes corrientes de sus profundidades— aspectos nuevos, visiones insospechadas y honduras sorprendentes antes ocultas en cada relectura.
Vladimir Nabokov, en sus legendarias Lecciones de literatura impartidas en la Universidad de Cornell, tras lanzar a sus alumnos una provocación diciéndoles que «uno no puede leer un libro: solo puede releerlo», esbozaba una razón más: una razón física y no intelectual. Nabokov sostenía que, en una primera lectura, el esfuerzo físico de mover los ojos de izquierda a derecha, de asimilar a los personajes, el escenario y el desarrollo temporal de la trama, nos impide apreciar la obra de arte. Solo en la relectura, cuando todo lo anterior ya no nos distrae, somos capaces de apreciar el cuadro en su totalidad: los matices, la estructura, los motivos ocultos y la verdadera genialidad del autor. Por ello, según él, si un libro no soporta esta segunda mirada sin desmoronarse por su propia superficialidad, no es gran literatura.
3ª.- La prueba de la preferencia: el espejo del alma
Los buenos libros tratan de nosotros mismos con tanta verdad que resulta imposible no reconocerse ni interesarse en ellos. La gran literatura aborda qué es el hombre y cuál es su lugar en el mundo de manera seria, verdadera y profunda; por eso apela a los seres humanos de cualquier tiempo y lugar, más allá de las diferencias culturales o históricas. Y esto les interesa a todos ellos enormemente porque se reconocen.
William Shakespeare, al igual que otros grandes autores, creó personajes de una profundidad psicológica y una autenticidad humana tal que el Dr. Samuel Johnson pudo escribir: «Los personajes de Shakespeare no son modificados por las costumbres de lugares particulares… son los auténticos descendientes de la naturaleza humana común… En las obras de otros poetas, frecuentemente, es el personaje el que habla; en las de Shakespeare, el que habla es el hombre». Hamlet, Macbeth, Lear o Otelo no son simplemente personajes de ficción, sujetos y limitados por su época: son arquetipos eternos de las pasiones, dilemas y grandezas humanas.
Esta tendencia o afición a conocernos a nosotros mismos y a interesarnos por nosotros mismos tiene fundamento en nuestra propia naturaleza; en cómo estamos hechos. Como bien decía Aristóteles en la apertura de su Metafísica: «Todos los hombres por naturaleza desean saber». Y, más específicamente, santo Tomás de Aquino señalaba que «el conocimiento de las cosas que nos son connaturales es el más perfecto, porque el alma, al conocerse a sí misma, conoce también a Dios, de quien es imagen».
Al unir ambas máximas, comprendemos el porqué de nuestra innata afición a saber de nosotros mismos. Esta preferencia de los humanos por lo humano se fundamenta en tres razones profundas. La primera es la autorreflexión: aunque nuestro conocimiento comienza necesariamente en el mundo exterior, nuestra máxima perfección natural se alcanza cuando volvemos la mirada sobre nosotros mismos para entender nuestra propia realidad.
La segunda razón es la Imago Dei: fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, y este deseo de conocer habita en nosotros porque intuimos que, al descifrar el misterio de nuestra propia alma, encontraremos un reflejo más claro del Creador.
La tercera razón es el orden moral: nadie puede amar o elegir lo que no conoce. Necesitamos conocer nuestra propia naturaleza —con sus límites, virtudes y fines— para conducirnos a nuestro florecimiento y perfección. Debemos conocernos para que el intelecto guíe a la voluntad a obrar el bien, a alcanzar la virtud y a disponerse a recibir la gracia de la contemplación.
Todos los grandes autores lo sabían y fueron impulsados por ello. Fiódor Dostoievski se expresa por todos ellos cuando escribió: «El hombre es un misterio. Es necesario desentrañarlo, y si pasas toda tu vida desentrañándolo, no digas que has perdido el tiempo; yo me ocupo de este misterio porque quiero ser hombre».Toda su obra —desde Crimen y castigo hasta Los hermanos Karamazov— es un estudio exhaustivo del alma humana en sus profundidades más oscuras y sus elevaciones más sublimes.
4ª.- La prueba de la transformación: el poder formativo de la buena literatura
Lo bueno cambia al que lo conoce, lo contempla y lo frecuenta. Esta no es una afirmación meramente psicológica o emotiva, sino que posee un fundamento metafísico: el bien es un trascendental del ser; por lo tanto, participa de él y posee un poder causal y transformador innegable. No es un objeto inerte o meramente útil que podamos usar y desechar sin consecuencias. El bien no resbala sobre la superficie: penetra por los poros del alma y deja en ella rastro. Es un agente activo que la conforma, otorgándole esplendor, belleza y bondad.
La experiencia concreta lo confirma: tras leer una obra verdaderamente buena, no volvemos a ser los mismos. Todos hemos experimentado esto. El mundo se percibe diferente: los deseos se reordenan, la imaginación se expande y el lenguaje interior se enriquece. Aunque estos cambios parezcan imperceptibles al principio, el tiempo demuestra que se sedimentan, sin prisa pero sin pausa, en los estratos más profundos del alma.
Los testimonios abundan. C. S. Lewis confesó que leer Phantastes, de George MacDonald, «bautizó su imaginación» años antes de su conversión intelectual. T. S. Eliot reconoció que la lectura de Dante transformó radicalmente su visión poética y espiritual. E innumerables lectores han testimoniado cómo el encuentro con muchas grandes obras redefinió el rumbo entero de sus vidas, abriendo horizontes que jamás imaginaron posibles. Marcel Proust, en su obra magna, En busca del tiempo perdido, escribió que «el libro es un instrumento óptico que el escritor ofrece al lector para que pueda discernir lo que, sin ese libro, no habría visto en sí mismo»; si tras la lectura nos conocemos más o mejor, será, pues, signo de que hemos estado ante una buena obra.
En todo caso, hay una prueba definitiva y sencilla: podemos evaluar cualquier lectura bajo una pregunta desarmante en su simplicidad: ¿Somos los mismos después de cerrar el libro? Si solo nos ayudó a pasar el tiempo, probablemente estemos ante un libro prescindible, uno más de los muchos que pueblan las estanterías. Pero si hemos sido transformados, si algo en nosotros ha cambiado irreversiblemente, sin duda nos hemos encontrado con una auténtica obra de arte.
Estas cuatro «pruebas» no son más que unas pocas de las que podrían encontrarse para ayudarnos en esa labor de discernimiento sobre qué leer, más necesaria hoy que nunca, dado el mundo de abundancia editorial en el que vivimos. ¿Se les ocurren otras?
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