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21.02.26

La belleza es necesaria en los libros: Una colección «maravillosa»

                   Ilustración de «Los cisnes mágicos». Nikolai Ustinov (1937-2023). 



          

                              

     

«Lo bello, en cambio, se refiere a la facultad cognoscitiva; pues se llaman bellas las cosas que, al ser vistas, agradan».

Santo Tomás de Aquino

   

     

         
«No hay otro camino para hacer razonable al hombre sensible que hacerlo primero estético».

Friedrich Schiller

     

          

     

          

                    

Les he hablado numerosas veces de la importancia de que unas ilustraciones bellas completen, adornen y den esplendor a un buen libro. No se trata únicamente de una función estética o del mero deleite ante la contemplación visual, lo cual no es en absoluto negativo; todo lo contrario.

Lo que ocurre es que la belleza no limita a eso su efecto. Es uno de los trascendentales, y esto debería indicarnos algo respecto de su importancia. Porque, aunque el efecto concomitante que naturalmente debería traer consigo el trato con lo bello es el deleite, la belleza no es simplemente «lo que agrada al gusto». Como nos diría Aquino, lo bello (pulchrum) es propiedad trascendental del ente: es el splendor formae que manifiesta la integridad, proporción y claridad del ser.

Y eso suena a grandeza, a asombro, a trascendencia.

Cierto es que esta no se manifiesta solo en el arte, ni tampoco únicamente en el pictórico. Pero el impacto en el alma de una imagen bella —un cuadro, un dibujo, una ilustración— es considerable. Como diría de nuevo el Aquinate, el arte es «la recta razón en el hacer», ordenada a producir objetos en los que resplandezca la verdad del ser bajo una forma bella. Y la pintura y la ilustración son caminos de expresión de esa belleza, tan contundentes como impactantes.

Como la belleza es el esplendor de la forma y el orden en la cosa (splendor veri), el arte que la muestre debe elevar hacia lo verdadero y lo bueno. Por esa razón, como les he insistido siempre, los libros que pongan en manos de sus hijos deberían tener bellas ilustraciones; piezas que respondan a todo lo antedicho.

Hoy les traigo una colección que puede dar respuesta a esta exigencia, tan difícil de satisfacer hoy en día. Me refiero a una de esas series por entregas, generalmente diseñadas para el consumo y que, al menos en su intención primera, suelen carecer de sensibilidad artística. Hechas normalmente con retales de otras ediciones a las que se les da un lavado de cara para el escaparate publicitario, en ocasiones pueden encerrar tesoros. Este es el caso, aunque la edición sea mejorable.

 

Se trata de la colección editada en España por RBA denominada «Historias maravillosas», plagada de obras clásicas e ilustradores magníficos (prácticamente todos de la denominada «Edad de Oro» de la ilustración). Los títulos que en este momento se hallan disponibles a la venta son los siguientes:

Bambi, de Felix Salten (Ilustrado por Kurt Wiese).

El libro de la selva, de Rudyard Kipling (Ilustrado por M. y E. Detmold y W. Henry Drake).

Pinocho, de Carlo Collodi (Ilustrado por Attilio Mussino).

El pájaro de fuego y otros relatos, recopilados por A. Afanásiev (Ilustrado por Iván Bilibin).

Al este del sol y al oeste de la luna, cuentos recopilados por P. C. Asbjørnsen y J. Moe (Ilustrado por Kay Nielsen).

Las hadas flores, de Cicely Mary Barker (Ilustrada por ella misma).

Vieja Navidad, de Washington Irving (Ilustrado por Cecil Aldin y Randolph Caldecott).

Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll (Ilustrado por María L. Kirk y John Tenniel).

El viento en los sauces, de Kenneth Grahame (Ilustrado por Ernest H. Shepard).

Caperucita Roja y otros relatos, de Charles Perrault (Ilustrado por Harry Clarke).

Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll (Ilustrado por Gwynedd M. Hudson).

Las mil y una noches, recopiladas por Andrew Lang (Ilustradas por Virginia Frances Sterrett).

Peter Pan y Wendy, de J. M. Barrie (Ilustrado por Alice B. Woodward).

La Sirenita y otros cuentos, de Hans Christian Andersen (Ilustrado por Harry Clarke).

La Bella y la Bestia, versiones de G. S. de Villeneuve y J. M. Leprince de Beaumont (Ilustradas por Walter Crane y Edmund Dulac).

Lamentablemente, he sabido de la colección tarde y ya no se encuentra en los quioscos, pero los libros todavía pueden conseguirse realizando un pedido directamente en la web de la editorial (sección «Coleccionables», apartado «Números atrasados») a un precio muy asequible.

En todo caso, animaría a la editorial a que volviera a lanzarla al mercado y, a ser posible, ampliando sus títulos, pues al parecer en lugares como México o Argentina la colección constaba de hasta cincuenta volúmenes. Aunque la edición pudiera ser mejorable en cuanto a portadas y tamaño, el conjunto vale realmente la pena. Intenten hacerse con ellos; no se arrepentirán.

     

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16.02.26

La esperanza en la literatura (V). Rescoldos obstinados que alumbran el camino de vuelta

                 «Sol naciente». Obra de Giuseppe Pellizza da Volpedo (1868-1907).



        

          

          

«No despreciamos las bendiciones terrenales, sino que preferimos las celestiales. Esperamos, por tanto, los dones celestiales, y en nuestra esperanza ya los poseemos».

Tertuliano. De Apología, capítulo XXXIX.

         

«La esperanza, como virtud teologal, tiene a Dios por objeto, en cuanto que por ella confiamos obtener de Dios la bienaventuranza».

Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 17, a. 5.

 

 

 

La literatura es el acervo de la experiencia humana en lo natural, como sostenía el santo cardenal Newman. El ser humano, en la medida en que está diseñado según el patrón del ser, está también hecho conforme al bien; dado que es Imago Dei, ha sido creado para la bienaventuranza. Por ello, a pesar de lo que comentábamos en la última entrada, a pesar de la fractura moderna que relegó a la esperanza teologal a a un rincón oscuro, incluso en medio del páramo helado, surgen voces que soplan sobre las brasas para avivarlas.

T. S. Eliot, en La tierra baldía, pronuncia una letanía de ruinas, pero cierra el poema con una paz que no es de este mundo. Georges Bernanos, en Diario de un cura rural, pone en labios de su sacerdote moribundo una verdad terrible y dulce: la gracia es olvido de sí; el infierno es no poder amar… y, en último término, nos recuerda, como había dicho santa Teresa de Lisieux, que «todo es Gracia». El poeta francés Charles Péguy canta a la virtud teologal de la esperanza como a una niña pequeña, la preferida de Dios, en El pórtico del misterio de la segunda virtud:

«Por el camino empinado, arenoso y estrecho,
arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores,
que la llevan de la mano,
va la pequeña esperanza
y en medio de sus dos hermanas mayores da la sensación
de dejarse arrastrar
como un niño que no tuviera fuerza para caminar (…)
Pero, en realidad, es ella la que hace andar a las otras dos,
y la que las arrastra,
y la que hace andar al mundo entero
y la que le arrastra.
Porque en verdad no se trabaja sino por los hijos
y las dos mayores no avanzan sino gracias a la pequeña».

Recientemente, la teología –por boca de la encíclica Spe Salvi de Benedicto XVI– distingue entre la Gran Esperanza —la vida eterna— y las pequeñas esperanzas —esa familia que vuelve a reunirse, ese perdón pedido, esa salud que regresa, ese trabajo que por fin llega—. Cuando la Gran Esperanza se borra, las pequeñas se marchitan o se convierten en ídolos; cuando la Gran Esperanza brilla, las pequeñas encuentran su medida y su verdad.

En la primera entrada de esta serie les hablaba, figuradamente, de un grupo que se aproximaba desde una colina: imaginen a Chesterton, Tolkien, Lewis y Waugh, que caminan juntos, todos ellos de la mano de la Gran Esperanza.

Chesterton, en su novela titulada El hombre que fue Jueves (y más abstractamente en El hombre eterno y Ortodoxia), fusiona asombro y alegría para mostrarnos una esperanza paradójica, evocando la teología agustiniana de la gracia como sorpresa gozosa. En este aparente cuento policial, la esperanza natural aparece como deseo de justicia y aventura; la teologal irrumpe en la revelación final, donde Dios transforma el caos en sentido.

Tolkien, por su parte, presenta en El Señor de los Anillos una esperanza humilde y realista, encarnada sobre todo en los hobbits, pero elevada por la gracia providencial, expresada en la «eucatástrofe», entendida como la irrupción súbita del bien que revela la acción divina. Toda la obra es una meditación sobre la esperanza. Para Tolkien, la esperanza no es un sentimiento, sino una disposición moral e intelectual de la voluntad, orientada hacia lo trascendente.

Pero hay más héroes de la esperanza en Tolkien aparte de los hobbits. No solo Frodo y Sam, también Gandalf y Aragorn son hombres de esperanza: ambos cumplen con su deber sin garantía de éxito, confiando en que hay un orden mayor que guiará sus acciones, pero no desesperan, porque son humildes; y aunque todo parezca oscuro, confían, pues solo Dios (Ilúvatar) sabe qué pasará («La desesperación solo es para quienes ven el final sin lugar a dudas», dice Gandalf). Así, el Anillo es destruido aun cuando todo parece perdido, aun cuando finalmente parece que los protagonistas fracasan; ¿cómo? Por una acción divina providencial: la eucatástrofe.

Tolkien también hace una advertencia respecto a la desesperación en el personaje de Denethor: muestra el peligro de la arrogancia de creer que la propia visión del mundo es la verdad absoluta (él cree que han fracasado —«El Enemigo lo ha encontrado», afirma sobre el Anillo—; cree tener certeza absoluta de que todo está perdido, que ya no hay que luchar, rezar o gobernar), cerrándose a la posibilidad de la Gracia y la intervención salvadora.

De esta manera, la épica de Tolkien se convierte en una profunda meditación sobre cómo la esperanza —tal como la enseña la fe católica— es la fuerza que permite a los seres limitados perseverar contra un mal aparentemente invencible.

Por su parte, C. S. Lewis, en sus Crónicas de Narnia, entiende la esperanza como anhelo redentor (su Sehnsucht, que él refiere a un “anhelo” que apunta directamente a nuestra verdadera patria en el más allá, no satisfecho por nada terrenal, mezcla de un deseo y una nostalgia, con un matiz de gozo y una conciencia intensa de que falta algo). La esperanza natural se refleja en el coraje infantil de los protagonistas, pero se eleva a esperanza teologal mediante la figura de Aslan, símbolo de Cristo. Su pensamiento critica el hedonismo moderno y subraya el carácter educativo del sufrimiento para forjar una esperanza verdadera.

Finalmente, Evelyn Waugh, en Retorno a Brideshead, describe la esperanza como misericordia que persiste aun en la decadencia moral. El anhelo humano por belleza o amor se purifica mediante la gracia divina, que toca a todos los protagonistas de diversas maneras. Teológicamente, hay presente una esperanza pascual —la gracia no defrauda, incluso en el pecado, sobre todo en el pecado—, un testimonio católico de la Providencia que transforma lo mundano en sagrado.

Nuestro hoy

Nuestro siglo XXI, hasta ahora, no ha conocido cataclismos de la magnitud de las guerras mundiales, pero sí una experiencia planetaria de vulnerabilidad: la pandemia reciente —el encierro, la soledad, el miedo, la pérdida—. Además, aun cuando persiste por ello el vicio de la desesperación, también se entroniza el otro vicio opuesto a la virtud teologal de la esperanza: el de la presunción. Así, se cierne sobre el mundo la oscura sombra de quienes, como decía Lewis, quieren echar abajo el último pilar basal: la naturaleza humana.

Esto dejó y sigue dejando huellas en la literatura y en el arte: relatos del aislamiento, poemas del silencio, novelas del duelo y, a un tiempo, historias de dominio humano sobre la naturaleza y de fusión entre hombres y máquinas. Desde un punto de vista puramente humano, no es extraño que en la mayoría de las personas haya crecido una melancolía difusa, un escepticismo amable (ya no tan amable), una ironía protectora, a veces una desesperanza lacia y, siempre, una entrega banal, sumida en el consumismo, la irrelevancia y el placer. Y, sin embargo —valga repetirlo—, no faltan voces que, desde la fe o desde la nostalgia de ella, escriben como quien coloca una lámpara en la ventana: pequeñas luces que señalan el camino de vuelta. Está mal que yo lo diga, pero una de esas lámparas me toca muy de cerca.

Llegados aquí, conviene hacer una pausa y preguntarnos: ¿no es todo esto de la esperanza, al fin y al cabo, una cuestión privada, como tratan de hacernos creer? ¿No es la esperanza asunto de temperamento o de circunstancias? Eso nos diría la psicología de hoy, tan desbordada de métodos experimentales como llena de confusión conceptual, como sabiamente diagnosticó Wittgenstein.

Me atrevo a responder que no. Y ello, sin perjuicio de que, conforme a esa crítica wittgensteiniana, podemos ver claramente que esa tendencia moderna a «estirar» el concepto de «emociones» es un reemplazo tosco y mal definido de las ricas y cuidadosamente trazadas distinciones clásicas entre diversos tipos de pasiones, apetitos y afectos. Un descuido, por cierto, anudado a explicaciones evolucionistas de azar imposible y a materialismos reduccionistas arraigados en la neurociencia.

Pero mi respuesta va por otro lado: como ya he dicho, un hombre puede ser jovial y vivir en la más sombría desesperanza, incluso sin saberlo, otro puede ser de carácter sombrío y poseer una esperanza indoblegable (el padre de la novela La carretera, de Cormac McCarthy, «llevando el fuego», protegiendo a su hijo, es un ejemplo). La diferencia no es psicológica, es metafísica. La pregunta por la esperanza es la pregunta por el sentido: el del hombre y el del mundo que habita. Si el mundo tiene Logos, se alimenta de Logos, es creado por el Logos, si hay justicia última, si el amor es más fuerte que la muerte, entonces esperar es razonable. Sin embargo, si todo es accidente, sinsentido, y voluntad de poder, entonces lo razonable es no esperar o, a lo sumo, esperar con amargura, esperar muy poco y por muy poco tiempo. La literatura, como espejo y maestra, no hace sino mostrarnos la respuesta que cada época se da a sí misma.

Alguien podría objetar a mi historia: ¿no hay obras precristianas que insinúen esperanza? ¿No hay literatura cristiana desesperanzada? La respuesta es sí a ambas preguntas. Homero, por ejemplo, conoce la hospitalidad, la fidelidad, la compasión; hay semillas de humanidad que anuncian algo más: los semina verbi de san Justino. Y no pocos autores cristianos —por temperamento, por tragedia, por duda— han escrito páginas que transpiran oscuridad: véase Unamuno y su San Manuel Bueno, mártir, sacerdote carente de toda virtud teologal, incluida la esperanza.

Por eso insistía antes: no confundamos el tono con el horizonte. Una obra puede sonar alegre y ser desesperada; puede sonar grave y ser esperanzada. El criterio es otro: la estructura de sentido que sostiene cada mundo literario. La noche oscura del alma que nos poetiza san Juan de la Cruz es, en su asombro tremendo, el portón a la visión mística; la prefiguración del gozo. El cristianismo no convierte a todos los cristianos en poetas luminosos, ni hace imposible el dolor; lo que introduce es un compromiso que hace razonable esperar incluso en medio de la noche, pues nos promete que, ineluctablemente, tras su paso llegará el luminoso día para siempre.

Y para acabar, nosotros, los lectores, podríamos preguntarnos:

¿Qué hacemos con todo esto? Mi esbozo de respuesta es eso, solo un esbozo y por duplicado:

En primer lugar, educar la mirada, y con la nuestra, la de nuestros hijos. No leer solo para entretenernos, sino para comprender qué imagen del hombre propone el libro. Preguntarnos: ¿este mundo literario que tenemos delante hace razonable esperar o invita —con violencia o con dulzura— a renunciar a la esperanza? ¿Qué hace esta lectura con mi deseo de bien; alimenta la Gran Esperanza?

Y, en segundo lugar, ejercitar la esperanza, comenzando por las pequeñas, pero con la vista puesta en la más grande de todas: la Gran Esperanza. Porque como virtud que es (sea natural o teologal) se actúa, se vive: con actos, con decisiones, con renuncias, con cómo afrontamos el sufrimiento y el mal, con nuestra atención a la belleza, con fidelidad a la verdad, con la caridad de cada día y con la oración constante; es decir, con entrega absoluta y confiada a la voluntad de Dios. Y para ello, tenemos el perfecto ejemplo: María. Así que podemos terminar, como nos dice Benedicto XVI, rogándole:

«Como Madre de la esperanza, Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino».

9.02.26

La esperanza en la literatura (IV). La fractura moderna y la desesperanza estéril

             «Las almas desesperanzadas». Obra de Ferdinand Hodler (1853-1918).




 

«Un hombre desprovisto de esperanza y consciente de ser así ha dejado de pertenecer al futuro».

Albert Camus. El mito de Sísifo

       

«Estás en la tierra. No hay cura para eso».

Samuel Beckett. Final de partida.

 

 

Podríamos decir que hubo un tiempo —un gran lapso— en que la literatura cristiana, con toda su variedad, compartía una arquitectura común: el mundo tenía un sentido, la libertad humana importaba y la esperanza natural era razonable; esta nacía y se nutría del Logos y su Gracia, con la virtud teologal homónima como sostén.

Pero, desde que fue expulsado del Paraíso, el hombre y sus ideas, abandonados a su albur, tienden a deslizarse por la pendiente del error y la corrupción.

Desde finales de la Baja Edad Media, irrumpen corrientes de pensamiento disolventes de enorme trascendencia para la historia de las ideas, como el nominalismo de Guillermo de Ockham. Con ellas comienza a fraguarse una fractura entre fe y razón, entre el orden de la naturaleza y el de la gracia. Acompañando a estas ideas y retroalimentándose con ellas, las grandes herejías y las tensiones políticas y culturales van horadando esa unidad de visión. Durante siglos, estas fracturas afectaron sobre todo a las élites intelectuales, mientras el pueblo conservaba una fe sencilla —la «fe del carbonero», como gustaba decirse— y la esperanza sobrenatural seguía dando sostén y vida a la natural. Pero el hilo comenzó a tensarse y, desde hace cierto tiempo, ha comenzado a romperse.

Con la modernidad se acelera este proceso. El hombre, como el sujeto autónomo kantiano, se vuelve el centro; la técnica multiplica el poder; Dios queda relegado a la esfera privada; y el progreso promete una salvación en este mismo mundo, pero, por supuesto, sin Salvador. Todo ello bajo un horizonte trascendente que se difumina.

En este lúgubre escenario, la esperanza teologal, empujada a un rincón oscuro, comienza a dejar sin alimento a la esperanza natural, que deviene entonces ambición, expectativa, cálculo y, por extensión, desasosiego y frustración.

En medio de esta atmósfera enrarecida, la literatura del siglo XX —desbordado el vaso por el tremendo golpe de las guerras mundiales, los totalitarismos, los genocidios, las hambrunas y la experiencia industrializada del horror— pone de manifiesto esta «desaparición» de la virtud de la Esperanza, dentro de un proceso que C. S. Lewis calificó gráficamente como la «abolición del hombre», en un pequeño libro, de título homónimo y lectura imprescindible.

El absurdo y el sinsentido, la angustia de un vivir vacío y sin propósito, se instalan en el mundo y, como de costumbre, son anunciados por la literatura.

Albert Camus, que tanto amó la inocencia luminosa del mundo sensible, diagnostica este «absurdo»: la desproporción entre el deseo humano de sentido y el silencio del universo. En El mito de Sísifo (el titán condenado a empujar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra ha de volver a caer por su propio peso para ser empujada por él de nuevo), propone una respuesta ética: vivir sin mentiras, sostener sobre nuestros hombros la dignidad e imaginar a Sísifo —como símbolo del hombre— dichoso a pesar de su incesante castigo.

George Steiner, otro intelectual ateo, se preguntó sobre el supuesto valor humanizador de la cultura y, más concretamente, de la literatura, ante las catástrofes asesinas surgidas del nazismo y el comunismo, («hombres que lloraban con Werther o con Chopin se movían, sin darse cuenta, en un infierno material»); mas solo se atrevió a ofrecer –y como sombría sospecha– una respuesta insuficiente, y en la que realmente no creía, al sugerir que la cultura podría ser apenas un «lujo apasionado».

Desde las brumas húmedas de la verde Éire, el irlandés Samuel Beckett, por su parte, en toda su obra teatral, pero especialmente en Esperando a Godot, convierte la espera en metáfora fatalista, sin esperanza: se espera algo que no llega y, sin embargo, se sigue esperando.

Por su parte, el checo Kafka, con su lucidez punzante, muestra en el ambiente de pesadilkla de El proceso, la culpa sin absolución, la ley sin rostro, el juicio implacable sin sentencia justa, en un camino sin esperanza, ni natural ni teologal.

En todos ellos, a pesar de los distintos caminos artísticos que emprenden, palpita tácitamente una pregunta que solo se atreve a lanzar al aire el viejo y provocador Nietzsche —cómo no, tras haber leído a ese cirujano del alma humana que es Dostoievski—: si Dios no existe, ¿qué es del bien y del mal?, ¿qué es de la justicia última? Un Fiodor Dostoievski que conoció el abismo y la gracia, y que puso en boca de Iván Karamázov una frase que aún estremece: «Si Dios no existe, todo está permitido»; un estremecimiento más intenso hoy, quizás debido a que en los últimos tiempos hemos constatado en nuestras carnes su verdad. Esta frase no es un silogismo, sino más bien una intuición moral. Pues, sin horizonte trascendente, ¿qué sostiene, en último término, la esperanza?

Visto todo ello, cabría quizá preguntarse: ¿hay esperanza en alguno de ellos? La respuesta es tan seca y terminante como el clima de sus obras: no en el sentido teologal, ni siquiera en el sentido natural; puede haber firmeza, integridad o belleza moral, pero no esperanza.

Parecería, pues, que la última de las puertas está cerrada. Sin embargo, veremos cómo lo cristiano es siempre esperanza en sí mismo y, por ello, sus frutos son siempre símbolo del génesis y la promesa eternos, y en la literatura se nos darán muestras de ello.

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4.02.26

La esperanza en la literatura (III). Irrumpe el Logos

  «Dante y Virgilio en las orillas del Purgatorio». Obra de François Lafon (1846-1913).



                    

          

«Horribles fueron mis pecados;
Pero la bondad infinita tiene tan grandes brazos,
Que recibe a todo lo que se vuelve a ella».

Dante Alighieri. Purgatorio, Canto III

          

          

«Aunque sus ofensas sean
más que hay átomos del sol,
y que estrellas tiene el cielo,
y rayos la luna dio,
y peces el mar salado
en sus cóncavos guardó.
Ésta es su misericordia,
que con decirle al Señor:
«Pequé, pequé muchas veces»,
le recibe al pecador
en sus amorosos brazos».

Tirso de Molina. El condenado por desconfiado.

                    

                              

                    

                              

EL LOGOS IRRUMPE, LA ESPERANZA SOCORRE AL HOMBRE

Con la revelación cristiana cambia el aire del mundo:

«En el principio era el Logos (…) y el Logos era Dios».

Esta afirmación no es solo teológica; es existencial: el mundo adquiere, de repente, sentido, y ese sentido es personal. Cristo, el Logos encarnado, se introduce carnal, físicamente en el mundo, y con Él una lógica y un sentido nuevo: el bien y el mal no son equivalentes, nuestras decisiones importan (la fe sin obras está muerta), nuestra libertad pesa, no solo psicológica o socialmente, sino eternamente: estamos aquí para algo que está más allá de esta vida.

Y, junto con el Logos, irrumpen las virtudes teologales —la fe, la esperanza y la caridad— como dones que elevan la naturaleza. La esperanza sobrenatural no cancela ni sustituye a la esperanza natural; la fortalece y la orienta hacia su fin y objeto verdadero, porque, como sabemos, la gracia no destruye la naturaleza; la perfecciona.

Pero, aquí conviene subrayar algo. Como ya dijimos en la entrada precedente, la esperanza no es simple optimismo antropológico. Hay melancólicos llenos de esperanza y entusiastas sin esperanza. El optimismo es un estado de ánimo, a lo mucho una disposición del temperamento, una pasión. La esperanza, en cambio, es una virtud teologal infundida por Dios; reside en la voluntad racional del hombre, pero no nace de las fuerzas de esta voluntad, sino que es la Gracia la que la eleva y la mueve a confiar en la promesa divina. Es un don que capacita a la libertad humana para un acto que la excede. Por eso es posible hallar esperanza en poetas sombríos y desesperanza en autores vitalistas. La clave no es el sentir del texto, sino el horizonte al que el texto apunta: si hay un Logos que sostiene la realidad y hace razonable esperar o si, por el contrario, el mundo está entregado al azar y al caos.

De repente, los relatos, los poemas, ya no se limitan a la grandeza trágica; aparece la conversión, la redención, la misericordia, la justicia, la posibilidad de rehacer el mal paso, de redimir el pecado, de salvar el error. Las acciones tienen consecuencias que perduran, pero que no son irredimibles; el mundo es duro, y en ocasiones cruel, pero el corazón humano, con su deseo de bien, comienza a ver que la sed que lo habita no es un absurdo, sino una promesa. 

Así nace una literatura donde, a pesar del sufrimiento, este adquiere sentido y puede ser redimido; donde, a pesar del mal, este puede ser perdonado y debe ser combatido, y donde la belleza que nos rodea remite a una Belleza mayor. Y, así, de golpe, como en una epifanía, como diría Chesterton, todo adquiere sentido. Se rasga el velo y se nos muestra la promesa de una gloria; y así, la esperanza florece. No se trata de moralina, sino de ontología: de qué es el mundo y quién es el hombre, qué hace en él y qué puede esperarle.

El andamiaje poético que mejor encarna esta nueva visión es la Divina Comedia de Dante Alighieri. El viaje que conduce al poeta desde el Infierno hasta el Paraíso no es solo un mapa geográfico del más allá; es la cartografía de las consecuencias morales de nuestras acciones. Es su guía y su brújula. A la entrada del Infierno reza la inscripción:

«Los que aquí entráis, dejad toda esperanza».

Solo allí, en la condena irrevocable, la esperanza desaparece; pero como dice Dante, no es arrebatada ni destruida desde fuera: uno es obligado a dejarla. ¿Por qué? Porque el lugar y tiempo de hacer mérito son los de la vida terrena. Esta vida es el umbral donde la libertad, sostenida por la gracia, puede orientarse hacia su destino y colaborar en él; y ahí es donde juega la esperanza.

Ahora bien, aun cuando la acción humana, el acto, las obras, terminan con la muerte, no pasa así, al menos del todo, con la esperanza. Esta no termina con la muerte, no es aniquilada por la muerte –el Infierno, la condenación, solo obliga a abandonarla–, ya que en el Purgatorio perdura. El Purgatorio ya no es tiempo de hacer, cierto, pero sí de aguardar, con sufrimiento, mas también también con esperanza, Ahí es donde esta última sigue trabajando —la esperanza que anhela ver a Dios—.

Pero, es en el Paraíso es dónde tiene lugar su consumación; y es únicamente aquí, en la culminación del camino, donde la esperanza cesa por la consecución de su fin, pero no destruida o abandonada, sino sublimada y absorbida por el Amor (Caritas), la única de las tres virtudes que perdurará para siempre. Es «el amor que mueve el sol y las demás estrellas» que cierra, lleno de esperanza, el poema. Y este amor es la verdadera vida, eternamente.

Esto llenará de fervor y pasión a una nueva literatura, arrebatada por la belleza y alimentada por la esperanza; una esperanza que ha elevado las almas a un destino que, no solo da sentido a esta vida, sino que apunta a algo que no tiene fin.


EL ESPLENDOR DEL SIGLO DE ORO ESPAÑOL

                           «La Esperanza». Obra de Federico de Madrazo (1815-1894).

En la España áurea del Imperio donde no se ponía el sol, la esperanza vibra en registros muy distintos, pero vibra y sigue gozando de buena salud (en los siglos de oro, XVI y XVII).

Luis de Góngora, con su barroquismo luminoso, parece a veces un poeta de la fugacidad, de lo caduco: en el poema «Mientras por competir con tu cabello…», el poeta describe la belleza física de una joven y la exhorta a gozar de su juventud y belleza, pero le advierte que esta belleza es fugaz: «se vuelva, mas tú y ello, juntamente, / en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». Todo perece, todo decae; la rosa se marchita. ¿Dónde está la esperanza? Está en la conciencia misma de la caducidad, que despierta el anhelo de otra belleza, no pasajera como esta que vivimos; otra belleza que nos espera. La sensibilidad de Góngora se abre a la verdad de un mundo que remite más allá de sí. Una belleza efímera –como la de la rosa– solo adquiere sentido con una Belleza eterna que la sostenga. La melancolía no se convierte en nihilismo; el brillo de lo que muere incita el deseo de lo que no muere; abre su apetito a ello.

Francisco de Quevedo, por su parte, mira la muerte sin miedo y con rima. De manera realista, pero lúcida y trascendente. «Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra»: sí, moriremos; sí, todo será, en un principio, ceniza y polvo; y, sin embargo, «serán ceniza, mas tendrán sentido; polvo serán, mas polvo enamorado». Esa palabra —enamorado— es la grieta por donde se cuela la esperanza: un amor que no desaparece cuando el cuerpo se convierte en ceniza, porque lo sabe un estado temporal. Si para Góngora la belleza efímera conduce a la Belleza eterna, para Quevedo es el amor; el amor terreno –que pareciera acabar con la ceniza de los huesos– es el que conduce a la eternidad del Amor pleno. Quevedo no canta un optimismo barato; canta una esperanza tallada en la piedra de la muerte; una esperanza natural que se apoya y sostiene en la virtud teologal. En ambos —Góngora y Quevedo— el tono es distinto, la virtud es la misma. No importa el humor del poeta; importa el horizonte de su palabra.

Hay otros ecos, claro; muchos más. En Calderón, por ejemplo, la vida es sueño, como dice el título de su famosa obra, pero no sueño absurdo: sueño con ley moral y con promesa eterna. El mundo es teatro, sí, pero no una farsa sin juicio ni juez; hay una mano que lo sostiene todo. En Santa Teresa de Jesús, la esperanza es oración viva y calma confiada, es una forma madura de la esperanza, como dice su famoso poema:

«Nada te turbe, nada te espante todo se pasa,
Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza,
quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta».

Y en el agustino Fray Luis de León, la Oda a la vida retirada no es fuga del mundo, sino búsqueda confiada del mundo verdadero, huyendo de los “cuidados graves” de la vida social y del “mundanal ruido”, considerándolos como “falsas esperanzas”, para acercarse por la “senda escondida” al “refugio seguro” que le ofrece la paz para dedicarse a la contemplación.

Todas estas muestras artísticas dejan entrever ciertas aspiraciones humanas y seculares —las “pequeñas esperanzas” de las que hablaría siglos más tarde Benedicto XVI—. Sin embargo, para que estos anhelos no degeneren en ese “frenesí dorado” que ciega —el engaño de los sentidos descrito por Sor Juana Inés de la Cruz—, necesitan ser purificados y ordenados. Es la Gran Esperanza la que realiza esta obra: ella es la que, durante siglos, sostuvo y dio fundamento a los deseos seculares, impidiendo que la esperanza humana deviniese una mera y frágil ilusión y orientándola hacia su cumplimiento definitivo. Pero, como veremos en la próxima entrada, sombríos vientos se aproximaban por el horizonte.