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28.04.26

¿Literatura de terror?

                      «La pesadilla». Obra de Johann Heinrich Füssli (1741-1825).



                              

                              

                    

«Es posible que al limitar a su hijo a historias irreprochables sobre la vida infantil en las que no ocurre nada alarmante, usted no lograría desterrar los terrores, sino que lograría desterrar todo lo que puede ennoblecerlos o hacerlos soportables. Porque en los cuentos de hadas, junto a las figuras terribles, encontramos a los inmemoriales consoladores y protectores».

C. S. Lewis

    


«Es con justicia considerado como la mayor excelencia del arte el imitar a la naturaleza; pero es necesario distinguir qué partes de la naturaleza son las más apropiadas para ser imitadas». 

Doctor Samuel Johnson

 

 

 

Cuando llega la adolescencia y los gustos y preferencias de los jóvenes comienzan a cambiar, surge en muchos padres el siguiente dilema (que, en el fondo, nos persigue toda la vida aplicado a nosotros mismos): ¿Es conveniente que se asomen a los abismos del terror literario? ¿Deben –debemos– explorarlos o, más bien, evitarlos? Como escribía Eugenio Trías, ¿conviene evitar ese «feudo de misterios que, debiendo permanecer ocultos, producen en nosotros, al revelarse, el sentimiento de lo siniestro»? Y, si debiéramos adentrarnos en ellos, ¿cuándo y cómo hacerlo?

Ya hemos hablado anteriormente de la visión cristiana de la existencia y del papel que juega en ella la profunda herida que el pecado ha traído al hombre y al mundo. Este hecho cohabita con el misterio del existir, del que todo hombre consciente no puede desprenderse sin abandonar su humanidad. Lo literario —como archivo de la experiencia humana, a decir del cardenal Newman— no es ajeno a ello. El literato católico ha de tratar con esta realidad de forma prioritaria. El poeta católico Dana Gioia lo expresa así: 

«Tienden a ver a la humanidad luchando en un mundo caído. Combinan un anhelo de gracia y redención con una profunda sensación de imperfección humana y pecado. El mal existe, pero el mundo físico no es malo. La naturaleza es sacramental, brillante, con signos de cosas sagradas. De hecho, toda realidad está misteriosamente cargada con la presencia invisible de Dios».

Y continúa diciendo: 

«Perciben el sufrimiento como redentor, teniendo como referencia la pasión y muerte de Cristo, miran hacia la eternidad, gozan de un sentido místico de continuidad entre los vivos y los muertos y su sentido del pecado les somete, a ellos y a sus personajes, a un recurrente examen de conciencia, arrepentimiento y contrición».

En ellos habita, por razón de su fe, una pasión por la verdad que les lleva a explorar plenamente, a fondo y sin reservas, la naturaleza humana y el mundo todo, tanto en su bondad y belleza como en su horror y maldad.

¿Puede decirse lo mismo de los lectores? ¿Y de los más jóvenes?

El cristianismo admite el misterio, pero no el absurdo ontológico; admite lo tremendo, pero no la soberanía del caos; admite la pequeñez del hombre, pero dentro de una creación inteligible, providente y llena de esperanza. Por eso, una imaginación cristiana ha de ser educada dentro de estos márgenes (que, por cierto, son muy amplios). Sin embargo, cuando nos acercamos a alguno de los límites de ese cercado —como el miedo o el terror, sea físico o numinoso—, habrá que andar con tiento para no caer en el abismo: el trato indiscriminado con el miedo y aquello que lo causa puede desviarse hacia la morbosidad y la desesperanza. Al enfrentar esta cuestión desde la virtud de la prudencia, topamos con dos hechos fundamentales.

Por un lado, sabemos que el conocimiento intelectual depende de los sentidos y, especialmente, de la imaginación (clasificada como sentido interno por Santo Tomás). El Aquinate advierte que el intelecto necesita imágenes (phantasmata) para pensar. Siendo así, es fácil concluir que, cuando la imaginación de un joven se alimenta exclusivamente de fealdad, horror y desesperación, su intelecto tendrá dificultades para elevarse a la contemplación de la Verdad, la Belleza y la Bondad.

Sin embargo, por otro lado, tenemos al miedo, una pasión del apetito irascible ante un mal arduo o difícil de evitar. Por ello, no es malo en sí mismo; de hecho, es la ausencia total de miedo lo que constituye un vicio (la temeridad), y aprender a dominarlo y a enfrentarse a él lo que representa la esencia de una virtud (la fortaleza).

¿Puede jugar aquí la literatura algún papel? Algunos de nuestros sabios de referencia han intentado clarificar esta oscura cuestión.

Teniendo siempre presente ese fin y el efecto en el alma del lector presidido por la prudencia, ya en el siglo XVIII, justo antes de la aparición de lo gótico en la literatura, el doctor Samuel Johnson exigía que las ficciones temibles se subordinasen a la rectitud moral y a la comprensión de la naturaleza humana. Bajo esta misma premisa, Chesterton, Tolkien y C.S. Lewis nos mostraron que lo monstruoso y temible puede ser conveniente para la correcta formación y control de nuestras pasiones; pues al presentar el mal —que no es sino una privación del bien— como una entidad que debe ser combatida, este tipo de narración proveen a la mente de los “fantasmas/imágenes” (como diría Aquino) necesarios para ejercitar la virtud cardinal de la fortaleza, disponiendo además al alma para comprender la victoria final de la gracia (o eucatástrofe, en términos de Tolkien). Esta recta ordenación de las pasiones encuentra pleno eco en pensadores hispanos tan recientes como inesperados, como Borges, Savater, Llopis y Cortázar, quienes, combatiendo el error del reduccionismo racionalista que mutila la dimensión trascendente y numinosa del hombre, confirman que el miedo literario puede llegar a ser una sana catarsis.

De todo lo dicho podemos extraer una enseñanza: la literatura de terror, tomada con prudencia, cumple una función purificadora análoga a la que Aristóteles asociaba a la tragedia. Experimentar el miedo y el temor en el entorno seguro y controlado de la ficción literaria podría permitir al niño, adolescente o joven “entrenar” sus pasiones, preparándolas para los combates morales del mundo real. G.K. Chesterton en una de sus más famosas intuiciones nos dejó dicho aquello de que los cuentos de hadas no les enseñan a los niños que existen los dragones —los niños conocen el miedo y el dragón desde siempre—, sino que existe un San Jorge que puede derrotarlos.

Parece pues que deberemos equilibrar dos aspectos: el tipo de alimento que proporcionamos a la imaginación y la intensidad de la emoción que ello provoca. Porque, aquello que consumamos alimentará de igual manera nuestra alma; y la emoción de temor que experimentemos podrá en ocasiones ser demasiado intensa y perturbadora. En función de lo que prudencialmente estimemos, habremos de obrar en consecuencia. Enfrentarse pues a la denominada literatura del miedo o el terror es una cuestión prudencial que no posee una sola respuesta, pero si algunas pautas para discernir si debe leerse, y en su caso, qué, cuándo y cómo leerse:

1. El momento madurativo: Como siempre les he dicho, el joven debe tener ya cierta formación de la sindéresis (el hábito de los primeros principios morales). No se le debe exponer al terror cuando aún no sabe distinguir con firmeza el bien del mal, incluso cuando la obra sea clara a este respecto.

2. El objetivo lector: Este tipo de lecturas deben abordarse con un propósito –incluso si el propósito no está en la conciencia del lector; pero, desde luego, sí que habrá de estar en la de sus padres o preceptores–. Si el descenso a las tinieblas de la novela o relato sirve para encarecer el valor de la luz, el heroísmo, la lealtad y el orden racional, o incluso, la mera existencia de un orden sobre o preternatural, la lectura será provechosa. Si la obra propone que el mal es invencible o que la vida es absurda, pervertirá el intelecto.

3. El acompañamiento activo en cada lectura: Dividido en tres etapas, como ya les he señalado en otras ocasiones: antes de iniciar la lectura, guiando la elección del libro, despertando la curiosidad, y dando llamadas de atención sobre cuestiones delicadas; durante la misma para, no solo resolver dudas y compartir el entusiasmo del proceso, sino, sobre todo, para advertir a tiempo lecturas que puedan incitar al chico a deslizarse por una pendiente peligrosa; y después, fomentando la reflexión crítica y la conexión personal con la historia. En definitiva, una charla literaria como un acto de acogida, guía y cuidado que, además, transformará una experiencia individual en una vivencia social y acompañada, lo que es especialmente importante en el caso de lecturas que provoquen emociones intensas, como esta del temor. Este tipo de charla nos ayudará a prevenir y abortar lecturas que puedan causar efectos no deseados en el joven.

4. El seguimiento continuo: Deberemos estar atentos a los efectos que estas lecturas puedan estar causando en el joven lector; pero esto va más allá de le seguimiento activo de una lectura determinada, extendiéndose a los efectos a medio o largo plazo que un conjunto de obras de este tipo puedan estar causando en el joven. Debernos preguntarnos: ¿Estas lecturas fortalecen el amor a la verdad o vuelven al joven más impresionable? ¿Le ayudan a ser consciente del mal o acrecientan su gusto por lo morboso?

5. La dosificación: Santo Tomás prescribía el descanso, la música y el disfrute de la belleza natural para sanar la melancolía del alma. Una dieta literaria compuesta ”exclusivamente” de terror o miedo tiende a ensombrecer el espíritu. Estas lecturas deben ser la sal, no el plato principal.

En definitiva, permitir que un joven lea historias de este tipo no es empujarle al mal, sino invitarle a visitar la armería y a ejercitarse en la destreza de la lucha. Haciéndose consciente de lo espantoso que es el abismo —el vampiro, el monstruo, la locura, lo demoníaco, el mal encarnado—, su voluntad libre podrá decantarse con mayor fundamento en la decisión a la que al final se reduce nuestra vida: que puedan decir con firmeza y claridad lo que Chesterton en su lecho de muerte: «La cuestión ahora está bastante clara. Es entre la luz y la oscuridad, y cada uno debe elegir su bando»; y que, por supuesto, elijan la Luz.

Como responsables de su educación y formación, deberemos acompañarles en ese viaje, guiándoles y aconsejándoles, pero también será nuestro deber asegurarles a la cintura una cuerda invisible para poder sacarlos de ese abismo si fuera necesario, y siempre recordándoles que, por muy oscuro que sea el relato, Cristo ya ha vencido (Juan 16, 33), Él ya ha derrotado al dragón y a la muerte.

La segunda gran cuestión es tratar de títulos y autores concretos. Antes enumeré lo que podría ser una clasificación elemental de tipos y/o temas: el vampiro, el monstruo, la locura, lo demoníaco o el mal encarnado en un hombre concreto. Pero de esto trataré en un próximo artículo al que les remito.

21.04.26

¿Paraíso en la Tierra?

                                 «Monje en oración». J. Ferrer y Pallejà (1846-1946).

                    

                                               

                              

  

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

San Agustín

                                                            

                              

                                                            

                                                              

Recientemente, el magnate tecnológico y aeroespacial Elon Musk, al resumir hacia dónde parece dirigirnos la explosión irreprimible de la Inteligencia Artificial, dijo lo siguiente:

«Un ingreso universal alto mediante cheques del gobierno federal es la mejor manera de lidiar con el desempleo causado por la IA.

La IA/robótica producirá bienes y servicios en exceso que aumentará la oferta monetaria, por lo que no habrá inflación».

El mensaje pronostica un futuro que hasta hace poco parecía utópico (en mi opinión, sigue siéndolo): uno en que los hombres no tendrán que trabajar y podrán dedicarse a un ocio difuso y nebuloso, supuestamente feliz. ¿Quién no ha soñado con algo así?

La pregunta aquí no es si esto será posible (quizá estemos más cerca que nunca; o quizá no), sino si será realmente bueno para el hombre o, por el contrario, un sucedáneo de paraíso con rasgos infernales. El trabajo no es una maldición en sí, y un ocio desvinculado de él podría degenerar en acedía, ese hastío espiritual que es vicio capital.

Numerosos han sido los intentos humanos por establecer un paraíso terrenal; por encontrar las condiciones ideales para alcanzar la felicidad plena y permanente. Eso pretenden la mayor parte de las ideologías: engatusar a incautos prometiendo algo inalcanzable plenamente en esta vida.

El comunismo es una de ellas. Prometía –y promete– una sociedad utópica, libre de sufrimiento, en la que el proletariado se haría con los medios de producción y, tras una breve dictadura proletaria (que siempre fue una dictadura de unos pocos que jamás fueron proletarios), se abriría la puerta a un paraíso terrenal; lo ilustra un párrafo de Karl Marx y F. Engels en La ideología alemana (1845/46):

«[…] en la sociedad comunista, donde cada cual no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que me permite hacer hoy una cosa y mañana otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al anochecer y criticar después de la cena, según mis deseos, sin convertirme en cazador, pescador, pastor o crítico».

Lo imaginado por Marx es parecido a lo de Musk, aunque por un camino diferente. Hay otros muchos que no conducen a parte alguna. Todos fallan en su planteamiento.

Salvo el cristianismo, que ofrece una perspectiva diferente, pues no identifica la plenitud con un orden técnico o político. Desde la óptica cristiana, que la felicidad plena sea imposible en la tierra no es un error de diseño, sino una señal (aunque aquí pueda haber felicidad verdadera, pero imperfecta). San Agustín lo expresó así: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Como esta vida terrenal es provisional y caduca (puede, a lo sumo y excepcionalmente, llegar al centenar de años), bastaría este hecho bruto, incompatible con esa idea de felicidad que nos persigue y se niega a abandonarnos, para advertir no solo su imposibilidad, sino también su inconveniencia. Como dice esa frase que se atribuye a Hilaire Belloc: «Siempre pasa algo. Alguien muere. Todo se acaba». 

La literatura puede ayudarnos aquí. Otros hombres ya se hicieron estas preguntas y algunos nos han dado, mediante su talento poético, sus respuestas en novelas que nos ponen cara a cara con esas vivencias utópicas, alejándonos de especulaciones donde el juego de la razón, alejado de la imaginación, se muestra frío y distante.

Varias novelas exploran esta cuestión.

Sumerjámonos en ellas.

MEMORIAS DEL SUBSUELO (1864)

A finales del siglo XIX habitaba en Rusia un hombre de extraordinaria inteligencia y excepcional talento literario: Fiódor M. Dostojevski. El escritor ruso estudió las nuevas ideas marxistas que comenzaban por entonces a difundirse, y, tras considerarlas nefastas, decidió demolerlas en varias novelas. Los hermanos Karamázov es quizá la más destacada. Pero hoy me detengo en otra donde dicha labor de derribo también se percibe claramente: Memorias del subsuelo.

La historia sigue al «hombre del subsuelo», un antihéroe: misántropo amargado, inteligente y pusilánime, rencoroso y solitario (casi el perfil de ciertos jóvenes actuales sumergidos en la tecnología, encerrados en los sótanos paternos hasta avanzada edad, con actitudes antisociales y misóginas; los hikikomori o basement dwellers). Pasa sus días obsesionado con sus pensamientos, rumiando rencor en su sótano, furioso con el mundo.

Alienado y angustiado, odia todo: las mujeres, los hombres más exitosos, y especialmente la sociedad en la que vive y su utopismo. Como he dicho, entonces en Rusia comenzaban a infiltrarse las ideas comunistas: el sueño de una sociedad perfecta que aboliera el sufrimiento humano.

Dostojevski nos muestra, mediante la reflexión obsesiva del protagonista, el error basal del comunismo—común a toda ideología—: un error sobre la naturaleza humana. Se dice en la novela:

«Derrama sobre el hombre todas las bendiciones terrenales, sumérgelo en la felicidad, para que no le quede nada más que dormir, comer pastel y procrear…».

¿Cómo reaccionaría el hombre en tales circunstancias?

El protagonista nos responde: «Por ingratitud, haría alguna mala jugada, inventaría el caos, infligiría sufrimiento … ¡Solo para demostrar que sigue siendo hombre y no una tecla de piano!»

Dostojevski lo sabe: aunque se construyera un mundo de felicidad idílica, el hombre lo terminaría destruyendo. Los hombres buscarían sufrimiento y pruebas… ¿Por qué? Porque el hombre fue creado para la felicidad, pero no para una felicidad meramente terrena. El error de las ideologías es pretender alcanzarla en esta vida y por medios técnicos o políticos. El placer separado de la virtud y buscado como fin en sí mismo desordena el alma y la aparta de su fin.


ALBA TRIUNFANTE (1911)

A inicios del siglo XX, monseñor Robert Hugh Benson nos dio una respuesta mediante una parábola a contrario de su más famosa novela, El señor del mundo: Alba triunfante. La historia oscila entre un bosquejo del reinado de mil años de Cristo (algo más que un Amilenarismo y algo menos que un Milenarismo) y un mensaje –menos evidente– sobre la inconveniencia o más bien, la incongruencia con el cristianismo, de un paraíso en esta tierra. Un párrafo final apuntaría a la segunda tesis:

«El efecto era hallarse preso entre garras que ofendían todo su sentir […]. Porque faltaba lo más característico del cristianismo, lo que le imprime el sello divino: su paciencia celestial y disposición al sufrimiento».

Como escribe Juan Manuel de Prada: «Benson es consciente de la separación entre dogma católico y formas políticas; y de las tensiones en un mundo donde la Iglesia se hubiese convertido en gobierno triunfante que dejó de cargar la cruz. Masterman teme que “el mundo y la Iglesia hubieran trocado papeles"».

Eso quiso decirnos Benson: cómo sería el mundo si «el pensamiento antiguo» prevaleciese sobre el modernismo religioso de su tiempo: «He escrito estos dos libros para rastrear los efectos que experimentaría cada bando si el otro se volviera dominante». Y su conclusión es clara: el encuentro pleno con Cristo y la visión beatífica con su infinita felicidad no son para este mundo. Por algo el Credo termina con la promesa de la «vida futura».

UN MUNDO FELIZ (1932)

Aldous Huxley presenta en esta famosa novela una distopía de sociedad regida por el placer, con castas biológicamente diseñadas, ocio planificado y consumo perpetuo. Huxley profetiza irónicamente un “fantástico” mundo futuro, donde el hombre ha perdido el sentido de la vida, bajo una “felicidad” artificial controlada por unos pocos.

Hay un diálogo muy expresivo en la novela que no me resisto a reproducir:

«—Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado.

—En suma —dijo Mustafá Mond⁠—, usted reclama el derecho a ser infeliz.

—Muy bien, de acuerdo —dijo el Salvaje, en tono de reto—. Reclamo el derecho a ser infeliz».

Este es el argumento central de Huxley: la felicidad sin verdad, sin virtud, sin libertad real (con la posibilidad del error y del pecado), no es felicidad humana. Es algo maligno que deshumaniza.

Las tres obras plantean lo que Santo Tomás llamaría la sustitución de la verdadera felicidad (beatitudo vera), que requiere el ejercicio de las virtudes y la visión de Dios, por una felicidad aparente (beatitudo apparens) basada en el placer sensible. Ningún bien finito puede saciar el deseo del corazón humano, que solo halla descanso en Dios.

La ideología en Dostojevski o el soma en Huxley (hoy el consumo banal, el sexo sin límites o las drogas legales) no perfeccionan al hombre, lo anestesian. Y una humanidad anestesiada no es feliz; simplemente deja de sufrir, que no es lo mismo.

El sufrimiento solo es soportable si podemos apreciar su valor: Cristo lo transformó, dándole sentido redentor al unirlo a su Cruz. Además, el dolor actúa como “megáfono” que Dios permite para despertar a un mundo sordo. Como dijo C. S. Lewis, «Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestros dolores». El cristianismo no sacraliza el dolor, lo ilumina y lo hace trascendente.

El comunismo prometía –y todavía promete– el paraíso por la economía; Musk lo sugiere a través de la técnica: un pelagianismo ideológico y tecnológico que busca abolir el sufrimiento sin averiguar su sentido. Pretender abolirlo mediante algoritmos y rentas universales no construye el paraíso, sino que vacía de sentido la condición humana. Ahí estas novelas se convierten en advertencia.

Porque, como nos recuerda Santo Tomás, la beatitud perfecta no se alcanza en esta vida porque fuimos hechos para más: para la comunión eterna con Dios. El corazón humano es capaz de Dios (capax Dei), y solo Él puede saciarlo.

14.04.26

Series de novelas: el encanto de la repetición

                          «Encantamiento». Obra de Hilda Fearon (1878-1917).



                    

                    

          

«La repetición es la realidad y la seriedad de la existencia».

Søren Kierkegaard

                              

                    

                    

Quizá pueda decirse, aunque con cierta prevención, que el éxito de las series de novelas con unos mismos personajes visitando, una y otra vez, nuestra imaginación, no es una rendición ante un capricho del mercado, sino más bien una confesión del alma humana. Y, como toda confesión humana, muestra más de lo que pretendía revelar.

En una época que se vanagloria de estar enamorada de la novedad, que cambia de ropa, ideas y hasta de pecados con una rapidez alienante, cualquier cosa que apunte a una repetición, a una cierta continuidad de las cosas, parecerá una herejía y será asociada con un sonoro fracaso.

Sin embargo, a pesar de todo eso y contra todo pronóstico, las series de libros continúan siendo una preferencia entre los gustos de los lectores; y ello a pesar de que en ellas casi todo vuelve. Lo vemos en el Londres victoriano de Sherlock Holmes y su apartamento en Baker Street, en los paisajes mágicos de Narnia, en la convulsa Tierra Media, en los rústicos cobertizos, reunidos con Guillermo y sus proscritos, o en las grandes mansiones señoriales con las heroínas de Austen o enfrascados en las investigaciones de Hércules Poirot. Vuelve el mismo detective, el mismo internado, la misma ciudad, incluso la misma casa, el mismo grupo de amigos o el mismo mundo de fantasía e imaginación.

¿Por qué, entonces, perseguimos lo que permanece?

Se encierra aquí una doble paradoja: volvemos, reiteramos las visitas a lugares y personas —sea una ciudad, un paisaje o un protagonista— que continúan ahí y que, por eso, a su vez, vuelven también a nosotros con constancia y fidelidad.

¿Por qué esa obstinación nuestra en el reencuentro?

El hombre no es simplemente un animal en busca de estímulos y sensaciones (aunque hoy lo parezca), sino un ser que busca significado y permanencia. Y esto precisa de continuidad, de memoria, de identidad frente al caos y la nada. Un personaje que reaparece, conservando su nombre y su temperamento, es una pequeña victoria metafísica contra el caos; es un «alguien» que se resiste a convertirse en un «algo».

Tampoco es ajena a esa soterrada e innata querencia nuestra, el afán por hacernos con un hogar, un lugar estable y cálido al que poder volver. Una novela aislada cae sobre nosotros fugaz, como un relámpago; pero una serie de novelas es como una lámpara en la ventana. En la primera, el lector la atraviesa; en la segunda, el lector la habita. De esta manera, no nos importa ya tanto «saber qué pasa», sino «saber con quién pasa» y «dónde pasa». Y así, las series nos dan menos emociones, pero lo hacen a cambio de ofrecernos más compañía.

Esto es algo profundamente humano: no amamos a nuestros amigos porque cada día sean distintos, sino porque, en lo esencial, siguen siendo ellos mismos. Tampoco deseamos volver cada día a nuestro hogar porque ignoremos con qué vamos a encontrarnos, sino por todo lo contrario: porque nos aguarda allí lo conocido.

Por eso las series producen un placer que no es meramente narrativo ni novedoso, así como tampoco sorprendente o asombroso, sino casi doméstico: leyendo estas novelas volvemos «a nuestra casa».

En los niños, sin embargo, descubrimos una razón adicional. Una razón muy poderosa que camufla las otras dos: el apetito por la repetición y la alegría del reconocimiento.

Pensamos que los niños piden que se les cuente o se les lea la misma historia una y otra vez porque ellos «no se cansan». Pero no es así; es al revés: la piden, la desean porque ¡claro que se cansan!, pero aquello de lo que se cansan es de la incertidumbre. El niño, recién aterrizado en medio de un mundo que le asombra y le atemoriza por igual, necesita seguridades, necesita agarres, puntos fijos en ese nuevo tiempo y espacio.

De esta manera, la repetición no es monotonía para el niño; es la celebración de que la vida tiene un orden. Y así, los niños adoran la repetición; es más, la necesitan. Chesterton nos dice que los niños no se cansan nunca de ella:

«[…] cuando descubren un juego o una broma que les proporciona especial alegría. Un niño se golpea rítmicamente los talones a causa de un desborde y no de una carencia de vida. Porque los niños rebosan vitalidad por ser en espíritu libres y altivos; de ahí que quieran las cosas repetidas y sin cambios. Siempre dicen “hazlo otra vez"; y el grande vuelve a hacerlo aproximadamente hasta que se siente morir. Porque la gente grande no es suficientemente fuerte para regocijarse en la monotonía».

Y las series de libros les permiten disfrutar de ese monótono regocijo.

De todas maneras, si preguntásemos a santo Tomás —como aconsejaba el papa Pío XI— «¿qué es lo más constante, lo que nunca cambia?», nos diría sin dudar que el Ser: «Ipsum Esse Subsistens». Así que, modestamente, creo que la razón más poderosa por la que nos gustan las series de libros, con su constancia, con su repetición, es porque, en el fondo de nuestro corazón, amamos el Ser, anhelamos contemplar el Ser.

     

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