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17.12.25

Cuentos Navideños y de Invierno para el Corazón y la Fe

 
                   «María y el Niño». Albert Edelfelt (1864-1905).

 

             

Porque un Niño nos ha nacido,
un Hijo nos ha sido dado,
que lleva el imperio sobre sus hombros.
Se llamará Maravilloso, Consejero,

Dios poderoso, Padre de la eternidad, Príncipe de la paz.

Isaias, 9,6.

           

              

La descristianización progresiva, silenciosa o estridente, según los casos, del mundo Occidental es visible cada año un poco más.

No hace falta ser un hombre muy observador para notar como, para cada vez más personas, la Navidad representa un interludio lúdico, trufado de vacaciones, fiestas, y consumo. Son raras las referencias, no ya para ir a la iglesia («oh, la misa del gallo, ¿qué era eso?»), sino siquiera la mención a un nacimiento, a un niño y a un pobre establo, en las conversaciones que se escuchan a nuestro alrededor.

Como consecuencia de esta secularización descarnada, de ese vaciamiento espiritual y de significado, cosas como los villancicos y las canciones navideñas casi han desaparecido, para dar paso a melodías puramente comerciales, de ritmos machacones y reiterativos y letras de un simplismo ramplón y previsible.

Igual ocurre con los libros. La literatura navideña se ha desprendido, ya con descaro, del mismo tema navideño. Los libros infantiles (que siempre habían sido el nicho más propicio para esta temática, por razones obvias) sufren más que nadie este destierro. Las historias de navidad ya no miran al cielo; se enfrascan en discursos humanistas y edulcorados que nadie se cree realmente, basta echar un vistazo a los periódicos de cada día.

Aún así, es consuelo pensar que las cosas comenzarán a invertirse en el momento divinamente designado, aunque, ciertamente, no sepamos cuando. En tanto esto es así, sigamos en nuestro camino, entre otras cosas, buscando tesoros literarios escondidos, de los cuales hoy les traigo algunas muestras.

Así que no nos pongamos tristes. Estos son los días de fiesta más tiernos del cristianismo, no lo olviden…

Porque es Navidad.

     

RELATOS PARA EL TIEMPO DE NAVIDAD

1. Cuentos de Invierno (cuentos de Navidad para los sentidos)

El muñeco de nieve, de Raymond Briggs. Un clásico ilustrado, hermoso y melancólico, sobre la magia efímera del invierno y la amistad, pero carente de cualquier referencia religiosa. Todo se centra en la nieve y la fantasía. Para los más pequeños.

Un día de nieve, de Ezra Jack Keats. El autor, con maestría, transmite a través de los ojos de un niño, la maravilla y el encanto que representa el amanecer a un nuevo día bajo un hermoso manto de nieve que cubre completamente las calles. El asombro de la primera vez que vimos caer copos, y el disfrute del juego sobre el blanco inmaculado de la nieve, están presentes en el texto. No obstante, no hay rastro alguno de la Navidad.

Déjame decorar el árbol de Navidad, de Mireille d’Allancé. Una historia tierna sobre un osito y su padre decorando un árbol de Navidad dentro de su cueva, cuando fuera está nevando. Perfecta para el invierno, si bien la Navidad es solo el marco temporal y el árbol un símbolo desprovisto de significado religioso. Para los más pequeños.

El cascanueces y el rey de los ratones, de E. T. A. Hoffmann. Otro clásico. Tiene como inicio y escenario la noche de Navidad, con árbol y regalos, pero luego es básicamente un cuento de fantasía. El Nacimiento de Cristo no tiene papel alguno en la trama ni en el desenlace. Para adolescentes y jóvenes.

La reina de las nieves, de Hans Christian Andersen. Maravilloso cuento clásico de invierno (hielo, nieve, viajes y aventuras fantásticas). No obstante, no es un relato de Navidad, aunque guarda connotaciones cristianas. Para todas las edades.

2. Cuentos de Humanismo Desarraigado (cuentos de Navidad enfocados a las emociones, pero que pueden ser reconducidos hacia la verdadera Navidad)

¡Cómo el Grinch robó la Navidad!, de Dr. Seuss. Un clásico. El mensaje es que la Navidad “no viene de ninguna tienda”, sino que está en el corazón de uno y en la compañía de los otros. Es un mensaje positivo, pero puramente humanista y comunitario, sin trascendencia alguna, y menos católica. Para los más pequeños.

El Expreso Polar, de Chris Van Allsburg. Hermosas ilustraciones. Pero aquí la “fe” se reduce a la capacidad de creer en la magia (representada por Papá Noel), no en el Misterio de la Encarnación. Para los más pequeños.

El gatito del día de Navidad, de James Herriot. Un veterinario rural (alter ego de Herriot) relata cómo, un día de Navidad, una gata medio salvaje y enferma acude a su casa con su gatito recién nacido, y se lo confía antes de morir. Tono entrañable y nostálgico, típico de Herriot: amor a los animales y pequeños gestos de bondad. Pero no hay mención a la noche de Belén ni trascendencia alguna. Para todas las edades.

El regalo de Navidad, de Pearl S. Buck. Un adolescente descubre cómo puede regalarle algo realmente valioso a su padre: su propio sacrificio. La Navidad está en el escenario, pero realmente este es un gran cuento sobre el amor filial. Así y todo, la idea del don gratuito y sacrificial se entiende mejor desde la fe cristiana, más que desde el consumo y el materialismo. Para todas las edades.

La pequeña vendedora de fósforos, de Hans Christian Andersen. Cuento de ritmo perfecto y brevedad expresiva. Un clásico tremendamente triste, que más que de la Navidad, formula una cierta denuncia social. En una noche de frío (ni siquiera hay constancia de que se trate de Nochebuena), una niña pobre y desamparada trata de vender cerillas, pero nadie le presta atención. Para mitigar el gélido ambiente, va encendiendo fósforos mientras, aterida y hambrienta, ve visiones de lo que no tiene: calor, comida y, finalmente, su abuela. Consumida por el frío muere y su alma sube al cielo en compañía de aquella. Para adolescentes en adelante.

El niño mendigo ante el árbol de Navidad de Cristo, de Fiodor Dostojevski. Muy ruso; en el estilo del anterior cuento de Andersen, pero mucho más intenso. Escatológica y trágica historia, en la que Dostojevski nos relata cómo un niño pobre muere de frío en las calles de San Petersburgo mientras los ricos festejan la Navidad ignorando al pequeño mendigo. El niño despierta en el “Árbol de Cristo", acompañado de Jesús y otros niños fallecidos como él. Para adolescentes en adelante.

El regalo de los Reyes Magos, de O. Henry. Probablemente el mejor relato del autor (y eso es decir mucho). Trata sobre un joven matrimonio pobre y de cómo cada uno de los esposos se sacrifica para hacer un regalo al otro. Aunque se mencionan vagamente los Reyes Magos como símbolos de dar y obsequiar (de ahí el título), la Navidad queda reducida a una metáfora de amor humano sin conexión con la Encarnación. Enseña que la verdadera Navidad no es “tener”, sino “darse". Es un antídoto perfecto contra el materialismo de hoy. Para adolescentes en adelante.

Canción de Navidad (o Cuento de Navidad), de Charles Dickens. Ciertamente, Dickens es el inventor de la «Navidad filantrópica», cercana, pero distinta de la original, la litúrgica y teológica. En este cuento clásico, Dickens habla, en términos cristianos, de culpa, arrepentimiento y redención, pero no de la Encarnación de Cristo. Para Chesterton –que admiraba este cuento– se trata, como su título insinua, «estrictamente de un villancico», porque la historia canta de principio a fin «una alegría positiva y apasionada», algo que ocurre independientemente de que los espíritus navideños conviertan o no a Scrooge, pues a los que de verdad convierten es a nosotros los lectores. Para adolescentes en adelante.

3. Verdaderos Relatos de Navidad (cuentos sobre la Navidad Original)

La Noche Santa, de Selma Lagerlöf. Uno de los más hermosos cuentos sobre la primera Nochebuena. En un estilo sencillo, casi oral: mezcla de ternura, simbolismo y cierta gravedad moral, la premio Nobel Lagerlöf recrea aquella noche, pero hasta casi el final no somos conscientes de ello. Con un espíritu totalmente cristiano, vincula lo sagrado y lo milagroso, pero anclado en la tierra y la naturaleza. Para todas las edades, si bien los primeros párrafos introductorios no son quizá para los más pequeños (pero la historia en sí, ciertamente lo es).

Navidad en el establo, de Astrid Lindgren. La escritora sueca, con un lenguaje claro, cálido, casi de canción de cuna, perfecto para niños pequeños, recuenta la noche en que María y José llegan a un establo y nace Jesús. Para todas las edades.

La mula y el buey, de Benito Pérez Galdós. A pesar de que no se prodigó en exceso en la narración corta y de que su fama le viene por el lado de las novelas, Galdós escribió uno de los más bellos –y tristes– cuentos con niños como protagonistas de nuestra literatura del pasado siglo. Aunque no trata específicamente del nacimiento en Belén, este es el leitmotiv de la historia, que acaba en el Cielo. Con ecos del virgiliano «Sunt lacrimae rerum». Para adolescentes en adelante.

El Primer Árbol de Navidad, de Henry van Dyke. El reverendo van Dyke recrea aquí, a modo de leyenda, el origen y significado del árbol de Navidad, vinculándolo con la figura histórica de San Bonifacio. Otro relato famoso de van Dyke es El otro rey mago. Aquí, el autor nos habla de Artabán, el cuarto rey mago, quien, por detenerse repetidamente para ayudar a los necesitados, no llega a ver al Niño Rey. Pasa el resto de su vida buscándolo y gastando sus tesoros (destinados al Niño) en actos de caridad. Finalmente, muere en Jerusalén el día de la crucifixión escuchando la voz de Jesús que le asegura que, al haber servido a los más pequeños, en realidad lo ha servido a Él. Conecta la Epifanía con la caridad cristiana. Para todas las edades.

Babushka Galya. Vieja leyenda rusa que cuenta la historia de una anciana que se niega a acompañar a los Reyes Magos porque tiene que limpiar su casa. Luego se arrepiente y sale a buscar al Niño Dios, dejando regalos en cada casa por si Él está allí. Historia preciosa sobre el arrepentimiento y la búsqueda incansable de Dios. Explica la figura del Santa Claus nórdico y anglosajón y los Reyes Magos latinos, desde una perspectiva de peregrinaje espiritual. Para todas las edades.

Los reyes, de Juan Ramón Jiménez. Con su prosa poética y clara, Juan Ramón Jiménez evoca la ilusión y el misterio de la noche de Reyes desde el punto de vista de un niño. Una bella exploración poética de la experiencia infantil de la Epifanía (mezcla de fe, ensoñación, temor e ilusión). La irrupción del misterio de lo sagrado en la noche de la infancia. Para todas las edades.

La adoración de los reyes, de Ramón María del Valle-Inclán. El escritor gallego, con su prosa modernista y exquisita, recrea brevemente la escena bíblica a que se refiere el título. No es un cuento con “trama", sino la descripción poética de una estampa sagrada en movimiento. Ideal para leer en voz alta en familia. Para todas las edades.

Un cuento de Navidad para Le Barroux, de Natalia Sanmartín Fenollera. Una pequeña y breve joya que explora la belleza, el misterio y la esperanza cristiana. Con una prosa poética y cuidada, la autora de El despertar de la señorita Prim nos cuenta la historia de un niño y su relación con los misterios de la vida y de la muerte, y lo hace a través de la sacralidad, el rito y una visión de la Navidad como un misterio teológico puesto de manifiesto por medio de la tradición y la liturgia. Para todas las edades.

4. De difícil clasificación

La Tienda de Fantasmas, de G. K. Chesterton. Un Chesterton anterior a su conversión escribió este delicioso cuento, publicado en Navidad en el Daily News de Londres (luego incluido en la colección de historias y ensayos, Tremendous Trifles). Se inicia con una visita a una vieja tienda de juguetes en época navideña, y termina afirmando el futuro inacabable de la Navidad. Para adolescentes en adelante.

El gigante egoísta, de Oscar Wilde. Otro clásico hermosísimo. De difícil clasificación, pues no todo el cuento se desarrolla durante el invierno, y, aunque el Niño Jesús es protagonista decisivo de lo que acontece, no es propiamente un cuento de Navidad. Para todas las edades.

La Navidad especial de Papá Panov, de León Tolstoi. Recreación por Tolstoi de una historia popular. Papá Panov es un zapatero anciano y solitario que espera devotamente que el Señor lo visite en Navidad. A lo largo del día ayuda a mendigos, necesitados, niños… Al final, Cristo le revela que ha venido a él en cada uno de aquellos a los que ayudó. Relato sencillo, muy emotivo, que transmite la verdad evangélica de la presencia de Dios en el prójimo. Para todas las edades.

El regalo (Cuento de Navidad), de Ray Bradbury. Un brevísimo relato de uno de los padres de la ciencia-ficción literaria. Una evocación del asombro original ante lo creado: Una familia, en un futuro indeterminado, viaja en una nave espacial el día de Navidad. El niño está triste porque no hay celebración ni regalos. El padre le promete un obsequio. A medianoche, lo lleva ante uno de los ojos de buey de la nave y le muestra el espacio exterior infinito, plagado de estrellas ardientes y luminosas, recortadas sobre el oscuro cielo, y le dice: «Ahí tienes tu regalo: la luz de la Navidad». Para todas las edades.

Conclusión:

Todos estos relatos pueden y deben ser leídos. Unos no necesitan apoyo o guía, pues hablan de la verdadera Navidad por sí solos; los otros (los dos primeros grupos) deben ser reconducidos al objeto y sentido de la Navidad; en concreto, en casi todos los que se relacionan en este post, eso puede hacerse con facilidad, pues en ellos late de fondo un sentir cristiano, y, consecuentemente, pueden servirnos para limpiar la Navidad de juguetes y consumismo, y centrarla en la acogida del Niño Dios en nuestros corazones.

Que tengan una feliz lectura, y una feliz y santa Navidad.

        

P. D.

Por último, y como siempre, les comparto no solo las entradas anteriores de este blog relacionadas con la Navidad, sino también, como es costumbre, una recopilación de relatos y poemas navideños.

También les anuncio que, a partir de hoy y hasta que finalice el tiempo de Navidad (tradicionalmente, hasta el 2 de febrero, día de la Candelaria), iré publicando, sin orden ni cadencia, poemas de tema navideño en mi otro blog «La memoria poética» (https://lamemoriapoetica.blogspot.com, accesible con cliquear una pestaña en la parte superior derecha de la página). Espero que sean de su gusto y disfruten de ellos como yo lo hago. 


Entradas:

LECTURA PARA NAVIDAD

LA NAVIDAD. OTRA VEZ, Y SIEMPRE, LA NAVIDAD

DE LA NAVIDAD Y DE LOS LIBROS COMO REGALO NAVIDEÑO

NAVIDAD

NAVIDAD: LIBROS PARA LOS MÁS PEQUEÑOS

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TIEMPO DE NAVIDAD, INFANCIA Y POESÍA

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POESÍA Y NAVIDAD

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LA NATIVIDAD: REALISMO, ILUSTRACIÓN Y SÍMBOLO

NAVIDAD, IMAGEN Y BELLEZA

IMAGINACIÓN Y FE: RECUPERANDO EL ASOMBRO DE BELÉN

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Compilaciones de relatos y poemas navideños:

POEMAS PARA EPIFANÍA Y REYES

POEMAS PARA NAVIDAD I

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SEIS PEQUEÑOS CUENTOS PARA NAVIDAD Y EPIFANÍA

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14.12.25

Imaginación y Fe: recuperando el asombro de Belén

            «Ahora, dulcísimo Señor, ya que eres Rey, ¿por qué yaces en un establo?».                    
                                                 Gerda Luise Matthée-Schmidt. 

 
 
 
 
 
 

Bajó el amor en Navidad,
primoroso y sobrehumano.
Nació el amor en Navidad.
Ángeles y estrellas lo
anunciaron.

Christina Rossetti

                                                  

                                                                     

                                                                    

                                                              

                              

Créanme si les digo que la imaginación es el centro de todos los bienes. Y que, si la descuidamos, se convertirá en poco tiempo en el centro de todos los males. Por ello, su cuidado y educación son de capital importancia.

Uno de los ámbitos fundamentales donde la imaginación inclina la balanza es el de nuestras creencias más profundas. A mediados del siglo XIX, el cardenal Newman ofreció un diagnóstico —y una profecía— sobre la importancia decisiva de la imaginación en la vida de los hombres, que hoy se revela esencial.

Newman consideraba que el poder de la secularización —incipiente en su tiempo, imperante hoy— radicaba «en su dominio sobre nuestra imaginación»; sí, sobre nuestra imaginación. Esto no debería sorprendernos: un dogma de fe, antes de formularse como definición, cobra vida en cada persona como «una impresión en la imaginación».

Newman atribuyó parte de la culpa de este pernicioso efecto a la falta de lectura de la Biblia (muy acusada en los países católicos de entonces, y hoy todavía más). Esta carencia limita enormemente a los hombres, pues «no han impreso en sus corazones la vida de nuestro Señor y Salvador tal y como nos la dan los Evangelistas. Creen simplemente con el intelecto, no con el corazón». Para Newman, la lectura de la Biblia podría «plantar» las «grandes verdades dogmáticas del Evangelio en el ámbito de la imaginación».

Por supuesto, hoy existen otras razones que Newman, obviamente, no pudo llegar a contemplar. Algunas son poderosísimas, como el dominio que sobre nosotros ejercen los medios de comunicación y entretenimiento de masas, que impulsan incansablemente la secularización y conforman (o, mejor dicho, deforman) nuestra imaginación. Así, el descreimiento se extiende por causa de la imaginación, no de la razón; una imaginación que, siguiendo las palabras de Newman, «presenta una visión posible y plausible de las cosas que asedia y al final vence a la mente».

Como insistió el santo cardenal al final de su vida, no es «la razón la que está en contra de nosotros, sino la imaginación»; el problema de la mente contemporánea es que, tras vivir inmersa en la ciencia y descuidar los Evangelios, al volver a la Escritura experimenta «una total extrañeza ante lo que lee, lo cual le parece un mejor argumento contra la Revelación que cualquier prueba formal».

Este problema también fue examinado por G. K. Chesterton unos años después. Según él, uno de los propósitos de la imaginación es lograr que lo vulgar y corriente vuelva a ser asombroso y extraordinario. Para Chesterton, la imaginación desempeña un papel vital en nuestro contexto postcristiano, donde, debido a nuestra excesiva familiaridad con la revelación divina, permanecemos indiferentes y mal instruidos, conservando apenas una leve sombra de fe. Escribió en su obra Ortodoxia:

«La función de la imaginación no es tanto hacer que las cosas extrañas se asienten, como hacer que las cosas asentadas se vuelvan extrañas; no tanto hacer que las maravillas sean hechos, como hacer que los hechos sean maravillas».

Este diagnóstico sobre la descristianización de Occidente como ruptura y abandono del cultivo de la imaginación debe ser tenido en cuenta por todo padre o maestro que tenga en sus manos la formación de un niño. La imaginación es fundamental para la vida cristiana y su cosmovisión. Como escribió Newman en su Gramática del asentimiento:

«El corazón se alcanza comúnmente no a través de la razón, sino a través de la imaginación».

Pero, ¿qué es la imaginación católica? No es una facultad restringida por doctrinas, sino una visión basada en la creencia de que el mundo creado, perceptible a través de los sentidos, encierra un significado sacramental, simbólico y parcialmente velado; y que ese significado adquiere sentido más allá de este mundo, en una vida verdadera, futura y eterna.

Cuando esta imaginación se educa hacia el bien, la verdad y la belleza, y se ejercita tanto sobre la realidad creada como sobre obras inspiradas por esa visión sacramental, surge la oportunidad de implicar al niño o al joven, atrayéndolo hacia la verdad. Sabemos por los antiguos filósofos que el inicio de esta educación es el asombro y el gusto por la belleza, necesariamente vinculado a los otros dos trascendentales (lo verdadero y lo bueno) que Dante consideraba esenciales para una educación genuina.

Finalmente, este desarrollo de la imaginación forma a los jóvenes para perseguir el bien —el propio y el común—, que es el bien propio de todo hombre. Al entrar en las experiencias de los demás mediante la imaginación, nos sentimos impulsados a actuar y desarrollamos lazos, afectos y empatía, contribuyendo al desarrollo y fomento del bien común a través de la caridad.

Como algunos sabrán y otros sospechan, esa visión sacramental que alimenta la imaginación está estrechamente vinculada a los otros dos aspectos que menciono constantemente en este blog: la belleza y la realidad.

Así pues, ¿qué mejor momento para iniciar esa educación y cultivo virtuoso de la imaginación que la Navidad? La Navidad es Misterio, es Milagro, es Belleza, Bien y Verdad. Lo acontecido en Belén hace más de dos mil años es la mayor de las historias, el más grande de los acontecimientos que ha visto el mundo, así que… ¿y si nos acercamos a esta increíble Historia de la mano de algunos artistas y sus obras, concebidas, como diría Tolkien, «según la ley en la que fuimos creados»?

Sin embargo, quizá esto no resulte tan fácil en nuestro mundo de hoy. Porque, si aprovechamos estas fechas para acercarnos al escaparate de cualquier librería, observaremos —salvadas las excepciones— tres categorías de historias etiquetadas como “relatos de Navidad", tres tipos de historias que —como les he comentado— alimentarán, para bien o para mal, la imaginación de nuestros hijos. Y lo cierto es que solo una de estas tres categorías representa el verdadero significado de la Navidad, tanto desde una perspectiva cristiana como original (que son realmente la misma). Se trata de tres tipos de relatos que podríamos describir del siguiente modo:

1.- Cuentos de Invierno (Navidad para los Sentidos): Historias desarrolladas en un ambiente invernal (nieve, frío, chimeneas) que utilizan las costumbres navideñas (cena, árbol, nacimiento) como un simple telón de fondo escénico, sin conexión real con el significado espiritual o trascendental de la festividad.

2.- Cuentos de Humanismo Desarraigado (Navidad para las Emociones): Historias que promueven un mensaje de “buenismo” o solidaridad humanitaria, tomando el sentimiento asociado a la Navidad, pero desarraigándolo de su origen (el nacimiento de Cristo). Resultan impostadas al omitir la causa fundamental de los buenos sentimientos que se celebran.

3.- Verdaderos Relatos de Navidad (Navidad Original): Son aquellos que escasean y cuyo tema central es el nacimiento del Niño Dios en Belén. Estos relatos pueden abordar el evento de forma literal, simbólica, o explorando su poder transformador en la vida de los hombres. ¿Qué posee de singular este relato? Posee carne y polvo, humildad y grandeza, gloria y sencillez, y, además, captura la ironía suprema que define la Navidad original: la Omnipotencia hecha fragilidad.

El predominio de las dos primeras categorías es un intento de apropiación cultural; un acto cuasi parasitario de pretender quedarse con la herencia (la fiesta, la paz, la alegría) mientras se repudia al testador (Cristo). En esencia, un intento de mantener los frutos del árbol después de haberlo talado, lo cual, como sabemos, es algo inviable.

¿Y entonces, qué? ¿Qué podemos hacer?

Como cristianos, debemos vivir lo que profesamos y enseñar a nuestros hijos a hacer lo mismo. Y por ello, debemos educar su imaginación para que sea cristiana. Para ello, les propongo lo siguiente:

•Poner nombre a las cosas: No llamar “cuento de Navidad” a cualquier historia con nieve y regalos. Enseñemos a nuestros hijos a distinguir lo que es un mero cuento de invierno de una historia buenista, y todo ello de un verdadero cuento de Navidad, aquel que hable realmente del Niño Jesús que nace.

•Recobrar la historia original: Volvamos a leer el Evangelio de la Natividad, y hagámoslo en voz alta; es una hermosa costumbre que los niños disfrutan y sienten profundamente. En nuestra casa ha sido una vieja y querida costumbre de familia que conservamos con empeño.

•Vivir la Tradición en familia: Organicemos con nuestros hijos pequeños retablos navideños, representaciones teatrales del Belén, recitaciones de poesías o cantemos a viva voz los villancicos de siempre antes de abrigarnos para salir a la Misa del Gallo. Que conozcan y vivan de verdad la tradición cristiana de la Navidad. Y, a partir de ahí, escribir, contar, recontar y leer historias que nazcan de Belén, viajen a Belén y terminen en Belén. Recuerdo con cariño las «funciones» navideñas de mis hijas y sus primos, tanto más encantadoras cuanto más pequeños eran.

•Restaurar la Belleza: Exijamos belleza y profundidad en los relatos cristianos que traigamos a casa, que regalemos, que contemos o leamos. Tanto en la forma como en el fondo. Rechacemos esa literatura torpemente moralizante, esa literatura comercial y vacua, llena de luces, voces y colores, pero vacía de Verdad.

Porque lo cierto es que lo que vemos en las librerías no es algo casual ni esporádico. Es el reflejo de una cultura que ha querido conservar la luz, el calor, la ternura y el afecto, pero que ha desconectado la fuente de la que brota todo ello.

Los tres tipos de relatos son las tres posturas, cada vez más distantes, que como sociedad hemos ido tomando respecto de Belén. Pero solo el tercer tipo de historia se atreve a entrar en la cueva y proclamar a viva voz:

«¡Todo esto existe porque ahí, en ese pesebre, pasó algo que cambió el mundo para toda la eternidad!».

Contémoslo así.