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14.04.26

Series de novelas: el encanto de la repetición

                          «Encantamiento». Obra de Hilda Fearon (1878-1917).



                    

                    

          

«La repetición es la realidad y la seriedad de la existencia».

Søren Kierkegaard

                              

                    

                    

Quizá pueda decirse, aunque con cierta prevención, que el éxito de las series de novelas con unos mismos personajes visitando, una y otra vez, nuestra imaginación, no es una rendición ante un capricho del mercado, sino más bien una confesión del alma humana. Y, como toda confesión humana, muestra más de lo que pretendía revelar.

En una época que se vanagloria de estar enamorada de la novedad, que cambia de ropa, ideas y hasta de pecados con una rapidez alienante, cualquier cosa que apunte a una repetición, a una cierta continuidad de las cosas, parecerá una herejía y será asociada con un sonoro fracaso.

Sin embargo, a pesar de todo eso y contra todo pronóstico, las series de libros continúan siendo una preferencia entre los gustos de los lectores; y ello a pesar de que en ellas casi todo vuelve. Lo vemos en el Londres victoriano de Sherlock Holmes y su apartamento en Baker Street, en los paisajes mágicos de Narnia, en la convulsa Tierra Media, en los rústicos cobertizos, reunidos con Guillermo y sus proscritos, o en las grandes mansiones señoriales con las heroínas de Austen o enfrascados en las investigaciones de Hércules Poirot. Vuelve el mismo detective, el mismo internado, la misma ciudad, incluso la misma casa, el mismo grupo de amigos o el mismo mundo de fantasía e imaginación.

¿Por qué, entonces, perseguimos lo que permanece?

Se encierra aquí una doble paradoja: volvemos, reiteramos las visitas a lugares y personas —sea una ciudad, un paisaje o un protagonista— que continúan ahí y que, por eso, a su vez, vuelven también a nosotros con constancia y fidelidad.

¿Por qué esa obstinación nuestra en el reencuentro?

El hombre no es simplemente un animal en busca de estímulos y sensaciones (aunque hoy lo parezca), sino un ser que busca significado y permanencia. Y esto precisa de continuidad, de memoria, de identidad frente al caos y la nada. Un personaje que reaparece, conservando su nombre y su temperamento, es una pequeña victoria metafísica contra el caos; es un «alguien» que se resiste a convertirse en un «algo».

Tampoco es ajena a esa soterrada e innata querencia nuestra, el afán por hacernos con un hogar, un lugar estable y cálido al que poder volver. Una novela aislada cae sobre nosotros fugaz, como un relámpago; pero una serie de novelas es como una lámpara en la ventana. En la primera, el lector la atraviesa; en la segunda, el lector la habita. De esta manera, no nos importa ya tanto «saber qué pasa», sino «saber con quién pasa» y «dónde pasa». Y así, las series nos dan menos emociones, pero lo hacen a cambio de ofrecernos más compañía.

Esto es algo profundamente humano: no amamos a nuestros amigos porque cada día sean distintos, sino porque, en lo esencial, siguen siendo ellos mismos. Tampoco deseamos volver cada día a nuestro hogar porque ignoremos con qué vamos a encontrarnos, sino por todo lo contrario: porque nos aguarda allí lo conocido.

Por eso las series producen un placer que no es meramente narrativo ni novedoso, así como tampoco sorprendente o asombroso, sino casi doméstico: leyendo estas novelas volvemos «a nuestra casa».

En los niños, sin embargo, descubrimos una razón adicional. Una razón muy poderosa que camufla las otras dos: el apetito por la repetición y la alegría del reconocimiento.

Pensamos que los niños piden que se les cuente o se les lea la misma historia una y otra vez porque ellos «no se cansan». Pero no es así; es al revés: la piden, la desean porque ¡claro que se cansan!, pero aquello de lo que se cansan es de la incertidumbre. El niño, recién aterrizado en medio de un mundo que le asombra y le atemoriza por igual, necesita seguridades, necesita agarres, puntos fijos en ese nuevo tiempo y espacio.

De esta manera, la repetición no es monotonía para el niño; es la celebración de que la vida tiene un orden. Y así, los niños adoran la repetición; es más, la necesitan. Chesterton nos dice que los niños no se cansan nunca de ella:

«[…] cuando descubren un juego o una broma que les proporciona especial alegría. Un niño se golpea rítmicamente los talones a causa de un desborde y no de una carencia de vida. Porque los niños rebosan vitalidad por ser en espíritu libres y altivos; de ahí que quieran las cosas repetidas y sin cambios. Siempre dicen “hazlo otra vez"; y el grande vuelve a hacerlo aproximadamente hasta que se siente morir. Porque la gente grande no es suficientemente fuerte para regocijarse en la monotonía».

Y las series de libros les permiten disfrutar de ese monótono regocijo.

De todas maneras, si preguntásemos a santo Tomás —como aconsejaba el papa Pío XI— «¿qué es lo más constante, lo que nunca cambia?», nos diría sin dudar que el Ser: «Ipsum Esse Subsistens». Así que, modestamente, creo que la razón más poderosa por la que nos gustan las series de libros, con su constancia, con su repetición, es porque, en el fondo de nuestro corazón, amamos el Ser, anhelamos contemplar el Ser.

     

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ELOGIO DE LA REPETICIÓN

27.03.26

Internet y los buenos libros: el regalo envenenado y su antídoto

«Joven leyendo». Alfred Stevens. (1823-1906).

   

                                                  

                                                  

                                                  

                                                                 

                                        

                                 

 ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en la información? 

T. S. Eliot, Coros de «La Roca» (1934)

          



«Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos».

Francis Bacon, De los estudios (1597)

 

       

 

 

EL REGALO ENVENENADO

Una de las paradojas de nuestro tiempo es que cada vez conocemos más datos (tenemos más información), pero a cada paso que damos comprendemos menos (tenemos menos sabiduría). Como dijo Eliot, la sabiduría se diluye en el conocimiento y el conocimiento en pura información. Y hoy esa dilución tiene un escenario privilegiado: Internet, con su promesa de acceso instantáneo a casi todo y su tendencia, a la vez, a disolver nuestra atención.

Internet da acceso a una acumulación tal de datos, noticias, informaciones y opiniones que no hay vida suficiente para abarcarla. De este modo, en lugar de asistir a un florecimiento de sabios, contemplamos el crecimiento del desinformado: nunca tantos han poseído más información y se han revelado tan ignorantes. Entrar en esa biblioteca de Alejandría que es Internet es, a menudo, perderse en la insustancialidad: la deambulación intelectual, el tráfico obsesivo de datos y la persecución de lo intrascendente. Cierto que la red ha facilitado enormemente el acceso a grandes y buenos libros, cursos, bibliotecas y comunidades lectoras; pero también es cierto que su poder de seducción la convierte en un regalo envenenado, al afectar a nuestra atención y capacidad de concentración, incitar a la recompensa inmediata y sumergirnos en un scroll infinito.

Pensadores como Marshall McLuhan (Comprender los medios de comunicación, 1964), su discípulo Neil Postman (Tecnópolis: La Rendición de la Cultura a la Tecnología, 1992), Edward S. Reed (La necesidad de la experiencia, 1996), o Byung-Chul Han (No-cosas: Quiebras del mundo de hoy, 2021), han advertido de este efecto disolutorio. Divulgadores como Nicholas Carr (Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes, 2010) alertan de que herramientas como Google erosionan gravemente nuestra capacidad de pensamiento profundo. Somos, indiscutiblemente, la cultura de la distracción: el reposo y la reflexión —el tiempo que antaño se dedicaba a digerir lo aprendido— han desaparecido bajo la avalancha de datos a los que la red nos conduce con tiránica suavidad. Pero sin reflexión no hay saber ni sabiduría: en último término, lo que queda es la nada disfrazada del todo

Esta manera de proceder de «picaflor» tiene consecuencias: la mente se fragmenta, la atención se dispersa, y uno se vuelve incapaz de elaborar un discurso coherente. Como señalaba Jean Baudrillard, la sobredosis de saberes virtuales nos condena a un limbo que anula el acto mismo de pensar. Leemos todo el tiempo (titulares, correos, tuits, WhatsApp), pero esa lectura es fugaz e irreflexiva. Un estudio del University College de Londres afirma que muchos usuarios han abandonado la lectura tradicional en favor de un rastreo horizontal y ansioso a través de Internet en busca de recompensas rápidas; «casi parece que se conectan a la red para evitar la lectura en el sentido tradicional», concluye lastimosamente.

Porque, no nos engañemos, los hechos no digeridos no constituyen un conocimiento estructurado y, mucho menos, algún tipo de sabiduría; y la distracción y la inconstancia nunca han sido amigas del saber. La sabiduría no es acumular contenidos, sino ordenar lo que sabemos (y lo que deseamos) hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero. Y para hacerlo, no solo hay que devorar y tragar la información, sino, como decía Bacon masticarla y digerirla, es decir, tras averiguar primero los hechos –probándolos–, evaluarlos críticamente –tragándolos–, y luego formar una opinión sobre ellos –masticándolos y digiriéndolos–, con la meditación y la reflexión. La pregunta decisiva, por lo tanto, no es cuánta información acumulamos, sino si recuperamos la capacidad de detenernos, contemplar, ordenar y comprender.

Y esto, como estamos lastimosamente constatando, no nos lo da la Red. Más bien, nos lo quita; engatusándonos con encanto y fascinación, sí, pero empobreciendo nuestra alma.


EL ANTÍDOTO

Frente a este veneno espiritual podemos acudir a su antídoto: la lectura profunda de un buen libro, un tipo de atención sostenida que obliga a detenerse, a interpretar, a recordar, a ordenar. Porque los buenos libros son capaces de reeducar las emociones y alimentar nuestra alma.

Así, la lectura de los verdaderos libros puede brindarnos la ocasión de entrenar nuestra capacidad de concentración, de seguimiento de razonamientos más o menos complejos, de reflexión, análisis y crítica.

Además, los libros pueden regalarnos tiempo (el tiempo que se emplea en leerlos), el tiempo justo y necesario para poder realizar todas estas funciones de la inteligencia a las que me he referido; para rescatar nuestro pensamiento de ese «suspenso indefinido» del que habla Baudrillard. Porque, debido a su naturaleza, los libros proscriben todas esas urgencias, distracciones y fragmentaciones que la maravillosa Internet trae consigo, y pueden conducirnos a una vida intelectual rica, profunda y más humana.

Y, sobre todo, si se trata de un buen libro (en el sentido de que contenga algo de verdad, belleza y bondad), podrá ayudarnos a tratar de comprender el mundo y sus misterios y, quizá, acercarnos a la verdadera contemplación.

Por último, no debemos olvidar que en el acto mismo de leer de esa manera hay algo transformador y virtuoso; algo que tiende al bien. Así, la atención necesaria para ese tipo de lectura profunda requiere paciencia y determinación. La necesaria interpretación y valoración de lo leído requiere prudencia y circunspección. La mera decisión de reservar tiempo para leer en un mundo lleno de tantas distracciones requiere una especie de templanza y sacrificio. La reivindicación pública de la condición de lector —sobre todo hoy entre los más jóvenes— exige, sin duda, un cierto nivel de fortaleza y de coraje. En suma, el esfuerzo que requiere mantenerse en nuestros días como lector pone de manifiesto un evidente acto de amor: un amor y una pasión por los libros, y por aquello que los libros nos ofrecen. Y todo eso es bueno y conduce a lo bueno.

Porque lo que leemos nos define y puede hacernos crecer como personas; por el contrario, la inmediatez digital debilita nuestra humanidad. Por ello, los libros impresos y la lectura profunda son hoy más necesarios que nunca.

Pero no debemos llevarnos a engaño: esta no es una tarea fácil. Cualquier rescate es un lance duro en el que hay que poner empeño y voluntad. Con la lectura profunda de los buenos libros libramos un rescate en toda regla de nuestra atención y de nuestro intelecto. Alguien los ha secuestrado y hay que salvarlos. ¿El culpable? Ya lo hemos señalado: nosotros mismos. Y por ello, en nosotros mismos radica, al menos en parte, la solución.

Pónganse ustedes a ello sin demora: tomen a sus hijos de la mano, pertréchense de buenos libros y aplíquense todos a la tarea de leer; ahí está el comienzo.

22.03.26

Siete antologías del humor literario

       «Tres mujeres leyendo en una tarde veraniega». Johan Krouthén (1858–1932).



                              

           

          

                                            

«Una antología bien elegida es un dispensario completo de medicina para los trastornos mentales más comunes, y se puede usar tanto para la prevención como para la cura».

Robert Graves

   

      

«El humor no solo se resiste a ser definido, sino que, en cierto sentido, se precia de ser indefinible; en general, se considera que falta sentido del humor cuando se intenta definir el humor».

G. K. Chesterton

 

 

 

Siempre me han gustado las antologías, al igual que las enciclopedias, las «silvas de varia lección» y otras especies literarias de similar pelaje. Aunque el mundo de lo enciclopédico y lo misceláneo es distinto al de lo antológico, tiene en común la sorpresa y lo inesperado del «cajón de sastre»: todos son libros hechos para picotear temas diversos sin aburrirse. Por ello, percibo entre todos ellos un hilo conductor que los hace, al menos a mis ojos, igualmente atractivos.

La etimología nos dice cosas curiosas sobre estos tres formatos. Empezando por las últimas y más «ingobernables», silva es una palabra latina que significa «selva» o «bosque». En literatura, era usada para describir una obra donde los temas se mezclan sin un orden rígido, tal y como crecen los árboles en un bosque silvestre; ejemplos de este tipo de obra los tenemos en las Noches Áticas de Aulo Gelio, en la Historia Natural de Plinio el Viejo y, más recientemente, en la Silva de varia lección de Pedro Mejía.

Antología, por su parte, proviene del griego antiguo y significa literalmente «colección de flores» o «florilegio». Se popularizó con la Antología Palatina —una recopilación de epigramas griegos— y responde a la idea de recorrer el «jardín» de la literatura para elegir solo las piezas más bellas y delicadas (las «flores»).

Por último, enciclopedia viene también del griego clásico y representa la idea de un «círculo de aprendizaje» o una «instrucción circular». Se refiere al conjunto de saberes que todo ciudadano educado debía poseer para tener una visión completa del mundo: un círculo de conocimientos basado en un orden y una clasificación que derivó en la organización alfabética con la famosa Enciclopedia de Diderot y D’Alembert en el siglo XVIII.

No obstante, las antologías, a diferencia de las otras dos, descansan sobre dos presupuestos que las acotan: un tema o género literario particular y la presunción de que su contenido encierra una selección de lo mejor de dicha materia.

En mi opinión, esto, lejos de causar desinterés —y a pesar de que el contenido se restrinja—, acrecienta el apetito, ya que uno presume estar en presencia de un tesoro literario: la crème de la crème, lo mejor de lo mejor que se haya escrito o pensado sobre ese asunto.

Hoy les traigo algunas antologías sobre el humor, porque el humor debe ser tanto bienvenido como bien hallado; y si bien, como dice Chesterton, este se resiste a ser definido, como verán, no se resiste en absoluto a ser antologado.

Una primera selección pretende abarcar toda la historia de la literatura y, aun cuando la pretensión es harto ambiciosa, el resultado no la desmerece. Me refiero a los dos tomos editados en 1961 por Labor, que incluyen un jugoso estudio preliminar sobre el humor en la literatura del maestro Wenceslao Fernández Flórez. Bajo el título Antología del humorismo en la literatura universal, se reúne en 1.400 páginas una vasta selección de textos que abarcan el humorismo español y el grecolatino en el primer tomo, y el francés, inglés, norteamericano, alemán, italiano, oriental, húngaro y rumano en el segundo.

Las siguientes tres selecciones hacen referencia al humor patrio; y las tres últimas, de la misma colección y editorial, tratan de humores tan distantes y disímiles como el inglés, el italiano y el húngaro.

La primera de las españolas —y la de más solera—, preparada y prologada por José García Mercadal y titulada Antología de humoristas españoles del siglo I al XX, fue editada por Aguilar en 1961. Sus más de 1.700 páginas en papel biblia van desde Marcial, en el siglo I, hasta Miguel Mihura en el siglo XX, y abarcan casi todos los géneros, desde la poesía al relato, incluyendo, además, un interesante apéndice sobre el humorismo en la prensa.

La segunda, más moderna y escueta (unas 250 páginas), fue publicada por Oxford University Press España en el año 2012. En ella, bajo el título de Antología del humor español, Vicente Muñoz Puelles selecciona y anota una cuidada muestra que va desde el meditativo ingenio de El conde Lucanor a la originalísima imaginación de Ramón Gómez de la Serna.

En tercer lugar, tenemos La risa en la literatura española: antología de textos, compilada por Antonio José López Cruces y editada en 1993 por la editorial Aguaclara. Se trata de una edición que contiene piezas pertenecientes a los más diversos géneros, reunidas con la intención didáctica de poner al alcance de los estudiantes una serie de textos cómicos de las distintas etapas de nuestra historia literaria para estimular su goce y amor por la lectura; está concebida, igualmente, como un complemento ideal para las clases de Lengua y Literatura.

Por último, entramos en las antologías de humoristas lejanos y distantes publicadas por la editorial José Janés en 1945. La Antología de humoristas ingleses contemporáneos, la Antología de humoristas italianos contemporáneos y la Antología de humoristas húngaros contemporáneos forman parte de la colección «Al Monigote de Papel», probablemente la colección española de literatura humorística más longeva del siglo XX (autocalificada como «colección optimista»). Janés presentó el humor con la dignidad de la alta literatura, en unas ediciones muy cuidadas para la época, con tapas de tela (usualmente verde o roja) y el dibujo de un «monigote» dorado. Todos los volúmenes de la serie cuentan con los característicos dibujos de Enrique Clusellas (quien firmaba como E. C. o Clusellas).

La del humor inglés es probablemente la más sólida e incluye a autores tan señalados como G. K. Chesterton, Saki, P. G. Wodehouse y Evelyn Waugh.

La antología sobre el humor italiano incluye a autores como Giovanni Guareschi (famoso por las historias de Don Camilo) y Cesare Zavattini; su temática es más costumbrista, a veces neorrealista, y mezcla la ternura con la sátira social, lo que la hace menos intelectual e irónica que el humor británico.

Finalmente, la referente al humor húngaro es de una rareza interesante. En los años 40, el humor húngaro gozaba de un prestigio internacional inmenso y Budapest era una de las capitales mundiales del ingenio: los húngaros destacaban especialmente en el teatro y el relato corto, con un humor centroeuropeo muy agudo, kafkiano a ratos y profundamente psicológico. Los autores estrella aquí son Frigyes Karinthy (el primero en proponer la teoría de los seis grados de separación), Ferenc Molnár y Ferenc Herczeg, muy conocido en España por sus historias sobre la familia Gyurkovics.

Como dice López Cruces en el prólogo de una de las antologías comentadas (La risa en la literatura española):

«Risa y literatura quizás hayan ido demasiado a menudo disociadas en nuestros institutos y universidades, por lo que es común entre el alumnado más joven considerar que la literatura española es extremadamente “aburrida". La presente antología intenta demostrar lo errado de semejante consideración».

Espero y deseo que esta entrada también ayude, aunque sea modestamente, a que esto deje de ser así.

15.03.26

¿Qué deben leer nuestros hijos? Cinco criterios orientativos

           «Un cuento de hadas». Obra de John Henry Frederick Bacon (1865–1914).

 

                                                  

             

                           

«Para leer lo bueno hay una condición: no leer lo malo».

Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipomena

    

   

«Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero absolutamente “brillantes” de información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, (…). Y serán felices».

Ray Bradbury. Fahrenheit 451

 

 

  

EL DILEMA CENTRAL: ¿QUÉ LIBROS DEBEN LEER?

Una de las grandes cuestiones a las que deben enfrentarse los padres de hoy que desean que sus hijos sean lectores —además de cómo despertar en ellos el amor por la lectura—, es la siguiente:

¿Qué libros se les deben ofrecer?

Porque no todos los libros son iguales, ni por la calidad de su contenido o de su enseñanza moral, ni por la educación estética que encierran. Y, para colmo, a diferencia de los medicamentos, los libros no vienen acompañados de un prospecto de indicaciones y contraindicaciones que facilite conocer sus efectos. Y ello a pesar de que su poder transformador puede llegar a ser inmenso, con resultados tanto beneficiosos como nocivos para el alma de nuestros hijos.

Junto a ello, sabemos que —por razón de su edad— los gustos de los niños suelen ser desordenados y pasajeros y, por si esto fuera poco, a menudo son objeto de manipulación por agentes externos (redes sociales, televisión, videojuegos o la propia industria editorial) que mantienen intereses poco o nada vinculados con su bienestar.

   

LA NECESARIA INTERVENCIÓN DE LOS PADRES

Por todo ello, los padres no debemos dejar la elección de los libros que leen nuestros hijos únicamente a su propio criterio, ni limitarnos a facilitarles los libros que simplemente les apetezcan o les recomienden otros.

No obstante, es evidente que sus gustos e intereses deben ser tenidos en cuenta, ya que, como sabemos, leer es un verbo que no debe conjugarse en modo imperativo.

De esta manera, los intereses y gustos de los niños son una variable importante que debemos tener presente, pero nunca deben ser la única ni la principal. Conviene, por tanto, orientar sus lecturas pero sin alejarse en exceso de aquello que ya les atrae.

Un dato ilustra bien esta tensión: en un estudio realizado en EE. UU. que comparaba, entre 1974 y 2004, dos listas anuales de “mejores libros infantiles” (los recomendados por la Asociación Americana de Bibliotecas y los seleccionados por los propios niños), el solapamiento fue de apenas un 4,36 %.

Esta divergencia no debería llevarnos a la conclusión “moderna” de rebajar el criterio adulto hasta adaptarlo por completo al gusto infantil, como si la inexperiencia tuviera prioridad sobre el juicio formado, o como si el placer inmediato fuera el único estándar relevante (como, por cierto, hace el estudio), pero sí debería llamarnos la atención sobre algo: que el lector es el niño.

Por lo tanto, aunque sus intereses importen —ignorarlos sería contraproducente—, deben entrar en ponderación con otras consideraciones, algunas más importantes: calidad literaria, adecuación moral y emocional, riqueza del lenguaje, complejidad ajustada a su madurez y, sobre todo, que el libro pueda conducirle al tipo de persona que buscamos ayudarle a ser, a aquello que está destinado a ser.

Por ello, nos guste o no, los padres estamos obligados a vigilar tanto qué libros leen nuestros hijos como qué libros ponemos en sus manos, aunque teniendo siempre presentes sus gustos y aficiones.

De este modo, cumplimos dos objetivos esenciales: no abandonamos la elección a su solo criterio y, al mismo tiempo, acercamos progresivamente sus preferencias hacia lo que estimamos más conveniente para su formación integral y su bienestar.

Se trata, en definitiva, de guiar con criterio y cariño, elevando sus gustos en lugar de rebajar nuestras exigencias. La clave está en adecuar el libro al niño ofreciendo alternativas valiosas dentro de un marco de elección guiada, de modo que el niño no “pierda” su libertad, sino que aprenda a ejercerla como lo que es: el obrar o no obrar, bajo la guía de la razón, para alcanzar la perfección del ser, esto es, la Verdad, la Belleza y la Bondad. Así, el objetivo no es rendirse ante lo que ya le gusta o lo que elige o le imponen o recomiendan (amistades y agentes externos), sino educar su gusto hacia la virtud, para que, con el tiempo, pueda llegar a querer —por sí mismo— aquello que le conviene y esta llamado a ser.

   

LA PARADOJA DE LA ABUNDANCIA Y LA PRUDENCIA EN LA ELECCIÓN

Sin embargo, no podemos olvidar que vivimos en la era de la abundancia, y ello afecta también a la oferta editorial: hoy hay más libros que nunca. Lo que de entrada sería una ventaja, sin embargo, se convierte en una dificultad añadida. Si aprender a elegir es difícil, y aprender a elegir bien es más difícil aún, aprender a elegir bien en un mundo de posibilidades casi ilimitadas es abrumador. Esto suele denominarse «la paradoja de la elección»: cuando aumenta el número de opciones, también aumenta la dificultad de saber cuál es la mejor.

Incluso aunque todo lo abundante fuera bueno, precisaríamos del criterio antedicho para discernir y/o elegir, entre toda esa inmensidad, los libros que mejor se ajusten a las necesidades de cada niño (¿le gustará?, ¿aborda algún aspecto que deba reforzar?, ¿se adecúa a su nivel de madurez?). El peso de la paradoja, por tanto, subsistiría.

Pero lo cierto es que, desgraciadamente, este no es el caso. Hoy en día, una gran parte de esa inmensa oferta editorial es inadecuada, cuando no peligrosa, para la formación y educación de nuestros hijos.

Buena parte de los libros infantiles y juveniles contemporáneos no ayudan. Muchos de ellos centran su atención en temáticas tradicionalmente propias de los adultos, como la hipersexualización de las relaciones, la deconstrucción de la familia y la angustia existencial (divorcio, aborto, eutanasia, suicidio, malos tratos), que además son abordadas, en no pocos casos, de forma equivocada. Prima la precipitación, la frivolidad y la crudeza. Existe, asimismo, una fuerte carga ideológica (adoctrinamiento en la denominada ideología de género y otros «ismos»).

De este modo, no solo el volumen de novedades nos obliga a escoger, sino que el contenido —para nada inocuo— nos obliga a discernir y/o seleccionar con rigor.

Por ello, los padres estamos obligados a juzgar, siendo el juicio siempre una acción difícil, que requiere el ejercicio de la virtud de la prudencia. Sin embargo, no se puede intentar juzgar prudentemente sin poseer criterio; y el criterio precisa conocimiento; y el conocimiento, a su vez, exige tiempo. Y de eso tenemos muy poco hoy en día.

   

CRITERIOS ORIENTATIVOS

Por ello, para facilitarles esta difícil labor de discernimiento, me atrevo a ofrecerles una breve relación de criterios orientativos:

PRIMERO.- Evitar el contacto con «malos libros».

Debemos protegerlos de obras inadecuadas o con contenidos nocivos ya mencionados.

SEGUNDO.- Actuar con cautela.

En la selección debemos ser cuidadosos, intentando no ser demasiado rígidos y aplicando «mano izquierda» con las prohibiciones. Ya el romano Ovidio nos advertía: «Lo que somos libres de hacer nos disgusta; lo que está prohibido nos abre el apetito».

TERCERO.- Prestar atención a la forma (ilustraciones y calidad literaria).

En cuanto a las ilustraciones, especialmente para los más pequeños, estas deben ser bellas y realistas. Existe una correspondencia entre belleza y realidad, pues todo lo existente ha sido creado por Dios. La representación artística y el realismo han estado unidos desde las pinturas de Altamira hasta los frescos de la Capilla Sixtina. El arte debe imitar a la naturaleza en su modo de operar, buscando, a través de la belleza, la proporción, la integridad y la claridad; por ello esa belleza debe habitar en los libros de nuestros hijos, incluyendo no solo dibujos e imágenes, sino también una tipografía y caligrafía claras y hermosas.

Respecto a la calidad literaria, me detengo en los libros para los más pequeños, a menudo descuidados bajo el pretexto de la sencillez. La simplicidad no justifica la falta de rigor. El cuidado de las formas expresivas y un léxico rico deben estar presentes en cualquier nivel. La brevedad no es excusa para la falta de excelencia. Como decía C. S. Lewis: «No merece la pena leer ningún libro a los cinco años a menos que merezca la pena leerlo también a los cincuenta».

El desarrollo del gusto literario es un proceso donde la imagen y la palabra se fusionan y lo son todo.

CUARTO.- Evaluar el contenido y el mensaje.

a) Interés y curiosidad: El libro debe ser una «puerta mágica» (Gladys Hunt) a un mundo de belleza, deleite y aventura, que despierte el asombro.

b) Armonía con la fe: No se trata de que el autor sea católico, sino de que el libro no proponga modelos contrarios a la ley natural o la fe. Existen numerosas obras que, sin ser explícitamente religiosas, representan las virtudes naturales: la existencia del bien y del mal, la inmortalidad del alma o la noción de un mundo creado. Se trata de fortalecer la «imaginación moral» evitando el sermón pedagógico.

QUINTO.- Adecuar el libro al niño.

Los padres son quienes mejor conocen la madurez y el carácter de sus hijos. No obstante, apunto tres matices:

1. La naturaleza del receptor: El contenido debe adecuarse a la capacidad y naturaleza del niño. Como dice el padre dominico Thomas Dubay: «Un sello hace una impresión o no de acuerdo con la condición de la cera. Una cera fría se agrieta y se desmorona, mientras que una cera líquida y caliente no retiene ninguna impresión. Solo una cera a una temperatura adecuada recibe y retiene la imagen».

2. El desafío intelectual: Adecuar el libro al niño no significa caer en la cursilería de la denominada «zona de confort». Los niños necesitan desafíos. Debemos huir de una dieta de libritos insustanciales. Tolkien afirmaba que los niños y los jóvenes tienen una curiosidad y una vitalidad intelectual que a menudo subestimamos. Tienen la energía necesaria para enfrentarse a cosas que están por encima de su medida, por lo que no hay excusa para darles lecturas mediocres. Leer textos complejos es como levantar pesas: construye músculo intelectual. Si un libro excede su capacidad, el niño lo abandonará libremente, y eso no será un fracaso.

3. El orden jerárquico: No se llega a los clásicos sin pasar antes por los «buenos libros». John Senior explicaba que la imaginación debe saturarse primero de fábulas y cuentos de hadas para poder recibir después las ideas de Platón, Aquino, Cervantes o Shakespeare. El itinerario lector debe empezar en la cuna con rimas y canciones tradicionales, seguir con los Grimm, Andersen y Esopo, para luego ascender hacia Stevenson, Verne, Cervantes y Homero.

   

POR QUÉ MIRAR HACIA ATRÁS

En este punto, quizá alguno de ustedes esté pensando en que mi inclinación hacia el pasado es anacrónica y desfasada. ¿Por qué esta insistencia mía en mirar hacia atrás?

A lo largo de mi libro y de mi blog, he defendido una literatura anclada en la tradición. La razón no radica en un caprichoso espíritu reaccionario, sino en que el tiempo es el mejor de los críticos. Los libros clásicos son una elección segura; son el resultado de lo que Chesterton llamaba «la democracia de los muertos».

Recuerden: de un lado tenemos el hecho de que hay demasiados libros y poco tiempo, y del otro, no parece sensato hacer experimentos con nuestros hijos. Ello nos conduce inexorablemente a esos libros con solera. Sobre todo, si carecemos de tiempo para explorarlos y juzgarlos por nosotros mismos, como sé que es el caso de muchos de ustedes. Los viejos libros ya han sido juzgados, medidos y tasados. Y yo quiero aprovecharme de eso. ¿Acaso ustedes no?

   

CONCLUSIÓN

Para acabar, vuelvo a lo mismo: como ya les he dicho al comienzo de este artículo, es obvio que no todos los libros son iguales ni pueden desencadenar iguales efectos. Los hay buenos y los hay malos. Si uno se alimenta de comida basura, terminará con problemas de salud. Si uno se alimenta de basura moral en forma de libros, estará infectando su alma. No me cabe duda de que algunos libros pueden llegar a prender hogueras en el corazón, fuegos que podrán iluminar momentos de oscuridad y desconcierto, y confortar un día a nuestros hijos; pero también sé que puede haber otros que quizá podrían llegar a reducir a cenizas convicciones, amores o visiones del mundo.

Independientemente de lo que les propongo en mi libro y mi blog, y de lo que les sugieran los libros y blogs de otros, y sin perjuicio de sus propias búsquedas —que espero haber facilitado con los criterios expuestos—, han de tener la esperanzada certeza de que el mundo rebosa de buenos libros. Esos cuyo contenido instruye y colma de verdad y bondad, y cuya forma, resplandeciente de belleza, entretiene y deleita.

Y con esto concluyo.

Ser padres es asumir el hermoso y trascendental compromiso de acompañar a nuestros hijos al encuentro con lo verdadero, lo bueno y lo bello. Y, como no me canso de decirles, los libros pueden resultar de gran ayuda en esta noble y exigente labor; solo esperan ser encontrados y compartidos. Espero que algo de lo aquí dicho pueda ayudarles en esa invaluable tarea.

7.03.26

¿Qué coraza es más fuerte? Infancia, inocencia y literatura hoy

                   «La lectora» Obra de Winslow Homer (1836-1910).




                  

«A lo que vosotros llamáis experiencia, 

vuestra experiencia, yo lo llamo

La perdición, la disminución, el decrecimiento, la pérdida de la esperanza.

Pues yo lo llamo la perdición presuntuosa,

La disminución, el decrecimiento, la pérdida de la inocencia.

Y es una degradación continua.

Pues la inocencia es la plena y la experiencia la que está vacía.

La inocencia es quien gana y la experiencia quien pierde.

La inocencia, la joven y la experiencia, la vieja.

La inocencia quien crece y la experiencia quien decrece.

La inocencia quien nace y la experiencia quien muere.

La inocencia quien sabe y la experiencia quien no sabe.

El niño quien está lleno y el hombre quien está vacío.

Vacío como una calabaza vacía y como un tonel vacío:

Eso es, dice Dios, lo que hago con vuestra experiencia».

 

Charles Péguy. El Misterio de los Santos Inocentes

 

 

 

La literatura infantil y juvenil enfrenta actualmente varios problemas; algunos congénitos (como su consideración de literatura de segunda categoría) y otros —quizá los más graves— adquiridos, propios de la modernidad, o, al menos, agravados por ella. Me propongo en este artículo abordar uno de ellos, y no el menor: la demolición de la inocencia.

Por inocencia no entiendo simple ignorancia, sino una plenitud natural: capacidad de asombro, confianza básica, pudor, sentido del bien y del mal, y un crecimiento gradual hacia el conocimiento. Eso —precisamente eso— es lo que hoy se erosiona.

El problema deriva de una práctica tan antigua como el mundo, pero muy presente hoy: la instrumentalización de cualquier medio para dominar a otros. De entre esos otros, los preferidos —es evidente— son siempre los niños, porque representan el porvenir de las sociedades y, en último término, el del propio género humano.

Dado que se trata de una práctica antigua, no es un tema nuevo en la historia del hombre. Lo inédito es el método. Un método que se caracteriza por su afán destructor. No se trata de imponer unas ideas sobre otras –como habitualmente ha sido–, sino de demoler lo existente, sin importar la virtud de su reemplazo. Así, en la actualidad, asistimos, entre resignados e incrédulos, al intento de demolición de uno de los aspectos capitales de la infancia: la inocencia. Y sucede desde todos los ángulos imaginables.

La finalidad de este ataque de múltiples frentes se camufla bajo pomposos nombres (quizá uno de los de más perverso uso sea «educación»), tras los cuales se esconde el oscuro fin de acabar, en último término, con la infancia y con todo lo que esta etapa comporta de bueno para el hombre y la sociedad. Quizá, porque un hombre sin infancia, que ha sido privado de su inocencia primera, se convierte con facilidad en un hombre sin alma, un «hombre sin pecho», como diría C. S. Lewis; en suma, un esclavo conveniente.

En lo que aquí nos interesa, uno de los medios utilizados para ello es la literatura. Tanto en su fondo como en su forma, los libros se emplean como vehículos ideológicos y portadores de un nihilismo destructor.

La modernidad, con su idolatría del progreso y la dictadura de lo visual, conspira para erosionar la buena literatura y marginalizar la tradición. Esta inercia arrastra a los prescriptores clásicos —escuelas, bibliotecas, e, incluso, padres—, quienes, claudicando ante las tendencias audiovisuales, abandonan la literatura de siempre, seducidos por las novedades y las modas.

Por ello, en los escaparates de las librerías y en las bibliotecas escolares o personales escasean hoy los clásicos; y los pocos que aparecen semejan muertos vivientes a los ojos de los jóvenes.

Bajo este asfixiante Zeitgeist, los libros infantiles imponen temáticas adultas: la hipersexualización, la deconstrucción de la familia y una angustia existencial prematura. Y no solo se presentan a los niños cuestiones impropias y a destiempo, sino que la forma de abordarlas es inadecuada, marcada por la precipitación, la crudeza y la ideología.

La consecuencia directa de este «tratamiento de choque» emocional que sufren los niños, de esta exposición a la cruda luz de los secretos adultos, es la pérdida de la inocencia. No es un accidente, sino una estrategia para alcanzar su verdadera finalidad: acabar con la niñez; con la inocencia, en suma.

Por ello, desgraciadamente, cada vez hay menos niños. Y no solo en un sentido demográfico: me refiero a la desaparición de la inocencia como atributo esencial del niño, lo que conlleva implacablemente su extinción.

Ya en 1975, Astrid Lindgren ironizaba sobre estas «recetas» progresistas para malos escritores, advirtiendo de una tendencia que hoy alcanza el paroxismo:

«Los guisos y pudines de hoy tienen ingredientes diferentes. Coge a una madre divorciada, a ser posible fontanera, aunque una física atómica también vale; lo principal es que no “cosa” ni “sea dulce"; mezcla a la madre fontanera con un par de porciones de agua sucia y contaminación atmosférica, otras tantas de hambre en el mundo, opresión paterna y terror docente; añade un par de bolas de levadura de conflictos raciales y discriminación de sexo, y luego espolvorea un montón de relaciones sexuales y drogas. Así se obtiene un guiso fuerte y bueno que haría que Zacharias Topelius se retorciera de verdad, si pudiera probarlo».

El artículo de Lindgren apuntaba al centro de un problema hoy exacerbado. Discrepo, sin embargo, en un punto: no creo que se trate solo de guiñar el ojo a los adultos; hoy se percibe un propósito más siniestro. Es tan palmario que no cabe equívoco: existe una intención perversa de acabar con la infancia y su proverbial inocencia. Ya estamos donde predijo Yeats:

«Y en todas partes la ceremonia de la inocencia se ahoga;
Los mejores carecen de toda convicción,
Mientras que los peores están llenos de intensidad apasionada».

Debemos arrebatar esa intensidad a los peores y hacerla nuestra, y defender con ella la inocencia. Es la armadura que permite al niño crecer hacia su destino. Shakespeare lo expresa bellamente en Enrique VI:

«¿Qué coraza es más fuerte que un corazón sin mancha?»

Es nuestro deber custodiarla como el precioso tesoro que es, y hacerlo con fe, esperanza, y amor. Recuerden lo que nos fue dicho:

«El que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en Mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran al fondo del mar».

Padres: asuman esta responsabilidad. Disciernan con prudencia y elijan con sabiduría los libros que depositan en manos de sus hijos. Su destino está en juego. Pues, como dijo Péguy:

«La inocencia es plenitud; es quien gana; es quien crece; es quien nace; y es quien sabe».