¿Literatura de terror? (V) Epílogo

«La muerte y la doncella». Obra de Marianne Stokes (1855-1927).
«En algún punto del camino hemos acabado confundiendo la inocencia con la ignorancia. Para santo Tomás, la inocencia no es ausencia de conocimiento del mal, sino ausencia de pecado original. Los niños no son inocentes porque desconozcan el mal; lo conocen instintivamente».
Flannery O’Connor.
En las cuatro últimas entradas hemos hablado del horror y el miedo en la literatura. Hemos examinado, de modo somero, obras destacadas del género, al tiempo que intentábamos proponer algunas reglas orientativas sobre la conveniencia o inconveniencia de esas lecturas, tanto en función de la edad, la formación y la madurez del lector como de la orientación última de la obra.
Resta, quizá, a modo de epílogo, intentar esbozar una explicación —si la hay—, primero, de por qué existe esta pasión que es el miedo, presente potencialmente desde el inicio de la vida y observable muy pronto; y, en segundo lugar, del porqué de esa pulsión que nos empuja a acercarnos al horror, un horror que en muchas ocasiones incluso llega a fascinarnos.
Responder a estas preguntas no es un mero ejercicio retórico: puede ayudarnos, como padres y educadores, a acompañar mejor las lecturas y los temores de nuestros hijos y alumnos.
Por qué existe el miedo
Decían los escolásticos que el miedo o temor (timor) es una pasión del apetito irascible (es decir, de esa dimensión afectiva que nos impulsa a afrontar o huir ante lo difícil o peligroso) que se encuentra en potencia en todo ser humano y que se actualiza cuando se percibe un mal como futuro y difícil de evitar. Dicho más sencillamente: tenemos miedo de aquello que percibimos como una amenaza real que no sabemos si podremos superar. Y creo que se trata de una definición más exacta que la de las modernas psicologías.
Siendo esto el miedo, la razón de su existencia se apoya en varios hechos particulares:
De entrada, el ser humano nace vulnerable; es, en efecto, uno de los seres vivos más desprotegidos y frágiles en sus primeros años de vida, situación que se prolonga durante más tiempo que en cualquier otra especie animal.
Además, desde un punto de vista teológico, el hombre nace en un mundo caído (a consecuencia del pecado original). En la experiencia cotidiana, ese mundo caído puede ser árido y duro: el ser humano experimenta hambre, frío y soledad; sufre desamparo e incluso puede padecer violencia y abuso a manos de sus propios congéneres. Los miedos infantiles a la oscuridad, a la separación o al abandono no son simples “caprichos”: nos hablan de esta vulnerabilidad real.
Por último, en lo que se refiere a la conciencia, la oscuridad, lo desconocido y la sensación de pérdida y abandono son datos primarios, contrastables y observables desde muy temprano. Cualquier padre ha experimentado cómo el niño, aun muy pequeño, teme aquello que no comprende o no puede controlar.
De manera que el miedo no puede reducirse a una construcción social ni tampoco a una herramienta de dominio ni a una mera disfunción psicológica. Es una respuesta natural ante un mundo que no es plenamente seguro. Por ello, los cuentos no “crean” el miedo: lo presuponen y lo ordenan adecuadamente, de tal manera que facilitan que cumpla con su función natural. Un cuento como Hansel y Gretel no inventa el temor al abandono: lo toma y le da forma, sentido y desenlace. Y así, los cuentos lo nombran, lo enmarcan y, además, proveen herramientas para encauzarlo (prudencia, esperanza, fortaleza). En este sentido, la buena literatura puede convertirse en aliada educativa.
Por qué buscamos el horror
La segunda de las cuestiones tiene que ver con una tendencia que, no por parecer enfermiza, es menos común: ¿por qué disfrutamos de obras destinadas a evocar emociones dolorosas, oscuras y negativas? ¿Por qué un adolescente puede sentirse atraído por una novela inquietante o por una película que provoca miedo?
Existen dos teorías célebres y muy influyentes que abordan este paradójico deseo humano de experimentar lo horripilante: la catarsis aristotélica y el psicoanálisis freudiano. Simplificando mucho, la primera sostiene que descargamos emociones acumuladas; la segunda, que damos salida simbólica a traumas reprimidos. Ahora bien, frente a estas dos explicaciones, la Filosofía Perenne esboza una explicación alternativa y, muy probablemente, más fundada.
Las dos teorías preponderantes parten de concepciones del hombre muy dispares de la de la Filosofía Perenne. Esta tradición no ve al hombre ni como un “mero animal” que solo necesite descarga afectiva (en una lectura reductiva de la catarsis aristotélica) ni como un sujeto explicado principalmente por lo reprimido (el trauma freudiano). Su idea del hombre es la de un ser compuesto de cuerpo y alma (una unidad), dotado de inteligencia, voluntad y pasiones; creado para un fin (el Bien Supremo, Dios), pero herido por la caída (el pecado original) y sometido a la temporalidad y la muerte.
Desde aquí, desde esta antropología, puede entenderse mejor el fenómeno.
El mal no tiene entidad propia: es privación (ausencia) de un bien debido. Así como la oscuridad no es “algo” positivo, sino ausencia de luz, el mal es ausencia de bien. Por otro lado, el intelecto humano está naturalmente inclinado a conocer la verdad: toda la verdad, incluido el mal y nuestra fragilidad frente a él. Partiendo de estas ideas, la ficción de horror funciona como mediación que nos permite apercibirnos de nuestra vulnerabilidad y del mal, y hacerlo de forma segura. Leer Drácula o El corazón delator, o incluso una numinosa historia de Lovecraft, nos permite asomarnos al mal sin padecerlo realmente. El placer no nacería, por tanto, de la mera contemplación del espanto (ficticio, pero espanto al fin), sino de la comprensión de verdades profundas sobre el mal, la fragilidad y la necesidad de redención.
En el ámbito psicológico, el miedo es una pasión que, bien ordenada, nos inclina a evitar el mal. El horror ficticio y estético desencadena —de modo controlado— esa pasión. Es un “entrenamiento emocional”: el lector siente miedo, pero sabe —en un nivel racional— que está a salvo (de ahí la importancia de la pericia del artista para lograr la suspensión de la incredulidad). De este modo surge un placer superior: el de la razón gobernando la pasión. Para un joven lector, esto puede traducirse en mayor fortaleza ante miedos reales.
Por último, cabría añadir dos razones trascendentes.
De menor a mayor alcance, la primera está basada en la ley natural (justicia y orden): frente a ciertos enfoques nihilistas contemporáneos, el horror clásico suele apoyarse en una visión moral y en el respeto al orden de lo real. En muchas historias, el mal no queda impune: hay una restauración del orden. Pensemos en tantos relatos donde la soberbia o la ambición desmedida conducen a la caída del personaje. El placer del lector puede surgir al presenciar el desenvolvimiento de una justicia “cósmica”: la mente experimenta un gozo profundo al ver que el caos —tras el sufrimiento que sigue como pena debida— es revertido, quien quiera que sea el causante del mal es castigado, y el orden metafísico del universo es restaurado prevaleciendo sobre el mal (la eucatástrofe de Tolkien, el final feliz de los cuentos de hadas).
La segunda razón trascendente se relaciona con el anhelo del mysterium tremendum et fascinans. esa experiencia descrita por Rudolf Otto como una mezcla de temor y fascinación ante lo sagrado. En ocasiones, el horror actúa como una sombra deformada de esa experiencia religiosa. Lo demoníaco, incluso cuando se presenta de modo literario, remite —por contraste— a la realidad de lo angélico y de Dios. Muchos jóvenes, en contextos secularizados, pueden reencontrar preguntas religiosas profundas a través de narraciones que despiertan asombro y estremecimiento, permitiéndoles recuperar el sentido de lo trascendente a través de aquello que aterra y fascina a la vez.
Por tanto, quizá busquemos el horror, no porque necesitemos purgar nuestras pasiones o porque estemos atormentados por un trauma del que liberarnos, sino porque somos como somos: seres racionales caídos, pero con sed de eternidad. No disfrutamos del horror por el horror —cuando así sucede, se trata de una corrupción que conviene evitar—, sino porque deseamos comprender el misterio de la muerte y del mal desde un lugar seguro; porque gozamos al ver que nuestras pasiones pueden ordenarse bajo la razón; y porque el terror, bien encauzado, puede recordarnos que habitamos un cosmos espiritual y moral donde nuestras acciones cuentan.
De ahí la importancia del discernimiento: no todo horror educa, pero tampoco todo horror corrompe. Solo queda discernir —con prudencia— a qué horrores nos exponemos (y con nosotros, a nuestros hijos), cuándo y por qué. Y a ello se han dedicado estas últimas entradas.
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