¿Literatura de terror? Edgar Allan Poe y Bram Stoker
«Una historia de fantasmas». Obra de George Housman Thomas (1824-1868). |
«La ficción de terror (…) puede ofrecer un foro seguro para examinar, y quizás iluminar, la oscuridad. Las historias de terror proporcionan un patio de recreo en el que los niños (y los adultos) pueden jugar a tener miedo. Y, al final, estarán a salvo y, con suerte, reconfortados».
Robert Hood. Un patio de recreo para el miedo: ficción de terror para niños.
«Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura».
Edgar Allan Poe. El corazón delator.
«Es maravilloso que aquí, al borde de la mayor tristeza del mundo, el mundo parezca lleno de hombres buenos, incluso si hay monstruos en él».Bram Stoker. Drácula.
Como les dije en la entrada anterior, debemos descender de las abstracciones a lo concreto, y en estos casos con mayor motivo. Como vimos, no todo el terror literario tiene la misma raíz filosófica. Su impacto en el alma del joven lector dependerá en gran medida de la cosmovisión del autor.
Un error moderno muy común consiste en pensar que la ficción es moralmente neutra porque «no es real». Sin embargo, esa conclusión es superficial. Lo imaginario no es real como lo externo, cierto, pero sí lo es en cuanto a su impacto espiritual, en esa parte que no se ve —pero que es tan real como la parte material, la palpable—, es decir, el interior del alma. Y el alma se modela también por lo imaginado.
Santo Tomás nos enseña, mejor que cualquier psicología moderna, que los sentidos internos importan en la vida moral; e importan porque las pasiones pueden ser excitadas e incitadas por representaciones, por los phantasmata (imágenes mentales) que creamos con nuestra imaginación . Por ello, el hombre puede disponerse bien o mal en razón de aquello que alimenta su intelecto y su imaginación.
Así que la pregunta no es solo si el autor enseña una proposición falsa o fingida, sino a qué tiende su obra: si su universo vuelve al lector más lúcido o más sombrío, si lo alimenta con esperanza o lo desalienta con desesperanza, si resulta tras la lectura más fuerte o más impresionable, y si termina más cerca de la verdad o más fascinado por lo oscuro y lo morboso.
Para tratar de dilucidar algunas de estas cuestiones, me propongo examinar, someramente y a modo de ejemplo, a cuatro autores clásicos de sobra conocidos y, por ello, seguramente más proclives a caer en las manos de nuestros hijos. Hablaremos de Edgar Allan Poe, Bram Stoker, H. P. Lovecraft y monseñor Robert Hugh Benson, dejando a estos últimos para la próxima entrada.
EDGAR ALLAN POE (1809-1849)
Poe era un genio. Pero con los genios hay que andar con tiento, porque su talento puede ser enormemente seductor. Chesterton —cuya opinión me merece atención siempre— nos dice en Ortodoxia que, para él, Poe cae en la categoría de los poetas mórbidos, aquellos que de ordinario tienen algún punto débil de racionalidad en su cerebro; concretamente, la morbosidad de Poe nacía de ser especialmente analítico. Según Chesterton, incluso el ajedrez era demasiado poético para él; le desagradaba porque estaba lleno de caballos y castillos, como un poema.
Para el escritor inglés, la atmósfera y la arquitectura de Poe nos sumergen en «una sensación de decadencia indefinida e infinita», «sentimos que todo se está descomponiendo, incluidos nosotros mismos»: esa es la atmósfera de Edgar Allan Poe; una especie de rica podredumbre de descomposición, con algo espeso y narcótico en el aire mismo». ¿Es, por tanto, conveniente leerlo a temprana edad?
Poe es, sin duda, el padre del cuento de horror psicológico. Pero, desde un punto de vista cristiano, su horror, presentado en esa atmósfera de descomposición de la que habla Chesterton, carece del elemento que lo haría verdaderamente grande: la esperanza. Ello podría ser suficiente para dejarlo a un lado. Ahora bien, aparte de la excelencia artística de su estilo y su forma (que por sí sola no sería suficiente para frecuentarlo, pero que es un valor indudable, aunque de menor orden), Poe puede ofrecer algo más de valor.
Como he dicho, el escritor norteamericano es un maestro a la hora de presentarnos el interior más oscuro del alma humana: la culpa, la obsesión, la paranoia. Sus protagonistas no glorifican esos estados alterados de la psique, y por ello podrían ser mostrados como ejemplos de cómo el vicio (la crueldad, el alcohol, la soberbia) descompone la mente, y cómo la culpa persigue sin descanso, anidada siempre en un resto de conciencia, a aquel que decide aventurarse en los caminos del mal. Incluso, a veces, la justicia triunfa (como en El corazón delator), pero sin alegría. En relatos como el ya citado El corazón delator, o El gato negro, El barril de amontillado y El demonio de la perversidad, Poe actúa casi como un moralista lúgubre y quizá involuntario: demuestra implacablemente cómo el pecado carcome la conciencia humana hasta destruirla. Leer a Poe puede ser instructivo para mostrar a un joven que el mal moral destruye el alma humana, pero debe complementarse con lecturas que ofrezcan la esperanza de la redención, que Poe realmente no ofrece .
Hay un riesgo, claro: la delectación en lo morboso y la fascinación por la aberración, que podría inclinar a algunos espíritus «sensibles» y proclives hacia lo siniestro.
Así que mi conclusión es que Poe puede ser leído por jóvenes a partir de los 16 o 17 años, instruidos en la visión de su obra como un drama moral de la culpa, no como «estética del abismo» (la contemplación fascinada del mal por el mal mismo).. En todo caso, debe ser una lectura supervisada y acompañada de conversaciones e intercambio de pareceres, antes, durante y tras la lectura.
BRAM STOKER (1847-1912)
El caso de Bram Stoker es diferente. El autor irlandés es mundialmente famoso por su novela Drácula (1897), donde coloca el mito vampírico (de profundas y lejanas raíces) dentro de la concepción cristiana del pecado, la gracia y la redención. En el relato de Stoker, el conde Drácula había maldecido a Dios y, por lo tanto, había caído en un estado infernal. Mientras el mundo moderno avanza a toda velocidad, confiando en cámaras Kodak, máquinas de escribir, fonógrafos, trenes y taquigrafía, desde los bosques de Transilvania, el temible conde Drácula emerge, tras siglos de espera, y se dirige a Inglaterra, viento en popa. Así comienza la novela: llena de sangre, pasión y horror. La historia es hábilmente narrada a través de una colección de documentos, principalmente entradas de diario, cartas y transcripciones de grabaciones de fonógrafo. El profesor Van Helsing, un científico y devoto creyente de piedad marcadamente católica , conduce la novela a su justo final.
A lo largo del relato, la simbología y los temas católicos abundan: la Eucaristía, el crucifijo, la vida eterna, entre otros, aunque a veces malinterpretados. Algunos críticos la han considerado incluso que es una novela católica. No creo que sea cierto. Y no solo porque Stoker fuera anglicano (aunque su esposa se convirtió al catolicismo después de publicarse la novela).
La teología subyacente a la novela resulta, sin embargo, difícil de definir: es una mezcolanza de creencias cristianas (algunas católicas —las ya citadas—, y a la manera de Stoker), folclore y supersticiones, y las propias ideas del autor. Eso sí, los buenos son muy buenos y los malos son muy malos, lo cual, en tiempos de confusión como estos, es de agradecer.
Este es el marco donde el conde Drácula se nos presenta como el perfecto antagonista, como el arquetipo del Anticristo, representante notorio del mal, en contraste con las modernas representaciones —especialmente fílmicas— de un personaje deconstruido que nos es mostrado como romántico e incluso enamorado. Pero la novela es clara a este respecto. Stoker nos muestra al vampiro en contraste con Cristo, particularmente en lo que respecta al papel simbólico y literal de la sangre para la inmortalidad en ambas figuras; pero su lugar está en un inframundo, oscuro y corrupto, como parodia adulterada que es: reflejo deformado e inverso del Salvador del mundo, y quizá por ello carente de reflejo especular. Drácula, el vampiro, es una representación más del mono de Dios: la perfección del no ser es la mentira, y la perfección del no muerto es la muerte en vida, la parodia de la bienaventuranza.
La novela, a pesar de sumergirse en las profundidades del abismo oscuro, traza una línea clara entre lo sagrado y lo profano, lo puro y lo impuro, lo divino y lo demoníaco, incluso entre lo civilizado y lo primitivo o supersticioso; y al hacerlo ayuda a poner en su sitio categorías un tanto desordenadas hoy.
¿Mi recomendación? A pesar de que hay depredación, contaminación, oscuridad y terrorífica fascinación, la novela podría ser leída por jóvenes a partir de los 17 años, pero, como en el caso de Poe, con una guía y un seguimiento. La historia se desarrolla en un microcosmos moral: el mal es real, pero resistible y vencible; hay signos (cruz, sacramentos, aunque presentados de forma heterodoxa) y cooperación moral. Por ello, su lectura guiada podría enseñar al joven que el mal seduce y parasita, pero puede y debe ser vencido; y que en esta batalla son importantes la pureza, la templanza, la lealtad, la perseverancia y la amistad.
CONCLUSIÓN
En definitiva, este particular «patio de recreo» del miedo no es, ni mucho menos, un terreno estéril ni moralmente neutro. Si el alma se modela por lo imaginado, adentrarse en la oscuridad literaria bajo la luz adecuada permite a los más jóvenes ensayar la virtud frente al abismo. Poe nos advierte del poder destructor del pecado en la psique; Stoker nos recuerda que el mal es constatable, pero que la gracia y las virtudes heroicas tienen el poder de derrotarlo.
Hasta aquí, hemos examinado dos autores que, con sus limitaciones, mantienen cierto anclaje moral, pero, ¿qué ocurre cuando el terror literario abandona el drama moral humano y se adentra en el nihilismo cósmico, o cuando lo preternatural y lo sobrenatural tratan de parasitar la fe? De esa otra oscuridad, encarnada en la desesperanza materialista de H. P. Lovecraft y en la aguda visión de monseñor Robert Hugh Benson, hablaremos, si Dios quiere, en la próxima entrada.






