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14.10.25

La moderna herejía del amor: de la firme voluntad al placer efímero

                                     «Dante y Beatriz». Cesare Saccaggi (1868-1934).

          

               

        

               

«Aunque yo hable la lengua de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como bronce que resuena o címbalo que retiñe. Y aunque tenga don de profecía, y sepa todos los misterios, y toda la ciencia, y tenga tanta fe que logre trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy».

San Pablo. 1 Corintios 13, 1-2.



«Las cosas buenas pasan, al igual que las malas,

Mientras tú y yo permanecemos».

G. K. Chesterton. Canción de boda.

     

               

  

        

En una entrada anterior hablé del vicio de la lujuria y de los efectos demoledores que su práctica desatada está causando en las almas de muchos, especialmente en niños y jóvenes. Hoy continúo abordando este tema, pero enfocado en un aspecto muy concreto de esa labor de demolición: la destrucción del amor entre los dos sexos.

El concepto sagrado del Amor —entendido hasta hace no mucho por sabios y legos como una elevada voluntad de entrega al bien del otro— ha sido reducido por las ideologías modernas a una mera parodia de sí mismo. No es la primera vez que les hablo del amor; del amor como un «sí quiero» dicho al ser del otro, un «sí quiero» que implica una entrega, un cuidado, una generosidad que trasciende la mera inclinación sensual del momento. Un compromiso que va más allá del estrecho ámbito de la carne, para hacerse otro con uno mismo y uno mismo con otro, y proyectarse, incluso, más allá de este mundo.

    

El Amor como Voluntad y Donación

Esta idea es tan antigua como el hombre, aunque su comprensión plena llegó más tarde, en lo que algunos llamamos «la plenitud de los tiempos». Cierto es que los antiguos griegos y romanos ya comprendían con claridad meridiana la distinción entre Eros y Ágape. Aristóteles en su Retórica nos dice que amar es «querer el bien para otro en cuanto otro», y Cicerón, en De Officiis, enseñaba que el verdadero amor reside en «desear el bien del amado por el amado mismo», no por provecho propio.

Pero es el cristianismo el que, no a través de razones o leyes, sino por medio de una Persona, elevó esta entrega a una virtud que nos trasciende y es don, regalo: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Juan 15, 13); «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 13, 34-35); «Abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne» (Marcos 10, 6-9).

El amor entre sexos, como una derivada del Amor con mayúsculas, fue, en todo caso, un acto de la voluntad, que debía ir convenientemente acompañado por el afecto natural y la apetencia legítima —dones del Creador para atraer a los esposos a su función primordial—, pero que jamás debía reducirse a ellos.

Mas una moderna herejía transita entre nosotros, empañándolo todo de ponzoña y proclamando que «sin sexo no hay amor», convirtiendo así lo accesorio en principal y lo sagrado en una transacción fisiológica. De esta guisa, si no hay desde un principio (y en ocasiones solo tiene lugar ese principio) pasión ardiente y desenfrenada, entrega carnal, no hay compromiso ni, por supuesto, amor. Se confunde el preludio con la sinfonía, la chispa con el fuego, la semilla con el árbol. Lo verdaderamente moderno es reducir el amor al sexo, y luego el sexo al placer, para finalmente replegarse sobre uno mismo, centrando el actuar propio en una acción dirigida exclusivamente a la autosatisfacción inmediata y egoísta.

    

La Esclavitud Disfrazada de Libertad

No contentos con esta actitud, los modernos y sus ideologías se ensañan en destruir con minuciosa premeditación lo que pudiera quedar: Se nos enseña —con una persistencia digna de mejor causa— que el amor sería una simple reacción química, una sacudida del sistema nervioso, un impulso de la carne que algunos se molestan en disfrazar de lirismo; pero que ni falta hace. Es más, ese lirismo se nos presenta como un vestigio trasnochado que solo aporta estorbos y cadenas donde no debe haberlas.

Sin embargo, lo que hay tras esa persecución del sexo desligado de propósito, de esa mecanicista y química relación, es, sin duda, cadenas, y de las más gruesas; ocurre que son más invisibles para el hombre moderno que el aire mismo que respira.

Y así, ese pseudoamor se disfraza de felicidad, de autorrealización, mas, como bien sabían los antiguos, la lujuria desbocada y desnuda genera insatisfacción y tristeza, pues exige novedad constante e intensidad creciente, llevando al alma a un abismo de vacío, irritación e infelicidad. Catulo ya lamentó este regalo envenenado en sus versos a Lesbia: «Amo y odio. ¿Por qué? Quizá preguntes./Ignoro, pero así me atormento». Y Edgar Morin, recogiendo un antiguo adagio atribuido a Galeno, nos dice agudamente:

«Y el verdadero amor se reconoce en que sobrevive al coito, mientras que el deseo sin amor se disuelve en la famosa tristeza poscoital: “Homo tristis post coitum” [El hombre está triste después del coito]. Quien es sujeto del amor es “felix post coitum” [feliz después del coito]».

Porque, el hedonista, lejos de hallar saciedad, descubre que su apetito crece a cada instante, como el fuego con el aceite. San Agustín confesó con amarga elocuencia el tiempo perdido persiguiendo esos placeres vacuos e insaciables: «Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva… / Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera» (Confesiones, X). El placer buscado por sí mismo aparta al hombre del Amor verdadero y, por lo tanto, de su propio destino.

Y es que el amor, el de verdad, transciende el momento, trasciende el acto; es incluso más grande que nosotros mismos. Nos transforma, nos eleva, nos vincula con lo eterno. Es una llama que consume, sí, pero no los cuerpos, sino los orgullos, los temores y los egoísmos. Y solo entonces es fecundo. Solo entonces es gozoso. Solo entonces es libre.

Como nos dice el Apóstol en su conocida carta a los Corintios:

«El amor es paciente; el amor es benigno, sin envidia; el amor no es jactancioso, no se engríe; no hace nada que no sea conveniente, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se regocija en la injusticia, antes se regocija con la verdad; todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca se acaba».

De no ser así, no tendremos amor sino otra cosa; no solo nos esclavizaremos a nuestras pasiones fingiendo libertad, sino que, tras este juego de manos, ocultaremos a nuestros ojos el centro de la tragedia: la cosificación del prójimo y la deificación del yo. Cuando el placer de uno –y de esta manera uno mismo– se erige en dios, el otro deviene en cosa. El cuerpo ajeno es reducido a un medio para la autosatisfacción, negándose así su dignidad de persona. Y así, la relación deja de ser un encuentro de dos almas para convertirse, en el mejor de los casos, en una transacción, y en el peor en una explotación; sin que el amor siquiera llegue a nacer.

Porque el amor, el verdadero amor, es donación, que, como sabemos, es lo opuesto al intercambio comercial, y al uso y al abuso: Es entrega, no apropiación; es servicio, no exigencia. Como dice el filósofo alemán Josef Pieper, «el amor es, por naturaleza, algo no debido. Es esencialmente, y por lo tanto siempre, un don. Es, estrictamente hablando, el don por excelencia». Y en un ambiente así, en el que el amor se compra o se vende, es esperable que muera o que ni tan siquiera surja.

Nos hemos vuelto en nuestra presunta modernidad, incapaces de experimentar la plenitud de un amor, el de verdad, que exige sacrificio, paciencia y, sobre todo, una mirada que ve al otro, no como remedio para nuestras necesidades o caprichos, sino como un ser digno de ser amado por sí mismo.

En resumen, hemos trocado el oro de la voluntad amorosa por la escoria del placer egoísta o el vacuo sentimentalismo. Y en este cambio, sin duda, hemos perdido. Solo el verdadero amor, aquel que brota de una voluntad libre y orientada al bien del otro, es un manantial de vida; su distorsión, en cambio, como hoy ocurre, no es sino un camino hacia la perdición del alma.

    

Matrimonio y Fecundidad

Cierto es que este amor mundano va comúnmente asociado a la pasión. Pero esta pasión, inicialmente voluble y animal, se purifica por su propia fecundidad, como nos dice Chesterton. Y así el amor, en un sentido material, será reconocido por sus frutos.

Pero para que el amor dé los frutos adecuados, no puede discurrir sin cauce alguno: precisa de un lugar donde crecer, florecer y fructificar, donde dar aquello para lo que fue hecho, y ese lugar es el matrimonio católico: una alianza libre y fiel entre un hombre y una mujer, indisolublemente unida y abierta al milagro de la vida, como reflejo del amor de Dios. Es ahí –en ese matrimonio– donde el sexo cumple su propósito y es ahí donde contribuye al pleno florecimiento humano. 

En uno de sus más significativos –y desconocidos– discursos sobre el matrimonio (dirigido a Mary Anne Bowden, la hija de uno de sus mejores amigos), el cardenal Newman escribe estas hermosas palabras sobre el profundo significado del amor matrimonial, como apego irrevocable y comunión inescindible y fiel con otra persona, fundamento real e imprescindible de la familia y de toda sociedad humana:

«Dos criaturas mortales de Dios, colocadas en este mundo rudo, expuestas a sus muchas fortunas, destinadas al sufrimiento y la muerte, se dan la mano y se dan la fe el uno al otro de que cada uno amará al otro por completo hasta la muerte. De ahora en adelante, cada uno está hecho para el otro; cada uno posee los afectos del otro de una manera trascendente; cada uno ama al otro mejor que a cualquier otra cosa; cada uno es todo para el otro; cada uno puede confiar en el otro sin reservas; cada uno es del otro irreversiblemente».

Es mucho lo que aquí está en juego: la familia, la sociedad misma y, en último término, nuestra propia humanidad. Y a pesar de ello, hace ya demasiado tiempo que hemos dejado de defender esta verdad, con las consecuencias que que hoy padecemos. Joseph Sobran lo explica, como siempre, con gran claridad:

«Una vez que la familia se debilita, la dignidad del individuo se debilita. Las personas se vuelven todas intercambiables, sin compromisos especiales y duraderos con los demás. El matrimonio se reduce a un “pedazo de papel", mera convención burguesa. En un entorno moral así, es difícil argumentar contra el aborto. Si las personas son intercambiables, las más indefensas entre ellas se vuelven desechables. (Uno comienza a escuchar el argumento a favor de la eutanasia y el infanticidio: la categoría de lo “no deseado” se expande)».

Por eso debemos comenzar por rescatar al amor de verdad; para nosotros, y especialmente, para nuestros hijos; ese que nace de Aquel «que mueve el sol y las demás estrellas».

Y en este asunto –como en casi todos–, en la buena literatura encontramos referencias útiles y enriquecedoras. Hay mucho donde elegir. Ya hemos hablado de la maestra de las maestras: Jane Austen, y a sus novelas les remito. Pero, igualmente, hay otras obras, que aun siendo «para jóvenes», ofrecen una antropología del amor mucho más profunda que mucha literatura adulta contemporánea, y desde luego, que la literatura para jóvenes que se fabrica hoy. Su actualidad está precisamente en rechazar la reducción del amor a puro sexo, por naturaleza insatisfactorio, o a una emoción, y por tanto a un sentimiento, volátil y pasajero.

Dos mujeres pueden ser nuestro primer puerto de atraque: Lucy Maud Montgomery y Louisa May Alcott. Su obra constituye un contundente alegato literario contra la concepción moderna del amor reducido al mero apetito sexual, al placer egoísta o al sentimiento efímero. Ambas autoras defienden el amor como acto voluntario de entrega desinteresada, donde el deseo sensual es un componente natural, pero subordinado al bien del otro. En sucesivas entradas lo comprobaremos, examinando algunas de sus obras.

4.10.25

Las pandillas juveniles en cinco libros

                         Ilustración para «El aula volante», de Walter Trier (1890-1951).

  

      

 

«¡Y pensar que cuando crezcamos podemos ser tan tontos como ellos!».

Louis Pergaud. La guerra de los botones




«Pero no soy ningún héroe. No sabía lo importante que era para mí venir aquí. Solo vine a luchar, como los demás. Como ellos, como mis amigos».

Ferenc Molnár. Los chicos de la calle Pál




«Hay que aprender a tragarse los golpes, como dicen los boxeadores. Hay que aprender a tragarlos y a digerirlos. Si no, a la primera bofetada que te dé la vida, te quedarás aturdido».

Erich Kästner. El aula voladora




«Éramos todo lo que teníamos… Moriríamos el uno por el otro. Esa era la cosa con los Greasers».

Susan E. Hinton. Rebeldes

            

            

«—¡«Guillermo»! —le dijo en tono de reproche—. ¡Si tú no cesas de pelearte con esas terribles bandas por todo el pueblo!».

Richmal Crompton. Guillermo el gangster

 

 

 

LA GUERRA DE LOS BOTONES, de Louis Pergaud (1912)

 

Louis Pergaud, conocido como «el Balzac de los animales» por su maestría para contar historias del mundo animal —ámbito en el que se prodigó abundantemente—, usó su destacada capacidad de observación, su habilidad con las palabras y su experiencia como maestro rural para ofrecernos, en su novela titulada La guerra de los botones (1912), una crónica muy realista y, a la vez, divertida y amena, de una parte fundamental del crecimiento adolescente masculino: las pandillas y las rivalidades y peleas que estas traen inevitablemente consigo.

En su prefacio, Pergaud se sincera sobre su intención:

«Quería devolver un momento de mi vida de chaval, de nuestra vida entusiasta y brutal de salvajes vigorosos, en lo que tenía de franco y heroico, es decir, liberado de las hipocresías de la familia y la escuela».

Lo cierto es que la historia se cuenta sola. Es otoño en Francia —uno se lo imagina con ese cielo raro, gris cansado como diría Lorca, como de metal—, y unos chicos de dos pueblecitos del Midi francés, Longeverne y Velrans, se están peleando a muerte. Literalmente. No con navajas, machetes, pistolas ni nada parecido, pero casi. El gran Lebrac (Pacho en alguna traducción), que es como el jefe supremo de los primeros, organiza a los suyos como si fueran Napoleón. Pero los del otro lado no se quedan atrás.

Mientras en la escuela todos tienen que fingir que son alumnos modelo —para que no los castiguen y puedan salir a pelear—, fuera, en la libertad del campo, son infantería de choque, comandos, soldados rasos, subtenientes, generales, tesoreros, espías, o lo que toque. Esta dualidad casi esquizoide se explica por el concepto que el autor tenía de lo que les esperaba a los chicos en la escuela: «educar a un niño no es más que enseñarle a fingir».

Y entonces, al salir de las clases, los chicos dejan de fingir, y empieza la guerra. Una guerra sin cuartel ni reserva. Ropas hechas trizas. Heridas y golpes. Pero también mucho heroísmo, camaradería, arrojo y valor. Y para los que tienen la mala suerte de ser hechos prisioneros, el castigo es humillante: el desafortunado chico es azotado, desvestido y devuelto con los pantalones por los tobillos, con todos los botones arrancados por el enemigo como trofeo. Lebrac/Pacho y su ejército dan un golpe estratégico al entrar desnudos en batalla, pero su triunfo dura poco… Y aquí, en medio de la batalla, se erige sobre los demás un alma grande encerrada en un cuerpo pequeño; un héroe peculiar, para nada semejante a los guardianes platónicos; no hay en él mucho del alma irascible ni de la virtud marcial de Lebrec/Pacho; pero sigue siendo un héroe: les hablo del Petit Gibus (o el Chiquiclac, según las traducciones), un pequeño luchador cuya lealtad, valor y pureza de corazón son inolvidables.

Y así, en el libro, todo, o casi todo, se torna lucha, escaramuza, emboscada y fragor. Uno no sabe si reírse o llorar. Los chicos entran en combate y luchan sin denuedo ni fatiga, pero, claro, eso no podía durar. Nada dura. Siempre sucede algo. Todo es un desastre, pero un desastre glorioso.

Así que, luego, tras los combates, llega la frustración del armisticio, de la mutua claudicación, cuando los dos jefes de bandas, Lebrac/Pacho y el Azteca, se ven obligados a reconciliarse: «Es por mi padre, —también es por el mío. —¡Y pensar que cuando seamos mayores, a lo mejor seremos tan tontos como ellos!». ¡Qué clarividencia!, y también, qué tristeza: el conformismo y la crudeza de lo real comienzan a imponerse sobre la espontaneidad y la maravilla de lo imposible propios de los muchachos, cuando estos empiezan a hacerse hombres.

Hay algo de salvaje en todo eso. Y también de espontáneo, fresco y auténtico. Algo crudo, sí, pero también bello y divertido. Pergaud no solo era un hábil contador de historias; también tenía un oído bárbaro: las palabras, los insultos, el tono y las formas de ese mundo juvenil… todo suena real. Uno se mete en esa pandilla y la ve como propia, como la suya; y ya no quiere salir. Como pasa con el libro; cuando empiecen a leerlo no podrán parar.

 

LOS CHICOS DE LA CALLE PÁL, de Ferenc Molnár (1907)

 

Ferenc Molnár, un escritor húngaro conocido por sus obras de teatro (lo que lo convirtió, probablemente, en el dramaturgo más célebre de Hungría), se descolgó, allá por 1907, con una novela juvenil, titulada Los chicos de la calle Pál, que hizo historia; y no solo en Hungría —donde se lee en todos los colegios—, pues se ha traducido a más de cuarenta idiomas.

Lo curioso es que Molnár ni siquiera pensaba escribir para muchachos. Pero le salió esta historia y, no se sabe cómo, pero el caso es que logró meterse en la cabeza de unos críos de Budapest de finales del siglo XIX como si fuera uno de ellos. Nada de filosofía educativa. Nada de niños modelo. Muy lejos de la Condesa de Segur y el padre Coloma. Solo muchachos que se la juegan en un solar que para ellos es más que la patria.

La historia trata de una banda de chavales —sí, una pandilla de verdad, no como esas de hoy en día que solo chatean—, “Los chicos de la calle Pál”, que se enfrentan a otra banda, “Los camisas rojas”, en una guerra total y gloriosa. Sudor y polvo, palos, códigos de honor, traiciones, y todo eso.

Y un par de personajes de una pieza: un tipo pequeñajo que se llama Nemecsek. Es el más flacucho, el más ninguneado, pero también el más valiente de todos. Un chico con más agallas que cien adultos juntos. Y que purifica todo lo espurio e impuro de estas luchas con un final glorioso. Y, a su lado, y al frente de todos los demás chicos de la banda, un líder natural, Boka, protector y proveedor (organiza el botín, lidera los ataques), con el que siempre se puede contar para capitanear la tropa.

Y tras las vicisitudes, afanes y tribulaciones, llenas de contiendas y mil batallas, de victorias y derrotas, un final inesperado que deja un cierto amargor en la boca, un final que preludia el ocaso de una infancia memorable, con el primer encuentro con la muerte y la lección de que, a veces, el esfuerzo y el sacrificio parecen ser en vano. Aunque algunos sabemos que no lo son.

Como dice Carmen Bravo-Villasante: «una gran novela, en la que los principales rasgos de la psicología infantil están muy bien estudiados, así como la acción dramática, que en todo momento interesa y que está impregnada de poesía y de fino humorismo». Una novela lúdica y emocionante que ni ustedes ni sus hijos se pueden perder, en la que el mundo de la infancia y su paso a la madurez, tierno e implacable a la vez, está maravillosamente descrito.



EL AULA VOLADORA, de Erich Kästner (1933)

 

Ahora cambiamos de tercio. Sí, seguimos con pandillas, amistad, enfrentamientos y contiendas, es verdad. Pero el escenario cambia. De un mundo abierto —las calles de Budapest o las campiñas y bosques del Midi francés— pasamos a un espacio interior: un internado situado en la Alta Baviera alemana, más asfixiante, más condicionado, más solitario.

Hay algo singular en El aula voladora (1933), la novela de Erich Kästner, que permite, al menos, dos lecturas: una divertida y otra más dura y amarga. Los jóvenes verán en ella una novela de internado, llena de travesuras y peleas. Pero Kästner sabía de lo que hablaba y quiso contarnos algo más. Y así, la novela se transforma de repente en un pequeño diario lleno de tenues temores y penas, escrito con esa letra temerosa y torpe de niños que crecen solos y que todavía creen que la vida puede mejorar.

Los protagonistas han sido, en cierta forma, dejados de lado. Como ocurre en todos los internados, en el de la novela, el Gimnasio Johann-Sigismund, la ausencia paterna flota en el ambiente. Además, otras circunstancias nada halagüeñas pesan sobre los muchachos: Martin lidia con la pobreza que le aprieta como un zapato dos tallas menor; Johnny, con la orfandad, aunque nadie lo diga en voz alta; y Matthias, con ese temperamento irascible que siempre lo mete en líos. Cada uno lleva su batalla secreta como puede. Y, sin embargo, juntos, consiguen superar todo ello. Su amistad, inquebrantable y leal, aunque se revele por momentos torpe, imperfecta, a veces ridícula, se convierte en un salvavidas que funciona mejor que cualquier abrazo, abrigo o sermón.

El centro de la historia es la rivalidad entre el Gimnasio y otra escuela, la Realschule, que desemboca en una pelea (una especie de ordalía, un duelo de Dios) entre los dos campeones de cada bando, Matthias y Wawerka, y una reñida pelea de bolas de nieve entre todos los chicos. Los protagonistas ganan ambas contiendas, aunque la victoria no sea tan dulce, pues terminan siendo castigados por el director del colegio. Otras partes de la trama incluyen los ensayos y la representación de una obra de teatro delirante escrita por Johnny, titulada El aula voladora, y la amistad de los chicos con un médico que ha abandonado su profesión y que vive en un compartimento de tren desguazado. Por una circunstancia relacionada con los chicos, el hombre se rehabilita profesionalmente, convirtiéndose al final de la historia en el nuevo médico de la escuela.

El libro no engaña, pues crecer sigue siendo duro, los mayores siguen estando distraídos o ausentes, y la vida adulta llega a bocanadas que ahogan por momentos. Pero Kästner es tierno y melancólico, y eso ayuda. Ayuda a entender que el “aula voladora” no es tanto un escenario escolar o una farsa teatral, como la metáfora de lo que significa crecer: despegar sin estar del todo preparado, dar saltos en el vacío confiando en que algo o alguien va a sostenerte. Y ahí están los camaradas, los compañeros, los amigos.

Aun así, hay un resquicio luminoso que se abre en cada página y que tiene por nombre esperanza; algo que, como sabemos, no se inculca ni se enseña; algo que se regala y que llega de improviso, suavemente, como la luz mortecina entre las persianas de la ventana de un dormitorio de internado. Pero, como también sabemos, hay que aceptar ese regalo; y parece que Martin, Johnny y Matthias lo hacen, lo que convierte la lectura de este libro en algo especial.

 
REBELDES, de Susan E. Hinton (1967)
 
Y siguiendo con las guerras entre pandillas, Rebeldes, de S. E. Hinton es otro clásico. Más moderno, más duro. 
 
El narrador es Ponyboy, un nombre que ya nos dice bastante sobre él. Es un Greaser, es decir, pertenece al bando de los chicos pobres, los que no tienen ni para ropa buena, pero tienen orgullo que, a veces, vale más. Los otros son los Socs (abreviatura de Socials), los niños ricos, los pijos, los que tienen de todo. Entre ambos bandos existe un conflicto inevitable que se desarrolla en Tulsa, Oklahoma, en 1965. 
 
Pero esta guerra no nos es contada por Ponyboy como un cuento de niños; se asemeja más a una tragedia griega de Sófocles o Eurípides: aquí hay muerte, entre grasa, aceite y coches de los buenos, entre puñetazos y patadas, navajas y alguna pistola, entre angustias y risas. Hay muerte y tristeza, pero también fraternidad, valentía y compromiso.
 
Hinton no se anda por las ramas; ella tenía 16 años cuando escribió la novela, y estaba sintiendo en sus carnes y en su alma aquello que trataba de contar. Así que parece una más. Semeja alguien que ha vivido lo que relata. Por eso no extraña que escriba como si estuviera ahí, en medio de los Grasers o de los Socs. 
 
Y lo que cuenta, como venimos comentando en las demás novelas, excede el tiempo y el espacio. Es de hoy tanto como lo fue de ayer. Porque sigue habiendo muchachos como Johnny que se parten el alma y se deja la piel, sino la vida, por unos niños desconocidos, y chicos como Ponyboy que solo quieren entender qué han venido a hacer a este mundo y cuál es su lugar en él. Y, sobre todo, la novela trata de grupos de muchachos, de bandas y pandillas que les sirven de andamiaje espiritual y físico, y les proporcionan refugio e identidad.
 
El libro fue controvertido en su momento y sigue generando debate, hasta el punto de que ha sido prohibido en algunas escuelas y bibliotecas estadounidenses por su contenido explícito, que incluye violencia, consumo de alcohol y tabaco por menores, lenguaje fuerte y disfunción familiar (lo que en mi opinión no lo descalifica, sino que solo exige —como en muchos otros libros— una conversación previa y un seguimiento de la lectura por parte de los padres). A pesar de esto, se utiliza como parte del plan de estudios de literatura y lengua en muchas escuelas de secundaria y preparatoria en Estados Unidos.
 
La novela tuvo una exitosa y conocida adaptación cinematográfica que fue dirigida en 1983 por Francis Ford Coppola.
    
 
GUILLERMO EL GÁNGSTER, de Richmal Crompton (1927).
 
 

Y finalizo con uno de mis favoritos: el inefable e incorregible, pero puro e insobornable, Guillermo Brown.

Es verdad que Guillermo y su pandilla, los Proscritos (los leales Pelirrojo, Enrique y Douglas), rivalizan constantemente con otras bandas de chicos, especialmente con la del cursi e insoportable Humberto Lane, los Lanistas, el grupo de los estirados. También es cierto que, en la mayoría de los casos, tales disputas suelen resolverse —casi siempre a favor de nuestros héroes, para deleite de los lectores— mediante métodos alejados de las leyes de la física.

Más bien, estas confrontaciones grupales se deciden a través de la estratagema y el sarcasmo, en un sorprendente plano intelectual muy distante de las peleas físicas directas. La buena de Crompton —como maestra que era— no podía permitir que la pasión animal que burbujea por las venas de todo escolar que se precie trascendiera a sus libros. Como diría Guillermo: «Los adultos, siempre arruinando las cosas. Siempre». Menos mal que, al menos, dejó entrever en sus historias el ingenio, el ridículo y la astucia que tan a menudo emplean los Proscritos para doblegar al adversario.

De todas formas, a veces a los adultos se nos escapa. A veces, la vigilancia falla. Es lo que pasa con los niños, te descuidas y…¡zas!, te la lían. Da igual lo que intentes, no puedes mantener todo el tiempo la cautela y la prudencia (los pobres Troyanos lo atestiguan). Siempre hay un momento en el que algo pasa. Y en las historias de Guillermo, Crompton bajó la guardia allá por el año 1927, en un relato contenido en el libro titulado Guillermo el gánster. En el relato, llamado precisamente Guillermo el gánster, asistimos gozosos a una batalla campal entre los Proscritos y las bandas de los odiosos Humberto Lane y Bertie Banks. Por una vez, en lugar de una humillación elegante, tenemos una derrota ignominiosa. Una auténtica y gloriosa paliza. No me resisto a reproducir el fragmento:   

 
«En la zona del césped que se vislumbraba por la ventana apareció una masa de niños luchando. Guillermo se había apresurado a repartir las armas entre su banda y cayeron por sorpresa sobre sus enemigos. Unos luchaban cuerpo a cuerpo, y otros disparaban sus pistolas de agua, tiradores y cerbatanas.
 
(…) En el exterior la lucha se intensificaba. Pelirrojo había conseguido derribar a Huberto Lane en el centro de un macizo de rosales y le estaba haciendo tragar tierra. Bertie Frank, aturdido por el agua disparada con su propia pistola, y cegado temporalmente por un corcho lanzado con su propia escopeta de aire comprimido, intentaba, sin conseguirlo, encaramarse a un haya para buscar refugio en sus ramas. Todo el jardín era escenario de una batalla campal en la que se luchaba, forcejeaba y disparaba.
 
(…) La lucha alcanzó aún mayor fiereza, y luego hubo una vergonzosa retirada por parte de Huberto Lane, Bertie Frank y sus secuaces, que pusieron pies en polvorosa con el mayor desorden, seguidos muy de cerca por la banda de los Proscritos que blandían sus armas con aire triunfal».
 
 
 
EPÍLOGO
 
Todos estos libros —situados en Hungría, Francia, Alemania, Norteamérica e Inglaterra— tienen una cosa en común, además de su tema y sus protagonistas: nos muestran a los chicos tal como son, no como los adultos quieren que sean. Y tal como son aquí y allí, entonces y ahora; así de terca es la naturaleza humana.
 
En todos ellos hay inseguridad y coraje, rabia y miedo, lealtad y compromiso, todo apuntalado con códigos extraños y exigentes, pero más verdaderos que los del colegio o los de los campos de juego. Y sí, son violentos a veces. Pero también, en el fondo y en la superficie, fieles y valientes. A su manera.
 
Porque son adolescentes, jóvenes que se abren al mundo y a la vida con más miedo que vergüenza; y eso requiere valor y reconocimiento. Ya lo creo que sí.