¿Literatura de terror? H. P. Lovecraft y Robert Hugh Benson
«Ángeles caídos en el infierno». Obra de John Martin (1789–1854). |
«Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de los mares negros del infinito».
H. P. Lovecraft. La llamada de Cthulhu.
«Verás, puedes ser casi cualquier otra cosa si eres espiritista, pero no puedes ser católico romano».Robert Hugh Benson. Los espiritistas.
La inmensidad del universo, confrontada con nuestra insignificancia, resulta sobrecogedora con solo detenerse a pensar en ella. Ese impacto existencial es, en su raíz misma, profundamente inquietante, incluso terrorífico. Esta experiencia está en la raíz de muchas creencias deístas, al igual que de muchas convicciones ateas. Ocurre que el ateísmo puede arrojarnos a especulaciones insoportables y alienantes, pues en el hay una ausencia pavorosa de esperanza. Por ello también está en el origen de muchas pesadillas. Un escritor norteamericano de las primeras décadas del siglo XX, enigmático y de pasmosa imaginación, llamado H. P. Lovecraft, es el mejor exponente de ambas cosas. Y otro escritor, este sacerdote católico, más o menos de la misma época, Robert Hugh Benson, es un buen exponente de todo lo contrario. Detengámonos un momento en ambos.
H. P. LOVECRAFT (1890-1937)
Lovecraft fue ante todo un convencido ateo de raigambre materialista. En su universo literario el horror no proviene de lo mágico ni siquiera de lo sobrenatural —al menos no exclusivamente—, sino de la convicción de que las leyes de la física y la escala del universo son indiferentes a la humanidad. El «País de las Hadas» es reemplazado en él por un vacío cósmico hostil. Esta insignificancia humana ante un universo infinito e indiferente genera en sus obras una atmósfera despojada de toda teleología: no hay justicia ni sentido ni providencia; no hay esperanza; solo vastedad y accidente. Los «Primigenios» son poderes cósmicos que reducen la humanidad a la irrelevancia. El conocimiento conduce a la locura.
A pesar de ello, quienes hemos leído a Lovecraft conocemos su atractivo. Hemos deambulado, entre fascinados, asombrados e inquietos, por ese universo tan particular, siempre bajo la mirada temblorosa de la insignificante criatura humana: un capitel oscuro en una iglesia cualquiera, desacralizada y abandonada, de la vieja Providence; un pozo desamparado que brilla con un color sin nombre; edificios del tamaño de catedrales donde impera la geometría del absurdo, previos al amanecer de la humanidad; una desoladora expedición a la Antártida escrita por un superviviente desde el horror; un escritor de novelas baratas encontrado muerto en su escritorio, con una expresión de horror helado en el rostro; un libro impío y lleno de misterios y horrores, escrito al otro lado del mundo por un viejo nigromante árabe enloquecido; dioses alienígenas, antiguos y terribles, que sueñan dormidos bajo el mar, esperando no ser despertados; criaturas anfibias y degeneradas, mezcla de razas antiguas y hombres, escondidas en las costas de Maine, azotadas por vientos y olas rompientes… Ese es el extraño mundo de H. P. Lovecraft.
La influencia de sus Mitos de Cthulhu en la literatura de terror y la ciencia ficción del siglo XX es inmensa, alcanzando, pese a su aparente elitismo, incluso la cultura popular, desde el death metal y La Liga de los Caballeros Extraordinarios, de Alan Moore, hasta los dibujos animados de Hannah-Barbera, Scooby-Doo. Esa influencia (creadora, a su pesar, de una «escuela» propia, en la que destacan escritores como August Derleth, Robert E. Howard y Robert Bloch) dio impulso a la prolífica tradición de la literatura de terror estadounidense, desde el pulp hasta el best seller, desde el citado Robert Bloch, pasando por Richard Matheson y Neil Gaiman, hasta Stephen King y el perturbador Clive Barker (en absoluto recomendable).
La llamada de Cthulhu, En las montañas de la locura, El color que cayó del cielo o La sombra sobre Innsmouth son títulos intrigantes y seductores. Además, Lovecraft era un consumado estilista de las letras; su prosa es de alta calidad y, con ella y su vasta imaginación, ofrece en sus relatos atmósferas asfixiantes y oscuras, magistralmente construidas.
Pero ahí reside también su problema: en la seducción inseparable de su universo nihilista. Por ello hay que tomarlo con cierto recelo, sobre todo si el lector es joven. Y, si bien es cierto que su lectura podría servir para diagnosticar una morbilidad moderna —el pavor cuando se pierde la idea de orden y significado—, sus riesgos son evidentes para espíritus «sensibles» y mentes poco formadas. Tanto es así que, pese a su escepticismo declarado, la ficción de Lovecraft, trascendiendo su valor literario, ha llegado a convertirse en una piedra angular del ocultismo moderno.
No obstante, hay en Lovecraft un evidente poder que reside en su capacidad para articular lo inefable y lo radicalmente ajeno a la experiencia humana. Por ello, una vez superadas su falta de propósito, su ausencia de esperanza trascendente y su concepción del conocimiento como maldición (su lector requiere madurez, por lo que no lo recomendaría a menores de 18 años), junto al disfrute de su excelente prosa y su magistral creación de ambientes, puede leerse críticamente como una verdadera reductio ad absurdum ontológica, como ejemplo de la cosmovisión materialista llevada hasta su conclusión extrema: la desesperación.
ROBERT HUGH BENSON (1871-1914)
Si Lovecraft explora el vértigo de un universo sin Dios, Benson se adentra en el peligro de buscar lo sobrenatural al margen de Él.
Robert Hugh Benson fue un escritor de talento extraordinario. Ya he tratado aquí de su obra más célebre, El señor del mundo, y de sus colecciones de relatos, también de tema sobrenatural, El espejo de Shalott y La Invisible Luz.
A Benson, clérigo anglicano converso al catolicismo y devenido monseñor antes de su prematura muerte a los 43 años, dada su formación teológica, no le resultó difícil construir ni los ambientes ni las tramas de la novela de la que quiero hablarles: Los espiritistas (1909).
La obra pertenece al género de terror sobrenatural y está considerada, junto con la ya citada El señor del mundo, la mejor novela de Benson. Su título es inequívoco y no engaña: trata del espiritismo como la perversión del natural anhelo espiritual que anida en el corazón humano, y que deviene en la práctica de la evocación de las almas de los muertos con el objeto de conectar con ellos y, en su caso, sacar algún provecho. La Iglesia católica decretó en 1917, unos pocos años después de la publicación de la novela, una prohibición sobre estas prácticas espiritistas en los siguientes términos: «no es lícito, por medio del llamado medium, o sin él, tomar parte en las sesiones espiritistas». Benson, como veremos, se adelantó en cuanto a presentar al público los peligros e inconveniencias de tales prácticas, que vivían entonces su apogeo.
En consonancia con la referida prohibición, la Iglesia sostiene que las manifestaciones paranormales consideradas por los espiritistas como procedentes de espíritus desencarnados, tienen origen en la acción diabólica, siempre —bien entendido— que se excluya el truco y no se pueda encontrar una explicación de orden claramente científico de cada fenómeno particular. De esta cuestión les he hablado ya aquí.
La novela nos cuenta cómo, tras la repentina muerte de su prometida, el protagonista, Laurie Baxter, un joven inglés de la época eduardiana, cae en una depresión devastadora. Incapaz de aceptar la pérdida, se deja arrastrar por la influencia de amistades hacia el espiritismo de salón. Lo que comienza como una curiosidad científica y un remedio para sofocar el dolor de su pérdida, conectando con su amada, se convierte pronto en una obsesión enfermiza: los mensajes del más allá y los fenómenos físicos parecen reales y comienzan a desestabilizar su mente.
A pesar de las advertencias de su entorno sobre los peligros de abrir puertas a fuerzas oscuras, Laurie continúa adelante hasta quedar al borde de la destrucción moral y la posesión diabólica.
La historia culmina en una advertencia severa y en un anuncio clarificador: por un lado, el espiritismo puede ser real en algunos casos, pero precisamente por eso es peligroso, porque abre la puerta a fuerzas que no son lo que pretenden ser, por otro, la verdadera comunión con los difuntos no se halla en el ocultismo, sino en la fe.
La obra de Benson causó en su momento auténtico pánico en Inglaterra. Se vendieron decenas de miles de ejemplares en pocos meses. Los círculos espiritistas y teosóficos —muy influyentes entonces— lo atacaron con furia, pero no pudieron rebatir los fenómenos que describía, porque Benson los tomó directamente de actas reales de sesiones y de los propios libros publicados por destacados practicantes. Por su parte, los católicos lo consideraron una obra maestra de apologética negativa: mostraba con crudeza adónde lleva realmente el espiritismo cuando se toma en serio, incluso a la posesión o infestación diabólica: si juegas con fuego… terminarás quemándote.
Como vemos, el terror puede ser vehículo tanto de una catarsis beneficiosa como de una obsesión enfermiza y desesperanzada. Somos nosotros quienes debemos discernir —según nuestra madurez, formación y estado anímico, y según la de nuestros hijos— si queremos atravesar una puerta o la otra.
2 comentarios
Pero superada esta fase inicial, existe otro argumento para elogiar la lectura de las obras de Lovecraft: en una buena teología, ninguna de las entidades descritas en los Mitos es específicamente "divina". Todas son finitas; todas son limitadas y no verdaderamente omnipotentes, por muy poderosas que puedan ser.
Aunque el argumento sea un tanto “anselmiano”, incluso un autor tan brillante e imaginativo como Lovecraft es incapaz de concebir una deidad real y maligna, del mismo modo que la imaginación humana no puede concebir una deidad real a partir de simples reacciones ante lo desconocido. El miedo, la locura, la ira, la irracionalidad... la sensación de estar a merced de fuerzas demasiado poderosas, del poder, fueron la respuesta primitiva del hombre ante la naturaleza y sus accidentes. Encontramos esto en los orígenes de las religiones primitivas, antes de que la razón se aplicara para comenzar a descifrar la metafísica.
Pero Dios nos dio razón e intuición, y los filósofos las utilizaron para descubrir que, en la teología justa, Dios solo puede ser Uno, Relacional (es decir, Dios debe explicarse como una relación eterna entre Personas), Eterno, Infinito, Bueno y Todopoderoso, fuente de todo lo existente.
Además, obviamente, tenemos la Revelación como fuente del verdadero conocimiento de Dios.
El «panteón» de Lovecraft y la desesperanza que de él extrae no constituyen, por lo tanto, la respuesta definitiva. Aunque todos esos seres existan (como existen los ángeles caídos, por cierto), existe de todos modos un Ser infinitamente superior a ellos. Un Ser que nos ama y cuida de nosotros. El indiferentismo cósmico es, sencillamente, una teoría incompleta y primitiva.
Finalmente, he llegado a hacer una lectura inversa de la cosmovisión lovecraftiana: ¿y si el mundo aseptizado, democratizado, apaciguado por la modernidad, tuviera pánico a que despierte un Dios aparentemente silencioso y dormido? ¿Y si esos cultistas, esos sectarios adoradores de Chtulhu fuéramos, en la visión de Lovecraft, los cristianos que conservamos cultos ancestrales y prohibidos por la “Razón”? Como en su día reinterpreté Drácula al leerlo en mi adolescencia: si Jonathan Harker hubiera respetado las normas que le impuso su anfitrión, y se hubiera quedado en su cuarto, en lugar de andar deambulando impertinentemente por casa ajena, nada le habría ocurrido. El vampiro podría simbolizar, a ojos modernos, los antiguos usos y costumbres, las creencias atávicas y el viejo orden tratando de succionar la sangre de la nueva sociedad democrática.
Laudate Dominum de terra, dracones et omnes abyssi
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