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30.06.25

Refugios de pequeños lectores: entre setos, asombros y palabras

                                       Acuarela de Jessie Willcox Smith (1863-1935).

          

                         

            

«Aprender a leer es encender un fuego; cada sílaba que se escribe es una chispa».

Víctor Hugo

               

            

          

Entre los tres y los cinco años, el niño que se inicia en la lectura descubre las letras con un asombro antiguo. Para él, cada nueva letra representa el hallazgo de una huella en la arena, de una señal que apunta a un misterio por desvelar y a la delicia de hacerlo. Su curiosidad natural se aviva con las ilustraciones que, en una ósmosis conceptual y un simbolismo mágico, acompañan a las palabras, las visten y las adornan. Este es para él un periodo de asombro puro, donde cada nueva palabra descifrada es un acto de creación impulsado por la imaginación, una pequeña conquista placentera que expande su mundo. La lectura ha de convertirse, por tanto, en un juego, en una exploración donde las palabras son desafíos y las historias, recompensas. Y los libritos que les traigo hoy contribuyen a ello.

      

OSITO

 

La serie Osito de Else Holmelund Minarik, iniciada en 1957, es una de las primeras, y mejores, muestras del informal género de “lecturas tempranas", al combinar la simplicidad lingüística con una profunda calidez narrativa. Minarik, maestra de escuela (daba clases de primer curso de primaria en una escuela rural), y perfecta conocedora, por tanto, de los destinatarios de sus libros, insatisfecha con los aburridos métodos de alfabetización de la época, concibió Osito inicialmente para su hija, dando voz a un pequeño oso que explora el mundo con asombro y ternura. Pero lo hizo usando su experiencia docente, lo que le permitió dotar a la serie de un vocabulario asequible sin perder calidez ni tono literario.

Su colaborador en esta obra como ilustrador, Maurice Sendak, entonces un joven que ya despuntaba, dotó a Osito de un aire muy humano gracias a sus suaves trazos, y dio estilo a la ilustración usando un toque decididamente victoriano, especialmente en la vestimenta de los personajes. Su arte en esta serie ha sido calificado por la crítica como «un equilibrio perfecto entre realismo y fantasía». Por otro lado, los tonos desvaídos de sus acuarelas aportan suavidad al escenario en el que se desarrollan las historias, al tiempo que refuerzan la presencia de una atmósfera hogareña, con el afecto de fondo entre Osito y su Mamá, convirtiendo cada página en un espacio seguro donde el niño lector encuentra refugio y consuelo.

Las historias giran siempre en torno al afecto maternal, a la natural exploración infantil y sus consiguientes tropiezos, y a la seguridad emocional que aporta la presencia tranquilizadora de la madre –y en ocasiones el padre o los abuelos–, a la que siempre regresa nuestro osito. Por ejemplo, en Sopa de cumpleaños, Osito aprende que un error —derramar la sopa— no afecta para nada al amor de su madre; y en Osito a la luna, descubre que la imaginación es un territorio tan seguro como el hogar, pero que este es el mejor lugar al que regresar. 

La serie Osito alcanza el deseable equilibrio entre la función pedagógica y la experiencia estética que deben acompañar a los libros infantiles. Minarik ofrece historias accesibles, rebosantes de ternura; Sendak, imágenes que hablan al subconsciente infantil con delicadeza y belleza. Juntos, legitiman la idea de que en la literatura para primeros lectores no basta con enseñar a leer: es imprescindible suscitar asombro, despertar curiosidad, y, sobre todo, brindar un refugio afectivo en cada página. Ese es el verdadero poder de Osito: acompañar al niño más allá del deletreo de palabras, hacia un primer encuentro gozoso con la verdadera lectura.



LA PEQUEÑA CONEJITA GRIS

 

La colaboración entre la escritora Alison Uttley (1884–1976) y la ilustradora Margaret Tempest (1892–1982) en la serie La Pequeña Conejita Gris (1939–1975) representa un afortunado encuentro de esos que de vez en cuando se dan en la literatura infantil. Una asociación que convierte la campiña inglesa en un escenario por el que corretean ejemplares de la fauna local con quehaceres y padeceres humanizados para delicia de los niños. A través de personajes como la conejita Gris, la ardilla Squirrel y el erizo Crespín, Uttley tejió narrativas que trascienden el mero entretenimiento, ofreciendo lecciones sobre las relaciones de amistad, el sacrificio y el respeto por la naturaleza., Mientras, Tempest, dotaba a estas historias de una representación gráfica cálida y nostálgica. Como ha observado algún crítico, Uttley no solo escribió para niños; escribió desde la memoria viva de una infancia que se desvanecía ante sus ojos, capturando la esencia de un mundo rural que ya comenzaba a desaparecer. Solo por eso debemos agradecer el trabajo de Uttley y de Tempest, y sacar provecho de él.

Uttley usa la antropomorfización de sus personajes para lograr lo que pocos autores consiguen: convertir las fábulas en espejos morales sin caer en el didactismo forzado. Sus personajes, aunque vestidos con ropajes humanos, conservan los rasgos instintivos propios de la especie —la curiosidad y astucia del zorro, la afanosidad del tejón—, equilibrando la fantasía con un reflejo realista de lo natural.

Por su parte, Tempest complementa este equilibrio con ilustraciones que evitan la caricatura exagerada y se acercan a las características naturales de los animales, siguiendo la estela de la maestra Potter. Sus acuarelas, de trazos suaves y paleta terrosa, retratan a los animales en escenarios pastorales y vintage —cabañas con techos de paja, huertos en flor—, creando una estética que quizá pueda ser criticada por algunos como una idealización de la vida rural, pero que contiene una gran belleza y sencillez que son de agradecer.

Esta representación del campo como espacio de armonía, como el «paisaje verde y agradable» del poeta William Blake, sin dejar de ser, como ha dicho un crítico, «una Arcadia ilustrada, donde la naturaleza es jardín y los animales, sus guardianes benevolentes», habla por sí misma y, aun prescindiendo de aquello que nos cuenta Uttley, ofrece un refugio de tranquilidad y armonía que Beatrix Potter haría suyo sin dudar, aunque, entre nosotros, ni Uttley como narradora ni Tempest como ilustradora alcanzan la maestría de Miss Potter.

18.06.25

Tesroros perdidos: el canónigo Schmid y la condesa de Ségur

 

«El abuelo cuenta una historia». Obra Albert Anker (1831-1910).

        

        

        

          

«La sabiduría y la prudencia siempre son recompensadas».

Condesa de Ségur



«Aprende a comprender la verdadera belleza de la simplicidad».

Christoph von Schmid

 

 

 

Los dos autores de los que voy a hablarles fueron durante mucho tiempo muy populares; sin embargo, hoy, solo pueden encontrarse en librerías de viejo o en tiendas de segunda mano. Muchos piensan que no deberían tener siquiera la oportunidad de ser leídos: los presumen aburridos, moralistas, desubicados, retrógrados… El crítico y académico, especialista en literatura infantil y juvenil, Jack Zipes, expresa lo que es un lugar común en el mundo de la crítica especializada de hoy día:

«El cuento de hadas también se convirtió en un medio para reflejar las frustraciones de la industrialización y la racionalización del trabajo. Autores como Catherine Sinclair, George Cruikshank y Alfred Crowquill en Gran Bretaña, Carlo Collodi en Italia (autor de Pinocho), la condesa Sophie de Ségur en Francia y Ludwig Bechstein en Alemania enfatizaron lecciones morales alineadas con la ética protestante y la supremacía masculina».

Pero no es así. ¡Háganme caso; denles una oportunidad!

Ambos tienen en común que revolucionaron el estilo de contar y la forma de abordar las historias infantiles, de manera que estas, sin perder un ápice de interés, agilidad y entretenimiento, siguen transmitiendo lecciones morales casi sin que los niños se den cuenta.

Lo primero –su estilo ágil y atractivo y su capacidad de atrapar la atención infantil– los hace aptos para los tiempos acelerados e inatentos en los que viven nuestros chicos hoy, y lo segundo –su contenido aleccionador en virtudes y bondades– los hace muy convenientes por razones obvias. Aunque, como ya señalé, este último aspecto merece la antipatía y el prejuicio de muchos críticos y académicos modernos.

En suma, que las obras de los autores a los que me refiero responden al díptico horaciano de instruir entreteniendo con solvencia.

  

CHRISTOPH SCHMID

 

El primero de los autores de los que les hablo es Christoph von Schmid (1768-1854), un cura rural al que le dio por escribir cuentos para niños mientras Europa se convulsionaba entre revoluciones. En una época árida por el racionalismo de los Kants, Fichtes y Humes, sus incursiones en las poéticas brumas de la imaginación hicieron mucho bien; tanto como el que pueden hacer ahora.

Sus primeras obras traducidas al español datan del año 1840 y se recogen en cuatro volúmenes bajo el título: Obra dedicada á los niños y á los amigos de la niñez. En su introducción se podía leer lo siguiente:

«Nadie ignora ya cuanto importa á las naciones la buena educación de los niños, que dentro de pocos años han de venir á formar la sociedad y á labrar su dicha ó desventura. Deseosos de contribuir, en cuanto nuestras fuerzas alcanzaren, á un logro de tanta trascendencia, hemos ido examinando varias obras destinadas á la niñez, así en Francia como en Inglaterra y Alemania, y ninguna, á nuestro entender, llena tan cumplidamente su objeto como las del Alemán Cristóval Schmid. Con efecto, no cabe para los niños leyenda mas amena, sólida é instructiva, que con mas dulzura se interne en los ánimos y deje mas gratos recuerdos. La sencillez de sus conceptos y estilo es tal que dirían que el autor es un niño, ó por mejor decir, un anjel que comunica á otros niños su moralidad acendrada, su cariño entrañable á la humanidad, y la pureza de sus costumbres».

Dado el éxito alcanzado con esta publicación, desde entonces comienza a editarse ininterrumpidamente en España a lo largo de todo el siglo XIX, alcanzando gran fama y siendo reconocido como «el gran clásico infantil de la época», empezando a hacerse populares títulos como Los huevos de Pascua, Genoveva de Brabante, La luciérnaga, El nido del pájaro y otros muchos; como puede leerse en una crítica de la época: «Su estilo es gracioso y sencillo, acompañándole el interés y el ingenio, cautivando en las narraciones maravillosas, sin causar los malos efectos de las terroríficas y fantasmagóricas».

Durante todo el siglo XX sigue manteniéndose su presencia editorial, sin que los bruscos cambios políticos le hagan mella. En el más cercano 1988, Carmen Bravo Villasante reconocía la popularidad que Schmid seguía teniendo por aquel entonces: «Los cuentos del Canónigo Schmidt se leyeron muchísimo y aún hoy sirven de lectura a los niños, a pesar del cambio de gusto». Y ello, a pesar del mal tratamiento dado a veces a su obra por los traductores. La citada Bravo Villasante lo advierte, reconociendo su éxito: «a pesar de ser algunas traducciones españolas abominables, pues su hermoso estilo de frases cortas y claras, de gran sencillez, fue convertido en parrafadas interminables».

Hoy se sigue publicando, pero casi siempre en colecciones facsímiles, que no se sabe si buscan encontrar a precarios coleccionistas o dar gusto a modas en las que lo «vintage» adquiere valor solo por su original anacronismo y su aire nostálgico. Así que, si quieren al verdadero Schmid (mezcla de entretenimiento, intriga y sólidos valores morales), o bien acudan a dichas ediciones facsímiles, o busquen en librerías de viejo. En todo caso, la búsqueda valdrá la pena. Como se dice en uno de los pocos artículos dedicados a la presencia de este autor en España:

«Hoy día, finalizando la segunda década del siglo XXI, los escritos de Schmid están presentes en el mercado editorial fundamentalmente de dos maneras: por un lado son reeditados por editoriales como Altaya, Edaf, Maxtor o Santillana, muchas veces en ediciones bajo demanda y facsimilares, para nostálgicos que quieren volver a tener en sus manos lo que leyeron cuando eran niños y, por otro lado, en ediciones que mantienen una tendencia hacia la secularización y despojan a las obras de su sentido religioso conservando, sin embargo, las intrigas argumentales, como es el caso de Genoveva de Brabante de la editorial Susaeta».

En un mundo que se burla de hombres como él, Schmid responde con la caridad cristiana que le es propia: es, a un tiempo, bálsamo y reconstituyente, tónico y consuelo. Los modernos críticos, en su ceguera, le echan en cara un burdo sentimentalismo, sin darse cuenta de que este urde su confusionismo entre sentimientos extraviados, alejados de la realidad, mientras que las historias de von Schmid anclan el sentir en lo auténticamente real: el sacrificio, el perdón y una bondad presente que persiste, obstinada, en un mundo caído. Y todo ello envuelto en su «sencillez», que no es ingenuidad, sino preclara visión que percibe que el alma de un niño es un campo de batalla, y el asombro y su inocencia su defensa más segura.

 

LA CONDESA DE SÉGUR

 

Sofía Fiódorovna Rostopchiná, más conocida como la Condesa de Ségur (1799-1874), es un fenómeno curiosísimo: una rusa criada en la alta aristocracia zarista (hija del conde Fiodor Rostopchin, quien aparece fugazmente en la Guerra y Paz de Tolstói), que, tras exiliarse con su familia a Francia, convertirse al catolicismo y casarse con un pobre conde francés, acabó, a los 58 años, enseñando moral a los hijos de la república burguesa y liberal por excelencia. Y lo hizo, no con acciones políticas ni discursos, sino con cuentos. ¡Cuentos! Es decir, con lo único verdaderamente eficaz para hablar a un niño… o a un hombre sensato.

En sus obras la moralidad –tan denostada hoy– no es un corsé, sino un blindaje. Sus protagonistas no son dechados de virtudes ni modelos ideales inaccesibles: se tropiezan y caen, lloran y se frustran, pero vuelven a levantarse, y en el camino aprenden que la dulzura no es debilidad, sino fuerza; y que la obediencia, lejos de ser servidumbre, es la única moldura dentro de cuyos límites la libertad florece plena.

Mucho más significativa de lo que algunos querrían, últimamente está siendo rescatada en su país de origen y situada a la altura que merece: la de una autora de nivel literario que además participó de forma activa en el renacimiento religioso que tuvo lugar en el Segundo Imperio francés, en un país sangrante aun de las heridas causadas por el ateísmo revolucionario. Un renacimiento religioso en el que adquirió gran importancia la ofensiva literaria, en la que el niño y la literatura infantil tuvieron gran protagonismo, con Segur como su más significativo adalid.

Pero la condesa no solo fue conocida en Francia. Su obra se ha traducido profusamente al español, y desde hace tiempo.

Si bien la traducción de sus obras al castellano comienza realmente en la década de los veinte del pasado siglo (por parte de La Librería Religiosa, de Barcelona), y después de los años 60 la continúan varias editoriales más, como Bruguera, Toray y Molino, las ediciones más apreciables (creo que, además, las más bonitas), fueron las publicadas, entre medias de esos dos períodos (en los años 40, 50 y 60), por Aguilar. Además, recientemente, en la década del 2000, fueron reeditadas como facsímiles, en estilo colección de libros antiguos, por EDAF.

¿Los títulos? Pues, numerosísimos: Después de la lluvia el sol, Pobrecito Blas, Las desgracias de Sofía, Las niñas modelo, En vacaciones, Nuevos cuentos de hadas, Memorias de un burro, Juan que llora y Juan que ríe, La posada del Ángel de la Guarda, El general Dourakin, Francisco el jorobado, ¡Qué encanto de chiquilla! o Los niños buenos, entre muchos otros. Incluso abordó con éxito la difusión evangélica, con obras tan conocidas –y excelentes– como La Biblia de la Abuelita o El Evangelio contado por la abuelita, que han sido publicados, más o menos recientemente, por Ediciones San Pablo y Ediciones Cristiandad.

Claro que la mayoría de los títulos de nuestra condesa solo pueden encontrarse en librerías de viejo o de libros de segunda mano. Y no sé si todos; unos son más fáciles de conseguir que otros. Pero suele haber abundancia a poco que uno busque. Mis hijas la leyeron con profusión y gusto. Por ello, espero que sus recolecciones sean fructíferas, y la lectura de sus obras, más fructífera aún.

Y para terminar, nada mejor que estas palabras del canónigo Schmid, extraídas del prólogo a la primera publicación en España de su Genoveva de Brabante:

«A vosotras, buenas madres, va principalmente dedicado este librito, […] á vosotras, sí, y á vuestros hijos, en cuyos corazones anheláis despertar estos bellos sentimientos y conservarlos puros […] Sírvaos, buenas madres, esta historia como una pequeña ayuda que os alijera un poco la encantadora tarea de la enseñanza de vuestros hijos, haciéndoles unas cuantas horas tan instructivas como agradables».