Defenestración de Gambetti, el de los «puntos de escucha»

Tener un hijo que estudia Filología Clásica en plena era de la ia-ia-oh da para sobremesas divertidas y sugerentes. Muchas acaban en la misma conclusión: lo inquietante de ciertas palabras no es lo que significan, sino que existan.
Una de las más pertubadoras es «defenestrar». Que una lengua tenga un verbo para «arrojar a alguien por la ventana» dice bastante, bueno y malo, sobre la frecuencia con que se practicaba. Desconozco si hay tradución al ruso, Putin es un asiduo. Quizá la defenestración más célebre sea la de Praga, en 1618. Los protestantes bohemios tiraron por la ventana del castillo a dos regidores católicos y a su secretario, y sobrevivieron los tres. Los católicos lo atribuyeron a la intercesión de la Virgen; los protestantes, a un oportuno montón de estiércol. El secretario, que se llamaba Fabricius, fue después ennoblecido como «von Hohenfall», algo así como «señor de Altacaída», que suena a El caballero de los Siete Reinos.
Me acordé de todo esto al leer que León XIV ha enviado a Chieti-Vasto al cardenal Mauro Gambetti, hasta esta semana arcipreste de San Pedro y presidente, precisamente, de la Fábrica. Hay defenestraciones y defenestraciones. En esta se sale por la ventana de la planta noble y se aterriza en una sede metropolitana de los Abruzos con la púrpura intacta. Si sobre estiércol o sobre almohada, lo dejo al criterio del lector. Los pobres fieles de Chieti-Vasto, tras más de veinte años de Bruno Forte, estarán preguntándose ma che abbiamo fatto di male?Pero lo que de verdad me inquieta no es una palabra, sino una cosa que, gracias a Dios, todavía no la tiene: los «puntos de escucha». De momento son tres palabras. Denle tiempo: el día que alguien acuñe «escuchadero», habremos perdido.
La idea no es madrileña. En 2025, la Fábrica de San Pedro (la que presidía Gambetti) abrió en la Basílica una sala para escuchar a peregrinos, turistas y alejados de la fe, con la advertencia expresa de que aquello no era un confesionario. Madrid la importó para la visita de León XIV: puntos, o centros, de escucha a lo largo de la Castellana, atendidos por agentes pastorales laicos, y ni un confesionario en los grandes actos. Se nos explicó, eso sí, que una cosa no sustituía a la otra. Faltaría más.

Una de las imágenes virales de la visita del Papa a París fue precisamente la que Cobo no quiso en Madrid: sacerdotes confesando en plena acera de los Campos Elíseos mientras la gente esperaba el paso del papamóvil. Aquí las excusas fueron varias. Una, que había habido poco tiempo para preparar el viaje: tres meses y medio desde el anuncio oficial; París tuvo solo dos semanas más. Otra, que en Madrid ya hay 476 parroquias, entre ellas la de las Nieves, en Somosierra, a casi cien kilómetros de la Castellana. Muy a mano para quien sienta la urgencia de confesarse entre el paso del papamóvil y la bendición, movido por el Espíritu Santo, que quizá se sirvió del testimonio de los que ya estaban esperando. Lo de París, por cierto, no requirió meses de preparación: solo curas dispuestos, sillas plegables y gente esperando.
Y ya que estamos en París, comparemos estadios. La Iglesia francesa llenó el Stade de France con ochenta mil jóvenes y abrió la vigilia con «Tras las huellas de los santos»: diez cuadros, actores, caballos y Juana de Arco a lomos del suyo, de san Dionisio a santa Teresita. Después vinieron la letanía de los santos con más de sesenta reliquias en procesión, la Santa Túnica de Argenteuil ante un estadio en silencio y las Completas. El Papa no tuvo que esforzarse mucho para rematar: «Sois los santos de Francia».
En Madrid también se pensó en algo así, según cuenta la siempre bien informada Religión Confidencial. Se habló con Puy du Fou, que propuso un espectáculo nuevo con santos españoles. La propuesta fue pasando filtros, por seguridad, dicen, y perdiendo piezas, hasta que fue la propia compañía la que se retiró porque lo que quedaba no estaba a la altura de su marca. Tiene mérito conseguir que quien diga «esto es demasiado poco» sea el que vende el espectáculo. Se intentó también con Los Miserables, y dijo que no Londres, también según Religión Confidencial. Así que a los jóvenes de la Castellana les tocó el Godspell de Antonio Banderas. Y al Bernabéu, dos días después, Christian Gálvez y Patricia Pardo de maestros de ceremonias, un mago, Bustamante y un coro de mil voces a las órdenes de Toño Casado.
¿No querías Puy du Fou? Pues toma Toño.
Que nadie lo lea como un pleito de Pirineos. Barcelona, con treinta y seis horas, tuvo Montserrat con la Escolanía, la tumba de Gaudí y la Torre de Jesucristo bendecida en la Sagrada Familia. Y tampoco vale la excusa de las etiquetas: Aveline, Omella y Cobo llevan los tres el capelo de Francisco. No es cuestión de pasaporte ni de bandería, sino de quién decide y de qué cree que viene a buscar la gente cuando se pone en la cola.
Y lo peor es la oportunidad perdida. Madrid no tuvo menos gente que París, sino más: más de un millón de personas en Cibeles, según la Delegación del Gobierno (poco sospechosa de inflar cifras papales), frente a las ochocientas mil de la Concordia. En la vigilia, cientos de miles de jóvenes en la Castellana, cuando el Stade de France no da para más de ochenta mil. Nunca en décadas se habían juntado tantos católicos en las calles de Madrid. Y había curas de sobra: cientos de ellos concelebraron en Cibeles. Con la mitad sentados en una silla de tijera a lo largo de la Castellana, las colas habrían llegado hasta Somosierra.
Al final todo se reduce a una pregunta sencilla: ¿la gente viene a que la escuchen o a que ser perdonada? Quien cree lo primero pone puntos de escucha. Quien cree lo segundo saca los confesionarios a la calle.
A Gambetti ya lo han sacado por la ventana, aunque sea sobre blando. A los puntos de escucha, todavía no. Pero las ventanas siguen ahí.
1 comentario
En Budapest no podía sacarme de la cabeza a Béla Lugosi y la intérprete, aún reconociendo que el nombre era húngaro, Lugosi Béla, no tenía ni idea de quién era hasta que en sueños vi a mi padre y entonces lo recordé: mi padre me había hablado del actor de origen húngaro que hacía el papel de Drácula en el cine mudo, como me había hablado de la paprika y el goulash, de los caballos lipizzanos y de las czardas.
¿Que de dónde había sacado todo eso un hombre que solo tenía educación primaria? Nunca lo he sabido, pero entonces no era necesario estudiar en la Universidad para saber esas cosas.
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