Elogio y reivindicación del hijo mayor (Rafaela está que muerde)
Tengo una feligresa, una Rafaela cualquiera, que cada vez que escucha la última parte de la parábola del hijo pródigo se la llevan los demonios. Porque a ver, dice ella, ¿tan malo era el hijo mayor? Toda la vida fiel, trabajando por la casa común, obedeciendo al padre, y sin un solo detalle por parte de este, ni siquiera un ternero por una vez en la vida. Nada de nada. Pero cuando llega el hermano menor, después de haber dilapidado la herencia, todo son fiestas, alegrías y dispendios. Encima, para la historia y la exégesis, qué malo el hermano mayor. Y dentro de lo malo, al menos el menor, después de unos años de pecado y alejamiento, regresó arrepentido a la casa paterna. Menos mal.

A mí es que ya lo que digan me trae sin cuidado. Me limito a leer los firmantes y a soltar una “ostentórea” carcajada. Porque hay gente que cada día se supera a sí misma en cuanto a memez y capacidad para hacer el ridículo. Y lo malo del ridículo es que una vez que has caído en él, te persigue como maldición toda tu vida.
Ya desde la primera parte del Sínodo sobre la familia el papa Francisco ha venido invitando repetidamente a los padres sinodales a que hablen con claridad, digan todo lo que tengan que decir y vivan este acontecimiento con total libertad. Nada que callar, nada que ocultar.
Es que uno ya no sabe cómo hacer las cosas. Reunión de catequistas hace unos días. Siempre escasos como en toda parroquia que se precie. Una catequista: claro, como no se dice que se necesitan catequistas…





