No es tiempo de quitar, sino de añadir
En nuestros pequeños pueblos serranos la fe se ha mantenido, más que con reuniones y grupos, que también hubo algo, por ejemplo hermandades y cofradías, a base de ir marcando la vida con las cosas de la fe. Los domingos, por supuesto. Además, santos y fiestas litúrgicas.
En Braojos, donde más tradiciones se conservan, me cuentan que, además de la misa diaria, a la que acudían bastante pocos, se celebraban santos y fiestas casi con periodicidad semanal. Se conserva en el archivo parroquial un curioso “diario costumbrero”, escrito en 1946, que verá la luz en el libro sobre el archivo parroquial de Braojos que esperamos presentar en abril, donde se recogen usos y costumbres de la parroquia entonces. Prácticamente todos los meses tenían dos o tres funciones extraordinarias además de domingos y fiestas de precepto. Esto hacía que la fe marcara la vida de los braojeños casi sin darse cuenta.

No es que Rafaela y D. Jesús hayan hecho las paces. En realidad tampoco lo necesitan. Se quieren, se respetan, se aprecian y mucho, lo que no es óbice para que Rafaela, que jamás tuvo pelos en la lengua, diga siempre lo que piensa. Ella tiene su formación elemental, la de la señorita Asunción y D. Pedro, el sacerdote, a base de Astete, y a partir de ahí todo es claridad.
Mal negocio. Mal negocio en el que se cae con demasiada frecuencia. Lo podemos contemplar sobre todo en la liturgia. Cuántas misas disparatadas, cuantas morcillas en cualquier momento, qué celebraciones tan improvisadas y supuestamente tan maravillosas, campechanotas y chachi guay. Es que, sabes, a le gente no le gustan esas misas tan serias, lo que a la gente le gusta son misas más cercanas, más participadas, más alegres… Ya. Tan participadas que dice el celebrante “El Señor esté con vosotros” y no responde nadie.
Lo cortesano nos puede. Es verdad que en la teoría todos somos libres, que a nadie nos importa el qué dirán y que aquí todo quisqui se manifiesta con entera libertad. En la Iglesia, sí. En nuestra Iglesia de hoy. Pero es la teoría.
Para nada, aunque haya gente convencida de ello. Los documentos de la Iglesia, las orientaciones litúrgicas o catequéticas, resulta que ni muerden, ni agreden y además no guardan veneno oculto. Yo creo que si no se leen es por otra causa, quizá por esa autosuficiencia de pensar que todo lo sabemos nosotros, que en Roma son unos ignorantes y que yo me basto y me sobro para saber lo que tenemos que hacer.