Entre la depresión y el ataque de nervios
La pastoral, como la buena cocina, es cosa lenta. Pobres de nosotros como nos pillen las prisas. Demasiadas veces nos ponemos nerviosos porque la gente no responde, no encontramos apoyo en lo que hacemos, toda actividad parece inútil. En la vida cristiana, en la vida pastoral, lo único que va con prisa es la destrucción de lo existente. Me explico.
Creo que voy a quitar la misa de diario, te dice un compañero sacerdote. No merece la pena. Estoy celebrando y no viene nadie. En estos casos vale la pena que nos preguntemos cuánto tiempo hace de esto: ¿una semana, un mes, un año? Es poco. Te sientas en el confesionario y nadie… Dices las cosas y ni caso. Mi experiencia de unos cuantos años como sacerdote es que la paciencia es la madre de la vida pastoral.

Piénsenlo y verán como tengo mucha razón.
Mucho me temo que se nos estén confundiendo madurez con acomodación al sistema dominante establecido. Algo así como una rendición ante lo que se lleva, que se nos disfraza de sentido común, responsabilidad y un saber estar en los tiempos que corren. Madurez como resignación, como una opción por vivir como todo el mundo, no ser nota discordante en el actual estado de cosas y abandonar incluso principios, abandonar o posponer, para no desafinar en medio del más vulgar, perdido y chabacano acorde. Según los criterios de nuestro mundo actual nada menos que san Luis Gonzaga sería claro ejemplo de infantilismo.
La primera vez que Rafaela escuchaba la palabreja: Kigali. La pronunció don Jesús en el sermón del domingo, donde, sin saber muy bien a cuento de qué venía, dijo que en estos tiempos era una buena noticia para los católicos y para todo el mundo que la Santa Sede hubiera decidido a adherirse a la enmienda Kigali al protocolo de Montreal, ya que eso garantizaba una mayor protección del medio ambiente y en especial del agujero de ozono.