Tú, hija, no bebas nada que no abran en tu presencia. Usted, abuelo, tampoco
Las mamás antiguas, preocupadas por la integridad total de sus niñas, solían aconsejar a sus hijas que no bebieran nada que no se descorchara en su presencia, no fuera a suceder que algún malvado, porque entonces no se contemplaba otra posibilidad, aprovechase algún descuido para poner algo en la bebida con el fin de abusar de la criatura.
No hay nada más actual que lo de siempre.
Leo con terror, pavor y dolor aquí mismo en Infocatólica que “los médicos de los Países Bajos que practiquen la eutanasia a pacientes con demencia grave podrán introducir un sedante en la comida o bebida del enfermo si creen que este puede «agitarse o ponerse agresivo» a la hora de matarle”. Vamos, que hay que volver a eso de que uno no está dispuesto a comer ni a beber nada que no sea abierto en su presencia, y aún eso con matices. Y no me vengan con que se refiere a casos muy especiales porque no cuela.

Intento cada día conectarme en directo a las doce de la mañana a través de mi cuenta personal de Facebook para rezar el ángelus. Este pasado sábado acudí al cementerio de los mártires de Paracuellos con un matrimonio amigo que no lo conocía. Desde la catedral de los mártires, que así le dice don Juan Antonio Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares, me conecté en directo unos minutos antes de las doce para mostrar lo que es Paracuellos y rezar desde allí el ángelus.
Tragamos con lo que nos echen. Nos da igual sapos, quina o carros y carretas. Disponemos de unas enormes tragaderas dilatadas a base de sentirnos culpables de todos los males de este mundo, una misericordia mal entendida y un intestino sensible a cualquier cosa que se nos pueda decir especialmente desde la tele. Lo saben.