Qué pasa en la Iglesia. Nº 140
EMPEZAMOS EN ROMA
Buenas noticias de la salud del papa.
ESPAÑA
1. Retamar. Un colegio que da vocaciones
2. Proyectos evangelizadores. Ahora Siloé. Buena noticia
3. 3040 mártires de la guerra civil a la espera de beatificación
MUNDO
4. Números cantan. Se mantienen los sacerdotes, caen los seminaristas y se desploman las religiosas.
5. Aumentan católicos en África. Ya son más que los europeos.
6. Carta pastoral del arzobispo de Portland. Para no perdérsela.
7. Sídney llenará sus calles tras el Santísimo. El año pasado, 25.000 files. Esperan doblar este año.
8. Premio Trompeta de Jericó. La disidencia más rancia se premia a sí misma.
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Le escribo para compartir una reflexión a la luz de los últimos datos del Anuario Estadístico de la Iglesia. Teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de los sacerdotes se mantienen activos y al pie del cañón hasta los 75 años (e incluso más allá), el análisis estadístico global arroja un panorama sumamente interesante sobre la demografía sacerdotal.
Actualmente hay en el mundo 407.421 sacerdotes. Con este censo, una cohorte activa de 50 años de vida sacerdotal (estimando la ordenación media a los 25 años) requiere una tasa de reemplazo anual aproximada del 2%. Si analizamos la reserva vocacional disponible, contamos con 103.604 seminaristas mayores en formación teológica superior (los cuales se ordenan en un horizonte medio de 6 años de estudio) y 94.041 seminaristas menores, lo que suma un total de 197.645 seminaristas en la cantera global.
Desde un punto de vista puramente estadístico, esto supone que la bolsa global de seminaristas equivale al 48,5% del total del clero en activo. Dado que la formación sacerdotal mayor dura en promedio 6 años, la tasa bruta de renovación que genera esta cantera es de más de 17.000 nuevos sacerdotes al año, lo que supera la tasa de sustitución por jubilación o fallecimiento. Por tanto, a nivel global no solo existe un reemplazo generacional garantizado, sino una capacidad matemática de expansión y crecimiento.
Es evidente que en España y en todo Occidente atravesamos una fuerte crisis moral y cultural, marcada por esa corriente consumista, woke e hipersexualizada que todo lo empaña. Pero el error estadístico radica en mirar solo nuestro entorno inmediato. Mientras dure esta "gripe" en nuestra tierra, el hecho de que el clero local deba compartir parroquia y labor pastoral con sacerdotes venidos de África (donde los seminaristas mayores superan ya los 35.700), de Hispanoamérica o de la India me parece, sinceramente, una bendición.
No hay mejor lección pedagógica y pastoral para nuestros hijos y nietos que ver esa realidad en el altar. Así comprenden de forma viva, práctica y respaldada por los datos lo que significa de verdad la catolicidad: una Iglesia universal que trasciende fronteras y que sigue viva y pujante allí donde el secularismo no ha podido apagar la fe.
Un afectuoso saludo,
PD.- Incluso si se observa la reciente bajada en el número de seminaristas mayores, desde un punto de vista estrictamente matemático —entendiendo las matemáticas y la estadística como una ciencia y un don de Dios para interpretar el orden del mundo—, esta variación oscila apenas entre un 1,5% y un 2,7% anual en la masa global. Estadísticamente, una fluctuación de este porcentaje tan bajo no altera el cálculo de sustitución a corto ni medio plazo. De hecho, los números muestran que tendrían que pasar más de 30 años (más de tres décadas) de descenso continuado a este ritmo para que la cantera global bajara del umbral mínimo necesario para garantizar el reemplazo, lo cual ignora además la dinámica real y cambiante de los flujos vocacionales.
Me resulta agotador escuchar a tantos agoreros, muchas veces ignorantes e indocumentados, anunciar el cataclismo de la Iglesia cada vez que se publica una bajada puntual del número de seminaristas en un país o una región concreta. Parece que algunos confunden su realidad local con la catolicidad entera y que son incapaces de levantar la mirada más allá de las fronteras de su propio entorno.
Yo prefiero mirar los datos globales antes de sumarme a los funerales prematuros de la Iglesia. Tenemos más de 400.000 sacerdotes en el mundo y cerca de 200.000 seminaristas mayores y menores en formación.
Además, hay algo que estos profetas del desastre parecen olvidar: la Iglesia no es una realidad exclusivamente europea ni está llamada a medir su vitalidad únicamente con el termómetro de Occidente. Mientras algunos contemplan con pesimismo las estadísticas de sus diócesis, la Iglesia sigue viva en África, Asia y América Latina, con millones de fieles y nuevas generaciones que descubren o abrazan la fe católica.
Y no olvidemos tampoco que cada año se incorporan a la Iglesia millones de personas mediante el bautismo. La cuestión, por tanto, no consiste únicamente en sustituir a los sacerdotes que fallecen o se jubilan, sino también en acompañar pastoralmente a las comunidades que crecen y atender a las nuevas generaciones de católicos. Esa realidad exige mirar más allá de las estadísticas parroquiales de nuestro entorno y comprender la dimensión verdaderamente universal de la Iglesia.
¿Que hay dificultades vocacionales en España y en buena parte de Europa? Por supuesto, y sería absurdo negarlo. ¿Que debemos preocuparnos por la formación, la perseverancia y la distribución de los sacerdotes? Naturalmente. Pero una cosa es reconocer problemas reales y otra muy distinta convertir cualquier variación estadística en un apocalipsis eclesial.
A mí me parece una bendición que nuestros hijos y nietos puedan ver sacerdotes de África, de la India o de Hispanoamérica celebrando la misma Eucaristía y sirviendo a las mismas comunidades. Es una lección viva de catolicidad y una demostración de que la Iglesia no pertenece a una cultura, una nación ni una época determinada.
Menos profecías de ruina y más rigor estadísticoY matemático, perspectiva histórica y sentido de Iglesia universal. La fe católica no se termina en los límites de nuestra diócesis, ni el futuro de la Iglesia puede deducirse de una gráfica aislada. Si de verdad creemos en la catolicidad, aprendamos a mirar a la Iglesia entera, con sus dificultades, sí, pero también con su extraordinaria vitalidad y su capacidad de crecer allí donde muchos solo quieren ver decadencia.
Porque una cosa es tener los pies en la tierra y otra vivir anunciando el funeral de una Iglesia que, afortunadamente, es muchísimo más grande que nuestros propios pesimismos.
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