Historias de Miraflores. El cura Borizo
Trapella y un servidor salimos de paseo cada día a primera hora de la mañana en un recorrido de ida y vuelta desde casa hasta el paraje que se conoce como la “Fuente del cura”. Cuentan que el nombre le viene por estar hoy situada la fuente en terrenos que en tiempos pertenecieron al capellan Juan González Borizo, el llamado vulgarmente “cura Borizo", nacido en Miraflores en 1576, fallecido en 1631 y enterrado en la capilla del Rosario, desaparecida en el siglo XVIII, del templo parroquial.
Fue un hombre ciertamente muy afortunado en bienes materiales, que supo dedicarlos a los más pobres creando una memoria, hoy sería algo así como una fundación, que garantizara el cumplimiento de su voluntad, porque el cura Borizo era rico, generoso, sensato y muy buen economista.
Se puede ser rico y egoísta. Mala cosa. Se puede ser acaudalado, vender los bienes y dar todo en limosna de una vez y se acabó, o crear una memoria que garantizase no la limosna una vez, sino la permanencia de la generosidad por generaciones. Esto hizo el señor cura. Crear una memoria dotada con fincas y rentas y como carga el cumplimiento de sus fines.
Entre otros, deja una amplia dote para los sobrinos y los hijos de los sobrinos y otra dote para ayudar a casar huérfanas. Manda limosnas para vestir cada año a diez pobres, para atender ancianos sin medios, criar niños huérfanos, dotar becas para estudios, limosnas en tiempos de especial necesidad, limosnas a pobres. Más aún: “si al acabar el año, cubiertas las cargas y pagado el administrador sobrare dinero, se emplee en vestidos para pobres…”
Como curiosidad, transcribo cómo debía ser el vestido que se diese a los pobres: “si dichos pobres fueren hombres, el vestido sea una capa de paño pardo y polainas de sayo y valones a lección del pobre; y si fuese mujer se le dé saya parda de paño y calza o sayuelo de color y manteo de paño pardo; y si fuese mozo soltero se le dé capota y polainas o sayo y valones…”
La memoria del cura Borizo llegó hasta la desamortización. Las fincas acabaron en las manos de los ricos del pueblo, el estado se quedó el precio de la venta y los pobres a dos velas.
Cada día, a primerita hora de la mañana, en cuanto amanece, para allá que nos vamos Trapella y un servidor.
