27.12.18

Santo, Santo... (Respuestas XXV)

1. El canto del Sanctus es una de las intervenciones de los fieles en la plegaria eucarística, aclamando a Dios y adorándolo. Su naturaleza exige el canto. A la acción de gracias que el sacerdote ha entonado solemnemente en el prefacio, los fieles prorrumpen alabando a Dios.

   Posee una característica peculiar ya que explícitamente se afirma cómo en este canto el cielo y la tierra se unen; la Iglesia peregrina, los fieles presentes, comparten el himno con los ángeles, los arcángeles y todos los santos, es decir, la Iglesia peregrina se une al himno incesante de la Iglesia del cielo: ¡la comunión de los santos! “Toda la asamblea se une a la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres veces santo” (CAT 1360).

    ¿Cómo concluyen los prefacios? ¡Destacando esa unión!:

 Por eso, con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria (Pf Común I)

 Por él, los ángeles y los arcángeles y todos los coros celestiales celebran tu gloria, unidos en común alegría. Permítenos asociarnos a sus voces cantando humildemente tu alabanza (Pf Común II)

 Por él, los ángeles te cantan con júbilo eterno, y nosotros nos unimos a sus voces cantando humildemente tu alabanza (Pf Dominical III)

 Por eso, unidos a los coros angélicos, te aclamamos llenos de alegría (Pf Dominical VIII).

   El canto del Santo en la liturgia permite paladear la liturgia celestial y estar, adorantes, ante el Misterio. Es un “asomarse el cielo sobre la tierra” (cf. Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 35). Con palabras del Concilio Vaticano II en la constitución Sacrosanctum Concilium:

 “En la Liturgia terrena preguntamos y tomamos parte en aquella Liturgia celestial, que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero, cantamos al Señor el himno de gloria con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía; aguardamos al Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste El, nuestra vida, y nosotros nos manifestamos también gloriosos con El” (n. 8).

   2. El Santo es invariable en su letra; es un texto fijo que no admite retoques ni paráfrasis ni sustituciones, porque ese himno es bíblico, tomado de las Escrituras.

   La primera parte parece en Is 6,3. El profeta ve y narra una teofanía de Dios y oye el canto de los serafines: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos, llena está toda la tierra de tu gloria”. La segunda parte, con el versículo del salmo 117 (“bendito el que viene en nombre del Señor”), se toma de la entrada triunfal y gloriosa de Jesús en Jerusalén, aclamado por todos. Según el evangelio de san Mateo: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mt 21,9), o como lo narra san Marcos: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!” (Mc 11,9-10).

   La primera parte canta la gloria de Dios, adorándolo, y la segunda parte es una aclamación dirigida a Jesucristo, Aquel que viene ahora al altar y se hace realmente presente en las especies sacramentales. Lo acogemos y lo proclamamos bendito porque viene a nosotros en la Eucaristía. Posee, así pues, una connotación cristológica bellísima.

  3. ¡Hosanna! Palabra intraducible del arameo, rica en significado, que como otras palabras –Amén, Aleluya- las cantamos en su lengua originaria. Significaría “salva, ayuda”, a la vez que “viva”. Es un grito dirigido a un salvador, a un rey bueno.

  Al comentar el Hosanna, san Agustín dirá: “Hosanna es la palabra del que se alegra” (De doc. chr., II,11). También escribe:

 “Los ramos de palma son loas que significan victoria porque el Señor, muriendo, iba a vencer a la muerte y con el trofeo de la cruz iba a triunfar sobre el diablo, príncipe de la muerte. Por otra parte, hosanna es, como dicen algunos que conocen la lengua hebrea, voz suplicante, la cual indica un sentimiento más bien que alguna realidad, como son en nuestra lengua [latina] las que llaman interjecciones: por ejemplo, cuando dolientes decimos ‘¡ay!’, o cuando algo nos gusta decimos ‘¡bien!’, o cuando nos asombramos decimos ‘¡oh, cosa grande!’. De hecho ‘¡oh!’ no significa nada, sino el sentimiento de quien se asombra. Ha de creerse, por tanto, que esto es así porque ni el griego ni el latino pudieron traducirlo, como aquello: El que llame a su hermano ‘raca’. De hecho, se dice que también ésta es una interjección que muestra el sentimiento de quien se indigna” (In Ioh. ev., 51,2).

  Por su parte, san Jerónimo, en su comentario al evangelio de san Mateo, dice:

   “En fin, qué significa lo que sigue: Hosanna al Hijo de David, recuero que lo manifesté también hace muchísimos años en una breve carta a Dámaso, entonces obispo de la Urbe romana, y ahora la resumiré brevemente. En el salmo 117, que manifiestamente fue escrito con referencia a la venida del Señor, entre otras cosas leemos también esto: ‘La piedra que desecharon los constructores, ésta ha pasado a ser cabeza del ángulo; por el Señor ha sido hecho eso: esto es cosa maravillosa a nuestros ojos, éste es el día que hizo el Señor. ¡Regocijémonos y alegrémonos en él’, y a continuación se añade: ‘¡Oh Señor, sálvame! ¡Oh Señor, danos buena prosperidad! ¡Bendito el que vendrá en nombre del Señor! Os hemos bendecido desde la casa del Señor’, y lo demás. En vez de lo que tenemos en los Setenta Intérpretes: ‘¡Oh Señor, sálvame!’, leemos en hebreo: Anna Adonai osi anna, lo que con claridad fue traducido por Sínmaco: ‘Lo suplico, Señor, sálvame, lo suplico’. Así que nadie piense que la frase está constituida por dos palabras, a saber: una griega y otra hebrea, sino que la totalidad es hebraica y significa que la venida de Cristo es la salud del mundo… Asimismo con lo que se añade: Hosana (esto es, ‘salud’) en las alturas claramente se muestra que la venida de Cristo no es solamente la salvación de los hombres, sino también la del mundo entero, uniendo los seres de la tierra a los del cielo” (Com. ev. Mat., III,21; PL 26,185).

   Su uso es muy antiguo, a tenor del relato de Egeria, al revivir la procesión de ramos y palmas en la misma ciudad de Jerusalén como inicio de la Semana Santa. Pero se incorporó a la liturgia del sacrificio eucarístico, cantándose en el corazón de la plegaria eucarística. La Didajé, al ofrecer una oración eucarística, introduce el Hosanna:

 Acuérdate, Señor, de tu Iglesia para librarla de todo mal

y perfeccionarla en tu amor

y a ella, santificada, reúnela de los cuatro vientos

en el reino tuyo, que le has preparado.

Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos.

¡Venga la gracia y pase este mundo!

¡Hosanna al Hijo de David!

¡Si alguno es santo, venga!;

¡El que no lo sea, que se convierta!

Maranatha. Amén. (Didajé, X,5-6).

  En el ámbito eucarístico, el Sanctus está unido al Benedictus. Clemente Romano explicaba el canto de los serafines que la Iglesia hoy entona y parece que alude a un uso litúrgico: “Estén en Él nuestra gloria y confianza. Obedezcamos a su voluntad. Meditemos cómo toda la muchedumbre de sus ángeles, que están a su disposición, sirven a su voluntad. Pues dice la Escritura: Diez mil miríadas le asistían y mil millares le servían y gritaban: Santo, Santo, Santo, el Señor Sabaot, toda la creación está llena de su gloria. Por tanto, nosotros, reunidos en concordia, en comunión de sentimientos, invoquemos fervorosamente, como si de una sola boca se tratara a Aquél, para que nos haga partícipes de sus grandes y gloriosas promesas” (I Clemente, 34,5-7).

   Las Constituciones Apostólicas, tras un larguísimo prefacio pronunciado por el obispo, señalan cómo todos aclaman con el canto del Sanctus:

 “Por todo esto, a ti la gloria, Dueño todopoderoso. Te adora todo el orden incorpóreo y santo. Te adora el Paráclito… Los querubines y los serafines de seis alas (dos para cubrirse los pies, dos para la cabeza y dos para volar), que junto a mil millares de arcángeles y miríadas de miríadas de ángeles, con voces que nunca cesan ni callan, dicen –y diga todo el pueblo a la vez-: Santo, santo, santo Señor Sabaot, lleno está el cielo y la tierra de su gloria. Eres bendito por los siglos. Amén” (Cons. Ap., VIII,27).

 Y al invitar a la comunión con el clásico “Sancta Sanctis”, “Lo santo para los santos”, los fieles respondían aclamando y ensalzaban la suma santidad de Dios con la aclamación “Hosanna” a Cristo que viene en los dones eucarísticos:

 “Un solo santo, un solo Señor, Jesucristo, para gloria de Dios en el Espíritu Santo. Eres bendito por los siglos. Amén. Gloria en las alturas a Dios, paz en la tierra y beneplácito (de Dios) entre los hombres. Hosanna al Hijo de David, bendito el Señor Dios que viene en nombre del Señor y se ha manifestado entre nosotros, hosanna en las alturas” (Cons. Ap., XIII,13).

20.12.18

Demos gracias al Señor nuestro Dios... (Respuestas XXIV)

    1. El diálogo inicial del prefacio prosigue. Tras decir el sacerdote, elevando más las manos, “Levantemos el corazón” y la respuesta de todos (“lo tenemos levantado hacia el Señor”), sigue diciendo: “Demos gracias al Señor, nuestro Dios”, y los fieles contestan: “Es justo y necesario”.

   Tono vibrante, fuerte: así la voz del sacerdote motiva a los fieles presentes en el momento central de la celebración eucarística, así como los brazos más elevados que en las demás oraciones de la Misa.

    2. “Demos gracias al Señor nuestro Dios. –Es justo y necesario”.

     Esta invitación del sacerdote indica claramente la naturaleza de la plegaria eucarística: una gran oración “de acción de gracias y santificación” (IGMR 78). Los motivos de acción de gracias a Dios se expresan fundamentalmente en el prefacio: “darte gracias, siempre y en todo lugar, porque…” La naturaleza de esta pieza, el prefacio con su diálogo, se refuerzan más si se canta habitualmente en los domingos y solemnidades.

   “¡Demos gracias al Señor, nuestro Dios!” El sacerdote anima y orienta a los fieles presentes a que, levantando el corazón al Señor, con suma atención y recogimiento, con la esperanza puesta en Dios, den gracias al Señor sin distracción alguna. Los fieles asienten a la invitación y reconocen que es verdad, ellos deben dar gracias a Dios: “¡Es justo y necesario!”

    Entonces comienza la gran plegaria eucarística y todos, en silencio y con devoción, nos unimos a ella: “La Plegaria Eucarística exige que todos la escuchen con reverencia y con silencio” (IGMR 78).

      3. En la catequesis a los neófitos lo explica san Cirilo de Jerusalén:

    “Después el sacerdote dice: ‘Demos gracias al Señor’. Y en verdad debemos dar gracias, ya que siendo indignos nos ha llamado a una gracia tan grande, porque siendo enemigos nos ha reconciliado, porque se ha dignado darnos el Espíritu de adopción. Después decís: ‘Es digno y justo’. Porque cuando damos gracias nosotros, hacemos una obra digna y justa; pero Él, obrando no sólo con justicia, sino sobre toda justicia, nos ha beneficiado y nos ha hecho dignos de tan grandes bienes” (Cat. Mist. V,5).

     4. San Agustín exhorta a dar gracias a Dios por su gracia, ya que es gracia ser elevados con Cristo:

 “‘Lo tenemos levantado hacia el Señor’; y para que no atribuyáis a vuestra propias fuerzas, a vuestros propios méritos, a vuestros propios esfuerzos, el tener vuestros corazones en el Señor, porque don de Dios es tener levantados los corazones, por eso continúa el obispo o presbítero que ofrece el sacrificio: “Demos gracias al Señor nuestro Dios” por tener levantados nuestros corazones; y así lo confirmáis vosotros respondiendo: ‘Es justo y necesario’ que demos gracias a aquel que nos concede que tengamos nuestro corazón levantado donde está nuestra cabeza” (Serm. 227).

    En la misma dirección, y con el mismo sentido, predica san Agustín en otro sermón:

    “Oyendo al sacerdote decir: ‘Levantemos el corazón’, respondéis vosotros: ‘Lo tenemos levantado hacia el Señor’; lo tenemos en el Señor. Que la respuesta lleve dentro una verdad. No niegue la conciencia lo que dice la lengua, y porque esto mismo de tener en Dios el corazón es dádiva del cielo y no fruto de vuestras fuerzas, el sacerdote prosigue diciendo: ‘Demos gracias al Señor nuestro Dios’. ¿Por qué darle gracias? Porque tenemos arriba el corazón, y si Él no nos hubiera levantado, yaceríamos por tierra” (Serm. 229B,3).

    4. Como en el cielo los ángeles y los santos adoran a Dios, y constantemente le dan gracias, así nosotros en la Santa Misa no cesamos de dar gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia (cf. Sal 117).

    En el cielo resuena constantemente: “Gracias te damos, Señor, Dios omnipotente, el que eras y el que eras” (Ap 11,16-17). Los veinticuatro ancianos (Ap 4) dan gracias por la creación, la redención y el establecimiento del reinado de Dios y de su Cristo: “Eres digno, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder…” (AP 4,11).

   La vida creyente es un constante dar gracias a Dios, reconociendo sus obras, su salvación y su gracia: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón” (Sal 137); “¿cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación… Te ofreceré un sacrificio de alabanza” (Sal 115). ¡Cuántos salmos dan gracias e invitan a dar gracias constantemente a Dios!

   Esta acción de gracias se proclama en la Misa en el prefacio, la primera parte de la plegaria eucarística. Levantamos el corazón al Señor para darle gracias debidamente, con devoción y recogimiento, sabiendo que es justo y necesario reconocer sus beneficios y cantar su gloria.

    El papa Benedicto XVI también, mistagógicamente, nos llevó a una mayor profundidad al considerar este diálogo:

“Tras la Liturgia de la Palabra, al inicio de la Plegaría eucarística durante la cual el Señor entra en medio de nosotros, la Iglesia nos dirige la invitación: “Sursum corda – levantemos el corazón”. Según la concepción bíblica y la visión de los Santos Padres, el corazón es ese centro del hombre en el que se unen el intelecto, la voluntad y el sentimiento, el cuerpo y el alma. Ese centro en el que el espíritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace espíritu; en el que voluntad, sentimiento e intelecto se unen en el conocimiento de Dios y en el amor por Él. Este “corazón” debe ser elevado. Pero repito: nosotros solos somos demasiado débiles  para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios. No somos capaces. Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz. Él ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia Él, hacia el Dios vivo. Se ha hecho humilde, dice hoy la segunda lectura. Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto” (Hom. en el Domingo de Ramos, 17-abril-2011).

 

 

13.12.18

Levantemos el corazón (Respuestas - XXIII)

    1. Heredado de la liturgia sinagogal, este diálogo se introdujo fácil y rápidamente en la liturgia cristiana y lo hallamos en todos los ritos de las distintas familias litúrgicas tanto occidentales como orientales: “El Señor esté con vosotros… -Levantemos el corazón / Lo tenemos levantado hacia el Señor. –Demos gracias al Señor, nuestro Dios / Es justo y necesario”.

    Actualmente, en el rito romano, este diálogo se realiza al inicio de la plegaria eucarística y el diácono durante el canto del pregón pascual, en la noche de la santísima Vigilia pascual. Antes, y tenía su razón de ser, y era muy expresivo, se realizaba también este diálogo en la plegaria de bendición del agua bautismal en la Vigilia pascual y el obispo al iniciar la gran plegaria de consagración del santo crisma; hoy esto se ha suprimido.

    Veamos las rúbricas de la Ordenación General del Misal romano. El diálogo inicia la gran plegaria eucarística:

“En este momento comienza el centro y la cumbre de toda la celebración, esto es, la Plegaria Eucarística, que ciertamente es una oración de acción de gracias y de santificación. El sacerdote invita al pueblo a elevar los corazones hacia el Señor, en oración y en acción de gracias, y lo asocia a sí mismo en la oración que él dirige en nombre de toda la comunidad a Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo. El sentido de esta oración es que toda la asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las maravillas de Dios y en la ofrenda del sacrificio” (IGMR 78).

    Las rúbricas del Ordinario de la Misa señalan lo siguiente:

“Al iniciar la Plegaria Eucarística, el sacerdote extiende las manos y canta o dice: El Señor esté con vosotros; el pueblo responde: Y con tu espíritu. Cuando prosigue: Levantemos el corazón, eleva las manos. El pueblo responde: Lo tenemos levantado hacia el Señor. En seguida el sacerdote, con las manos extendidas, agrega: Demos gracias al Señor, nuestro Dios, y el pueblo responde: Es justo y necesario. A continuación el sacerdote, con las manos extendidas, continúa con el Prefacio” (IGMR 148).

 Nada dice del tono de voz –que la tradición litúrgica siempre calificó de “tono de prefacio”, es decir, más fuerte y elevado-, pero sí señala que las manos están más elevadas que en las demás oraciones de la Misa. Se extienden en el saludo: “El Señor esté con vosotros”, y se elevan al decir: “Levantemos el corazón”, y así elevadas se continúa la plegaria eucarística. Hasta la elevación de las manos del sacerdote destaca que esta gran oración es superior a todas las demás de la Misa.

    2. Los Padres de la Iglesia tuvieron en alto honor y estima la liturgia, hasta tal punto que sus homilías, sermones y muchos tratados, partían de textos o ritos litúrgicos para explicarlos a sus fieles. Es decir, realizaban una mistagogia de la liturgia, una profundización a partir de la misma liturgia a sus oyentes o lectores.

   No es de extrañar que en ellos encontremos sermones explicando el sentido y alcance de este diálogo: “¡Levantemos el corazón!”, “¡Demos gracias al Señor, nuestro Dios!” Los fieles del pueblo cristiano participaban así mucho mejor de la liturgia, captaban su belleza y su misterio, eran conscientes de lo que hacían y respondían en la santa liturgia.

    3. Ejemplos no faltan de la explicación mistagógica de los Padres a este diálogo ritual: sean ellos los que ahora nos enseñen a nosotros.

    A los nuevos bautizados, S. Cirilo de Jerusalén les dedica unas Catequesis mistagógicas, enseñándoles paso a paso los sacramentos pascuales que ya han recibido. Al llegar a la plegaria eucarística, les dice esto sobre el diálogo:

   “Después de esto, el sacerdote clama: “Levantemos el corazón”. Porque verdaderamente en esta hora tremenda conviene levantar el corazón a Dios, y no rebajarlo a la tierra y a los negocios terrenos. Equivale, pues, a que el sacerdote mande en aquella hora dejar los cuidados todos de la vida y las solicitudes domésticas, y levantar el corazón al cielo, a Dios amante de los hombres.

   Después respondéis: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”, asintiendo al mandato por medio de lo que confesáis. Nadie pues asista de tal manera que diciendo con la boca: “lo tenemos levantado hacia el Señor”, con la intención tenga su espíritu en los negocios de la vida. En todo tiempo, pues, debemos acordarnos de Dios. Y si esto por debilidad humana es imposible, al menos en esta hora debemos procurarlo” (Cat. Mist. V,4).

     Usado también en la liturgia antioquena, san Juan Crisóstomo, como antes san Cirilo, pide la máxima atención a los fieles y que ni se distraigan ni charlen, sino que realmente el corazón esté en el Señor:

   “A los que olvidan las divinas colectas y a los que en la hora de la terrible y mística cena se ocupan en vanas conversaciones y charlatanerías les diría yo: Hombre, ¿qué estás haciendo? Cuando el sacerdote dijo: “Levantemos el corazón”, tú, ¿no le hiciste una promesa diciendo: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”?, ¿no te avergüenzas y enrojeces de ser hallado mentiroso en aquella hora? ¡Extraña cosa! Está preparada la mística cena, y el Cordero de Dios se inmola por ti; por ti se angustia el sacerdote, brota de la sagrada mesa el fuego espiritual, asisten los querubines, vuelan en torno los serafines, los espíritus de seis alas cubren su rostro, todas las virtudes incorpóreas con el sacerdote interceden por ti; desciende del cielo el fuego espiritual; la sangre se derrama del costado inmaculado al cáliz para tu purificación, y tú, ¿no temes ni te avergüenzas de encontrarte en esa hora tremenda hecho un mentiroso? Teniendo la semana ciento sesenta y ocho horas, sólo una separó Dios para Sí, y tú la empleas en obras profanas y ridículas y en vanas charlatanerías. ¿Con qué confianza te acercas después a los misterios?” (S. Juan Crisóstomo, Sobre la penitencia, hom. 9).

    Idéntica interpretación ofrecerá san Agustín; nuestra atención al Señor, arriba, llena de esperanza, sin distraernos con lo terrenal:

   “Toda la vida de los verdaderos cristianos es un: “¡Levantemos el corazón!”; dije la de los verdaderos cristianos (los hay sólo de nombre), de los cristianos en realidad y verdad. ¿Qué significa ese: “Levantemos el corazón”? Poner la esperanza en Dios y no en ti. Tú estás abajo, Dios arriba. Si colocas en ti la esperanza, tiene abajo el corazón y no arriba. Por lo cual, oyendo al sacerdote decir: “¡Levantemos el corazón!”, respondéis: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”; lo tenemos en el Señor. Que la respuesta lleve dentro una verdad. No niegue la conciencia lo que dice la lengua” (Serm. 229,3).

   Otra interpretación que ofrecerá san Agustín señala cómo es pura gracia levantar el corazón:

     “Lo primero, después de la oración, se os advierte que levantéis arriba los corazones; esto tienen que hacer los que son miembros de Cristo. Si sois miembros de Cristo, ¿dónde está vuestra cabeza? No puede haber miembros sin cabeza; si la cabeza no hubiera ido delante, los miembros no podrían seguir. ¿Adónde fue vuestra cabeza? ¿Qué es lo que repetís en el símbolo? Al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre. En el cielo, pues, está nuestra cabeza; por eso al oír: “Levantemos el corazón”, respondéis: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”; y para que no atribuyáis a vuestra propias fuerzas, a vuestros propios méritos, a vuestros propios esfuerzos, el tener vuestros corazones en el Señor, porque don de Dios es tener levantados los corazones, por eso continúa el obispo o presbítero que ofrece el sacrificio: “Demos gracias al Señor nuestro Dios” por tener levantados el corazón” (Serm. 227).

     Y también:

    “Pues de alguna manera preguntamos y avisamos y decimos: “Levantemos el corazón”. No abajo; el corazón se pudre en la tierra; levantadle al cielo. Pero ¿adónde arriba el corazón? ¿Qué respondéis? ¿Adónde arriba el corazón? “Lo tenemos levantado hacia el Señor”… Arriba el corazón, si no es al Señor, no es justicia, sino soberbia; por eso cuando hemos dicho: “Levantemos el corazón”, porque todavía tener el corazón arriba puede ser soberbia, vosotros respondéis: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Luego es dignación; soberbia, no; y porque es ésta una dignación, el que tengamos el corazón arriba hacia el Señor, ¿lo hemos hecho nosotros? ¿Lo pudimos con nuestras propias fuerzas? La tierra que éramos, ¿la hemos levantado hasta el cielo? De ningún modo. Él lo hizo; Él se dignó; Él alargó su mano; Él ofreció su gracia; Él puso arriba lo que estaba abajo” (Serm. 229 A,3).

 

 

6.12.18

El Señor reciba de tus manos... (Respuestas - XXII)

     1. Tras haberse lavado las manos (signo del “deseo de purificación interior”: IGMR 76, y el lavatorio es obligatorio, no opcional), el sacerdote en el centro del altar extiende las manos e invita a orar, poniéndose todos los fieles de pie (de pie “además desde la invitación Oren, hermanos”… IGMR 43). Así va a cerrarse todo el rito del ofertorio, la preparación de las ofrendas y dones eucarísticos, ya dispuestos para el sacrificio.

  La fórmula, bien clásica, con la que el sacerdote se dirige a los fieles es:

 Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y vuestro, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso.

    También puede hacerlo con una de estas fórmulas aprobadas para el Misal romano en lengua española:

 En el momento de ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia, oremos a Dios, Padre todopoderoso.

 Orad, hermanos, para que, llevando al altar los gozos y las fatigas de cada día nos dispongamos a ofrecer el sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso.

   Los fieles, que ya se pusieron en pie, responden al unísono:

 El Señor reciba de tus manos este sacrificio,

para alabanza y gloria de su nombre,

para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

       2. Con esta respuesta, todos los fieles cristianos van a unirse al sacerdote en la ofrenda del sacrificio de Jesucristo. Son las manos del sacerdote las que lo ofrecen, pero lo hace en nombre de todos y por todos. Los fieles cristianos no están ausentes de este sacrificio, ni privados de él, ni siquiera son meros asistentes o espectadores pasivos, mudos, inertes (cf. SC 48). La ofrenda del altar es de todo el pueblo santo y se sacrifica por manos sacerdotales. Así la Eucaristía es el sacrificio de toda la Iglesia, como lo recordaba la monición sacerdotal: “este sacrificio, mío y vuestro”.

  Distinto en grado y esencia es el sacerdocio bautismal y el sacerdocio ministerial (cf. LG 10) pero cada uno, según su propia modalidad, se ve envuelto, implicado, en el sacrificio del altar:

   “El sacerdote, en cuanto ministro del sacrificio es el auténtico sacerdote, que lleva a cabo –en virtud del poder específico de la sagrada ordenación- el verdadero acto sacrificial que lleva de nuevo a los seres a Dios. En cambio, los que participan en la Eucaristía, sin sacrificar como él, ofrecen con él, en virtud del sacerdocio común, sus propios sacrificios espirituales, representados por el pan y el vino, desde el momento de su preparación en el altar” (Juan Pablo II, Dominicae Cenae, 9).

    3. En el pan y el vino presentados, ofrecidos, preparados para la gran plegaria eucarística, están representados todos los fieles; son aglutinantes de todos y cada uno de los oferentes y del pueblo santo.

    Y que los granos de trigo formando un solo pan y las uvas pisadas haciendo el vino representan a cada uno de los fieles, es un lugar común en la Tradición de la Iglesia. Ya san Pablo escribía: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque que comemos todos del mismo pan” (1Co 10,17). La Didajé, igualmente, lo dice jugando con esa imagen: “Como este pan fue repartido sobre los montes, y, recogido, se hizo uno, así sea recogida tu Iglesia desde los límites de la tierra en tu Reino” (9,3). Como también, muy expresivamente, el gran san Agustín:

    “En este pan se nos indica cómo debéis amar la unidad. ¿Acaso este pan se ha hecho de un solo grano? ¿No eran, acaso, muchos los granos de trigo? Pero antes de convertirse en pan estaban separados; se unieron mediante el agua después de haber sido triturados. Si no es molido el trigo y amasado con agua, nunca podrá convertirse en esto que llamamos pan. Lo mismo os ha pasado a vosotros… Llegó el bautismo y habéis sido como amasados con el agua para convertiros en pan” (Serm. 227).

    “Lo mismo sucede con el vino: antes estuvo en muchos cestos de vendimia, y ahora en un único recipiente; forma una unidad en la suavidad del cáliz, pero tras la prensa del lagar. También vosotros habéis venido a parar, en el nombre de Cristo, al cáliz del Señor después del ayuno y las fatigas, tras la humillación y el arrepentimiento; también vosotros estáis sobre la mesa, también vosotros estáis dentro del cáliz. Sois vino conmigo: lo somos conjuntamente; juntos lo bebemos, porque juntos vivimos” (Serm. 229,2).

    Cada uno está incluido en la ofrenda eucarística que se ofrece a Dios y se convierte en Oblación junto con Cristo. Son superfluas otras ofrendas –libros, sandalias, carteles, relojes, etc.- cuando ya, cada uno de los participantes, pone su vida y su ser en el altar, significados en el pan y en el vino: “El pan y el vino se convierten en cierto sentido en símbolo de todo lo que lleva la asamblea eucarística, por sí misma, en ofrenda a Dios y que ofrece en espíritu” (Juan Pablo II, Dominicae Cenae, 9).

   Además de cada uno de los fieles, en el pan y el vino se recapitula la creación entera así como toda la vida de los hombres, con sus gozos y angustias:

   “En realidad, este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y en el vino que llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre. En este sentido, llevamos al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su auténtico significado, no necesita enfatizarse con añadiduras superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo” (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 47).

   Más que llevar añadidos superfluos y cosas que son símbolos –muy forzados- se trata de ofrecer pan y vino ofreciéndonos nosotros mismos, un verdadero sacrificio espiritual de nuestras existencias; por eso el sacerdote dirá: “este sacrificio mío y vuestro”, o en la otra fórmula: “llevando al altar los gozos y las fatigas de cada día, ofrezcamos…” y todos responderán: “El Señor reciba de tus manos este sacrificio…”

     4. Aquí se realiza un culto nuevo que es existencial y no externo a uno mismo: ofrecer ofreciéndonos, una liturgia espiritual que engloba la vida cotidiana y la ofrece a Dios junto con Cristo:

    “La Celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de la existencia eclesial, ya que expresa, al mismo tiempo, tanto el inicio como el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké latría. A este respecto, las palabras de San Pablo a los Romanos son la formulación más sintética de cómo la Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios… En esta exhortación (cf. Rm 12,1) se ve la imagen del nuevo culto como ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la Iglesia. La insistencia del Apóstol sobre la ofrenda de nuestros cuerpos subraya la concreción humana de un culto que no es para nada desencarnado” (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 70).

   Por ello, cada fiel deposita espiritualmente en el altar su propia ofrenda contenida en el pan y en el vino. Presenta su cuerpo, su ser entero, su vida misma; presenta los sacrificios espirituales de sus trabajos, sus luchas, su combate cristiano, su apostolado, sus actos de vida cristiana y sus obras de misericordia, sus penitencias y mortificaciones… ¡todo, absolutamente todo! Éstos son los verdaderos sacrificios espirituales que ofrecemos a Dios como Cristo no ofreció cosas al Padre, sino a Sí mismo: “me has dado un cuerpo… Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hb 10,5). Como Cristo, así los cristianos se donan al Padre y entregan sus sacrificios espirituales: “todos aquellos que participan en la Eucaristía, sin sacrificar como él [el sacerdote], ofrecen con él, en virtud del sacerdocio común, sus propios sacrificios espirituales, representados por el pan y el vino, desde el momento de su preparación en el altar” (Juan Pablo II, Dominicae Cenae, 9).

    Por manos del sacerdote se ofrecen los fieles a Dios por Cristo, se unen a la ofrenda eucarística, se incorporan a su sacrificio. Ya lo recordaba la constitución Sacrosanctum Concilium: “aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él” (SC 48). Ésta es la participación activa de los fieles que, sin duda, no hay que confundir con intervenciones directas, llevando cualquier cosa al altar o leyendo una monición.

    “Orad hermanos… El Señor reciba de tus manos…” Este acto es espiritual, al ofrecernos junto con Cristo, transformando la vida entera en un culto espiritual agradable a Dios, en un sacrificio existencial y santo. A ello exhortaba Juan Pablo II: “la conciencia del acto de presentar las ofrendas, debería ser mantenida durante toda la Misa. Más aún, debe ser llevada a plenitud en el momento de la consagración y de la oblación anamnética, tal como lo exige el valor fundamental del momento del sacrificio” (Dominicae Cenae, 9).

    Todo esto se contiene en ese diálogo sacerdotal con los fieles: “Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y vuestro…” Como seguía explicando Juan Pablo II:

   “Este valor sacrificial está ya expresado en cada celebración por las palabras con que el sacerdote concluye la presentación de los dones al pedir a los fieles que oren para que “este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso”. Tales palabras tienen un valor de compromiso en cuanto expresan el carácter de toda la liturgia eucarística y la plenitud de su contenido tanto divino como eclesial” (Dominicae Cenae, 9).

     5. “Para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”.

     El sacrificio de Jesucristo en la cruz, perpetuado y hecho presente en el sacrificio eucarístico, se eleva a Dios para su gloria y su alabanza: es la gran adoración, el verdadero culto de adoración a Dios, más perfecto, en espíritu y verdad.

    “Te ofreceré un sacrificio de alabanza” (Sal 115) dice el salmo, anunciando proféticamente la Eucaristía: “alzaré la copa de la salvación” (Sal 115). Ésta sí es la ofrenda pura para gloria de Dios, como profetizó Malaquías: “el Señor recibirá ofrenda y oblación justas. Entonces agradará al Señor la ofrenda” (Mal 3,3-4) y así ofrecerán al Señor una ofrenda pura “desde donde sale el sol hasta el ocaso” (Mal 1,11).

     La Iglesia ofrece el sacrificio del altar para alabanza y gloria de Dios ya que es la ofrenda verdadera, pura y perfecta. Las oraciones sobre las ofrendas del Misal romano se hacen eco de este aspecto: “para que nuestra celebración sea para tu gloria y tu alabanza”[1], “Señor, que esta oblación, en la que alcanza su cumbre el culto que el hombre te tributa, restablezca nuestra amistad contigo”[2].

   “Para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”. Todo el bien de la Iglesia se contiene en la Eucaristía (cf. PO 5); al celebrarla y ofrecerla pedimos por el propio bien de los oferentes, para que sirva eficazmente a quienes toman parte de él. Este deseo se expresa tanto en la oración sobre las ofrendas como también en la oración de postcomunión: “dígnate, Señor, aceptar la ofrenda de tu pueblo: que ella nos santifique y nos alcance lo que ahora imploramos de tu misericordia”[3]; “Señor, que esta oblación nos purifique y nos renueve, y sea causa de eterna recompensa, para los que cumplen tu santa voluntad”[4]; “esta Eucaristía, celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor”[5].

    “Y el de toda su santa Iglesia”. En virtud de la comunión de los santos, ni la liturgia ni la celebración eucarística son un asunto privado, grupal, circunscrito sólo a los fieles concretos que celebran en ese momento, sino que es eclesial, incluye a toda la Iglesia y se celebra en comunión con la Iglesia del cielo y de la tierra.

    Se ofrece el sacrificio, pero no sólo por el bien de los oferentes sino también “de todo tu pueblo santo” (PE IV), ofrenda que es “de tus siervos y de toda tu familia santa” (Canon romano). Se ofrece por el bien de toda la Iglesia ya que es el sacrificio de toda la Iglesia: “Oh Dios, que has llevado a la perfección del sacrificio único los diferentes sacrificios de la Antigua Alianza; recibe y santifica las ofrendas de tus fieles, como bendijiste la de Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos”[6]; “por el único sacrificio de Cristo, tu Unigénito, te has adquirido, Señor, un pueblo de hijos; concédenos propicio los dones de la unidad y de la paz en tu Iglesia”[7].

    Con esa conciencia clara, lúcida, respondemos al sacerdote (“Orad, hermanos…”) y nos disponemos a entrar en la gran plegaria eucarística.

    6. Por último algún dato de la historia de la liturgia sobre este diálogo del sacerdote y los fieles.

     Esta monición sacerdotal, “Orate fratres”, que aparece en todos los libros litúrgicos medievales, desde el siglo VIII, tenía la forma de una humilde petición: el sacerdote rogaba a los demás sacerdotes presentes que pidiesen por él para llevar adelante, santamente, la gran plegaria de consagración. No se respondía nada. Recuerda también otro momento en que los sacerdotes pedían por sí mismos: en el Canon romano suplicaban unos por otros: “y a nosotros, pecadores, siervos tuyos, que confiamos en tu infinita misericordia…”

      Ya en el siglo X, según explica Amalario, el sacerdote se dirigía ya a los fieles para “que fuese digno de ofrecer al Señor la oblación de todo el pueblo”. Las fórmulas varían: “Orad por mí”, “por mí pecador”, “por mí, misérrimo pecador”… Avanzando el tiempo, señal de que pedía la oración a todos, está la expresión “orate, fratres et sorores”, “orad, hermanos y hermanas”.

    Y la respuesta, con distintas versiones, mencionaba siempre cómo los fieles le deseaban que el Señor recibiera de sus manos el sacrificio para bien de toda la santa Iglesia.

 



[1] OF, XXX T. Ordinario.

[2] OF, 23 diciembre.

[3] OF, I T. Ordinario.

[4] OF, VI T. Ordinario.

[5] OP, Viernes V Pascua.

[6] OF, XVI T. Ordinario.

[7] OF, XXI T. Ordinario.

 

29.11.18

Bendito seas por siempre, Señor - II (Respuestas - XXI)

    4. “Bendito seas por siempre, Señor”.

    Como hemos ido viendo, esta fórmula litúrgica es profundamente bíblica y anclada en las Escrituras. Con ella, los fieles aclaman a Dios.

   El uso más común y extendido es como respuesta a las dos oraciones que el sacerdote puede (no debe siempre, mejor en silencio) pronunciar en voz alta sobre la patena y luego sobre el cáliz: “Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan…”

    Pero en la liturgia hay otros momentos en los que el sacerdote pronuncia algunas fórmulas, casi en forma de letanía, a las que igualmente se responde así, “bendito seas por siempre, Señor”. Hagamos el recorrido por algunos libros litúrgicos.

    5. En el ritual del Bautismo de niños se ofrecen dos formularios alternativos para bendecir el agua, que se pueden emplear como acción de gracias sobre el agua si ya está bendecida. En ambos formularios, los fieles responde: “Bendito seas por siempre, Señor”.

  El primer formulario (RBN 217) comienza por tres invocaciones dirigidas a cada una de las Personas de la Trinidad:

 Bendito seas, Dios Padre todopoderoso, porque has creado el agua que purifica y da vida.

R/ Bendito seas por siempre, Señor.

 Bendito seas, Dios Hijo único del Padre, Jesucristo, porque de tu costado abierto hiciste brotar agua junto con la sangre, para que de tu muerte y resurrección naciera la Iglesia.

R/ Bendito seas por siempre, Señor.

 Bendito seas, Dios Espíritu Santo, porque ungiste a Cristo bautizado en las aguas del Jordán, para que nosotros seamos bautizados en ti.

R/ Bendito seas por siempre, Señor.

   Continúan unas peticiones y una breve oración final.

     El segundo formulario (RBN 218) posee igualmente tres invocaciones, esta vez dirigidas sólo a Dios Padre, con idéntica respuesta de los fieles:

 Te bendecimos, Padre misericordioso, porque de la fuente del Bautismo hiciste brotar en nosotros la nueva vida de hijos de Dios.

R/ Bendito seas por siempre, Señor.

 Te bendecimos, Padre misericordioso, porque reúnes en un solo pueblo, por el agua y el Espíritu Santo, a todos los bautizados en tu Hijo Jesucristo.

R/ Bendito seas por siempre, Señor.

 Te bendecimos, Padre misericordioso, porque envías a los bautizados para que anuncien con gozo a todos los pueblos el Evangelio de Cristo.

R/ Bendito seas por siempre, Señor.

  El sacerdote concluye con una plegaria final.

    6. En el Ritual del sacramento de la Unción de enfermos se prescribe, antes de la Unción, una acción de gracias sobre el óleo ya bendecido, que es la materia del sacramento, poniendo de relieve su centralidad en esta acción sacramental: tres invocaciones dirigidas a cada Persona de la Trinidad, respondiendo los fieles: “Bendito seas por siempre, Señor” (RU 142); esta misma invocación, pero con una oración final distinta, se ofrece si hay que bendecir el óleo dentro del rito (cf. RU 141):

 Bendito seas, Dios, Padre todopoderoso, que por nosotros y por nuestra salvación enviaste a tu Hijo al mundo.

R/ Bendito seas por siempre, Señor.

 Bendito seas, Dios, Hijo unigénito, que te has rebajado haciéndote hombre como nosotros, para curar nuestras enfermedades.

R/ Bendito seas por siempre, Señor.

 Bendito seas, Dios, Espíritu Santo Defensor, que con tu poder fortaleces la debilidad de nuestro cuerpo.

R/ Bendito seas por siempre, Señor.

   7. Mucho más frecuente y extendido es su uso en el Bendicional.

   La plegaria para bendecir los trabajos de un nuevo edificio comienza con unas preces (Bend 528) a la que todos van respondiendo: “Bendito seas por siempre, Señor”:

 Invoquemos, queridos hermanos, a Dios, Padre todopoderoso, para que la obra que hoy comenzamos contribuya a la edificación del reino de Dios y nos una a Cristo, piedra angular, en la fe y en la caridad. Digámosle: R/ Bendito seas por siempre, Señor.

 -Tú que nos has dado la inteligencia y la fuerza para ser colaboradores de tu obra. R/

 -Tú que por tu Hijo, nuestro Señor, has querido edificar tu santa Iglesia sobre piedra firme. R/

 -Tú que, por el Espíritu de tu Hijo, nos haces entrar en la construcción del templo espiritual en el que quieres hacer morada. R/… etc.

   Hay otras ocasiones en que, en lugar de ser la respuesta, forma parte del cuerpo de las peticiones recitadas por un lector o por el sacerdote. Por ejemplo, las preces al bendecir un laboratorio, taller o tienda (Bend 678):

 -Bendito seas, Señor, que nos has dado la ley del trabajo, para que, con nuestra inteligencia y nuestros brazos, nos dediquemos con mayor empeño a perfeccionar las cosas creadas.

 -Bendito seas, Señor, que quisiste que tu hijo, hecho hombre por nosotros, trabajara como humilde artesano.

 -Bendito seas, Señor, que has hecho que en Cristo nos fuera llevadero el yugo y ligera la carga de nuestro trabajo…

      El mismo estilo, “¡Bendito seas por siempre, Señor!”, en las preces para bendecir locales de medios de comunicación social (Bend 696):

 -Bendito seas, Señor, sabiduría eterna, que iluminas la mente de los hombres y, con tu bendición, haces progresar sus iniciativas.

 -Bendito seas, Señor, que a través de las realidades visibles nos animas a escrutar las invisibles.

 -Bendito seas, Señor, que descubres siempre los secretos de tu omnipotencia a los que te buscan de verdad…

  Asimismo, en el rito de bendición de animales, las preces (Bend 816):

 -Bendito seas, Señor, que creaste a los animales y los pusiste bajo nuestro dominio para que nos ayudaran en nuestro trabajo.

 -Bendito seas, Señor, que para rehacer nuestras fuerzas nos das como alimento la carne de los animales.

 -Bendito seas, Señor, que, para entretenimiento de tus hijos, nos das la compañía de los animales domésticos…

    Al bendecir una nueva sede de la penitencia, un nuevo confesionario, las preces llaman a Dios “bendito” (Bend 1044):

 -Bendito seas, Señor, que entregaste a tu Hijo por nuestros pecados para que nos arrancara de las tinieblas del pecado y nos introdujera en la luz y la paz de tu reino.

 -Bendito seas, Señor, que por el Espíritu Santo purificas nuestra conciencia de las obras muertas.

 -Bendito seas, Señor, que has dado a la Iglesia santa las llaves del reino de los cielos para que las puertas de tu misericordia queden abiertas para todos…

   Igualmente hallamos oraciones que se inician con “Bendito seas, Señor”. Por ejemplo, la bendición de las familias en sus casas (Bend 85):

 Bendito seas, Señor,

que en la Pascua del Antiguo Testamento

conservaste intactas las casas de tu pueblo escogido,

rociadas con la sangre del Cordero,

y que en los sacramentos de la nueva Alianza,

nos diste a tu Hijo Jesucristo…

   También en la bendición de las asociaciones de ayuda en las necesidades públicas:

 Bendito seas, Señor, Dios de misericordia

que en tu Hijo nos has dado

un admirable ejemplo de caridad… (Bend 457).

      Asimismo, en la bendición de un nuevo hospital o centro de enfermos:

 Bendito seas, Dios y Padre nuestro,

que, por medio de tu Hijo,

encomendaste al pueblo que anda en una vida nueva

el cuidado y la solicitud por los enfermos… (Bend 661).

     Como también en la bendición de algunos instrumentos técnicos:

 Bendito eres, Señor, Dios nuestro,

y digno de toda alabanza,

tú que, mediante el ingenio y el trabajo del hombre,

cuidas del progreso de toda la creación… (Bend 764).

     Bendecir a Dios es gratitud y alabanza hacia Quien primero nos ha bendecido, en Cristo, constantemente. Ese lenguaje lo asume la Iglesia y lo emplea en su liturgia. “Bendito seas por siempre, Señor”.