31.08.10
En 1996, el diario español “El País” publicaba, con mayor o menor precisión histórica, que cuando Franco se negó a indultar en 1975 a cinco condenados a muerte, el Papa Pablo VI ordenó a sus prelados cortar con “un Gobierno cuyas manos chorrean sangre“, según el diario de Gian Franco Pompei, embajador italiano ante la Santa Sede de 1969 a 1977. Pompei falleció en 1989, pero confió a su amigo Pietro Scoppola la publicación del diario que cubre el periodo de su gestión, unos, años caracterizados por las tensiones entre la Iglesia y el régimen franquista.
Siguiendo la noticia, en su libro “Un embajador en Vaticano“, Pompei narraba las explicaciones que le dio monseñor Giovanni Benelli, adjunto a la secretaría de Estado vaticana, sobre el último intento del Papa para detener las ejecuciones y el disgusto que le ocasionó. El enviado de Pablo VI, monseñor Dante Pasquienelli, fue recibido por el presidente Carlos Arias Navarro el 26 de septiembre, víspera de las ejecuciones. “Con esa intervención“, le dijo Benelli, “el Papa se ponía de rodillas ante Franco para implorar la gracia” en su nombre. Según Pompei, los prelados recibieron la orden de no asistir a una recepción prevista para el 28 de septiembre en la embajada de España.
Se trataba del último desencuentro entre el régimen de Franco y Pablo VI, pero la cosa había empezado años antes, cuando el Pontífice era todavía Cardenal, para continuar a lo largo de los años. De modo rápido lo explica José André Gallego en su libro “La época de Franco”: “La petición de gracia del entonces Cardenal Montini para unos anarquistas condenados a muerte anticipó las difíciles relaciones entre Franco y Montini, después que éste fuera elegido Papa. La negativa de Franco a renunciar al anacrónico derecho de presentación fue sólo parte del conflicto, en cuyo fondo estaba el contraste entre la Iglesia del Segundo Concilio Vaticano, que Pablo VI había llevado a puerto, y el régimen de Franco”. Los anarquistas a los que se refiere el autor son Grinau, ejecutado el 20 de abril de 1963 y Granados y Salgado, ejecutados el 17 de agosto. El entonces Arzobispo de Milán, Montini (que en la segunda ejecución ya era Papa, junto a otras significadas personalidades, pidieron clemencia, que le fue negada por Franco. Es más, de modo más o menos espontáneo, desfilaron derechistas por las calles de Madrid gritando “Franco sí, Montini no”.
24.08.10
A finales del siglo V, Galia se encontraba dividida bajo la autoridad de varios pueblos bárbaros, constantemente en guerra los unos contra los otros, buscando extender sus influencias y sus posesiones: Los francos, establecidos en el noreste, habían sido aliados del Imperio romano, controlando la frontera renana;los burgundios establecidos por Roma en Saboya y en el Lyonesado; por fin, los visigodos, pueblo poderoso, establecido al sur del río Loira, en Languedoc, sobre todo en el valle del Garona.Una multitud de poderes locales o regionales de origen militar habían ocupado el vacío dejado por la deposición del Emperador Romano de Occidente en 476. Entre estos se encontraba aún el reino de un tal Siagrio, establecido en la región de Soissons.
En 481, Clodoveo, hijo como ya se ha visto del rey Childerico I y de la princesa Basina de Turingia, accedió al trono del reino franco salio, situado en la región de Tournai en la actual Bélgica. El título de rey no era nuevo, pues este era dado a los jefes de guerra de las naciones bárbaras al servicio de Roma. Así los francos, antiguos servidores de Roma, no eran nada menos que germanos, bárbaros paganos, alejados del modo de vida de los galos romanizados durante más o menos cinco siglos de dominación e influencia romana. Clodoveo tenía solo quince años cuando se convirtió en el jefe de su tribu, su coronamiento dio inicio a la primera dinastía de reyes de Francia, los Merovingios, los cuales tomaron su nombre del abuelo de Clodoveo, Meroveo.
Durante toda su vida, Clodoveo intentó conservar y agrandar su reino para sus hijos, según la tradición germánica. Para obtenerlo, no dudó en eliminar todos los obstáculos que se le presentaron en el camino: asesinó a todos los jefes salios y reinados vecinos, algunos de los cuales eran sus antiguos compañeros, o hasta miembros de su familia, para asegurarse de que sólamente sus hijos heredaran su reino. Por otra parte, lanzó una serie de alianzas y de conquistas militares, en un principio a la cabeza de unos mil hombres. Más que las armas, como se había creído, era la manera y la experiencia que sus hombres habían adquirido al servicio del Imperio y contra los otros bárbaros lo que posibilitó el éxito militar de Clodoveo y su ejército. Es así como Clodoveo conquistó la mitad norte de la Francia moderna, primero se alió con los francos renanos en 484, luego llevó a cabo ofensivas hacia el sur a partir de 486. Comenzó con el revés y derrota de Siagrio, el último representante del Imperio destronado. El reino de Siagrio cubría aproximadamente el área entre el río Sena y el río Loira, en las que se encontraban las principales ciudades de Senlis, Beauvais, Soissons y París.
Por otro lado, entra en escena el obispo de Reims, el futuro San Remigio, que buscaba quizás la protección de una autoridad fuerte para su pueblo. Los contactos fueron numerosos entre el rey y el obispo; este último incitó al rey a proteger a los cristianos que habitan en su territorio. Gracias a su carisma y quizás en razón de la autoridad que él mismo representaba, Remigio supo hacerse respetar de Clodoveo y le sirvió hasta de consejero. Le incitó notablemente a pedir la mano de la princesa Clotilde, una princesa cristiana de alto línaje, hija del rey de los burgundios. El matrimonio tuvo lugar en 492, probablemente en la localidad de Soissons.Desde entonces, Clotilde hizo todo lo posible para convencer a su esposo de convertirse al cristianismo.
18.08.10
HISTORIA ECCLESIASTICA
(versión española de Argimiro Velasco-Delgado, en BAC)
LIBRO VIII, 14
(…) Majencio, que en Roma se había constituido en tirano, comenzó fingiendo tener nuestra fe, por agradar y adular a pueblo romano, y por esta razón ordenó a sus súbditos interrumpir la persecución contra los cristianos, simulando piedad y pensando que así aparecería acogedor y mucho más suave que sus antecesores.
2- A la verdad, no apareció en las obras tal como se esperaba que sería, sino que, viniendo a dar en toda clase de sacrilegios, no descuidó una sola obra de perversidad y desenfreno, y cometió adulterios y toda clase de corrupción. Por ejemplo, separando de sus maridos a sus legítimas esposas, las ultrajaba de la manera más deshonrosa y luego se las remitía de nuevo a los maridos; y ponía cuidad en no emprender esto con gentes insignificantes y oscuras, antes bien, se cebaba espacialísimamente en los más eminentes de los mismos que se habían ganado los primeros puestos del senado romano.
3- Todos los que estaban a su merced, plebeyos y magistrados, famosos y gente vulgar, todos estaban cansados de tan terrible tiranía, y aunque estaban en calma y soportaban su amarga esclavitud, sin embargo, no se daba cambio alguno en la sanguinaria crueldad del tirano. Efectivamente, a veces con un pretexto baladí daba carta blanca a su cuerpo de guardia para ejecutar una matanza entre el pueblo, y así fueron asesinadas muchedumbres incontables del pueblo romaneen medio de la ciudad, y no por obra de las lanzas y armas de escitas y bárbaros, sino de los propios ciudadanos.
4- Así, por ejemplo, no es posible calcular el número de senadores asesinados con miras a apoderarse de sus fortunas, pues fueron infinitos los eliminados en diferentes ocasiones y por diferentes causas, todas inventadas.
5- Pero el colmo de los males empujó al tirano hasta la magia. Con vistas a la magia hacía abrir en canal a mujeres encinta, escudriñar las entrañas de niños recién nacidos o degollar leones, y creaba algunas abominables invocaciones sobre demonios y un sacrificio conjurador de la guarra, pues él tenía puesta toda su esperanza en estos medios para lograr la victoria.
11.08.10
RODOLFO VARGAS RUBIO
Fue el 1º de julio de 1888, víspera de la fiesta de la Visitación de la Virgen: “De repente, estando en la iglesia parroquial de Darfeld preparándome para confesarme mientras esperaba mi turno, me vino como un relámpago este pensamiento: Debes entrar en el Buen Pastor, y fue para mí tan claro y preciso que desde aquel momento no tuve ya ninguna duda”. María manifestó a su confesor lo que acababa de sentir y éste le contestó que se informaría sobre el instituto en cuestión, aunque desde ya le podía decir que no creía que estuviera hecho para ella. La orden de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, rama del árbol plantado por San Juan Eudes –gran apóstol del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María– en el siglo XVII, había sido fundada por Santa María de Santa Eufrasia Pelletier en Angers, Francia (en la foto), en 1835. Bajo la regla de San Agustín y en régimen de clausura, las religiosas del Buen Pastor (mitad activas y mitad contemplativas) se dedicaban –y se dedican– a buscar y redimir a las “ovejas descarriadas”, es decir a personas oprimidas por ciertas formas de esclavitud (especialmente las pobres mujeres víctimas de la lacra de la prostitución). La orden se había extendido rápidamente, llegando a Münster gracias a la R.M. María de Santa Teresa, baronesa de Rump, perteneciente a una familia de antigua nobleza westfaliana y que ya había fundado un convento en El Cairo.
Al frente del Buen Pastor de Münster y de la provincia se hallaba la R.M. María de San Lamberto Bouchy, que se había formado junto a Santa María Eufrasia. Fue ella quien recibió como postulante a María Droste zu Vischering (que, a la sazón, ya había escrito a las religiosas de San José de Copenhague para ser desligada del compromiso moral adquirido con ellas, obteniendo respuesta favorable y comprensiva). Fue el 21 de noviembre de 1888, el día de la Presentación de la Virgen en el Templo. Sus padres y sus hermanas la acompañaron en este paso que iba a marcar para siempre su existencia. El 10 de enero siguiente, durante la octava de Reyes (de los que era muy devota y que le ayudarían, según su propio testimonio, en sus crisis futuras), tenía lugar su vestición y tomaba el blanco velo de novicia. Su primer encargo fue ocuparse directamente de las penitentes, lo cual fue una fuente de gran alegría para el celo apostólico de María, pero pronto su temperamento vivo se resintió (como pasó en el internado austríaco) de la vida sedentaria y el ritmo mesurado y metódico de la vida conventual. A veces la maestra de novicias, que adivinaba su ardor contenido la enviaba al jardín del claustro a correr para desfogarse. En su alma habitaban por igual una especial atracción por la vida contemplativa y una extraordinaria aptitud para la acción.
Pero los años de noviciado fueron marcados también por una lucha interior que se entabló en su alma y que no la dejaría ya hasta el final de sus días: la solían asaltar acuciantes dudas de si había sabido discernir su vocación y si no había escogido una vida fácil. Le reconfortaba la constante presencia del Corazón de Jesús, que ya antes de la entrada al convento, durante su vida de retiro en Darfeld, había comenzado a insinuársele. Escribe a propósito: “Nuestro Señor me consolaba bastante a menudo antes de la santa comunión y en los días de exposición: me enseñaba a llevar la cruz y me hacía comprender que mis sufrimientos irían aumentando cada vez más, debiendo yo seguirle por el camino de la cruz y permanecer unida y clavada con Él sobre la cruz”. A los dos años como novicia, una religiosa del Buen Pastor emitía los primeros votos (que eran ya perpetuos por la época de la que nos ocupamos). Seis meses antes las novicias pedían tres veces formalmente en capítulo su admisión en la orden. Para María, agitada por sus dudas, ello constituyó una dura prueba; sentía que la voz le faltaba a la hora de hablar delante de sus hermanas, pero se hizo violencia y “su espíritu de fe y sus recursos de energía la salvaron” (Abbé L. Chasle: Soeur Marie du Divin Coeur). Finalmente, el 20 de enero de 1891 emitió sus votos como sor María del Divino Corazón.
6.08.10
RODOLFO VARGAS RUBIO
La beata María del Divino Corazón nació condesa Droste zu Vischering el 8 de septiembre de 1863, en el Erbrostenhof (palacio de corte) de Münster (abajo, en la foto). Esta ciudad había sido hasta el siglo XIX un principado eclesiástico del Sacro Imperio, cuya administración temporal había recaído en los señores de Wulfhelm, de antigua nobleza, que ostentaban el cargo hereditario de “Droste” desde 1241 con el castillo de Vischering (cuyo nombre adoptaron más tarde) y su comarca como feudo. La familia siguió la suerte del obispado a lo largo de todas sus vicisitudes: la rebelión anabaptista de 1534, los horrores de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), la Paz de Westfalia (que, de acuerdo con el principio cuius regio eius et religio, garantizó que Münster sería exclusivamente católica), la secularización del Imperio (con la incorporación a la protestante Prusia) y las guerras napoleónicas. Dos de sus miembros eclesiásticos se distinguieron en la defensa de los derechos de la Iglesia: Caspar Maximilian (1770-1846), obispo de Münster, y su hermano Clemens August Droste zu Vischering, (1773-1845, en la foto), arzobispo de Colonia. El primero se opuso en el Concilio “nacional” de París de 1810 al cautiverio de Pío VII, pidiendo a Napoléon su liberación; el segundo –uno de los protagonistas de los Disturbios de Colonia– protestó contra la opresión de los católicos por el gobierno prusiano, lo que le valió el arresto domiciliario en el castillo familiar de Darfeld.
También la parentela materna de María aportó personajes de gran relieve eclesiástico. El obispo-príncipe Cristoph-Bernhard von Galen (1606-1678) fue un gran campeón de la Contrarreforma, esforzándose por la aplicación de los decretos del concilio de Trento en su diócesis de Münster. El padrino de bautizo y tío abuelo de aquélla fue nada menos que monseñor Wilhelm Emmanuel von Ketteler (1811-1877), el “obispo social” de Maguncia, que descubrió su vocación por el impacto que tuvo en él la actuación anticatólica del Estado prusiano con motivo de los disturbios de Colonia e instauró el llamado “catolicismo social” en Alemania (de hecho, sus escritos sirvieron de inspiración a Albert de Mun para extenderlo a Francia). El obispo auxiliar de Münster, monseñor Maximilian Gereon von Galen (1832-1908), hermano de la madre de María, combatió la Kulturkampf de Bismarck. Primo de ésta, en fin, fue el también beato Clemens August von Galen (1878-1946), el “León de Münster” que se opuso enérgicamente al régimen nazi y a su política de eugenesia. Como se ve, la tradición familiar era de un convencido y militante catolicismo.
Al igual que muchos de sus antepasados, María era muy enérgica y voluntariosa, lo que puso de manifiesto ya desde su más temprana edad. Se la describe como una niña muy vivaz, casi impetuosa, con explosiones impulsivas que denotaban una fuerte voluntad propia. Ella misma escribirá que tuvo que aprender a dominar su carácter. En contrapartida, poseía un corazón profundamente sensible y una gran delicadeza de espíritu, que hacían de ella una persona muy generosa para con los demás. Su sentido de la responsabilidad la llevaba a ser coherente hasta el final en todo lo que emprendía. Su infancia la pasó en el castillo familiar de Darfeld en un entorno doméstico tradicional impregnado de dignidad, de sentido del deber, de afabilidad y de piedad. Los padres, Clemens von Vischering y la condesa Elena von Galen, constituían un ejemplo de matrimonio cristiano y bien avenido, alejado por igual del cinismo aristocrático y de la fría formalidad burguesa. Tuvieron diez hijos, a los que supieron dar una cabal educación religiosa sin caer en la gazmoñería ni en la superficialidad: eran gentes de una fe profunda y vivida. María era la gemela de Max, viniendo ambos después de la primogénita.
2.08.10
Como es bien sabido, no siempre el Obispo de Roma fue elegido a través de una votación, tanto menos por un cónclave como el que conocemos hoy en día. De hecho, las primeras noticias ciertas que tenemos de una elección papal, llevada a cabo por la comunidad de la Iglesia de Roma fue la de Alejandro I (105-115). La llevaron a cabo los obispos presentes por aquellos días en la Urbe a partir de los sufragios de los fieles y actuando de testigos y valedores los presbíteros y diáconos. Dicho consorcio del clero y el pueblo romanos para elegir a su obispo funcionó bien durante trescientos años, para cambiar posteriormente, como se verá en otro artículo. En éste queremos hablar de otro modo de elección del Papa que, si bien, abandonada hace siglos, tuvo su importancia histórica: La libre designación del predecesor.
E1 segundo papa de la historia fue el toscano san Lino (en la foto), nacido en Volterra, que ocupó la cátedra romana desde el año 67, en que fue martirizado san Pedro, del cual era discípulo. Durante las ausencias de su maestro, sustituía a éste a la cabeza de la comunidad cristiana de Roma, desempeñándose con tal eficiencia que pareció natural que sucediera al apóstol. Se dice, incluso, que Pedro designó expresamente a Lino para ocupar su puesto a su muerte, y ésta parece haber sido la primera forma que los hombres hallaron para coadyuvar a la acción del Espíritu Santo en el delicado negocio de hacer un Papa.
Por resultar de la última voluntad del predecesor en el oficio de Vicario de Cristo, esta forma de designación puede ser llamada «testamentaria», y no es extraña en el contexto de las relaciones de maestro a discípulo, en las que este último recoge la «herencia» de aquél -como Eliseo recogió la de su maestro Elías simbolizada en su manto-. En el primer siglo del cristianismo, fue el modo regular por el que se sucedieron los obispos de Roma. Así, san Lino (67-76) habría a su vez designado a su condiscípulo san Anacleto (76-88); éste a san Clemente I (88-97), preconizado obispo por san Pedro, y Clemente a san Evaristo (97-115).
Las siguientes designaciones testamentarias de Papas son más esporádicas y dependen de que en cada elección no se respeten las últimas voluntades del Pontífice difunto. Lo de las últimas voluntades hoy nos sorprende no poco pero que estuvo vigente bastante tiempo. Así, el papa griego san Zósimo (417-418) fue elegido muy probablemente por indicación de su antecesor Inocencio I, a quien se lo había recomendado san Juan Crisóstomo. El papa san Símaco (en el mosaico, de San Pablo Extramuros), preocupado por alejar la amenaza del cisma que se había manifestado con ocasión de su propia elección, dio un sostén jurídico a la sucesión testamentaria, a la que consideraba la menos arriesgada y susceptible de ser manipulada por los obispos. El 1 de marzo de 499, reunió un sínodo en San Pedro, en el cual participaron 72 obispos italianos y se aprobó el llamado «decreto de Símaco», el primero que regulaba el nombramiento de los Romanos Pontífices. En lo sucesivo cada Papa establecería quién habría de sucederle. En caso de fallecer de improviso y sin haber podido indicar su voluntad al respecto, se procedería a la elección del nuevo Pontífice por parte del clero romano con exclusión de los laicos. Estas normas apenas se cumplieron. De hecho, a la muerte de Símaco, fue elegido unánimemente san Hormisdas (514-523) sin haber sido designado por aquél.
27.07.10
El Pelé, primer gitano beatificado de su raza, seglar de la Tercera Orden Franciscana, mártir de la persecución religiosa en España del siglo pasado. Hombre cabal y honrado, era muy devoto de la Virgen y de la Eucaristía, generoso con los más necesitados y preocupado por la catequesis de los niños. Le llevaron a la cárcel en 1936 por la defensa de un sacerdote y fue martirizado por su empeño en seguir rezando el rosario.
En el transcurso de su proceso de Beatificación, fueron llamados a testificar algunos de sus parientes, entre ellos algunos hijos de su sobrina que hoy no pertenecen a la Iglesia Católica sino que son evangélicos, los que se suelen conocer popularmente como los “Aleluyas", a los cuales pertenecen muchos gitanos en nuestro país. A pesar de no ser católicos, sino evangélicos de los que rechazan la devoción a los santos, ellos declararon estar encantados con el proceso de Beatificación del Pelé y afirmaron encomendarse a él asiduamente. Son las cosas de la vida.
En la Misa de la Beatificación, el Papa dijo sobre el nuevo Beato: “La frecuente participación en la santa misa, la devoción a la Virgen María con el rezo del rosario, la pertenencia a diversas asociaciones católicas le ayudaron a amar a Dios y al prójimo con entereza. Así, aun a riesgo de la propia vida, no dudó en defender a un sacerdote que iba a ser arrestado, por lo que le llevaron a la cárcel, donde no abandonó nunca la oración, siendo después fusilado mientras estrechaba el rosario en sus manos.
El beato Ceferino Giménez Malla supo sembrar concordia y solidaridad entre los suyos, mediando también en los conflictos que a veces empañan las relaciones entre payos y gitanos, demostrando que la caridad de Cristo no conoce límites de razas ni culturas.
Hoy «el Pelé» intercede por todos ante el Padre común, y la Iglesia lo propone como modelo a seguir y muestra significativa de la universal vocación a la santidad, especialmente para los gitanos, que tienen con él estrechos vínculos culturales y étnicos. El beato Ceferino Giménez Malla alcanzó la palma del martirio con la misma sencillez que había vivido. Su vida cristiana nos recuerda a todos que el mensaje de salvación no conoce fronteras de raza o cultura, porque Jesucristo es el redentor de los hombres de toda tribu, estirpe, pueblo y nación (cf. Ap 5,9).”
20.07.10
Recordamos hoy al más grande de los monjes evangelizadores de la Edad Media y acaso de todos los tiempos: Bonifacio. Numerosas fuentes nos hablan de él; entre ellas, la más límpida: sus propias cartas. Y esta copiosa documentación ha sido repetidamente estudiada, interpretada y utilizada por buenos historiadores.
Su verdadero nombre era Winfrido. Nació en Devon, Inglaterra, hacia el año 672 o 673, en una familia noble. Desde los siete años se educó en el monasterio de Exeter. Mas adelante abrazó la vida monástica en Nursling, bajo el gobierno del abad Wulfardo, al que veneró como su maestro durante toda su vida. Recibió una formación esmerada. Se encariñó con los tesoros de la sabiduría antigua que iba revelándose ante sus ojos maravillados. Alma sensible a la belleza, se sintió atraído por las ficciones de los poetas latinos. Pero, al decir de su primer biógrafo, se dejó seducir sobre todo por la divina Escritura, a la que consagró las mejores horas de su existencia. “Desde su infancia hasta la decrepitud de la vejez, imitando de un modo poco común la sabiduría de los Padres antiguos, se ejercitaba diariamente en aprender de memoria las palabras de los profetas y de los apóstoles… y la evangélica tradición de Dios nuestro Señor".
Aventajado en los estudios, fue nombrado maestro de la escuela monástica. Sería entonces cuando, a imitación de Aldelmo, compuso versos acrósticos, enigmas de figuras caprichosas, poemas en los que alternan las peroraciones de los vicios y las de las virtudes. Juegos ingenuos e ingeniosos, con poca o ninguna poesía. También compuso un tratado de gramática según las reglas de Donato y un tratado de métrica. Con aplauso general ejerció asimismo, en su monasterio de Nursling, el cargo de predicador. La fama del joven monje se iba extendiendo por el país. “Como era tan grande su afabilidad con los hermanos y tanto el caudal de su celestial doctrina", su nombre iba de boca en boca en los monasterios de monjes y de “vírgenes de Cristo".

15.07.10
Nada más elegido nuevo Papa, Pío XII tuvo que afrontar la cuestión candente y muy delicada de las relaciones con el régimen alemán, concretamente con ocasión de algo tan sencillo como la posibilidad de mandar al Canciller Hitler un mensaje de buena voluntad, como años antes había hecho Leon XIII, con buen resultado, en circunstancias similarmente difíciles. Ante esta cuestión, el Papa Pacelli quiso recabar el consejo de los directamente interesados.
Por eso, es de indudable gran interés, para conocer de primera mano la preocupación por este tema, no sólo del nuevo Pontífice, sino también de los cardenales de habla alemana, la lectura de algunas parte de la relación de la reunión del recién elegido con los cardenales Bertram de Breslau, Schulte de Colonia, Faulhaber de Munich e Innitzer de Viena, publicada en las Actes et documents du Saint-Siège relatifs à la seconde Guerre Mondiale, vol II. El texto de la relación es largo, por lo que seha resumido a sus puntos principales en los que se aprecia lo espinoso del tema de las relaciones con Alemania y la claridad de ideas de Pío XII, que conocía bien el percal.
Pío XII: León XIII, al comienzo de su pontificado, envió un mensaje de paz a Alemania. En mi modesta persona, me gustaría hacer algo parecido (el Papa lee el borrador de una carta en latín) ¿Es correcta? ¿Necesita algún cambio o ampliación? Agradecería infinitamente el consejo de Vuestras Eminencias.
Cardenal Bertram: No me parece que haya nada que añadir.
Cardenal Faulhaber: En una carta de este tipo no se puede expresar ningún deseo concreto. Sólo una bendición. Pero tengo una duda ¿Debe ir redactada en latín? El Führer es muy susceptible con respecto de las lenguas extranjeras. No creo que desee recurrir a los teólogos para que se la expliquen.
Cardenal Schulte: Por lo que se refiere a su contenido me parece excelente.
Pío XII: Podría enviarse en alemán. Si la consideramos como una simple cuestión de protocolo, podría pasar inadvertida la connotación sobre el mal estado de las cosas para la Iglesia. Y nuestra mayor preocupación es el bien de la Iglesia en Alemania. Para mí esa es la cuestión más importante. Quizás podría redactarse en latín y en alemán.
Cardenal Faulhaber: Es mejor enviarla en alemán
10.07.10
RODOLFO VARGAS RUBIO
Entramos ahora en el capítulo que constituye la lógica consecuencia de la trayectoria de Pedro de Luna: su elección como papa. A pesar del entusiasmo despertado a favor de Aviñón en Francia, la hija primogénita de la Iglesia se mostraba veleidosa. Clemente VII, poco antes de su muerte, había recibido una carta insolente de la Universidad de París, que fue como una primera señal de desacato. La muerte del Papa fue vista por los principales jefes de la Cristiandad como una magnífica oportunidad de liquidar el cisma, por lo cual enviaron emisarios a la ciudad del Ródano requiriendo a los cardenales que no se convocara el cónclave hasta nuevo aviso. Lo que se pretendía, en realidad, era que reconocieran al papa de Roma sin más trámite.
En este punto una vez más se irguió imponente el cardenal de Aragón en defensa de los derechos y libertades de la Iglesia, que ve amenazados y que los poderes temporales quieren conculcar por pura conveniencia política y no por amor a la justicia. A Aviñón llegaron sendas cartas de Juan I de Aragón y Carlos VI de Francia. El cónclave, a pesar de todo, se hallaba reunido, una vez acabados los funerales por el difunto papa, el 26 de septiembre. Se entabló una viva discusión entre los electores: los cardenales franceses pretendían que se leyera la carta de su rey o que se difiriera la elección. Don Pedro de Luna se opuso tajantemente en nombre de las leyes canónicas. La experiencia del cónclave de 1378 estaba presente en su mente con todo su cortejo de tropelías e irregularidades que no podían repetirse, ya que no debía subsistir la mínima duda sobre el que resultara designado pontífice. Tres días tan solo duraron los escrutinios y de ellos emergió por unanimidad el cardenal de Aragón como nuevo papa con el nombre de Benedicto XIII. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que fueron su talento, su inteligencia, su nobleza y autoridad nata los que le llevaron al sacro solio como el más idóneo para ocuparlo cuando se avecinaban tiempos difíciles para el papado aviñonés.
El largo reinado de Benedicto XIII está lleno de vicisitudes y salpicado de episodios de una gran densidad moral. Este hombre que alcanzaba las cimas más altas de la Iglesia y del mundo era ya un sexagenario próximo más bien a la setentena y, no obstante, iba a embarcarse en empresas que exigirían normalmente los bríos de un joven. Las circunstancias le obligaron a trasladarse de un sitio a otro; se vio, incluso, obligado a huidas precipitadas; emprendió hasta una expedición –lamentablemente fracasada– a Roma. En todo momento su tenacidad le sostuvo y le hizo indoblegable. Lo que no se puede dudar en calificar de heroica resistencia en Peñíscola constituye el ejemplo extremo. Pero ya se llegará a ello. Lo que interesa ahora es fijar la atención en dos episodios del pontificado del papa Luna especialmente significativos para la Historia entre todos los hechos que jalonan esos casi treinta años caracterizados por marchas y contramarchas, triunfos y repliegues, intrigas, conjuras, traiciones y hasta intentos de asesinato contra Benedicto XIII. Los dos episodios aludidos son: el Compromiso de Caspe y la Conferencia de Judíos de Tortosa.
5.07.10
Como reacción contra los abusos cometidos en la predicación y contra la doctrina misma de las indulgencias, envió Lutero a Alberto de Brandeburgo, en la víspera de todos los santos de 1517, una carta, fuerte pero ortodoxa, instándole a que interviniese contra estos abusos y añadiendo sus 95 tesis sobre las indulgencias con la petición de una controversia sobre el tema. Ante el silencio de Alberto, envió Lutero sus tesis a algunos teólogos. Rápidamente se difundieron por toda Alemania. Para el profesor de Wittenberg la indulgencia consiste sólo en la remisión de 1a pena canónica impuesta por la Iglesia (no de una pena que haya que pagar en la vida futura); no puede aplicarse a los difuntos, ni existe el «tesoro de la Iglesia» nutrido con los méritos de Cristo y de los santos. ¿Porqué -preguntaba el agustino- no vacía el Papa el purgatorio acudiendo a la santísima caridad y a la necesidad extrema de las almas, la razón más justa de todas, en el momento que libera un número infinito de almas por medio del funestísimo dinero para la construcción de la basílica, que es una superficialísima razón?» (tesis 82).
En 1518, ante la creciente difusión de las tesis de Lutero, que habían conmovido e inflamado toda Alemania, hizo examinar León X sus afirmaciones e intimó a Lutero para que se presentase en Roma. Merced a la intercesión de Federico, elector de Sajonia, fue dispensado Lutero del viaje a Roma, siendo interrogado en Ausburgo en octubre de 1518 por el cardenal Tomás de Vio, llamado también Cayetano. El interrogatorio no condujo a ningún resultado, ya que Lutero apeló contra el Papa mal informado al Papa bien informado y después contra el Papa al futuro concilio. Cayetano intentó poner al fraile en manos de la autoridad eclesiástica, pero no lo consiguió. Lutero gozaba de la protección del elector Federico y en aquellos momentos la influencia de éste era sumamente poderosa: a la muerte del emperador Maximiliano aspiraban a la sucesión dos candidatos, Carlos de Ausburgo y Federico, y León X, temiendo que la elección imperial aumentase peligrosamente el poder del Ausburgo, favorecía la candidatura del príncipe sajón. Nadie molestó, pues, a Lutero.
En 1519 tuvo lugar en Leipzig una gran discusión entre Lutero y el católico Juan Eck, quien, si no consiguió que su interlocutor se retractase de sus afirmaciones, le obligó al menos a aclarar en público y por vez primera su doctrina sobre el primado romano, sobre la infalibilidad de los concilios (que el reformador negaba) y, sobre todo, sobre el principio fundamental del protestantismo: 1a aceptación de la Escritura como fuente única y exclusiva de la religión revelada. Empezaba a quedar en claro que la polémica giraba no ya sobre los abusos morales o sobre opiniones libremente defendidas entre los teólogos, sino en torno a la misma constitución sustancial de la Iglesia.
30.06.10
El pasado martes 21 de junio, en la vaticana Congregación para las Causas de los Santos, se reunieron un grupo de 8 Consultores Teólogos presididos por el Promotor General de la Fe (el que antes se conocía popularmente por el “Abogado del diablo”) para valorar la Causa de beatificación, por vía de martirio, del que fue obispo de Jaen, Monseñor Manuel Basulto Jiménez, asesinado en el madrileño pueblo de Vallecas el 12 de agosto de 1936. Junto a él, se valoraba también el martirio de otros 5 compañeros de la misma suerte trágica: El entonces Vicario general de Jaen, dos sacerdotes, un seminarista y un laico de la Acción Católica. Por si a alguien le pudiera caber alguna duda, ya digo desde el principio que el parecer de todos los presentes fue unánime.
De modo paralelo en esa misma tarde, el grupo de Teólogos valoró otra Causa de Beatificación proveniente de Jaen, también por vía de martirio: Se trataba de la religiosa Franciscana de la Divina Pastora, Victoria Valverde, asesinada brutalmente en enero de 1937 junto a otras superioras religiosas de la localidad jienense de Martos: La de las Trinitarias y la de las Clarisas. Lo que tuvieron que pasar estas tres mujeres antes de ser asesinadas, se lo puede uno imaginar, solamente decir que uno de los milicianos que participaron al asesinato comentó: “Yo nunca creí que las monjas eran vírgenes hasta hoy”. Ni que decir tiene que también en el caso de Sor Victoria el voto de los teólogos fue unánime.
Dicha unanimidad de parecer deja las puertas abiertas al estudio de estas Causas por parte de los Obispos y Cardenales pertenecientes al dicasterio de las Causas de los Santos, cosa que ocurrirá en los próximos meses, sin duda después del verano o “post aquas”, pues ya en estas fechas, los Prelados van a “las aguas”, expresión curial para expresar que se van de vacaciones veraniegas. Después de pasar por dicho grupo, las Causas serían presentadas al Santo Padre para que, aprobándolas, les abra el camino de la Beatificación.
Estas dos Causas, como las dos que fueron estudiadas al día siguiente, 23 de junio (los Benedictinos de El Pueyo y los Oblatos de Pozuelo), forman parte de un gran grupo de Causas martiriales que se están estudiando con vista a una futura Beatificación, por supuesto, pero también para ir acortando la larga lista de mártires españoles que todavía esperan ser estudiados y valorados en Roma. Por no hablar de aquellos cuyas Causas se están instruyendo todavía en las diócesis.
27.06.10
La actitud de los primeros pontífices que tuvieron que intervenir en la organización episcopal americana puede quedar incompleta y erróneamente concebida si se urge demasiado el hecho, también cierto, pero con sus debidos límites, de la omnipresencia del patronato real (o patronato regio) en Indias. Dicho Patronato consistió en el conjunto de privilegios y facultades especiales que los Papas concedieron a los Reyes de España y Portugal a cambio de que estos apoyaran la evangelización y el establecimiento de la Iglesia Católica en América. Se derivó de las bulas papales otorgadas en beneficio de Portugal en sus rutas atlánticas, y de las llamadas Bulas Alejandrinas emitidas en 1493, inmediatamente después del Descubrimiento a petición de los Reyes Católicos. El patronato regio o indiano para la Corona Española, fue confirmado por el Papa Julio II en 1508.
Es evidente que el cúmulo de concesiones otorgadas por Alejandro VI a los Reyes Católicos desbordaba ampliamente los límites generales de un patronato ordinario, a pesar de carecer de la concesión típica de la presentación a los beneficios eclesiásticos. La citada bula Inter Caetera, del 3 y 4 de mayo de 1493, les mandaba, en virtud de santa obediencia, enviar a las tierras descubiertas a varones probos y temerosos de Dios, doctos, peritos y experimentados para instruir a los naturales y habitantes de ellas en la fe católica e imbuirlos en buenas costumbres, y esto poniendo en ello toda la diligencia debida. Esto adquiría toda su significación con la bula Eximiae devotionis, del mismo mes, reconociendo a España las mismas concesiones ya hechas a Portugal y que la bula comprende bajo los nombres de «libertades, inmunidades, exenciones, facultades, letras e indultos» (apostólicos); algo más tarde habla de gracias, prerrogativas y favores», y al fin se recogen otra vez todas estas expresiones.
Aunque algunos de los términos empleados en las bulas portuguesas parecen referirse a los derechos patronales, no conceden ese privilegio en forma explícita, y hubo que esperar unos años, cuando León X lo concedió a Portugal, que se benefició del ejemplo español y del tenaz empeño de Fernando el Católico en asegurar aquel patronato universal, que el no menos tenaz pontífice Julio II se resistía a conceder. Además de las facultades especiales concedidas a fray Bernal Boyl, primer delegado pontificio enviado a América a establecer y organizar su Iglesia, el punto definitivo de las concesiones de Alejandro VI se redondeó el 16 de noviembre de 1501 con la donación de los diezmos a los Reyes Católicos, con la obligación de fundar y dotar convenientemente a los eclesiásticos encargados de aquellas iglesias.
18.06.10
Una de las figuras más controvertidas de la historia de la Iglesia Moderna, Lutero nació en Eisleben, en Sajonia el 10 de noviembre de 1483. Procedía de una familia de campesinos que a fuerza de tenacidad había logrado mejorar su propia situación. En 1484 su familia se trasladó a Mansfeld, donde su padre dirigía varias minas de cobre. Habiéndose criado en un medio campesino, Hans Lutero ansiaba que su hijo llegara a ser funcionario civil para darle más honores a la familia. Con este fin, envió al joven Martín a varias escuelas en Mansfeld, Magdeburgo y Eisenach. Como personas piadosas, educaron los padres a Martín desde la niñez en el santo temor de Dios; usaban con él, al estilo de aquellos tiempos, de bastante severidad, en términos que le tenían muy amedrentado. El mismo dirá: “Mi padre me castigó un día de un modo tan violento, que huí de él, y no quise volver hasta que me trató con más benignidad. Y mi madre me pegó una vez por causa tan leve como una nuez, hasta hacer correr la sangre.”
Estudió filosofía en la Universidad de Erfurt en un ambiente impregnado de ockhamismo. En 1505, tras haber conseguido el doctorado, entró en el convento de los ermitaños de san Agustín de Erfurt en cumplimiento de un voto que hiciera al verse en grave peligro con ocasión de una tormenta:Un día, volviendo de la casa paterna en ‘Mansfeld’ y en el camino, cerca del pueblo de Stotternheim, le sorprendió una tempestad, y un rayo cayó cerca de él, causándole tal impresión que fue aquel uno de los momentos más críticos y decisivos de su vida.
Se ordenó de sacerdote dos años después y fue llevado a Wittenberg, donde enseñó primero ética y después teología y exégesis, comentando sucesivamente los Salmos y diversas cartas de san Pablo. En 1510 fue enviado a Roma por motivos internos de su orden (los agustinos de Erfurt no veían con buenos ojos los planes del vicario general de unir varios monasterios reformados y no reformados por miedo a que la fusión de las dos ramas, estricta y mitigada, relajase la disciplina). Lutero expondría más tarde ocasionalmente la impresión fuertemente negativa que recibió en Roma, pero su narración hay que interpretarla críticamente a la luz de su evolución posterior. La verdad es que el joven agustino pidió a su provincial el poder quedarse más tiempo en Roma para continuar estudios, probablemente en el prestigioso estudio que en la Urbe tenía su orden ( y en el que estudiaron grandes figuras, como San Felipe Neri), pero le fue denegado el permiso. Entre 1515 y 1517 maduró la evolución psicológica del agustino y empezó a formularse la nueva doctrina. Diversos factores, especialmente la experiencia interna de Fray Martín y su unilateral formación teológica, influyeron de forma decisiva en este proceso.
13.06.10
Xu Guangqi nació en Shanghai en 1562. A la edad de 19 años, pasó la primera etapa del sistema chino de examen de servicio civil y recibió el grado de shengyuan (licenciatura). Sin embargo, no pasó el segundo grado, juren o maestría, hasta el 1597, e incluso entonces el conseguirlo fue casi un milagro. Cuando el jefe examinador ChiaoHung (1541-1620), preocupado por no poder encontrar a un candidato destacado para el “graduado número uno”, empezó a revisar los exámenes de los candidatos rechazados, sorprendiéndose al encontrar los excelentes ensayos de Xu Guangqi. Rápidamente elevado de la categoría de “no aceptado” a la posición “número uno", se convirtió en alguien bien conocido, pero le costó otros dos intentos en un período de siete años antes de pasar a la tercera etapa de jin-shi (doctorado), grado que obtuvo en 1604. A la edad de 42 años, obtenido el doctorado, estuvo por fin preparado para obtener posiciones importantes en el gobierno, cosa que ocurrió rápidamente.
Xu había nacido en una familia con problemas económicos. Aunque su abuelo había amasado una pequeña fortuna a través de relaciones comerciales, los terrenos de la familia habían sido saqueados por los piratas japoneses que habían atacado la zona de Shangai entre el 1551 y el 1557. La división de las propiedades de la familia entre los varios parientes llevó también a un mayor empobrecimiento. El padre de Xu se dedicaba a la agricultura y la enseñanza para llegar a fin de mes, mientras que su abuela y la madre aumentan los ingresos con el hilado y el tejido. Por pura necesidad, Xu combinó su preparación para los exámenes de la función pública con puestos de trabajo en la agricultura y la artesanía. Los rumores sobre nuevas incursiones de piratas japoneses también lo llevaron a prestar atención a los asuntos militares y estudiar los problemas de la defensa marítima.
Se dio cuenta de que la dinastía Ming era diez veces más débil militarmente que la cdinastía Song (Sung o Soong, 960-1279) que había sido conquistada por los Mongoles. La cuestión de cómo hacer la dinastía próspera y fuerte absorbió una gran parte de su pensamiento. Influido por las teorías tradicionales chinas, se convenció por el año 1597 que sólo a través del énfasis en la agricultura China podría ser próspera, y sólo a través de una adecuada formación y unas fuerzas militares bien equipadas la dinastía Ming podría ser fuerte. Según contaba su único hijo, Xu Guangqi albergaba un profundo sentido de patriotismo hacia la nación china. Con su interés en la agricultura, artesanía, tecnología y artes militares, poco a poco desarrolló un espíritu científico y una actitud innovadora. Su hijo dice que Xu Guangqi regularmente investigó las fuentes antiguas y evaluó los registros contemporáneos sobre la economía nacional. Tomaba notas voluminosas y reunió información variada en materia económica.
A comienzos del siglo XVII, la dinastía Ming era no sólo económicamente, y militarmente débil, sino también políticamente corrupta. Las habilidades de los emperadores habían ido degenerando y los eunucos habían ido ganando poder. Los funcionarios chinos eruditos estaban preocupados y el destino de la nación se convirtió en inquietud. Algunos de ellos formaron grupos partidistas para promover las reformas necesarias, otros se refugiaron en el interés por el budismo y el taoísmo. Es así como algunos ilustrados empezaron a interesarse por el Gran Oeste (Europa), del cual el misionero jesuita Matteo Ricci (1552-1610) y sus compañeros habían traído noticias a China a partir de 1583. Fue en este clima político e intelectual que Xu Guangqi se convirtió a la fe católica.
9.06.10
RODOLFO VARGAS RUBIO
La muerte sorprendió a Gregorio XI (en la imagen) en plenos preparativos para volver a Aviñón. Como su predecesor, el beato Urbano V, había llegado a la conclusión de que Roma seguía siendo una ciudad insegura y peligrosa y, por lo tanto, el regreso a ella había sido prematuro. A la sazón, el cardenal de Aragón tenía cincuenta años; estaba, pues, en plena madurez, madurez física e intelectual de la que dará clarísima muestra durante los acontecimientos que se avecinaban y en los que iba a tomar parte y ser protagonista con una lucidez y entereza únicas. El 7 de abril se inicia el cónclave que debe elegir al sucesor de Gregorio XI. Los auspicios no podían ser peores. El populacho se hallaba soliviantado ante el temor de que el papa elegido volviera a abandonar la Urbe, sobre todo porque la mayoría de los electores eran franceses (once de dieciséis presentes en Roma, hallándose otros siete en Aviñón). Los ánimos se encrespaban y los cardenales se hallaban atemorizados ante las amenazas –incluso de muerte– que les llegaban desde el exterior. La situación era indudablemente gravísima.
Existió un claro atentado contra la libertad de elección de los purpurados. La plebe exigía un papa romano o, al menos, italiano: Romano, romano lo volemo, o almanco italiano!, gritaban las turbas con furor desencadenado. El senador de Roma y los jefes de los doce rioni (distritos) instaban a los electores a satisfacer tales exigencias. El fragor de los tumultos llegaba hasta las celdas de éstos, que consideraron la necesidad de ponerse de inmediato de acuerdo en la designación del nuevo papa. A todo esto, hay que decir que una sola voz se elevó rehusando someterse a tan flagrantes coacciones y declarando que votaría a quien en conciencia tuviese por el candidato idóneo, pesara a quien le pesara y tanto si agradaba a los romanos como si no: la de don Pedro de Luna. Los cardenales acabaron eligieron a un prelado napolitano, súbdito de los Anjou: Bartolommeo Prignano, arzobispo de Bari. Al no ser miembro del Sacro Colegio (circunstancia que no se ha dado en los papas elegidos desde entonces), se hubo de mantener secreta su exaltación al Sumo Pontificado hasta obtener su aceptación, condición necesaria para dar aquélla por válida. Pero mientras se enviaba a buscarle, ocurrieron hechos que pueden calificarse de rocambolescos.
Como los romanos continuaban revueltos, el cardenal Giacomo Orsini quiso apaciguarlos indicándoles: “¡Id a San Pedro!”, con lo cual quería decirles que se congregaran en la Basílica Vaticana para esperar en ella al nuevo papa. Sin embargo, la plebe entendió que el elegido era el cardenal Francesco Tebaldeschi, arcipreste de San Pedro, y comenzó a reclamar su presencia. Para disipar la confusión, otro cardenal empezó a gritar “¡Bari, Bari!”, pero lo único que consiguió fue que las turbas asaltaran el palacio vaticano. En esta gravísima coyuntura, no se les ocurrió a los asediados mejor idea que la de presentar al cardenal Tebaldeschi revestido con el manto papal y las insignias pontificias como si efectivamente fuera el elegido al sacro solio. El anciano príncipe de la Iglesia, renuente a prestarse a la mistificación, no hacía más que negar con la cabeza mientras era aclamado. Pero, antes de que los romanos se dieran cuenta de la estratagema, los príncipes de la Iglesia pudieron abandonar su encierro y ponerse a seguro, aunque pronto se fue en pos de ellos para darles caza al grito de “¡Mueran los cardenales!”. Sólo la llegada del arzobispo de Bari y su entronización tras aceptar la elección papal con el nombre de Urbano VI, el 9 de abril, lograron que los ánimos se apaciguaran. Los romanos aclamaron a su nuevo señor y los purpurados respiraron aliviados… por poco tiempo, sin embargo.
4.06.10
RODOLFO VARGAS RUBIO
Illueca es hoy un municipio de la provincia de Zaragoza, al norte de Calatayud y al pie de las primeras estribaciones de la sierra del Moncayo y de la de la Virgen, en el pequeño valle del río Aranda. El clima es recio, pero no extremado, y los cielos mantienen una pureza cristalina gracias al cierzo que sopla desde las montañas y lo limpia de nubes. El paisaje, en general, es de una gran serenidad y de una belleza austera. Aquí nació en 1328 y se crió don Pedro de Luna, hijo de don Juan Martínez de Luna II y doña María Pérez de Gotor y Zapata, señores de Arándiga, Illueca y Gotor y pertenecientes ambos a familias de noble prosapia aragonesa, que rindieron grandes servicios a sus reyes. El castillo que aún hoy domina Illueca y era casa solariega de los Luna, se hallaba entonces en un enclave importante por estar cerca de la frontera con el reino de Castilla; era, por tanto, teatro propicio a correrías y escaramuzas.
El joven Pedro de Luna, como segundón que era de su familia, estaba destinado a la carrera eclesiástica. Fue, pues, a Montpellier, en cuya universidad cursó Derecho con el máximo aprovechamiento, consiguiendo el grado de doctor in utroque iure y la cátedra de Decretales. Se convirtió en un reputado canonista y, con el tiempo, llegaría a ser el mejor de su época, constituyendo su impecable e irrebatible argumentación jurídica el mejor sostén de la causa aviñonesa durante el Gran Cisma. En Montpellier bebió el clérigo aragonés la cultura amable y refinada que la corte provenzal había difundido por el Mediodía francés y que constituye un preludio del Humanismo. El mismísimo Petrarca, padre del movimiento, aunque suspirando por las antiguas glorias de Italia, vivió en la corte papal de Aviñón, arropado por el mismo ambiente amable y gentil que contribuyó a la formación de Pedro de Luna.
Parece cierto que llevaba una vida tranquila y desahogada gracias a algunos beneficios eclesiásticos de los que gozaba en Vich, Tarazona, Tortosa y Cuenca. Ello le permitía alternar sus estancias entre Montpellier e Illueca. En su tierra natal transcurrió temporadas más largas a partir de 1352, año en el que murió su padre. Ello le permitió ser testigo de las acciones que tuvieron lugar con ocasión de la guerra civil castellana, que enfrentaba a Pedro I el Cruel y su hermanastro Enrique el Bastardo, conde de Trastámara. El año 1367 tuvo lugar la batalla de Nájera, de la que don Enrique salió malparado, peligrando incluso su vida. Los Luna apoyaban al de Trastámara y fue precisamente Pedro quien ayudó le ayudó a substraerse a la persecución implacable de la gente del rey de Castilla, haciéndole cruzar la frontera de Aragón y conduciéndolo a través del reino bajo disfraz hasta ponerle a salvo en Francia, en tierras del conde de Foix. De allá regresó un año más tarde Enrique, con refuerzos y mayor fortuna, pues venció en Montiel a Pedro el Cruel, con lo que su casa quedó entronizada en Castilla.
31.05.10
En el año 862, los eslavos de Novgorod llamaron a Riurik para que los gobernara. Dos de sus compañeros Ascold y Dir, buscando fortuna se fueron de Novgorod al sur del país. A orillas del río Dnieper vieron la ciudad de Kiev y la conquistaron. Desde aquí, en le año 866, realizaron una incursión a Constantinopla. El emperador Miguel III y el patriarca Fotios elevaron sus oraciones a Dios, y, después del oficio de Vísperas realizado en el templo de Vlajern, salieron en procesión a las orillas del Bósforo. Durante la procesión sumergieron la vestimenta de la Virgen en las aguas del golfo. El mar, hasta ese momento tranquilo, repentinamente se agitó y destruyó las naves de los rusos. Muchos de ellos perecieron y los que pudieron volver a casa lo hicieron quedando muy impresionados por el hecho y este acontecimiento posteriormente originó la festividad del Manto de la Madre de Dios.
Al poco tiempo, llegó de Grecia a Kiev, un obispo quien comenzó a predicar a los rusos el Evangelio y a hablar de los milagros de Dios relatados en el Antiguo y Nuevo Testamento. Los rusos, al oír decir que los tres niños no se quemaron en el horno encendido de Babilonia (Dan. 3) interrumpieron al predicador y dijeron: “Si no vemos algo parecido, no creeremos en tu historia.” El obispo, después de rezar a Dios, se atrevió a poner el Evangelio en el fuego. El Evangelio permaneció intacto, hasta las cintas que marcaban las hojas preparadas para la lectura, no se quemaron. Debido al impacto de este milagro, muchos de ellos se bautizaron. Posteriormente sobre la tumba de uno de estos cristianos fue erigida la iglesia San Nicolás Milagroso.
Después de Riurik, su pariente Oleg gobernó el país. Oleg conquistó Kiev y realizó una campaña bastante exitosa contra Constantinopla (906) concertando un tratado muy ventajoso para Rusia, un contrato comercial con los griegos. El hijo de Riurik, Igor en el año 945, después de otra guerra, nuevamente concertó un tratado comercial en Constantinopla. Al relatar este hecho, el cronista recuerda que la guardia del príncipe juró en Kiev la observancia de este tratado: los paganos delante del ídolo Perún, y los cristianos — en la catedral de San Ilías. Esto indica que en Kiev, durante el gobierno de Igor hasta en su guardia había cristianos. La esposa de Igor, la princesa Olga se destacaba por su belleza, su castidad y su mente clara. Al enviudar, debido a la corta edad de su hijo Sviatoslav, gobernó la tierra rusa. Cuenta la crónica que para los enemigos de su patria era temible y terrible. El pueblo la amaba y la estimaba como a su propia madre por su misericordia, su sabiduría y su sentido de justicia. Santa Olga a nadie ofendía, juzgaba con la verdad, imponía los castigos con clemencia, amaba a los indigentes, a los ancianos y a los lisiados. Escuchaba, pacientemente toda petición que se le dirigía y complacía, gustosamente, las peticiones justas.
25.05.10
GEORGE WEIGEL (en “Testigo de esperanza“, Barcelona, 1999)
En 1965, al cierre del Vaticano II, había treinta y seis mil jesuitas. En 1975 la lenta captación de nuevos miembros y las renuncias al ministerio habían reducido la cantidad a veintinueve mil. Seguiría disminuyendo durante el resto de la década, y también en la de los ochenta, aunque en países como India se acelerase el reclutamiento. A pesar de ello, los jesuitas seguían constituyendo una influencia de primer orden entre las comunidades religiosas del catolicismo romano, tanto masculinas como femeninas. Históricamente habían desempeñado un papel protagonista, y tampoco faltaba quien considerase que la dirección que habían tomado desde el Vaticano II era el camino del futuro. A fin de cuentas había sido confirmada y refrendada con entusiasmo por la trigésima segunda congregación general de la Compañía, celebrada en 1974.
El 11 de diciembre de 1978, el general de la Compañía, el padre Pedro Arrupe, carismático vasco que se hallaba al frente de los jesuitas desde 1965, tuvo su primera audiencia con Juan Pablo II para jurar obediencia al nuevo Papa en representación de la orden. Diez meses más tarde, en la asamblea de presidentes de la Conferencia Jesuita (que se reunían una vez al año para acometer un análisis internacional de la Compañía), Juan Pablo se dirigió al grupo por invitación del padre Arrupe. El mensaje fue categórico, y sorprendió a los oyentes. Juan Pablo dijo que el escaso tiempo de que disponían le impedía enumerar todo lo positivo que estaba haciendo la Compañía. No obstante, Juan Pablo fue al grano: «Deseo deciros que habéis sido motivo de preocupación para mis predecesores, y que lo sois para el Papa que os habla.» Por si no bastara con tan rotundo desafío, el Papa envió al padre Arrupe unas palabras críticas destinadas a ser leídas a la jefatura jesuita por Juan Pablo I, cuya muerte lo había impedido. Dijo que estaba de acuerdo con todo.
En junio de 1979 el padre Arrupe empezó a mantener conversaciones confidenciales con los cuatro asistentes generales de la Compañía, sus asesores más directos, sobre la posibilidad de jubilarse. Les dijo que había sido elegido ad vitalitatem, no ad vitam (mientras tuviera vitalidad, no vida), y que sentía menguar sus energías. Seis meses después, el 3 de enero de 1980, Arrupe volvió a entrevistarse con el Papa para organizar otra reu¬nión, a la que acudiría con sus asistentes generales con objeto de que estos expusieran sus ideas sobre el porvenir de la Compañía y averiguaran cómo encajaban en las metas del pontificado. Juan Pablo estuvo de acuerdo, pero no se puso fecha a la reunión. El padre Arrupe siguió pensando en la dimisión. En febrero de 1980 comunicó a sus cuatro asistentes generales que ya no tenía dudas sobre su decisión de dimitir. Durante la primera semana de marzo pidió a los asistentes un voto consultivo sobre su dimisión, alegando la edad como motivo de peso suficiente, el que exigían las constituciones jesuitas. Después de una semana de reflexión oficial, los asistentes confirmaron que Arrupe contaba con motivos suficientes para la dimisión. Su veredicto fue comunicado al general por el primer asistente, un estadounidense, el padre Vincent O’Keefe. Siguiendo el procedimiento establecido, se consultó a los ochenta y cinco provinciales jesuitas repartidos por todo el mundo, y el sí obtuvo una mayoría abrumadora.
20.05.10
En el seno de una noble familia de Mayorga, antiguo reino de León, España, nacía el 16 de noviembre de 1538 Toribio Alfonso de Mogrovejo. Sus padres, don Luis de Mogrovejo y doña Ana de Robledo y Morán, pertenecían a la más distinguida estirpe de la comarca, que en aquellos tiempos de fe sumaba al aprecio por sus derechos y privilegios el celo por la integridad de la fe y la pureza de las costumbres. A los doce años Toribio fue enviado por sus padres a estudiar a Valladolid, donde destacó por sus virtudes y sus dotes intelectuales.
Después de algunos años, teniendo en vista su gran apetencia por el estudio del Derecho civil y eclesiástico, se trasladó a la famosa Universidad de Salamanca. Allí recibió la benéfica influencia de su tío Juan de Mogrovejo, profesor en dicha Universidad y en el Colegio Mayor de San Salvador en Oviedo. Habiendo sido invitado por Don Juan III, Rey de Portugal, a enseñar en Coimbra, Juan de Mogrovejo llevó consigo a su sobrino, y ambos residieron algunos años en esa renombrada universidad portuguesa.
De vuelta a Salamanca, su tío falleció poco después del regreso. Toribio resolvió seguir la carrera de éste, tornándose profesor en el Colegio Mayor de San Salvador de Oviedo. Su vida austera y sus penitencias de tal modo llamaron la atención que algunos de sus amigos ponderaron que aquella vida podría terminar por perjudicarle la salud, sin mayor provecho espiritual, pues muchos podrían juzgar que él practicaba aquellas penitencias por ostentación. El argumento, que aquello podría desedificar a otros, fue decisivo para que Toribio concordase en moderar sus austeridades. En esa época emprendió una peregrinación a Santiago de Compostela, en trajes de peregrino, pidiendo limosnas.
En 1575, tal vez por influencia de uno de sus amigos, Diego de Zúñiga, fue nombrado por Felipe II para el cargo de Inquisidor en Granada, que desempeñó con sabiduría, prudencia justicia y rectitud, de modo que noticias suyas llegaron pronto al Rey. Y ocurrió que, estando vacante la sede episcopal de Lima tras la muerte en 1575 de su primer Arzobispo, Jerónimo de Loaysa, sobre el que hemos hablado abundantemente en esta página web, en 1578 Felipe II comunicó a Toribio su intención de presentarlo al Papa Gregorio XIII para ocupar el Arzobispado de la Ciudad de los Reyes. Toribio vacilaba en aceptar tal propuesta, y escribió al Rey y al Consejo de Indias renunciando a la misma. Pero después, cediendo a los argumentos de sus amigos y colegas de la Universidad, terminó por aceptarla, pues ellos lo convencieron de que esa era la voluntad divina.
Sacerdote de la diócesis de Getafe (Madrid).