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1.10.26

Filosofía y teología del Mas Allá: Los signos físicos que precederán al juicio final

Las quince señales[1]

La cuestión siguiente del Suplemento de la Suma teológica está dedicada al estudio las señales de tipo físico que precederán al juicio. En los tres artículos en que se divide, se intenta averiguar: «si la venida del Señor a juicio será precedida de algunas señales; si realmente el sol y la luna deberán oscurecerse; si las potestades celestes se conmoverán con la venida del Señor»[2].

Sobre las señales precursoras del juicio, santo Tomás enumera las atribuidas a san Jerónimo, según dijo san Pedro Damián, en el siglo XI y que popularizó Gonzalo de Berceo en la primera mitad del XIII. Al comenzar el artículo primero escribe el Aquinate que, antes de la venida del Señor para el juicio universal: «Se dice: «Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas» (Lc 21, 25)».

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15.09.26

Filosofía y teología del Mas Allá: Las oraciones de los santos

Eficacia de las oraciones de los santos[1]

En el artículo tercero de esta cuestión dedicada a las oraciones de los santos, se trata el problema de si son siempre escuchadas las oraciones de los difuntos que están en el cielo y que si en todos los casos son eficaces. Podría decirse que no lo son o no siempre e intentar probarlo con varios argumentos.

El primero, porque: «Pues de ser escuchadas, con mayor razón escucharía Dios lo que ellos piden para sí. Y en esto no son escuchados, pues se dice que a los mártires que pedían venganza de quienes están en este mundo se «les contestó que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus hermanos» (Ap 6, 10-11). Según esto, menos serán escuchados en lo que piden para otros»[2].

La argumentación no es válida, porque, observa Santo Tomás: «Dicha oración de los mártires no es otra cosa que su deseo de alcanzar la túnica del cuerpo y entrar en la sociedad de los santos que se han de salvar y la aceptación de la disposición de la justicia divina de castigar a los malos. Por esto dice la Glosa sobre estas palabras: «Hasta cuándo, Señor…» (Ap 6, 10): «Desean un gozo mayor y la convivencia con los santos y el cumplimiento de la justicia divina» (Glosa ord.)»[3].

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1.09.26

Filosofía y teología del Mas Allá: Intercesión de los santos

La causalidad de los santos[1]

El artículo siguiente está dedicado a las peticiones a los santos. Santo Tomás sostiene en el mismo que: «Según Dionisio: «el orden establecido por Dios es que las cosas todas vuelvan a Él por sus medios últimos» (La jerarquía eclesiástica, c. 5, p. 1, 4). Así, pues, como los santos del cielo son los más cercanos a Dios, el orden de la ley divina requiere que nosotros, que peregrinamos hacia Dios unidos al cuerpo, volvamos a Él mediante los santos; lo que sucede al comunicársenos su divina bondad mediante ellos».

Los santos, los bienaventurados que están en el cielo, son un medio por el que Dios nos transmite bienes, porque ellos se los han pedido para nosotros, y regresamos a Él para continuar obtener más por medio de ellos. De manera que: «como nuestra vuelta a Dios ha de estar en consonancia con el proceso de bondades que nos ha dispensado, así como mediante los ruegos de los santos nos llegan los beneficios divinos, así también debemos volver a Dios para recibir nuevamente sus beneficios mediante los santos. Por eso los elegimos intercesores nuestros ante Dios, y como mediadores, cuando les suplicamos que rueguen por nosotros»[2].

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18.08.26

Filosofía y teología del Mas Allá: Oraciones a los santos

El culto a Dios y a los santos

En la cuestión siguiente, santo Tomás trata de la oración de los santos que están en el cielo. En cada uno de sus tres artículos se ocupa de si a los santos les llegan las oraciones que les dirigimos, si hay que pedirles que rueguen a Dios por nosotros, y si son siempre atendidas sus oraciones por Dios.

Las tres preguntas suponen su veneración o reverencia, pero no adoración. Se entiende por adoración, el acto interno de reconocimiento de la excelencia infinita y de la soberanía de Dios. Supone también el acto externo de manifestar y «testimoniar reverencia a Dios»[1].

Es innegable que «a Dios se le debe reverencia por su excelencia, pero ésta se encuentra comunicada en algunas criaturas, pero no en condiciones de igualdad, sino de participación. Es distinta, por lo tanto, la veneración a Dios, que es culto de latría, y la veneración a la excelencia de las criaturas que es de dulía»[2], una simple veneración, pero sin adoración.

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3.08.26

Filosofía y teología del Mas Allá: Las indulgencias

Los sufragios de los pecadores[1]

En el artículo siguiente, Santo Tomás trata de la validez de sufragios que hacen los malos. Para determinarla, considera dos aspectos de estos sufragios. Primero: «la obra en cuanto obra, como el sacrificio del altar. Y, pues nuestros sacramentos tienen eficacia por sí mismos independiente de la acción del que obra, cualquiera que sea el que la realiza, en cuanto a esto, aprovechan a los difuntos los sufragios de los pecadores».

Segundo: en cuanto a la obra del que obra. Y entonces hay que distinguir, porque la acción del pecador, haciendo sufragios, puede considerarse de una manera en cuanto que es suya, y de esta suerte, en absoluto puede ser meritoria ni para sí ni para otro».

De otra manera: «en cuanto que es de otro, lo cual puede suceder doblemente: en cuanto que el pecador, al hacer sufragios, representa a toda la iglesia, como el sacerdote que recita en la Iglesia las exequias de los difuntos. Y, pues, él entiende en realizarlas en su nombre o en su lugar, como prueba Dionisio (Jerarquía celeste, c, 13, 4), de aquí que los sufragios de dicho sacerdote, aunque sea pecador, valen para los muertos.

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