Filosofía y teología del Mas Allá: Los sacramentos de la antigua ley
Los sacramentos antiguos[1]
En la cuestión de la Suma teológica sobre la necesidad de los sacramentos, después de dedicar el artículo segundo a mostrar que no eran necesarios en el estado precedente al pecado original, se ocupa en el siguiente a averiguar si lo fueron en el estado posterior al pecado y anterior a la venida de Cristo
Como se probó en el artículo anterior, en el estado de inocencia, cuando el pecado no existía, el hombre necesitaba la gracia, que le infundía directamente Dios, para que se santificara, fuera puro y confirmado en el bien, y así alcanzara la gloria. En cambio: «después del pecado nadie puede santificarse a no ser por Cristo, «a quien Dios ha puesto como sacrificio de propiciación, mediante la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, pues Él es justo y justifica a todo el que cree en Jesucristo» (Rm 3, 25)».
Hay necesidad de la gracia de Cristo tanto antes como después de su advenimiento. De manera que en el estado de pecado que precedió a la muerte de Cristo: «era necesarioque antes de la venida de Cristo hubieraalgunos signos sensibles mediante los cualesel hombre atestiguase su fe en la venida futura del Salvador. Tales signos se les llama sacramentos. Luego antes de la venida de Cristo fue necesarioinstituir algunos sacramentos»[2], que como tales confirieran la gracia y con ella la salvación.
Debe admitirse también que, en el estado de pecado, era necesario o muy conveniente la existencia de los sacramentos, porque: «como dice San Agustín en la Réplica a Fausto, el maniqueo: «los primeros sacramentos, que se celebraban y practicaban según la ley, eran anuncios del Cristo, que iba a venir»(XIX, c.13). Pero era necesario para la salvación del hombre que la venida de Cristo fuera anunciada. Luego era necesario establecer ciertos sacramentos antes de Cristo»[3].
En este lugar, indica seguidamente San Agustín que: «cuando Cristo los hizo realidad con su venida, desaparecieron, y desaparecieron porque estaban cumplidos, pues no vino a abolir la ley, sino a darle cumplimiento. Hay otros que fueron instituidos con valor superior, con mayor utilidad, más fáciles de cumplir, menos en número, como revelados con la justicia de la fe y para los hijos llamados a la libertad, una vez eliminado el yugo de la servidumbre (Ga 5, 1,13), adecuado a un pueblo duro y entregado a la carne»[4].
Sin embargo, podría objetarse a esos argumentos que no hubo necesidad de estos sacramentos después del pecado original y antes de Cristo, porque: «si como se ha dicho en el artículo primero de esta cuestión, que trata de su necesidad en general, los sacramentos aplican a los hombres la pasión de Cristo, y por eso la pasión dice a los sacramentos relación de causa a efecto. Pero el efecto no precede a la causa. Luego, antes de la pasión de Cristo, no debió haber sacramentos»[5].
Santo Tomás confirma y precisa su tesis al responder: «La pasión de Cristo es causa final de los sacramentos antiguos, pues fueron instituidos para significarla. La causa final no precede en el tiempo, sino sólo en la intención del que obra. Y, por tanto, no hay inconveniente en que antes de la pasión de Cristo hubiera algunos sacramentos»[6]. Todos los sacramentos, por tanto, guardan relación con Cristo que es su causa, para los sacramentos antiguos su causa final, para los nuevos, su causa eficiente; y en las dos épocas del Antiguo Testamento por la fe en la llegada del Salvador.
Los sacramentos de la ley natural
Si por estar causados por Cristo, tanto los antiguos como los nuevos, unos como causa final y otros eficiente, y como sacramentos confieren la gracia de Cristo, podría parecer que no son distintos. Únicamente se diferenciarían en cuanto a su ritual. Una diferencia accidental que se explica porque: «los sacramentos, como demuestra san Agustín en Réplica a Fausto, el maniqueo (XIX, c.16, 17) deben adaptarse al estado del género humano. Pero el género humano no cambió después del pecado hasta la reparación llevada a cabo por Cristo. Luego tampoco los sacramentos debieron ser cambiados instituyendo en la ley de Moisés otros diferentes de los de la ley natural»[7].
Se indica, por tanto, que, en este sentido, existieron dos épocas en el Antiguo Testamento: la época de la ley antigua o época de la «ley natural», desde el pecado de Adán hasta Moisés. En esta primera época se dieron dos períodos: el primero, hasta la elección del pueblo de Israel con Abraham hacia el año 2100 a. de C.; el segundo desde este primer patriarca hasta Moisés, hacia el año 1500 a. de C. La segunda época fue la de la ley escrita o la época de «ley de Moisés», que llega hasta el Nuevo Testamento con el advenimiento de Jesucristo, con la ley evangélica. Los sacramentos, por lo menos, en las épocas de la ley natural y de la ley escrita parece que deberían ser los mismos.
Santo Tomás, aunque afirma que en las dos épocas hubo sacramentos, niega que fueran idénticos. La razón es porque: «En el estado del género humano, después del pecado y antes de Cristo, se puede considerar bajo doble aspecto. El primero, desde el punto de vista de la fe. En este sentido, este estado fue siempre el mismo, ya que los hombres se justificaban por la fe en la venida futura de Cristo». La salvación del hombre pecador en toda época siempre es por Cristo, y en este modo no hay cambio alguno.
Hay un segundo aspecto, porque: «se puede atender a la intensidad o atenuación del pecado y del conocimiento explícito de Cristo, pues a medida que pasó el tiempo el pecado comenzó a dominar más sobre el hombre, en tal grado que, oscurecida su razón para vivir rectamente, no bastaban al hombre los preceptos de la ley natural, sino que fue necesario determinarlos con una ley escrita, y proponer con ellos algunos sacramentos de la fe»[8].
En el primer período de la primera época del Antiguo Testamento los sacramentos no estaban determinados, pues: «En el estado de la ley natural, los sacramentos no requerían realidades determinadas, sino que se empleaban las ofrecidas libremente»[9].
Se explica, porque: «Según San Agustín a cada tiempo corresponden sacramentos distintos, de la misma manera que en los verbos para indicar presente, pretérito y futuro, se utilizan diferentes formas verbales (Réplica a Fausto, el maniqueo, XIX, 16). En el estado de la ley natural, sin necesidad de un precepto externo, los hombres se movían a dar culto a Dios por un instinto interior y en virtud del mismo determinaban las cosas que se debían emplear en el culto divino»[10].
En su propia conciencia se revelaba la ley natural, que conocía el hombre por «la impresión de la luz divina en nosotros»[11], que tenía, por tanto, su origen en Dios, que la ha impreso en el alma humana. «Sin embargo, después fue necesario promulgar una ley externa, no solo porque los pecados de los hombres habían oscurecido la ley natural, sino también para significar en forma más clara la gracia de Cristo por la que se santifica el género humano».
Además, para ello: «fue también necesario determinar las cosas que los hombres habían de emplear en los sacramentos. Esto, sin embargo, no estrechaba el camino de la santificación, ya que las cosas necesarias para los sacramentos comúnmente se tienen o se pueden adquirir con poco esfuerzo»[12].
Número de los sacramentos
La determinación de los sacramentos asimismo se dio en el contenido de la fe, porque: «También era necesario que con el correr del tiempo se explicitase más el conocimiento de la fe, puesto que, como dice San Gregorio: «Con el progreso de los tiempos se acrecentó el conocimiento divino» ( Hom. Ezequiel, l. 2, hom. 4). Y ésta es la razón de que en la ley antigua se estableciesen ciertos sacramentos de la fe que se tenía en el Cristo futuro. Estos, respecto de los sacramentos anteriores a la Ley, son como lo determinado respecto de lo indeterminado, ya que antes de la Ley no se señalaron como en la Ley los sacramentos que el hombre había de practicar. Y este progreso era necesario no sólo por el obscurecimiento de la ley natural, sino también para que hubiera una significación más precisa de la fe»[13].
No se conocen todos estos sacramentos, indeterminados en su materia y en la fe que le acompañaba. Santo Tomás considera que: «Antes de la ley escrita existían algunos sacramentos de necesidad, como el sacramento de la fe, que se ordenaba a la eliminación del pecado original; la penitencia, que se ordenaba a la eliminación de los pecados actuales; e igualmente el matrimonio, que se ordenaba la multiplicación del género humano»[14].
El «sacramento de la fe» o el denominado «remedio de la naturaleza», que borraba el pecado original, como haría después la circuncisión, era una profesión de «la fe en Cristo, que había de venir» y «que justificaba, tanto a los niños como a los adultos». A diferencia de la circuncisión posterior: «no se exigía un signo exterior declarativo de esa fe, porque los fieles aún no habían comenzado a formar comunidad separadamente de los infieles para el culto del único Dios».
Sin embargo, existía alguna acción exterior, porque, por una parte: «es probable que los padres fieles dirigiesen a Dios algunas plegarias y empleasen alguna bendición con sus hijos, sobre todo en peligro de muerte; esas oraciones y bendiciones eran una especie de «testimonio de su fe». Por otra, es factible que: «también los adultos ofreciesen oraciones y sacrificios en favor de sí mismos»[15].
En cuanto al «sacramento de la penitencia» para borrar los pecados personales, indica santo Tomás que: «según Hugo de San Víctor (Sacram., l. I, p. II, c. 2), los sacramentos de la antigua ley fueron las oblaciones, los diezmos y los sacrificios»[16].
De manera que: «en la ley natural como en la ley mosaica, las oblaciones y los diezmos no sólo tenían por fin sustentar a los ministros del culto y a los pobres, sino que también tenían un simbolismo, y por esta causa eran sacramentos»[17]. Significaban la fe en el futuro salvador.
En el segundo período de la primera época, la de la ley antigua o de la ley natural, con la elección del pueblo de Israel se mantuvieron estos últimos sacramentos, pero el sacramento de la fe fue sustituido por el de la circuncisión, promulgado directamente por Dios a Abrahán. Como se ha escrito: «Hasta ahora no habría acto alguno prescrito por Dios, sino libre e indeterminado, de acuerdo con las prácticas religiosas de la época. Y así continuó para todos los pueblos paganos en la antigua alianza. Más elegido, Abraham, padre del linaje del pueblo escogido, al formalizar el pacto y comenzar el cumplimiento de la promesa, estableció Dios una señal, la circuncisión»[18].
Hasta Abraham, los hombres con los sacramentos podían unirse al futuro redentor y también podían hacerlo en substitución de sus hijos. Conla circuncisión, impuesta por el mismo Dios, no solamente había allegados a Dios, sino que ahora constituían un pueblo elegido, el del linaje de Abraham, padre de este pueblo y al que se promete que uno de sus descendientes será el Redentor[19].
El sacramento de la circuncisión era la señal del pacto y el inicio de la promesa de Dios, el signo distintivo del pueblo de Israel y la señal que le recordaba que no debían seguir las malas inclinaciones, heredadas de Adán, sino obedecer al mandato de «circuncidad vuestros corazones»[20]. Evocaba, por tanto, la obligación de tener un alma pura, o como le dijo Dios a Abraham: «camina en mi presencia y sé perfecto»[21].
Los sacramentos de la ley escrita
En la época de la ley mosaica o escrita, que va desde Moisés hasta Cristo, hubo también verdaderos sacramentos. Se continuó con la circuncisión, que se observaba desde Abraham y que solo había sido dada al pueblo judío al igual que la ley. Tenían cuatro sacramentos. El primero era la circuncisión; el segundo, el cordero pascual; el tercero, los varios modos de expiar los pecados; y el cuarto, la consagración de los sacerdotes[22].
Podría decirse que continuaba existiendo el sacramento primitivo de la fe o del remedio de la naturaleza, pero sólo para los niños que no llegaban al octavo día, ya que antes no se podían circuncidar, tal como prescribía la ley. No obstante: «se conseguía la salud con más perfección y seguridad mediante las observancias de la ley que con la sola ley natural»[23].
De ahí que, como explica santo Tomás, la ley escrita «contenía preceptos de ley natural, a los cuales añadía otros particulares. Cuanto, a los primeros, todos los hombres estaban obligados a su observancia, no en virtud de la ley mosaica, sino de la misma ley natural. Cuanto, a los otros preceptos añadidos por la ley antigua, no obligaban sino a sólo el pueblo judío»[24].
Acaso pareciera que esta ley añadida fue dada sólo al pueblo judío, porque: «mientras los demás pueblos se dejaban llevar de la idolatría, sólo el pueblo judío permaneció fiel al culto de Dios único verdadero, y, por tanto, que los otros pueblos eran indignos de recibir la ley». Sin embargo: «esta razón no parece valedera, ya que aquel pueblo, aun después de recibir la ley, se dio a la idolatría, lo que es más grave».
Tampoco: «fue por los méritos de Abrahán por los que se le hizo tal promesa, que Cristo nacería de su descendencia, sino por la gratuita elección y vocación de Dios. Por lo cual se dice en Isaías: «¿Quién lo ha suscitado del lado de levante y en su justicia lo llamó para seguirle? (41, 2). Es, pues, manifiesto que por sola la gratuita elección de Dios recibieran los patriarcas la promesa, y el pueblo nacido de ellos recibió la ley, según lo que se dice en el Deuteronomio: «De en medio del fuego has oído sus palabras, porque amo a tus padres y eligió después de ellos su descendencia» (4, 36)».
Añade: «Si todavía quisiéramos insistir y buscar la razón de por qué ése y no a otro pueblo haya sido elegido para que él naciese Cristo, habremos de responder con San Agustín: «Por qué atraiga a éste y no aquél, no te atrevas a juzgar, si no quieres incurrir en el error» (Trat. Evang. S. Juan, Tr 26)»[25].
Por último, debe precisarse que los sacramentos del Antiguo testamento porque manifestaban la fe o unión con el futuro Mesías y expresaban el arrepentimiento por los propios pecados, causaban la gracia como causa ocasional y, con ella, obtenían su perdón. Por tanto, con su aplicación no la conferían por sí mismos, sino como ocasión para suscitar la fe en el Mesías, que tenía que venir, y, por ella, obtener su gracia.
También quienes recibían estos sacramentos se les quitaba el pecado original, pero sólo en cuanto a sus efectos individuales, no, en cambio, los de su naturaleza humana. De manera que se les: «borraba el pecado original por lo que se refiere a sus consecuencias individuales; más para entrar en el reino de los cielos persistía el obstáculo por parte de toda la naturaleza, el cual fue quitado por la pasión de Cristo»[26].
Además, tampoco quedaban borradas todas las penas por los pecados personales. Estos dos obstáculos, no les permitían entrar en el reino de los cielos hasta la redención. Sus almas, privadas aún de la gloria, se encontraban en el lugar especial, limbo de los patriarcas o seno de Abraham.
Eudaldo Forment
[1] Luca Signorelli, La circuncisión (1490-1491)
[2] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, III, q. 61, a. 3, in.
[3] Ibíd., III, q. 61, a. 3, sed c.
[4] SAN AGUSTÍN, Réplica a Fausto, el maniqueo, XIX, c. 13.
[5] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, III, q. 61, a. 3, ob. 1..
[6] Ibíd., III, q. 61, a. 3, ad 1.
[7] Ibíd., III, q. 61, a. 3, ob. 2.
[8] Ibíd., III, q.61, a.3, ad 2.
[9] Ibíd., III, q. 60, a. 5, ob. 3
[10] Ibíd., III, q. 60, a. 5, ad 3.
[11] Ibíd, I-II, q. 91, a. 2, in c.
[12] III, q. 60, a. 5, ad 3.
[13] Ibíd., III, q. 61, a. 3, ad 2.
[14] IDEM, Comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo, IV, d. 1, q. 1, a. 2, qc. 2, ad 2.
[15] Ibíd., III, q, 70, a. 4, ad 2.
[16] Ibíd., III, q. 65, a. 1, sed c. 2.
[17] Ibíd., III, q. 65, a. 1, ad 7.
[18] Véase: I. SHCUSTER-J.B. Holzammer, Historia bíblica., Barcelona, Editorial Litúrgica Española, 1946, 2 vols., v. I, p. 163.
[19] Cf. Ibíd.
[20] Dt 10, 16.
[21] Gn 17, 1.
[22] Ibíd., I-II, q. 102, a. 5.
[23] Ibíd., I-II, q. 98, a. 5, ad 3.
[24] Ibíd., I-II, q. 98, a. 5, in c.
[25] Ibíd., I-II, q. 98, a. 4, in c.
[26] Ibíd., III, q. 70, a. 4. ad 4.
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