Filosofía y teología del Mas Allá: Naturaleza del purgatorio

El dogma del purgatorio[1]
La existencia del purgatorio fue declarada verdad dogmática de fe en el II Concilio ecuménico de Lyón, en 1274, al que tenía que existir Santo Tomás, pero murió extrañamente mente cuando se dirigía al mismo. En la profesión de fe, que fue propuesta por el Concilio a los ortodoxos, se decía sobre los difuntos: «Y si verdaderamente arrepentidos murieren en caridad antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por sus comisiones y omisiones, sus almas son purificadas después de la muerte con penas purgatorias o purificadoras. Y para alivio de esas penas les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, a saber, los sacrificios de las misas, las oraciones y limosnas, y otros oficios de piedad, que, según las instituciones de la Iglesia, unos fieles acostumbran a hacer en favor de otros»[2].
Después, en el Concilio de Florencia en 1439, se definió que: «Si los verdaderos penitentes salieren de este mundo antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y omitido, sus almas son purgadas con penas purificatorias después de la muerte, y para ser aliviadas de esas penas les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, tales como el sacrificio de la misa, oraciones y limosnas, y otros oficios de piedad, que los fieles acostumbran practicar por los otros fieles, según las instituciones de la Iglesia»[3].
Asimismo, el Concilio de Trento, en 1547, en el canon 30 del Decreto de la justificación, frente al error protestante, definió: «Si alguno dijere que, después de recibida la gracia de la justificación, de tal modo se le perdona a todo pecador arrepentido la culpa y se le borra el reato de la pena eterna, que no le queda por pagar reato alguno de pena temporal en esta vida o en la futura en el purgatorio, antes de que se le puedan abrir las puertas del reino de los cielos, sea excomulgado»[4].
Años después, en 1563, año de finalización del Concilio, en el Decreto sobre el purgatorio, se promulgó: «Habiendo la Iglesia católica, ilustrada por el Espíritu Santo, conforme a la Sagrada Escritura y la antigua tradición de los Santos Padres, enseñado en los sagrados concilios y últimamente en este concilio ecuménico, que existe el purgatorio y que las almas en él detenidas son auxiliadas con los sufragios de los fieles, y principalmente con el aceptable sacrificio del altar: manda el santo concilio a los obispos procuren con suma diligencia que la sana doctrina acerca del purgatorio, transmitida por los santos padres y los sagrados concilios, se crea y se conserve por los fieles cristianos, y que sea enseñada y divulgada por todas partes.»[5].
También en el Catecismo de la Iglesia Católica se dice: «Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo»[6].
El purgatorio en la Escritura
Se podría negar la necesidad de la existencia del purgatorio, por negar a su vez satisfacción de la pena del pecado ya perdonado en este mundo y de la satisfacción en el otro. Con ello, se piensa, como notaba Newman que el pecado: «se perdona en cuanto deja de ser cometido; o, en otras palabras, que la enmienda ya constituye una expiación»[7]. Por ello, no habría necesidad de satisfacer ni, consecuentemente, la existencia del purgatorio.
Este presupuesto no es verdadero, pues «el Señor mantiene su ira sobre los malvados». De manera que: «su amor no excluye necesariamente su cólera, ni su favor excluye su severidad, como no lo hace su gracia con su justicia. Cómo reconcilia estos extremos, no lo sabemos: lo más que sabemos es que aquel que abandona su vida de pecado, y por la acción de la gracia vuelve a Él, se atrae su favor y obtiene lo necesario para su situación actual; pero que todo su pasado se vea inmediatamente perdonado, eso no lo sabemos»[8].
De manera que puede afirmarse que: «un hombre puede gozar del favor divino sin que sus pecados estén enteramente perdonados; que la fe puede devolverle, a él como persona, el favor divino, pero que una dilatada penitencia es el único remedio capaz de curarlo de sus pasados extravíos»[9].
Muchos textos de la Escritura lo confirman. En el Antiguo Testamento se lee sobre Adán: «La Sabiduría guardó a aquel que fue formado por Dios, el primer padre del mundo habiendo sido creado solo; y le sacó de su pecado»[10]. Sin embargo, no le quito el castigo o pena temporal, porque por su pecado le dijo: «maldita será la tierra por tu causa; con fatigas comerás de ella todos los días de tu vida»[11].
A Moisés y a Aarón, Dios les perdonó una culpa, pero les castigó. Su pecado consistió en la duda, que trascendió al pueblo, de un del mandato de Dios. Ante su petición de agua en el Tabernáculo, Dios le dijo a Moisés: «Toma la vara y congrega al pueblo, tú y tu hermano Aarón. Hablen a la peña en presencia de todos y ella dará agua, que beberá toda la multitud y el ganado»[12].
Ante la falta de agua, el pueblo se había rebelado, rrebelarse como cuarenta años atrás, ya muy cerca de entrar en la tierra prometida, y no creyeron que por ello Dios obrará este nuevo milagro. Esta duda se manifestó en el doble golpe que dio Moises a la piedra con su vara, de la que salió abundante agua[13]. Entonces: «Dijo el Señor a Moisés: «por cuanto no me habéis creído para glorificarme delante de los hijos de Israel, no introduciréis este pueblo en la tierra que les daré»[14].
Después Moisés, poco antes de morir, unos mil quinientos años, antes de Cristo, confesó ante todo el pueblo de Israel: «Rogué al Señor diciendo. «Señor, Dios, tú comenzaste a mostrar a tu siervo tu grandeza y el poder de tu mano. Porque no hay otro Dios, ni en el cielo ni en la tierra, que puede hacer tus obras y proezas, ni compararse contigo en fortaleza. Permíteme, te lo ruego, pasar ver esta hermosa tierra de la otra parte del Jordán, esa bella montaña y el Líbano». Pero el Señor estaba enojado conmigo por vuestra causa y no me escuchó, sino que me dijo: ¡Basta ya! ¡No me hables más de esto!»[15].
Moisés murió frente a toda la tierra prometida, en el monte Nebo, en donde le dijo el Señor: «Esta es la tierra que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: «la daré a tu linaje». La has visto con tus ojos, pero no pasarás a ella»[16].
En el Segundo libro de Samuel, se cuenta que quinientos años David cometió el pecado de condenar a muerte a Urías, uno de sus militares del cuerpo de élite, que luchaba contra los amonitas, ordenando que se le abandonara en un combate para que muriese, y así continuar y ocultar sus relaciones adulteras con su mujer Betsabé. Enojado por su pecado: «el Señor envió a Natán ante David y cuando llegó a su presencia le habló».
En su reproche le dijo: «Has matado a espada a Urías, el hitita; has tomado su mujer como esposa tuya y lo has matado con la espada de los amonitas. Por todo esto, por haberme despreciado y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita, la espada no se apartará nunca de tu casa. Así dice el Señor: «Suscitaré el mal en tu casa»[17].
David dijo a Natán: «He pecado contra el Señor». Este acto de arrepentimiento le fue provechoso, porque «Natán le respondió: ‘El Señor ya ha perdonado tu pecado. No morirás. Pero, por haber ofendido al Señor con esta acción, el hijo que te ha nacido morirá»[18]. Se le borró la culpa, al ser perdonado de su pecado, tenía que sufrir un castigo, una pena por el mismo.
Lo que hizo entonces David fue: «suplicar a Dios, realizó actos de penitencia, de manera que la vida de fe y oración que en él había sido restaurada pudiera constituirse en pararrayos de la ira divina». Aunque, sin embargo, a los siete días murió el niño.
De manera que, como nota Newman sobre este pasaje: «David fue restaurado en la amistad con Dios, pero no escapó al castigo». A quien se le ha perdonado su pecado, haya recuperado la amistad con Dios, y se digne a concederle nuevos bienes, no puede tener la seguridad del perdón de toda la pena. «Queda pues en pie saber si todavía le queda un remanente de la deuda contraída por sus pecados pasados, y si estos siguen operando en contra suya (…) Dios puede perdonarnos, lo mismo que puede castigarnos»[19], en esta vida o en la otra, e incluso en ambas.
También se encuentra la misma doctrina en el Nuevo Testamento. Como explica Garrigou-Lagrange: «Jesús y los apóstoles predicaron la necesidad de la penitencia y de las buenas obras satisfactorias para la expiación de los pecados redimidos. San Pablo habla «de las fatigas de las vigilias, de los ayunos» (2 Cor 11, 27), que la Iglesia consideró siempre como «dignos frutos de penitencia» (Mt 3, 8), según la sentencia del precursor. Se lee con frecuencia en la Sagrada Escritura que la limosna libra de la pena debida al pecado».
Estas buenas obras: «presuponen, por consiguiente, el estado de gracia o la remisión de los pecados, y constituyen una reparación. Hasta en el orden natural no es suficiente que el que haya raptado la hija del Rey la restituya. No basta cesar de pecar, y ni siquiera arrepentirse; hace falta que el orden de la justicia, una vez violado, sea restablecido con la voluntaria aceptación de una pena compensatoria»[20].
Las penas del purgatorio
Según la explicación de santo Tomás, como concluye Garrigou-Lagrange en este lugar: «La razón principal de la existencia del purgatorio es (…) la necesidad de una satisfacción por nuestros pecados, tanto mortales como veniales, ya remitidos. En el purgatorio hay una satisfacción voluntaria, que suple lo que ha faltado en la Tierra como satisfacción propiamente dicha»[21].
Sobre este voluntario deseo de satisfacer en el purgatorio, en su famoso poema El sueño de Geroncio, le dice un ángel a un alma antes de ser juzgada: «Querrás escabullirte y esconderte a su mirada, // experimentando, a pesar de ello, un vivo anhelo // de morar en la belleza de su rostro. // Estas dos penas tan contrarias y acuciantes: // ansias por Él cuando tú ya no lo veas, // vergüenza de ti mismo al pensar que has de mirarle // serán tu purgatorio, más cumplido, más acerbo»[22].
También escribe Lewis que: «Nuestras almas exigen el purgatorio. ¿No es así? ¿No se nos rompería el corazón si Dios nos dijera: «Es verdad, hijo mío, que tu aliento huele y tus harapos gotean barro y limo, pero aquí somos benévolos y nadie te censurará estas cosas ni se apartará de ti. Entra en el gozo?» ¿No responderíamos: «Con sumisión, Señor, y si no hay ningún inconveniente, primero preferiría que se me limpiara» «Eso puede doler, ¿sabes?» «Aun así, Señor»[23].
Prueba santo Tomás que el resto de este reato se satisface en el purgatorio, porque: «quien es deudor de alguien queda libre de la deuda cuando la paga. Y puesto que el reato no es más que el débito de la pena, por el hecho de soportar la pena que debía, se libera de tal reato y conforme a esto, la pena del purgatorio purga del reato»[24].
Hay otras dos razones, añade Garrigou-Lagrange, porque:«subsisten a veces en el alma justa, en el instante en que se separa del cuerpo, pecados veniales, y hay también las consecuencias de los pecados remitidos, llamadas «reliquiae peccati», o restos del pecado. Como nada manchado puede entrar en el Cielo, se necesita, por consiguiente, una purificación que limpie de estos obstáculos el acceso a la visión de Dios»[25].
Sobre los que mueren sin pecado mortal, pero con pecados veniales, dice santo Tomás que la culpa se perdona en el purgatorio, porque: «la culpa venial en el que muere en gracia se perdona después de esta vida por el puro fuego purificador; porque esa pena de alguna manera voluntaria por virtud de la gracia tendrá poder para expiar toda culpa que puede darse junto con la gracia»[26]. Quedará así borrada la culpa y la pena temporal por los pecados veniales.
Es necesaria la pena del purgatorio, porque: «el pecado venial impide a quien tiene caridad que llegue al bien perfecto, a saber, a la vida eterna, mientras purga. En cambio, el pecado mortal no puede impedir por un bien adjunto que no conduzca, al instante, al último de los males»[27].
Las obras buenas realizadas antes del pecado mortal, o con el mismo, no tienen mérito ninguno y no pueden premiarse. «El que comete un pecado mata las obras buenas hechas anteriormente, y las que realiza estando en pecado mortal son obras muertas; porque, ofendiendo a Dios, merece perder todos los bienes que tiene de Dios. Por donde no hay premio alguno, después de esta vida, para aquel que muere en pecado mortal»[28].
En cuanto a las reliquias del pecado afirma santo Tomás que del pecado quedan las «reliquias del pecado», porque: «por parte de la conversión a las criaturas, el pecado mortal causa en el alma cierta disposición, e incluso hábito, si se repite frecuentemente. La culpa del pecado mortal se perdona en cuanto que por virtud de la gracia desaparece la aversión de la mente contra Dios. Más, después de eliminado lo que va incluido en la aversión, puede quedar lo que es efecto de la conversión desordenada, ya que ésta puede existir sin aquella. Y por eso nada impide que, perdonada la culpa, permanezcan las disposiciones causadas por los actos precedentes llamadas reliquias del pecado».
Las reliquias o residuos del pecado, que son disposiciones, que están menos arraigadas que los hábitos y, por tanto, menos estables: «permanecen, sin embargo, debilitadas y disminuidas, de manera que no dominen al hombre, y más en forma de disposición que de hábito. Como curre también que después del bautismo permanece el fomes del pecado»[29], la inclinación al pecado, una propensión o tendencia al deseo desordenado, especialmente del apetito sensitivo[30].
Por ello, concluye Garrigou-Lagrange que en este mundo o en el purgatorio: «frecuentemente hay que sufrir una pena temporal por los pecados ya remitidos; y a esto se añaden con la mayor frecuencia pecados veniales aún no perdonados; y hábitos defectuosos, reliquias de los pecados ya perdonados. Estos hábitos viciosos, adquiridos sobre la Tierra, desaparecen, con la muerte, en su elemento sensitivo, pero siguen subsistiendo como disposiciones desordenadas de la voluntad»[31].
Las penas del purgatorio confirman, como nota Newman, que: «Dios hace posible que algo malo en sí mismo termine siendo algo bueno; y, sin invalidar aquella ley de su justo gobierno –que al pecado debe seguir el sufrimiento–, Él mismo lo modifica y torna en medicina que cura, al tiempo que es castigo»[32].
Lo mismo ocurre con las penas, que se sufren en esta vida por los pecados. Si: «una persona es consciente de haber desagradado a Dios; y consciente también de estar sufriéndolo; en ese caso, su deber consiste en seguir confiando en Dios, resignarse o, más bien consentir en su castigo, como si esa penitencia se la hubiera impuesto él a sí mismo, y no fueran los golpes que Dios le asesta con su vara. Porque Dios es nuestro Padre misericordioso y, si hace sufrir a sus hijos, no lo hace de buena gana; y aunque en un sentido ese dolor es un castigo, en otro y más alto es una misericordia»[33].
Exhorta, por ello, que: «aunque aquí abajo se nos castigue por nuestros pecados, aunque nos encontremos sometidos al castigo o aunque nos sintamos más o menos inseguros de cómo nos van a ir las cosas en el futuro; aunque el adversario de nuestras almas nos acuse ante Dios, aunque su voz amenazante resuene en nuestros oídos año tras año, aunque sintamos el peso de nuestros pecados y no podamos echarlos fuera de nuestra memoria (…) a pesar de eso, estemos donde estemos y seamos lo que seamos, (…) demos gloria a nuestro Dios y Señor, confiémonos en Él, démosle gracias y exaltémosle para siempre»[34].
De manera que: «tampoco olvidaremos nuestros pecados, porque nos conceda paz y alegría a pesar de ellos. Nosotros los recordaremos para que Él nos lo recuerde; nos arrepentiremos de ellos una y otra vez, para que Él los perdone, nos alegraremos en el castigo si Él castiga, pensando que es mejor ser castigado en esta vida que no en la otra; y si no nos castiga, nos prepararemos, para el caso de que lo haga. Él nos dará su gracia según nos convenga y según su bondadosa promesa: «No temas que te he redimido y te he llamado por tu nombre; tú eres mío» (Is 43, 1)»[35].
Eudaldo Forment
[1] Alonso Cano, «Ánimas del Purgatorio» (1636).
[2] Denzinger, El magisterio de la Iglesia, n. 464.
[3] Ibíd., n, 693,
[4] CONCILIO DE TRENTO, ses. VI, Decreto sobre la justificación, canon XXX.
[5] Ibíd., ses. XXV, Decreto sobre el purgatorio.
[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1030.
[7] John Henry Newman, Sermones parroquiales, Madrid, Ediciones Encuentro, 2007-2015, 8 vv., v. 4, 7, «Castigo en medio de la clemencia», pp. 135 -54, p. 138.
[8] Ibíd., p. 142.
[9] Ibíd., p. 141.
[10] Sab 10, 1.
[11] Gen 3, 17.
[12] Num 20, 8.
[13] Cf. Num 20, 11.
[14] Num 20, 12.
[15] Deut, 3 23-26.
[16] Deut 34, 4,
[17] 2 Sal 9.11.
[18] “ Sal 13, 13-14.
[19] John Henry Newman, Sermones parroquiales, «Castigo en medio de la clemencia», op. cit., pp. 152-153.
[20] R. Garrigou-Lagrange, La vida eterna y la profundidad del alma, Madrid, Rialp, 1952, 2 º ed. pp. 197-198.
[21]Ibíd., pp. 200-201.
[22] JOHN HENRY NEWMAN, El sueño de un anciano, Madrid, Rialp, 1954, p. 124.
[23] C.L, LEWIS, Si Dios no escuchase. Cartas a Malcolm, Madrid, Rialp, 2001, XX, pp. 122-123.
[24] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, Supl., Apend. I, a. 7, in c.
[25] R. Garrigou-Lagrange, La vida eterna y la profundidad del alma, op. cit., p. 201.
[26] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, Supl., Apend. I, a. 6, in c.
[27] Ibíd., Supl., Apend. I, a. 1, ad 2.
[28] Ibíd., Supl., Apend. I, a. 1, ad 3.
[29] Ibíd.,III, q. 86, a. 5, in c.
[30] Cf. Ibíd., III, q. 27, a. 3.
[31] R. Garrigou-Lagrange, La vida eterna y la profundidad del alma, op. cit., p. 203.
[32] John Henry Newman, Sermones parroquiales, «Paz y alegría en medio del castigo» (pp. 155-168), op. cit., pp. 156-157.
[33] Ibíd., p. 156,
[34] Ibíd., p. 167.
[35] Ibíd., p. 167-168.
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