Filosofía y teología del Mas Allá: Los signos físicos que precederán al juicio final

Las quince señales[1]

La cuestión siguiente del Suplemento de la Suma teológica está dedicada al estudio las señales de tipo físico que precederán al juicio. En los tres artículos en que se divide, se intenta averiguar: «si la venida del Señor a juicio será precedida de algunas señales; si realmente el sol y la luna deberán oscurecerse; si las potestades celestes se conmoverán con la venida del Señor»[2].

Sobre las señales precursoras del juicio, santo Tomás enumera las atribuidas a san Jerónimo, según dijo san Pedro Damián, en el siglo XI y que popularizó Gonzalo de Berceo en la primera mitad del XIII. Al comenzar el artículo primero escribe el Aquinate que, antes de la venida del Señor para el juicio universal: «Se dice: «Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas» (Lc 21, 25)».

Además de esto: «Afirma san Jerónimo que el juicio será precedido de quince señales, diciendo que: «El primer día los mares se elevarán quince codos sobre los montes». El nivel del mar pasará la altura de las montañas 6,858 m. «En el segundo, todas las llanuras se hundirán en el abismo, de modo que apenas se verán». El mar descenderá cubriendo los llanos. Los mares «en el tercero volverán a su estado primitivo».

Las tres siguientes se refieren a los animales. «En el cuarto, todos los animales de tierra y mar se congregarán y levantarán sobre el piélago rugiendo como si lucharan». Los gritos que proferirán todos los animales desde la altamar se escucharán desde la tierra. «En el quinto, las aves del cielo se reunirán sobre los campos, gimiendo al unísono y sin comer ni beber».

Las cuatro que siguen son sobre fenómenos físicos. «En el sexto aparecerán ríos de fuego enfrentándose con el firmamento, precipitándose de occidente hacia oriente». Será como si el mar ardiera. «En el séptimo, todas las estrellas fijas y errantes lanzarán en sí colas de fuego como los cometas».

También quedará afectada la tierra. «En el octavo, un gran terremoto prosternará a todos los animales». Parece así que toda la tierra sufrirá estos temblores. «En el noveno, todas las piedras grandes y pequeñas se dividirán en cuatro partes, colindando éstas unas con las otras». Quizá como efecto de los terremotos las rocas y piedras se chocarán violentamente entre sí partiéndose.

Otra señal se dará en la vida vegetal, porque: «En el décimo, todas las plantas destilan un rocío sanguinolento». También en lo inerte: «En el undécimo, los montes, collados y edificaciones se convertirán en polvo». La siguiente señal aparecerá otra vez en los animales: «En el duodécimo, todos los animales de las selvas y montes vendrán a los campos rugiendo y sin gustar nada.

Las tres últimas afectarán a los seres humanos. «En el decimotercero, desde oriente a occidente, todos los sepulcros se abrirán para que los cadáveres resuciten». En el día: «decimocuarto, todos los hombres saldrán de sus chozas, yendo de un lado para otro, pero sin entender ni hablar. La última señal, en día «decimoquinto, todos morirán y resucitarán con los que antes de ellos habían muerto»[3]. Los vivos morirán para resucitar con todos los muertos.

Sin embargo, sobre todos estos signos precursores considera santo Tomás que: «las señales que indica san Jerónimo, aunque sin asegurarlas, están tomadas, según dice, de los anales de los hebreos, donde las vio escritas, son muy poco verosímiles».

Apostasía y conversión del pueblo judío

Sobre las señales que precederán y anunciaran la segunda venida de Cristo sostiene santo Tomás que son explicables, porque: «cuando Cristo vino la primera vez lo hizo ocultamente, aunque el tiempo preciso de su llegada fue previsto por los profetas. Por tanto, dichas señales no fue menester que aparecieran entonces, como aparecen en la segunda venida, en que vendrá manifiestamente; no obstante, desconocemos el tiempo exacto»[4].

Cristo había dicho a sus discípulos sobre el tiempo de su segundo advenimiento que: «De ese día y esa hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo sino el Padre sólo»[5]. La desconocía Cristo en cuanto su ciencia humana o adquirida.

Sin embargo, como indica Royo Marín: «La Sagrada Escritura nos proporciona ciertos signos o señales, por donde puede conjeturarse de algún modo la mayor o menor proximidad del desenlace. No se nos prohíbe examinar estas señales, pero es preciso tener en cuenta que son muy vagas e inconexas y se prestan a grandes confusiones, sobre todo por el carácter evidentemente metafórico y ponderativo de muchas de ellas. Buena prueba de esto lo ofrece el hecho de que la humanidad ha creído verlas ya en diferentes épocas de la historia»[6].

Enumera cinco señales indicadas en la Sagrada escritura. En primer lugar: «La predicación del Evangelio en todo el mundo. Lo enunció el mismo Cristo al decir a sus apóstoles: «Será predicado este Evangelio del Reino en todo el mundo, testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin (Mt, 24, 14) (…) Lo cual no hay que entenderlo en el sentido de que todas las gentes se convertirán de hecho al cristianismo, sino únicamente que el Evangelio se propagará suficientemente por todas las regiones del mundo, de manera que todos los hombres que quieran puedan convertirse a él».

Añade que: «Ni se puede decir tampoco que el fin del mundo vendrá inmediatamente después de que el Evangelio llegue a los confines de la tierra, sino únicamente que no sobrevendrá antes»[7].Como decía San Agustín, según este versículo: «No sabemos cuándo vendrá, pero no debemos dudar de que no vendrá antes»[8].

La segunda señal es la de la apostasía universal, porque se lee también en san Mateo: «Muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos. Porque abundará la iniquidad y se enfriará la caridad de muchos» (Mt, 24, 12). (…) Ya se comprende que esta apostasía de la fe no será total y absoluta en todo el género humano, ya que la Iglesia no puede perecer. Pero es difícil precisar su verdadero alcance y significación».

Agrega Royo Marín que: «Algunos teólogos la interpretan en el sentido de que la mayoría de las naciones y pueblos, en cuanto a sociedades políticas, renunciarán al cristianismo de forma que los principios, leyes, escuelas, organización familiar y, en general, toda la vida pública será contraria a las normas de la fe».

Además: «Al mismo tiempo, la vida individual de la mayor parte de los hombres discurrirá también por causas contrarias al cristianismo, aunque nunca faltarán del todo almas sinceras que conservarán incontaminado el espíritu cristiano hasta el fin de los siglos»[9]. Cristo, por tanto, no anuncia en este versículo, ni en otros semejantes, el triunfo temporal de su Iglesia entre las naciones, sino el fracaso.

La tercera señal contrasta con la anterior, porque es la de la conversión de los judíos. La anuncia san Pablo al escribir: «La ceguedad parcial ha venido a Israel hasta que la totalidad de los gentiles haya entrado y así todo Israel se salve, como está escrito»[10]

Como comentario a este versículo y a otros que le acompañan, colige Royo Marín: «Dios permitió la apostasía de su pueblo predilecto para llevar la salud a los gentiles. Pero se arrepentirán en su día y volverán a ser injertados como ramas naturales en su propio tronco, ya que las promesas y dones de Dios son irrevocables. En definitiva, Dios permitió la apostasía e incredulidad de todos, a fin de tener compasión y misericordia de todo el género humano. Cuando habrá de realizarse esta vuelta de Israel a la verdadera fe, en qué medida y proporción con qué manifestaciones externas…; he ahí otros tantos misterios que nadie absolutamente podría aclarar»[11].

El anticristo, Henoc, Elías y señales cósmicas

La cuarta señal es el advenimiento del anticristo. En la Sagrada Escritura se dice

«Que nadie os engañe de ninguna manera, porque si primero no viniera la apostasía y se manifestará el hombre del pecado, el hijo de la perdición, el que hace frente y se levanta contra todo el que se llama Dios o que reciba culto; de manera que se sentará en el templo de Dios, mostrándose como si fuese Dios (…) el misterio de la iniquidad está ya en acción, solo falta que el que le detiene ahora desaparezca de en medio»[12].

Comenta el escriturista Bover que, cuando San Pablo dice «el hombre del pecado» y las otras calificaciones, se refiere al anticristo. «Será el anticristo, según el común sentir de los Santos, padres y teólogos, una persona, no una colectividad o institución o tendencia personificada como la han pretendido algunos modernos, aunque claro está que la persona del anticristo concentrará en sí representará una tendencia y una colectividad»[13].

Nota también que: «La historia del anticristo, en su relación con el segundo advenimiento de Cristo, seguirá estos pasos: 1) existe ya y actúa el germen de la apostasía, que San Pablo llama misterio de iniquidad; 2) existe también, en sentido contrario, algo o alguien que detiene o estorba la aparición del anticristo; 3) vendrá día en que desaparecerá este obstáculo y entonces surgirá el anticristo en medio de la apostasía universal; 4) entonces será cuando se vendrá el día del Señor y el Señor Jesús aniquilará al anticristo con el esplendor de su advenimiento»[14].

Sobre el mismo escribe Royo Marín: «Consta también en la Sagrada Escritura (2 Tes 2, 3-11; 1 Jn 2, 18 y 22), pero es muy misteriosa la naturaleza del anticristo. Atendiendo a su significación verbal, podría entenderse por tal cualquier manifestación del espíritu anticristiano: el pecado, la herejía, la persecución, etc. Ello justificaría plenamente y a la letra la expresión de San Juan, que afirma que el anticristo se halla ya en el mundo (1 Jn 4-3). Pero en los Santos padres y teólogos posteriores prevaleció la creencia que será una persona individual, que desplegará –permitiéndolo Dios–un gran poder de seducción con falsos prodigios, que engañarán a muchos. Finalmente, será vencido y muerto por Cristo «con el aliento de su boca» (2 Tes 2, 8), o sea, con la simple manifestación de su divina voluntad»[15].

La quinta señal igualmente misteriosa es la aparición del profeta Elías (s. IX a. C.) y el patriarca Henoc (4º milenio a. C.), transportados en vida para que no sufrieran la muerte. Sostiene San Agustín que: «lo que Juan el Bautista era respecto a la primera venida, esto será Elías respecto a la segunda venida. Como hay dos venidas del Juez, así hay dos heraldos. Sí, el Juez era Él; los heraldos, en cambio, dos; los jueces no eran dos. Por cierto, era preciso que el Juez viniera primeramente a ser juzgado. Envió delante de sí al primer heraldo, Juan; lo llamó Elías, porque Elías será en la segunda venida lo que Juan en la primera»[16].

También indica que: «Conocidísimo es el pensar y los comentarios de los cristianos acerca de la vuelta de este Elías, profeta grande y admirable, que explicará la ley en los últimos tiempos antes del juicio, y que los judíos creerán en el verdadero Mesías, es decir, el nuestro. No sin fundamento se espera que vuelva Elías, antes de la venida del Juez Salvador, puesto que con razón se cree que ahora está vivo. Es la Sagrada Escritura la que nos dice con toda evidencia que fue raptado entre los hombres en un carro de fuego (2 Re 2, 11) Por eso cuando venga, dará una explicación espiritual de la ley, interpretada ahora de manera puramente humana por los judíos»[17], de manera que sl desvelar los secretos de las Sagradas Escrituras, convertirá a los judíos.

San Agustín considera tres señales como unidas entres sí: la venida de Elías, la conversión de los judíos, y la persecución del anticristo; y que seguirá inmediatamente la venida de Cristo. Sin embargo, algunos consideran que no es necesario que estos sucesos se den conjuntamente en el tiempo.

La sexta y última señal es la de grandes calamidades. Se basa en estas palabras de Cristo: «Oiréis también hablar de guerras y rumores de guerras; pero no os turbéis, porque es preciso que esto suceda, pero no es todavía el fin. Se levantará pueblo contra pueblo, reino contra reino, y habrá en diversos lugares hambres, pestes y terremotos; pero todo esto es el comienzo de los dolores»[18].

Sobre este versículo, advierte Royo Marín que: «el discurso escatológico de nuestro Señor –del que están tomado estas palabras– está lleno de dificultades y misterios. En él se habla unas veces de la ruina de Jerusalén; otras del fin del mundo; y otras de ambas cosas a la vez. Es muy difícil señalar exactamente qué es lo que corresponde a cada uno de estos acontecimientos. Ni los Santos padres ni los modernos exégetas han podido precisarlo con exactitud»[19].

En la Escritura también se dice que: «se oscurecerá el sol y la luna no dará su resplandor, caerán las estrellas del cielo y se conmoverán las virtudes de los cielos»[20]. A estos dos signos santo Tomás les dedica los otros dos artículos de la cuestión. Respecto al primero dice que: «podría suceder (…) que los realizará el poder divino para aterrorizar a los hombres»[21]. En cuanto, al segundo, escribe: «podría interpretarse tomando «virtudes» como el nombre propio de un orden»[22], como el orden o coro de las Virtudes de la jerarquía media de los ángeles.

Sobre todas estas señales, como concluye Royo Marín: «Santo Tomás, a pesar de la época en que escribe, nos dice que nada puede conjeturarse de las descripciones evangélicas»[23],

En efecto, en el cuerpo del artículo primero, admite santo Tomás que se darán señales que precederán la venida de Cristo, al escribir: «Cuando Cristo venga a juzgar, aparecerá en forma gloriosa, como requiere la prestancia del juicio. Y como a la dignidad de la potestad judiciaria corresponden ciertos indicios que mueven al respeto y al vasallaje, de ahí que la venida de Cristo a juicio será precedida de muchas señales, que impulsen el corazón de los hombres a someterse al juez venidero y los predispongan a estar prevenidos para dicho juicio».

Precisa seguidamente que: «Sin embargo, no es fácil saber qué señales serán éstas, pues las consignadas en los Evangelios no sólo corresponden, como dice san Agustín (Epist. 199, c. 9), a la venida de Cristo para el juicio, sino también se refieren al tiempo de la destrucción de Jerusalén y a las continuas visitas que Él hace a su Iglesia. De manera que, bien consideradas, no hay por casualidad una de ellas que se refiera a la última venida, como Él mismo dice; pues las señales de los Evangelios, como guerra, terrores, etc. han existido desde el principio de la humanidad; a no ser que se diga que entonces se agravarán. Ahora, qué grado de intensidad han de alcanzar para que podamos colegir la proximidad del juicio, eso es cosa incierta»[24].

Eudaldo Forment

 



[1] Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Alberto Durero (1492).

[2] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, Supl., q, 73, introd.

[3] Ibíd., Supl., q. 73, a. 1, sed c.

[4] Ibíd., Supl., q. 73, a. 1, in c.

[5] Mt, 24, 36.

[6] ANTONIO ROYO MARÍN, Teología de la salvación, Madrid, BAC, 1956, p. 566.

[7] Ibíd., pp. 566-567.

[8] SAN AGUSTÍN, Epístolas, Epist. 197, “El fin del mundo “, 4.

[9] ANTONIO ROYO MARÍN, Teología de la salvación, op. cit., p. 567.

[10] Rm 121, 25.

[11] ANTONIO ROYO MARÍN, Teología de la salvación, op. cit., pp. 567-568.

[12] 2 Tes 3, 3-4, y 7.

JOSÉ M. BOVER, Las epístolas de San Pablo, Barcelona, Editorial Balmes, 1949, 4ª ed., p. 404, nota 2.

[14] Ibíd., p. 404, nota 1.

[15] ANTONIO ROYO MARÍN, Teología de la salvación, op. cit., p. 568.

[16] SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan, Trat. 4, n. 5

[17] ÍDEM, La ciudad de Dios, 20, c. 21.

[18] Mt 24, 6-8.

[19] ANTONIO ROYO MARÍN, Teología de la salvación, op. cit., p. 569.

[20] Mc 13, 24-25.

[21] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, Supl., q, 73, a. 2, in c.

[22] ÍDEM, Supl., q, 73, a. 3, in c.

[23] ANTONIO ROYO MARÍN, Teología de la salvación, op. cit., p. 569.

[24] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, Supl., q, 73, a. 1, in c.

 

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