Filosofía y teología del Mas Allá: Las oraciones de los santos

Eficacia de las oraciones de los santos[1]

En el artículo tercero de esta cuestión dedicada a las oraciones de los santos, se trata el problema de si son siempre escuchadas las oraciones de los difuntos que están en el cielo y que si en todos los casos son eficaces. Podría decirse que no lo son o no siempre e intentar probarlo con varios argumentos.

El primero, porque: «Pues de ser escuchadas, con mayor razón escucharía Dios lo que ellos piden para sí. Y en esto no son escuchados, pues se dice que a los mártires que pedían venganza de quienes están en este mundo se «les contestó que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus hermanos» (Ap 6, 10-11). Según esto, menos serán escuchados en lo que piden para otros»[2].

La argumentación no es válida, porque, observa Santo Tomás: «Dicha oración de los mártires no es otra cosa que su deseo de alcanzar la túnica del cuerpo y entrar en la sociedad de los santos que se han de salvar y la aceptación de la disposición de la justicia divina de castigar a los malos. Por esto dice la Glosa sobre estas palabras: «Hasta cuándo, Señor…» (Ap 6, 10): «Desean un gozo mayor y la convivencia con los santos y el cumplimiento de la justicia divina» (Glosa ord.)»[3].

En el segundo se dice: «se lee en Jeremías: «Me dijo el Señor: ‘Si Moisés y Samuel se pusieran delante de mí no escucharía a este pueblo’» (Jer 15, 1). Luego, cuando los Santos ruegan por nosotros, no siempre son escuchados»[4].

Tampoco es conclusivo, porque: «Habla aquí el Señor de Moisés y de Samuel, refiriéndose al estado que tuvieron en esta vida. Dice también la Glosa: «Se lee de ellos, que, rogando por el pueblo, resistieron la ira de Dios». No obstante, de haber existido en este mundo, no hubieran aplacado la ira de Dios respecto al pueblo con sus oraciones por culpa de la maldad de dicho pueblo. Tal es el sentido literal»[5].

Tercero, se puede probar que Dios no atiende siempre invariablemente a las peticiones de los difuntos, porque: «Los santos del cielo «son equiparados a los ángeles de Dios» (Mt 22, 30). Más éstos no siempre son oídos en las oraciones que dirigen a Dios, como vemos por el pasaje del libro de Daniel, donde le dice un ángel: «Yo he venido por tus ruegos; sin embargo, el príncipe de los persas me ha resistido veintiún días y vino en mi ayuda Miguel, uno de los primeros ángeles; yo me quedé allí al lado del rey de los persas» (Dan 10, 12-13). Y no hubiera venido en auxilio de Daniel el ángel que habla, sino pidiendo permiso a Dios. Y fue impedido el efecto de su oración. Tampoco, pues, los demás santos son siempre escuchados cuando ruegan a Dios por nosotros»[6].

Daniel durante tres semanas había pedido a Dios que le esclareciera el porvenir del pueblo judío cautivo en Babilonia y recibió la profecía de los destinos de Israel por medio del ángel Gabriel. En su declaración, el ángel pronuncia las palabras citadas en la objeción, que son una explicación de: «por qué no ha podido comunicarle, hasta después de tres semanas, que su oración había sido oída: el ángel custodio del reino persa le hizo resistencia durante veintiún días. Ahora regresaba para continuar la lucha con este espíritu y acabar la victoria sobre él. En tal contienda tendrá un ángel aliado en el ángel custodio de Grecia (Dn 10, 20: «Ahora volveré a luchar con el príncipe de Persia y, cuando yo salga, vendrá el príncipe de Grecia»). San Jerónimo opina que el ángel custodio del imperio persa hacia valer ante Dios los muchos pecados del pueblo judío para que no dejase volver a su patria a todos los judíos»[7].

En este lugar citado del Comentario del libro de Daniel de San Jerónimo, que atribuía a cada nación un ángel custodio para ella, se argumentaría, por tanto, que por tales pecados de los judíos el ángel de Persia pedía a Dios que se continuase el castigo del exilio. En cambio, San Miguel que también interviene en el conflicto, como «el gran príncipe, que es el defensor del pueblo israelita»[8], pedía la liberación del cautiverio, porque los pecados se cometían por estar en el ambiente pagano

Con una interpretación semejante de este misterioso relato, responde Santo Tomás a la objeción: «Tal pugna entre los ángeles buenos, no ha de entenderse como si ellos dirigieran a Dios oraciones contrarias, sino que ofrecían al juicio divino los distintos méritos de las diversas partes, a la espera de su sentencia. Así se expresa San Gregorio al exponer dichas palabras del libro de Daniel: «Los espíritus celestiales que gobiernan a los hombres, jamás combaten por quienes obran injustamente, sino que examinan sus acciones, juzgándolas rectamente. Y, llegado el momento para cualquiera de comparecer ante el tribunal celeste, el guardián de cada uno da testimonio de si en la lucha se hizo merecedor de premios o de castigo. Y, antes que nada, sólo persiguen el triunfo de la suprema voluntad del Creador. Y como siempre la ven, jamás quieren lo que saben que no alcanzarán» (San Greg., Moral, XVII, c. 12). Por esto, ni lo piden. Lo cual demuestra que sus oraciones son siempre atendidas»[9].

Las oraciones impetratorias de los santos

En el cuarto argumento se intenta probar, como en el primero, que nunca son eficaces las oraciones de los difuntos, al objetar: «Cualquiera que pide algo mediante la oración, de alguna manera lo merece. Mas los santos del cielo no están en estado de merecer. Luego nada pueden alcanzar de Dios para nosotros mediante sus oraciones»[10].

A ello responde Santo Tomás: «Aunque es verdad que los santos, cuando están ya en el cielo, no se encuentran en estado de merecer para sí, hállanse, no obstante, en situación de merecer para otros, o, mejor, de ayudarles por sus méritos precedentes; pues en esta vida merecieron ante Dios que sus oraciones fuesen escuchadas después de la muerte». Sus oraciones entonces pueden ser así eficaces.

Aunque queda resuelta la objeción, Santo Tomás añade: «Puede también contestarse que el valor meritorio e impetratorio de la oración obedece a distintas causas. Pues el mérito consiste en cierta adecuación entre el acto y el fin a que se ordena, el cual se le da como premio; por el contrario, la impetración se apoya en la liberalidad de la persona a quien se ruega; pues en ocasiones impetra uno lo que no merece, fiado en la liberalidad de aquel a quien suplica. Así, pues, aunque los santos no se hallen en estado de merecer, de ello no se sigue que tampoco lo estén en el estado de impetrar»[11].

En la cuestión de la Suma teológica dedicada a la oración se precisa que: «los santos del cielo oran por nosotros. Y sus oraciones tienen eficacia impetratoria en virtud de sus méritos anteriores y de la divina aceptación»[12].

Queda justificado porque: «siendo la caridad la fuente de oración por los demás, cuanto más perfectamente la posean los santos del cielo, tanto más oran por los que estamos en el estado de vía, y que podemos ser ayudados. Y cuanto más unidos están a Dios, más eficacia tienen sus oraciones».

La razón es porque: «entra en el orden divino que la excelencia de los superiores redunda en los inferiores, al igual que la claridad solar resplandece en el aire. De donde se dice de Cristo que: «Él puede salvar para vida eterna a los que se acercan a Dios por medio de Él, viviendo siempre para interceder por ellos» (Hb 7, 25). Y comenta a este propósito San Jerónimo: «Si los apóstoles y los mártires cuando estaban encerrados en el cuerpo y cuanto tenían motivo para ocuparse de sí mismos oraban por nosotros, cuánto más no lo harán después de alcanzar la corona, la victoria y el triunfo» (Epístola a Vigilancio, n. 6)»[13].

El quinto argumento también se da para negar que las oraciones de los santos nunca son escuchadas ni, por tanto, su intercesión no sería eficaz. Sería inútil acudir a ellos, porque: «La voluntad de los santos está completamente de acuerdo con la divina. Por eso solo quieren lo que saben que Dios quiere. Y como nadie pide sino lo que quiere, resulta que sólo ruegan por aquello que saben que Dios quiere, y esto se haría, aunque ellos no lo pidieran. Luego sus oraciones no tienen eficacia para conseguir cosa alguna»[14].

Santo Tomás no lo admite, porque: «como se ve por la aducida autoridad de San Gregorio (Moral, XVII, c. 12), los ángeles y santos sólo quieren lo que ven en la voluntad divina y no piden otra cosa. Y a pesar de eso, su oración no es infructuosa; porque, como dice San Agustín, las oraciones de los santos son provechosas para los predestinados, pues es posible que esté dispuesto se salven por las oraciones de sus intercesores (cf. La predestinación de los santos, c. 22. Por esto, incluso Dios quiere que por las oraciones de los santos se cumpla lo que ellos ven que Él quiere»[15].

En consecuencia: «los santos obtienen todo lo que Dios quiere que se haga mediante sus oraciones. Y ellos piden lo que juzgan que alcanzarán sus oraciones conforme a la voluntad divina»[16].

La sexta y última objeción es contra la afirmación de que siempre son escuchadas todas las oraciones de los santos, porque: «las oraciones de toda la curia celeste, si algo pueden suplicar, son más eficaces que todos los sufragios de la Iglesia presente. Ahora bien, multiplicados los sufragios de la Iglesia presente hechos en favor de alguien que está en el purgatorio, alcanzarían la remisión total de la pena. Luego, como los santos del cielo ruegan de esta manera tanto por nosotros como por quienes están en el purgatorio, si para nosotros consiguen algo, para los del purgatorio conseguirían la absolución total con sus oraciones Lo cual es falso, porque entonces de nada servirían los sufragios de la Iglesia por los difuntos»[17].

La objeción no es válida, porque se basa en sostener que los santos en el cielo pueden con sus oraciones hacer sufragios por los difuntos que están en el purgatorio, por el reato de los pecados ya perdonados, objeto de las indulgencias que disminuyen la pena, parcial o totalmente. No obstante, no se consigue con ellas la absolución plena y total, porque ha de satisfacerse por los pecados veniales no perdonados, y las «reliquiae peccati» o consecuencias de los pecados remitidos, como disposiciones desordenadas. En cuanto a la disminución de la pena, que se ha de satisfacer a la Justicia divina, de estos dos últimos, y también del primero, se puede conseguir con los otros sufragios, principalmente la santa Misa, las penitencias, las limosnas y las indulgencias en favor de los difuntos.

Además, observa santo Tomás que: «Los sufragios de la Iglesia por los difuntos son como unas satisfacciones que los vivos hacen en lugar de los difuntos; y así saldan la pena que ellos no saldaron. Pero los santos del cielo no están en estado de satisfacer. Luego, sus oraciones y los sufragios de la Iglesia son cosas distintas»[18].

Oración expresa y oración interpretativa

La tesis de santo Tomás defendida en este artículo sobre las oraciones de los santos es que siempre las oye Dios, pero a veces son eficaces y otras no. Para probarla distingue entre oraciones expresas y oraciones interpretativas. Debe decirse que: «los santos ruegan por nosotros de dos maneras: una, con oración expresa, es decir, cuando con sus oraciones atraen la atención de la clemencia divina para nosotros». Piden personalmente a Dios algo para algún o algunos fieles.

Otra petición es de otro modo: «como con una oración interpretativa, o sea, con sus méritos, que, ante la presencia divina, no solo redundan en gloria propia, sino que son para nosotros como ciertos sufragios u oraciones; así como se dice que la sangre de Cristo pide perdón por nosotros». No hay en ellas, por tanto, intención personal, y solo actúa la objetividad de sus méritos.

Por consiguiente: «de ambos modos las oraciones de los santos, de parte de ellos, son eficaces para obtener lo que piden». Sin embargo, aunque todas, tanto las expresas como las interpretativas, sean valiosas en sí mismas no siempre logran su finalidad.

Las oraciones interpretativas se frustran, porque: «por nuestra parte, puede haber un fallo, que haga que no consigamos el fruto de sus oraciones, en cuanto que se dice que ruegan por nosotros al aprovecharnos de sus propios méritos». Si pedimos algo conveniente por los méritos de un santo, éstos son suficientes para conseguirlo, pero si no lo obtenemos es porque hemos puesto un obstáculo.

La explicación del fracaso de las oraciones expresas es más compleja, porque: «cuando los santos ruegan por nosotros pidiendo con sus deseos algo para nosotros, siempre son escuchados, puesto que únicamente quieren lo que Dios quiere y piden solo 1o que Dios quiere que se haga»[19].

Sin embargo, hay que precisar sobre la voluntad divina que, aunque en sí misma sea simplicísima, se puede distinguir, en cuanto se relaciona con nosotros, en voluntad antecedente y la voluntad consiguiente.

Voluntad antecedente es la que tiene Dios sobre algo considerado en sí mismo o absolutamente, sin que tenga en cuenta todas las circunstancias que lo rodearán y podrán modificarlo, como son, por ejemplo, las condiciones para su realización.Voluntad consiguiente es la que quiere Dios algo, pero ya con todas las circunstancias concretas e individuales, que acompañan a lo querido.

Al comentar santo Tomás las palabras de san Pablo: «Dios quiere que todos los hombres se salven»[20], indica que: «aunque en la voluntad divina, no haya primero ni postrero, antes ni después, dícese con todo antecedente y consecuente».

De manera que, en el acto de la voluntad divina: «según el orden de las cosas queridas, puede considerarse la voluntad en universal o absolutamente, y según algunas circunstancias y en particular. Y primero es la consideración absoluta y de manera universal que en particular y comparada. Por eso la voluntad absoluta es como antecedente y la voluntad de alguna cosa en particular como consecuente».

Lo ilustra a continuación con el siguiente ejemplo: «el mercader que quiere absolutamente salvar todas sus mercancías, esto lo hace con voluntad antecedente; más si considera su salvación, no quiere salvarlas todas en comparación de otras cosas, a saber, si caso que las salvara se siguiese el naufragio. Y esta voluntad es consecuente».

Se podría poner este otro ejemplo: ante un acusado a una pena de cárcel, un juez puede querer que como hombre disfrute de la libertad, porque quiere la libertad para todos. Sin embargo, por ser el acusado un delincuente probado quiere que cumpla la pena, porque no ha cumplido la condición de comportarse como hombre, que utiliza bien su libertad, ha decaído en su libertad y en sus derechos. Lo primero como algo para todos los hombres lo quiere con voluntad antecedente. Lo segundo lo que quiere el juez teniendo en cuenta al hombre determinado con todas las circunstancias concretas que lo acompañan, con voluntad consecuente o consiguiente

Si se aplica la distinción a la voluntad de beneplácito, se puede exponer que al querer: «Dios la salvación de todos los hombres, quiere esta salvación en sí misma, y San Pablo así lo afirma, y este querer es de su voluntad antecedente. Más si se considera el bien de la justicia y el castigo de los pecados, entonces ya no la quiere, y tal querer es de la voluntad consecuente»[21] o voluntad consiguiente.

Puede así concluirse respecto a la eficacia de las oraciones de los santos que: «lo que Dios quiere en absoluto se cumple, a no ser que hablemos de su voluntad antecedente, según la cual quiere que todos los hombres se salven, que no siempre se cumple. No hay por qué, pues, maravillarse de que algunas veces no se cumpla lo que los santos piden según esta voluntad»[22].

Eudaldo Forment

 



[1] Santa Tecla rezando por los afectados por la peste, Giovanni-Battista Tiepolo (1758-59).

[2] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, Supl., q. 72, a. 3, ob. 1.

[3] Ibíd., Supl., q. 72, a. 3, ad. 1.

[4] Ibíd., Supl., q. 72, a. 3, ob. 2.

[5] Ibíd., Supl., q. 72, a. 3, ad 2.

[6] Ibíd., Supl., q. 72, a. 3, ob. 3.

[7]I. SCHUSTER – J.B. Holzammer, Historia Bíblica, Barcelona, Editorial Litúrgica Española, 1944, 2ª ed., p. 599 nota 5.

[8] Dn,12, 1.

[9] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, Supl., q. 72, a. 3, ad 3.

[10]  Ibíd., Supl., q. 72, a. 3, ob, 4.

[11] Ibíd., Supl., q. 72, a. 3, ad 4.

[12] Ibíd., II-II, q. 83, a, 11, ad 1.

[13] Ibíd., II-II, q. 83, a. 11, in c.

[14] Supl., q. 72, a. 3, ob, 5.

[15] Supl., q. 72, a. 3, ad 5.

[16] Ibíd., II-II, q. 83, a, 11, ad 2.

[17] Ibíd., Supl., q. 72, a. 3, ob. 6.

[18] Ibíd., Supl., q. 72, a. 3, ad 5.

[19] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, Supl. q. 72, a. 3, in c.

[20]  1Tim 2, 4.

[21] Ídem, Comentario a la Primera epístola de San Pablo a Timoteo, c. 2, lec. I.

[22] IDEM, Suma teológica, Supl. q. 72, a. 3, in c

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