30.05.20

Pentecostés

“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”, les dice el Señor a los discípulos. Y añade: “Recibid el Espíritu Santo” (cf Jn 20,21-22). El Señor vivo, crucificado y resucitado, se hace presente en medio de los suyos para comunicarles el Espíritu Santo, que los capacita para la misión; una misión que continúa la misión de Cristo y que tiene su origen último en el Padre.

Como enseña el Catecismo: “El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor, derrama profusamente el Espíritu” (n. 731).

De este modo, la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud y se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación, hablando de “las maravillas de Dios” (cf Hch 2,1-11). Para realizar su misión, el Espíritu Santo construye la Iglesia y la dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos: “Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos” (1 Cor 12,4-6).

Es decir, la Iglesia no es una construcción humana, sino divina. No somos nosotros quienes hacemos la Iglesia; es Dios quien la edifica. Si nos dejamos moldear por la gracia, seremos colaboradores de Dios; miembros del Cuerpo místico de Cristo y piedras vivas del Templo del Espíritu Santo que es la Iglesia. Solo Dios puede abrir a los hombres el acceso a Él; solo Dios puede insertarnos en su comunión de amor, en la intimidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La Iglesia es sacramento, signo e instrumento, del que Dios se sirve para realizar este proyecto de hacer de cada uno de nosotros familiares y amigos suyos.

En una alocución, el papa Benedicto XVI explicaba la finalidad del envío del Espíritu Santo. Con la Pascua de Cristo, el Espíritu de Dios “se derramó de modo sobreabundante, como una cascada capaz de purificar todos los corazones, de apagar el incendio del mal y de encender en el mundo el fuego del amor divino”.

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29.05.20

Con prudencia, las cosas vuelven a su ser

Hemos vivido, y seguimos viviendo, circunstancias infrecuentes. ¿Inéditas? Quizá. ¿Infrecuentes? Seguro.

Ha habido un confinamiento largo que, aunque no ha prohibido celebrar la Santa Misa, que sí se ha celebrado, ha hecho muchas veces – no siempre - inviable que esta celebración tuviese lugar, de modo habitual, con las puertas abiertas y con la asistencia de fieles (ha sido este punto, la posibilidad de asistir, lo que ha quedado menos claro. Los tribunales dirán algo sobre ello, espero).

Esta fase extrema se ha superado. Ya las iglesias están abiertas – teóricamente, siempre han podido estarlo – y ya se celebra la Santa Misa - siempre se ha celebrado – con más fieles, no obligatoriamente ya con un pequeño grupo de ellos.

¿Y qué ha pasado con los fieles? Pues ha pasado lo que razonablemente cabía esperar. Los más concienciados se han ofrecido a hacer posible la celebración de la Misa con más fieles. No han protestado ni exigido, no, se han ofrecido, que no es exactamente lo mismo.

Y hemos empezado, poco a poco, combinando la fe y la responsabilidad. Y yo me pregunto si es posible que creer y ser responsables sean cosas distintas. No lo son. Ni derecho ni de hecho lo son.

Los fieles de nuestras parroquias, al menos de la mía, que no será ni la mejor ni la peor del mundo, están dando unas muestras de sensatez, de madurez, de confianza, de fe; en definitiva, ya eran lo que hoy se ve, pero que hoy se ve, lo que eran, con mayor evidencia.

No hay histerismos, no hay prisas. Sí hay el ofrecimiento de venir a la Misa y de posibilitar, ayudando a desinfectar el templo, que otros vengan a la Santa Misa. Y todo se andará, paulatinamente.

¿Un creyente va dejar de serlo porque, durante una pandemia, se haya cerrado su templo de referencia? No lo creo. Dejará de ser creyente si casi no lo era antes. Lo excepcional puede reforzar la increencia o la creencia. Puede servir para ratificarse en la propia opción o para sentirse interpelado por Dios.

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28.05.20

Joseph Ratzinger, 43 años de obispo

En el día de hoy, 28 de mayo de 2020, el papa emérito Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, ha cumplido 43 años de obispo. El 28 de mayo de 1977, a los cincuenta años de edad, el teólogo Ratzinger, nombrado por el papa Pablo VI arzobispo de Munich y Frisinga, fue ordenado obispo. Ese mismo año fue creado cardenal.

No hace mucho visité algunos lugares bávaros, “ratzingerianos”, como Munich, Frisinga y Ratisbona, en cuya Universidad, entre otras, Ratzinger enseñó Teología. Baviera es, a mi modo de ver, como una Galicia próspera. Los bávaros tienen un gran sentido de identidad – ha sido un reino hasta hace no mucho – y es un territorio rico.

Muy católico, ese reino, en su historia y muy rico en su realidad actual, como para, al menos, cuestionar la fácil ecuación, atribuida a Max Weber, según la cual prosperidad y protestantismo van unidos.

Ya sabemos que los pensadores son sutiles. No así la divulgación que, por imposibilidad de leer el original, por ignorancia o por otros intereses, simplifica. Como si catolicismo fuese lo mismo que miseria y protestantismo lo mismo que riqueza. No es verdad. Ahí está Baviera, o Austria, como señales que obligan a pensar un poco más a fondo las cosas.

Pero se trata de hablar de Ratzinger. En algún lugar de ese inmenso archivo de la memoria que es Internet se pueden recuperar imágenes y palabras de su ordenación episcopal en la casi monástica catedral de Munich. Eligió como lema un texto de San Juan: “Cooperadores de la verdad”. Y habló de lo que era un obispo y de lo que no era. De su servicio a la verdad y a Cristo, que es la Verdad en persona.

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26.05.20

Lutero y los papistas

¿Le habría gustado a Lutero ser muy elogiado por los “papistas”? Lo dudo mucho. Dudo que Lutero anhelase el aplauso de los que hoy somos católicos y estoy casi convencido de que deseaba todavía menos la aprobación de aquellos a quienes él combatía en el siglo XVI. Lutero sería lo que fuese. Tonto no era, ni los católicos que no le siguieron en su momento tampoco eran tontos.

Que ahora los cristianos, ante el avance del secularismo, sumemos fuerzas no significa que todo sea igual, que todo dé lo mismo. Una religión en la que todo diese lo mismo no valdría para nada. Si Dios, que es lo máximo, da lo mismo, las demás realidades orbitarían en la esfera de la suma indiferencia. ¡Hasta Lutero se opondría a esta reducción!

Si algo no es Lutero es fácil de comprender. Es muy complicado, en su teoría y en su práctica. Estaba como obsesionado por sentirse “justo” ante Dios. No tan preocupado por lo que fuese justo en sí mismo, sino por lo que, para él, le hiciese sentirse justo.

Pensó que san Pablo daba una respuesta a su inquietud: Lo importante es la fe, no las obras de la ley. Cristo nos ha justificado, abracemos esa justicia. Lo demás, no importa. Nosotros no somos santos ni lo seremos. Solo Cristo lo es. Confiemos en su salvación. Y basta.

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22.05.20

La Ascensión, paciencia y esperanza

Cuarenta días después de la Resurrección, durante los cuales “come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino” (Catecismo 659), el Señor entra de modo irreversible con su humanidad en la gloria de Dios. El acontecimiento histórico y trascendente de la Ascensión supone la exaltación de Cristo a la derecha del Padre, obteniendo el señorío sobre todas las fuerzas creadas: “Y todo lo puso bajo sus pies”, escribe San Pablo (Ef 1,22).

La Ascensión del Señor no equivale a su ausencia, sino a un modo nuevo de presencia. Él, que tiene “pleno poder en el cielo y en la tierra”, les dice a los discípulos: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (cf Mt 28,16-20). Jesús, que por su Encarnación se hizo el “Emmanuel”, sigue siendo el “Dios con nosotros”. Su presencia es, a la vez, un consuelo – ya que nunca estaremos solos – y un desafío, que nos tiene que mover a descubrirlo continuamente en los hambrientos, en los pequeños y en los marginados (cf Mt 25, 31-46).

La presencia de Jesús es incondicional: “Yo estoy con vosotros”. Nada ni nadie puede destruir esta presencia, ni siquiera la muerte o nuestra imperfección. Él siempre está y, por consiguiente, siempre podemos estar con Él o retornar a Él si nos hemos alejado del Señor por nuestro pecado. Igualmente, a pesar de las crisis que le toque padecer a la Iglesia en su caminar por la historia, tenemos la certeza de que el Señor sigue estando en ella y con ella.

San Mateo, en el final de su Evangelio, recoge esta promesa de Jesús; una promesa que va acompañada de un encargo: “Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,19-20). A unos discípulos que no son perfectos - al menos, no todos, ya que, aunque “se postraron” reconociendo a Cristo, “algunos vacilaban” – el Señor les confía la misión de hacer nuevos discípulos.

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