Lo más común es que en la capital de una nación habite el jefe de Estado de ese país; como es el caso del rey de España en Madrid o del presidente de Portugal en Lisboa. Roma es, en esto como en muchas otras cosas, una ciudad excepcional. En ella moran tres jefes de Estado: el papa, el gran maestre de la Soberana Orden Militar de Malta y el presidente de la República Italiana. Esta concentración de poderes hace que la Ciudad Eterna esté plagada de representantes diplomáticos.
De los tres jefes de Estado que tienen su residencia en Roma, la precedencia por antigüedad le corresponde al papa, que está, ayudado por la curia romana, a la cabeza de la Santa Sede, la institución del gobierno supremo de la Iglesia Católica y el sujeto de derecho internacional que la representa ante el mundo. Sus orígenes se remontan a los inicios del cristianismo, ya que el papa es el sucesor de Pedro, el primer obispo de Roma. Con el tiempo, la Santa Sede comenzó a ejercer también la soberanía temporal sobre un territorio. En el siglo VIII se establecieron los Estados Pontificios, que abarcaban las regiones del Lacio, Umbría, Marcas y Emilia Romana. Los Estados Pontificios se mantuvieron vigentes durante más de un milenio, hasta 1870, cuando fueron anexionados por el Reino de Italia. El papa Pío IX excomulgó al primer rey, Víctor Manuel II, y se refugió en el Vaticano, considerándose un prisionero. Así transcurrirían unos cincuenta y nueve años y varios pontificados hasta que, en 1929, se firmaron los Pactos de Letrán entre la Santa Sede y el Reino de Italia, que establecieron la soberanía plena del papa sobre el nuevo Estado de la Ciudad del Vaticano, el más pequeño del mundo, que custodia la memoria del catolicismo, la belleza del arte y unos cuidadísimos jardines. La Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas con 184 Estados.
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