La postal
Existen al menos dos palabras para designar el coleccionismo de tarjetas postales: “deltiología” y “cartofilia”. Inventadas en 1869 por el profesor austríaco Emmanuel Herman, las tarjetas postales se difunden por España a partir de 1871, editadas por la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. En 1878 la Convención Postal Universal generalizó su uso y aparecieron las primeras vistas de lugares. Entre 1897 y 1905 la casa Hauser y Menet, pionera de las artes gráficas en España, introdujo la tarjeta postal ilustrada utilizando fotografías reproducidas mediante la fototipia, fomentándose así su coleccionismo. Como el texto de la tarjeta quedaba a la vista, se pedía a los carteros que detuviesen la transmisión, incluso recurriendo a los jueces, de cualquier tarjeta postal que contuviese indicaciones contrarias al orden público o a la moral y buenas costumbres.
En la I Guerra Mundial, los soldados destinados a los diversos frentes solían recurrir a las tarjetas postales para comunicarse con sus familias. Era un medio más económico que una carta convencional y requería menos tiempo de escritura. Además, permitían la conexión entre el frente y la retaguardia, contribuyendo a mantener el ánimo de las tropas. También se utilizaban como un instrumento de propaganda, jugando con el patriotismo y la identidad nacional. La censura postal era practicada de modo frecuente por los gobiernos para evitar las críticas.

El filósofo alemán Robert Spaemann (1927-2018) publicó, ya jubilado como profesor de Filosofía, un interesante comentario a los Salmos, titulado “Meditaciones de un cristiano”. “El Salterio – escribe en la introducción a esta obra- es el libro clásico de oración de la sinagoga y de la iglesia. Constituye la mayor parte del Libro de las Horas de los monjes cristianos de Oriente y Occidente, así como del Breviario cotidiano de los sacerdotes. Los salmos pertenecen – con independencia de la fe del lector o del cantor – al patrimonio cultural fundamental de Europa”.
Se repite con frecuencia en nuestra época que vivimos una “crisis antropológica”. No resulta sencilla, ni al alcance de todos, y mucho menos sin estar asediada por el error, la respuesta al interrogante: “¿en qué consiste ser humano?” o, dicho de otro modo, “¿qué es la naturaleza humana?”, ¿qué es lo propio y característico del hombre?
En la llanura de Asís, ciudad de la región italiana de Umbría, se levanta la imponente basílica de Santa María de los Ángeles, coronada por una hermosa cúpula y una estatua dorada de la Virgen. Este templo alberga una pequeña iglesia, la Porciúncula, un lugar muy especial para san Francisco de Asís, donde quiso pasar los últimos días de su vida hasta que le sobrevino la muerte, el 3 de octubre de 1226. Había nacido en 1181 o 1182 y, solamente dos años después de su fallecimiento, fue canonizado en 1228. En 2026 se celebra, pues, el octavo centenario de su “tránsito”.
La palabra “epifanía” significa “manifestación”. En la tradición litúrgica cristiana, y así se refleja también en el arte, se vinculan tres momentos de la “manifestación” de Cristo como Hijo de Dios y Salvador del mundo: la adoración de los magos – la manifestación a los paganos -, el Bautismo de Jesús en el Jordán – la manifestación al pueblo judío -, y las bodas de Caná –la manifestación a los discípulos-. Una antífona de la solemnidad del 6 de enero lo expresa con concisión y belleza: “Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: hoy, la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy, Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos. Aleluya”.












