Humanos
Es difícil resumir en pocas palabras el mensaje transmitido por el papa León XIV durante su viaje apostólico a España. En diferentes ocasiones, se estableció un auténtico diálogo entre las personas que daban su testimonio y formulaban preguntas y el papa, que escuchaba con interés y atención antes de contestar. El sábado 6 de junio, en la vigilia de oración con los jóvenes en la Plaza de Lima, en Madrid, se le preguntó al papa: “¿Cuál es la misión concreta que usted nos pide a los jóvenes de la Iglesia?”. La respuesta del pontífice sintetiza, a mi juicio, el núcleo esencial de su mensaje: “quiero confiar a todos vosotros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables”. Y añadía: “Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo”, para concluir con una invitación a cambiar la historia con la fuerza del amor.
En el diálogo mantenido en la vigilia de oración celebrada en el Estadio Olímpico de Barcelona el martes 9 de junio, un joven expresaba los fines que parece proponer la cultura dominante: “crecemos escuchando que el único objetivo en la vida es producir, tener éxito y cuidar nuestra imagen. Yo mismo lo intenté, pero solo encontré un vacío inmenso. Buscando respuestas, mi vida dio un giro y esta última Pascua recibí el Bautismo”. León XIV, siguiendo la estela de san Agustín, animó a no conformarse, a ir más allá, cultivando la inquietud del corazón: “estamos hechos a medida del infinito y por eso, todo horizonte finito, todo paso, toda conquista, mientras nos satisface al mismo tiempo nos impulsa hacia adelante y nos invita a seguir buscando, a buscar avanzando, pero, sobre todo, a buscar «descendiendo interiormente», es decir, yendo a lo profundo”. Este repliegue en la hondura del propio ser no tiene como meta el encierro en uno mismo, sino que debe ser un punto de partida para desarrollar un pensamiento crítico en relación con un modelo de sociedad que idolatra el beneficio, el rendimiento, el afán de tener que producir siempre y ser vencedores, así como el culto a la propia imagen.
En esa misma vigilia una joven puso el acento en los aspectos de la vida que permanecen callados, “como la depresión, una enfermedad silenciosa que afecta a muchas personas, jóvenes y adultos, y que conlleva una oscuridad, aislamiento y un dolor inmensurable. A veces, este dolor es tan abrumador que la idea de desaparecer parece la única salida. Yo misma luché por salir de esta enfermedad, en silencio durante años, y una noche de viernes perdí la batalla e intenté quitarme la vida”. En su respuesta, el papa destacó “cómo la salud mental se ve cada vez más amenazada en el contexto de sociedades que se consideran avanzadas”. Lo cual es visto como “una señal de que hay algo profundamente erróneo en una cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones, expectativas y tensiones que comprometen equilibrios fundamentales. Por eso se necesita un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado, que afecta también a los jóvenes”.
Pero no todo se agota en el ámbito sanitario – siendo este imprescindible-, sino que el problema del dolor y del sufrimiento cuestiona la misma fe y el sentido de la vida. El papa invita a contemplar a Jesús en su pasión y a escuchar al que sufre: “En esas horas oscuras, muriendo en la cruz, Jesús comparte nuestro dolor y nos revela el rostro de un Dios compasivo, que carga con nuestras penas, que sufre con nosotros, llora nuestras lágrimas y permanece a nuestro lado con su presencia llena de amor y misericordia”. En definitiva, “Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante”.
El camino de la fe, el seguimiento de Cristo, es un itinerario cargado de humanidad, de belleza, de alegría, de consuelo. León XIV nos ha propuesto “alzar la mirada” para descubrirlo.
Guillermo Juan-Morado.
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