El riesgo de las joyas
En estos días se subasta en Nueva York un collar de aguamarinas siberianas realizado en 1911 por el taller de Carl Fabergé, proveedor habitual de la casa imperial rusa. Las gemas pertenecieron a la esposa del zar Nicolás II, Alejandra Fiódorovna, quien desempeñó un singular papel en el declive de la dinastía reinante. El poeta decimonónico Fiódor Tiúchev decía que no se puede entender Rusia tan solo con la razón. En realidad, “tan solo con la razón” no se puede entender casi nada y menos los acontecimientos políticos, en los que se mezclan todo tipo de elementos, muchos de ellos confinantes con el surrealismo. Magistralmente describe esa etapa final de la Rusia de los zares Antony Beevor en su interesante ensayo “Rasputín y la caída de los Romanov” (Barcelona 2026).
El aderezo de aguamarinas del que hablamos se había creado para ser utilizado como obsequio diplomático durante la visita oficial a San Petersburgo de los últimos herederos del imperio alemán, Guillermo de Hohenzollern y su esposa, Cecilia de Mecklemburgo-Schwerin. Finalmente, la pieza no fue elegida y regresó al gabinete imperial ruso. Las alhajas tienen su propia biografía y, si sobreviven a los avatares de la historia, van pasando de unos a otros, entrecruzándose con las vivencias de sus dueños y portadores. Sucede con ellas algo parecido a lo que narra el ceramista Edmund de Waal en su admirable novela “La liebre con ojos de ámbar” a propósito de la herencia de una colección de “netsukes”, diminutas esculturas japonesas, pertenecientes a una familia que va atravesando los vaivenes azarosos de los siglos XIX y XX.
Napoleón Bonaparte comprendió perfectamente la relevancia política de las joyas, su valor de propaganda, de afirmación del poder. Para su coronación en París, el 2 de diciembre de 1804, pidió a los invitados que luciesen resplandecientes adornos como reflejo de la grandeza de su imperio. Una de las asistentes a ese evento fue Désirée Clary, que había estado comprometida con Napoleón, quien frustró esa alianza, optando por Josefina de Beauharnais. En 1798, Désirée se casó con el general Bernardotte, que en 1818 ascendió al trono de Suecia con el nombre de Carlos XIV Juan, convirtiéndola a ella en reina consorte.
A la coronación de Napoleón, Désirée acudió engalanada con un magnífico conjunto de rubíes y diamantes, que, tras haberlo lucido durante años la reina Ingrid, pertenece actualmente a la reina María de Dinamarca. En un documental titulado “The Royal Jewels” se reconstruye la historia de ese aderezo con intervenciones de la anterior reina danesa, Margarita, y de la reina consorte de Suecia, Silvia, quienes explican el origen y el destino de diferentes joyas de ambas casas reales, vinculadas entre sí por estrechos lazos de parentesco.
Las joyas, eventualmente, han ocasionado problemas, estando – a veces con razón y otras sin ella – en el centro de diversas polémicas. Quizá el caso más famoso ha sido toda la peripecia relacionada con “el collar de la reina”, que afectó, sin que ella tuviese culpa alguna en el monumental enredo, a la reina María Antonieta de Francia, contribuyendo a la caída de la monarquía en los años que precedieron a la Revolución francesa. Dos orfebres parisinos elaboraron un fastuoso collar de diamantes con la intención de que lo comprase el rey Luis XV de Francia, quien acostumbraba a agasajar espléndidamente a su favorita, Madame du Barry. Para desgracia de los orfebres, Luis XV murió antes de que pudiesen vendérselo y Madame du Barry había sido expulsada de Francia por Luis XVI, a instancias de su esposa, María Antonieta. Los joyeros intentaron que María Antonieta comprase el collar, pero ella rehusó hacerlo.
El cardenal de Rohan, un personaje de alto linaje y de escasa moral, pretendía alcanzar el favor de María Antonieta, ya que esta no le tenía simpatía. Una embaucadora, Jeanne de la Motte, convenció a de Rohan de ser íntima amiga de la reina y le hizo creer, valiéndose de una carta falsificada, que María Antonieta deseaba el collar, sugiriendo que el cardenal lo adquiriese para ella. La alhaja jamás llegó a Versalles ni el dinero a los orfebres. El cardenal había sido estafado por Jeanne de la Motte. El escándalo fue enorme, y la polvareda arrastró por los suelos el ya menguado prestigio de la reina.
Las joyas, concebidas para engalanar, pueden ser también materia de estafa y descrédito.
Guillermo Juan-Morado.
Los comentarios están cerrados para esta publicación.













