Santos y difuntos
El 1 de noviembre se celebra la Solemnidad de Todos los Santos y el 2 la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Ambos días apuntan a las “postrimerías”, a las realidades finales y últimas; a los “novísimos” del ser humano: muerte, juicio, infierno y paraíso.
Seguramente todos nosotros hemos estado en alguna ocasión en un cementerio, de momento de visita. Recuerdo una tarde en la que casi me pierdo en el extenso y variado “Campo Verano”, de Roma. Está situado en el barrio del Tiburtino, al lado de la basílica de san Lorenzo Extramuros. Es otra Roma, la Roma de los muertos, con tumbas, algunas de gentes ilustres diseñadas por arquitectos no menos notables. O en el cementerio “Père Lachaise”, de París, situado en el número 16 de la “Rue du Repos”, donde yacen los restos mortales, por ejemplo, de Oscar Wilde y de Jim Morrison. A esta última sepultura, la de Morrison, acuden sus seguidores con análogo fervor con el que los peregrinos se dirigen a Compostela.
No hace falta ir tan lejos. En las parroquias y ayuntamientos de Galicia hay muchos cementerios, en los que se reúnen en ocasiones especiales los vecinos vivos que comparten vínculos con aquellos vecinos ya no vivos, cuyos nombres identifican sus sarcófagos. No soy muy entusiasta de estas visitas - aunque sé que se puede lucrar la indulgencia plenaria entre el 1 y el 8 de noviembre si se reza en el camposanto por los difuntos -. Todo se pega y el virus de la muerte es más contagioso que cualquier otro. Uno siente el deseo de mantenerlo lejos. No se equivoca el Concilio Vaticano II cuando dice que el hombre “juzga certeramente por instinto de su corazón cuando aborrece y rechaza la ruina total y la desaparición definitiva de su persona. La semilla de inmortalidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se rebela contra la muerte”. Pero, guste más o menos, la muerte es, a la vez, lo más cierto y lo más incierto. Nos vamos a morir, pero desconocemos, por lo general, cómo, cuándo y dónde.













