Cortázar y Santo Tomás

 Cortázar

 Aquino

El conocimiento es “hacerse lo otro en tanto que otro”. Para que esta definición pueda incluir al conocimiento divino, en el cual no hay cambio, sino Eternidad, podemos decir que el conocimiento es ser lo otro en tanto que otro.

Esto es así al menos para el conocimiento que Dios tiene de las creaturas. El autoconocimiento divino plantea el problema de que Dios no es “otro” para sí mismo en modo alguno. En Dios ser y conocerse son lo mismo, si bien hay una distinción de razón entre ambas cosas, según nuestro modo de conocer. O sea que en el autoconocimiento divino, la identidad entre el cognoscente y el conocido implicada en la expresión “hacerse o ser lo otro en tanto que otro” llega al punto de que no hay “otro” como tal. 

¿Qué quiere decir todo esto?

El misterio del conocimiento consiste en que mediante un acto interno nuestro conocemos lo externo, lo que está fuera de nosotros. ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo una perfección de lo que no somos nosotros puede ser de algún modo una perfección nuestra, sin dejar de ser una perfección de la otra cosa y sin que nosotros dejemos de ser distintos de esa otra cosa, o sea, sin diluirse en nuestro ser y sin que nosotros nos diluyamos en ella?

Como dice Julio Cortázar en su novela “El perseguidor”:

“¿Tú has cortado un pedazo de pan con un cuchillo?  −Me suele ocurrir −he dicho, divertido.  −Y te has quedado tan tranquilo. Yo no puedo, Bruno. Una noche tiré todo tan lejos que el cuchillo casi le saca un ojo al japonés de la mesa de al lado. Era en Los Ángeles, se armó un lío tan descomunal… Cuando les expliqué, me llevaron preso. Y eso que me parecía tan sencillo explicarles todo. (…) −Tienes el pan ahí, sobre el mantel −dice Johnny mirando el aire−. Es una cosa sólida, no se puede negar, con un color bellísimo, un perfume. Algo que no soy yo, algo distinto, fuera de mí. Pero si lo toco, si estiro los dedos y lo agarro, entonces hay algo que cambia, ¿no te parece? El pan está fuera de mí, pero lo toco con los dedos, lo siento, siento que eso es el mundo, pero si yo puedo tocarlo y sentirlo, entonces no se puede decir realmente que sea otra cosa, o ¿tú crees que se puede decir?  −Querido, hace miles de años que un montón de barbudos se vienen rompiendo la cabeza para resolver el problema.

Lo que plantea aquí Johnny se explica en el tomismo de esta manera: Los cuerpos son compuestos de materia y forma. La materia es el elemento potencial, la forma es el elemento determinante. La misma materia no puede estar a la vez determinada por dos formas distintas. Por tanto, en un ser material recibir una forma es perder la que se tenía. Al mismo tiempo, la forma que se recibe pasa a ser parte del propio ser y deja de ser propia de un ente distinto. El conocimiento, en cambio, consiste en poseer las formas de las cosas conocidas, mediante las cuales se conoce también su materia, a la cual van naturalmente unidas, sin perder la propia forma y sin que las formas de lo conocido dejen de ser propias de lo conocido. Eso sólo puede hacerse por tanto inmaterialmente: la forma de lo conocido no es poseída en la materia del cognoscente, sino en su forma.  

La fórmula general del conocimiento, aplicable tanto al autoconocimiento divino como al conocimiento que Dios tiene de las creaturas, como al conocimiento creado, y analógica, por supuesto, podría ser entonces “posesión inmaterial de una esencia“. Según Santo Tomás, los grados del conocimiento son los grados de la inmaterialidad, es decir, por el solo hecho de ser inmaterial, algo es cognoscitivo. 

Lo que esto tiene en común con el “fieri aliud in quantum aliud“, hacerse lo otro en tanto que otro, es la objetividad del conocimiento, o sea, el realismo. Porque es claro que la posesión inmaterial de una esencia es la posesión de esa esencia misma y no de otra cosa parecida.

¿Cómo es que las formas pueden contener en sí otras formas sin perder su ser propio y sin que las otras formas pierdan el suyo? Es que en principio, y con todas las salvedades que vamos a hacer, ésa es una propiedad de la forma como tal: contener en sí otras formas. Veamos:

La forma es acto, la materia es potencia. Los entes compuestos de acto y potencia no tienen en sí mismos su razón suficiente, porque la potencia no puede actualizarse a sí misma: el acto es más que la potencia. Por tanto, estos entes compuestos de potencia y acto son causados, su potencialidad es actualizada por un ente ya en acto, que es su causa. No es posible que todas las causas estén compuestas de potencia y acto, porque entonces no habría razón suficiente de ningún ente: siempre haría falta una causa superior para completar la razón suficiente de un ente cualquiera. Por tanto, existe un Acto Puro, sin composición con potencia alguna, y por tanto, Incausado.

Ahora bien, el ser es un acto, el principal de todos, porque ninguna otra perfección subsiste si se le quita el ser. Además, distinto del ser sólo sería el no ser, que no es. Por tanto, el ser es el acto fundamental, que engloba a todos los demás y los contiene en sí mismo.

Por tanto, el Acto Puro es ante todo Acto Puro de Ser, Ser subsistente, y por tanto, encierra en sí mismo todas las riquezas de todos los otros entes actuales o posibles. Y las contiene inmaterialmente, porque la materia es potencia, y en el Acto Puro no hay potencia alguna. Por tanto, por ese solo hecho, el Acto Puro de Ser conoce absolutamente todo, a Sí mismo y a todos los otros entes, porque contiene todo ello inmaterialmente.

Todo acto es una participación en el Acto Puro de Ser, y por tanto, en principio debería ser capaz de conocer, y eso se aplica a toda forma. Toda forma finita es una débil imitación de la Forma Infinita que es el Acto Puro de Ser y por tanto, de algún modo participa también de su capacidad cognoscitiva, salvo que las condiciones específicas que le impone su naturaleza unida a la materia hagan imposible el conocimiento, como veremos.

En el Acto Puro de Ser tenemos identidad real entre la Esencia y el Ser, y por tanto, también entre las facultades de Inteligencia y Voluntad, la Esencia y el Ser, y también entre los actos de esas facultades, esas facultades mismas, la Esencia y el Ser. Todo eso quiere decir que tales facultades y tales actos y la misma Esencia y el mismo Ser están en Dios sólo analógicamente respecto del modo como están en lo creado.

La esencia finita limita el acto de ser a un tipo específico de ser y por eso mismo ya no puede ser ella principio del conocimiento intelectual de la creatura racional, porque la inteligencia, facultad del ser, está necesariamente abierta a todas las cosas. Por eso, en la creatura racional la inteligencia es una facultad realmente distinta de la esencia, una forma accidental que inhiere en ella como el accidente en la sustancia, y que debe poseer en sí las formas de las cosas conocidas mediante algún tipo de representación intelectual.

En los ángeles existe la potencialidad de la esencia respecto del ser, y de la sustancia respecto de los accidentes, pero no la de la materia respecto de la forma. El intelecto angélico es potencia para las ideas con las cuales conoce las cosas, pero esa potencia está actualizada por Dios con las correspondientes ideas angélicas desde la misma creación del ángel, ya que al no tener cuerpo, el ángel no puede abstraer esas ideas de la experiencia sensible. Por eso mismo esas ideas angélicas no contienen sólo lo común a muchos individuos, sino también lo propio de cada uno de ellos, ya que todo ello figura en el Ejemplar de todo conocimiento creado, del cual éste es una participación: las Ideas divinas creadoras.

En el ente corpóreo, como dijimos al comienzo, aparece algo distinto de la forma, que no tiene la capacidad de la forma para albergar en sí las formas de otras cosas: la materia. Algunas formas materiales están tan inmersas en la materia, que su ser se agota enteramente en actualizar esa materia y darle una naturaleza específica, sin que sea posible siquiera que se inicie en esas formas operación alguna de esos entes, que solamente reaccionan química o físicamente a lo que pasa en su medio ambiente. Son los entes inanimados.

Un poco más de independencia respecto de la materia tiene la forma en los vivientes, que se caracterizan por el “automovimiento”, o sea, por ser principios espontáneos de sus propias operaciones vitales. Pero algunos vivientes tienen sus formas tan inmersas en la materia, que su actividad espontánea, vital, se refiere solamente a ellos mismos, a su nutrición, crecimiento y reproducción: son los vegetales.

Un poco más de independencia respecto de la materia aparece en aquellos vivientes corpóreos que tienen cierta capacidad de poseer en sus propias formas accidentales las formas de otros entes, o sea, de conocer. Pero en algunos de ellos, que son los animales irracionales, esa actividad cognoscitiva se realiza mediante órganos con los cuales se recibe el conocimiento de la experiencia de las cosas. Por tanto, el conocimiento en esos casos es puramente sensible, ligado a lo individual y concreto que es lo que entra en contacto con el órgano cognoscitivo, y por tanto, también, reducido a los accidentes sensibles que entran en contacto con esos órganos, incapaz por tanto de conocer la esencia de las cosas y lo universal.

Finalmente, en el ser humano la independencia de la forma, que en este caso es el alma espiritual, respecto de la materia es tanta, que puede albergar en su facultad intelectiva las formas de las cosas conocidas de modo totalmente inmaterial, sin intervención de órgano alguno, y así es capaz de conocer la esencia de las cosas y lo universal. Esas formas, sin embargo, las recibe de la experiencia mediante los sentidos, y debe por tanto abstraerlas de las imágenes de la fantasía, de lo cual resulta que el cerebro no es órgano del pensamiento, pero sí condición del mismo en esta vida, y también, que los conceptos de la inteligencia humana contienen sólo lo común a todos los miembros de una especie, y no lo particular e individual, que el hombre conoce mediante los sentidos y de lo cual debe abstraer el intelecto para alcanzar el conocimiento de lo universal. En efecto, el intelecto humano actualiza el universal que está en potencia en lo particular sensible, pero entonces su objeto de conocimiento es solamente eso que ha actualizado a partir de lo sensible, y no lo individual y concreto. A lo cual sin embargo hay que admitir que nuestro intelecto alcanza en cierto modo indirecto, por cuanto se vuelve sobre el dato sensible del que ha abstraído el concepto, y así se explica que luego pueda atribuir los predicados universales, como “hombre”, por ejemplo, a individuos, como por ejemplo Sócrates.

Ese “hacerse o ser lo otro en tanto que otro” es la esencia misma del realismo gnoseológico, es decir, es la inmaterialidad del conocimiento la que hace posible que se conozca las cosas como son en sí mismas, y sin que se vuelvan algo “nuestro” como si fuesen recibidas en nuestra materia. Ahí se ve lo ilusorios que son los intentos de conciliar al realismo y al idealismo, diciendo por ejemplo cosas como “conocemos lo que las cosas son en sí mismas pero con la impronta propia de nuestra subjetividad”. En efecto, lo que es una suma de lo que depende de nosotros y de lo que no depende de nosotros, depende de nosotros.

El tomismo admite que algo “nuestro” se encuentra en lo que conocemos intelectualmente, pero no a nivel del contenido de lo conocido, sino del modo de conocerlo, porque en efecto, el estado de abstracción y de universalidad que las esencias de las cosas tienen en nuestra mente no lo tienen en la realidad. Pero que en la realidad no exista el gato en general no quiere decir que podamos decir que conocemos al gato si pensamos que naturalmente le corresponde tener tres patas.

No sé qué es lo que pensaba realmente Cortázar, pero el rebelde Johnny, saxofonista genial totalmente inadaptado a nuestra vida en sociedad, está yendo en este gracioso planteo suyo más allá de lo que han ido los grandes pensadores de la modernidad, que han acatado dócilmente el dogma de que sólo conocemos nuestras propias representaciones, que si fuera cierto, dejaría absolutamente sin fundamento alguno el asombro de Johnny.

8 comentarios

  
Luis López
Leí cuando joven "Rayuela" de Cortázar y salvo algunas secuencias que me fascinaron, me pareció algo aburrida. Por cierto, que en el capítulo 3º se cita a Santo Tomás de Aquino (y precisamente por la relación entre el que conoce y lo conocido), pero la pobre Maga lo confunde con el apóstol descreido.

En fin, ese es el problema de nuestro tiempo: para muchos leer a Santo Tomás es como leer el memorable capítulo 68, en gíglico.

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Se ve que ese tema le interesaba a Cortázar, cuyas obras tampoco son recomendables en todas sus partes, pero al menos tiene el mérito de presentar el problema.

Saludos cordiales.
19/02/26 11:26 AM
  
Néstor
Además, Santo Tomás no tenía barba :)

En la novela de Cortázar, Johnny cree que el tiempo y todo lo que se da en el tiempo es una ilusión, de la cual trata de escapar mediante su música. Su amigo Bruno representa la racionalidad, que es incapaz de comprenderlo. El trasfondo filosófico parece ser más bien el de la reacción del siglo XX contra el idealismo (Hegel), que sin embargo no logra recuperar la metafísica tomista y por tanto termina apostando por la irracionalidad. De hecho, la obra de Cortázar destaca precisamente por los escenarios fantásticos, irracionales y absurdos que logra presentar vívidamente.

Saludos cordiales.
19/02/26 12:24 PM
  
Federico Ma.
Muy buen post, Néstor. Muchas gracias. Gran misterio natural el del conocimiento.

Esa fórmula valdría para el conocimiento de lo otro, no para el de sí mismo, ¿no es así? En ese caso, ¿cuál caracterización del conocimiento, que abarque a todo tipo de conocimiento, te parece conveniente?

En cuanto al conocimiento de sí mismo del ángel, por ejemplo, es muy interesante el planteo de santo Tomás, cuando dice que se da sin especie. Creo que Cayetano dice que también el conocimiento que los ángeles tienen de Dios es sin especie. Cuestiones que me parece que dan para otro post, por lo menos...

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La fórmula general del conocimiento podría ser "posesión inmaterial de una esencia". Según Santo Tomás, los grados del conocimiento son los grados de la inmaterialidad, es decir, por el solo hecho de ser inmaterial, algo es cognoscitivo, y la explicación última es lo que dice el "post": la inclusión de toda perfección del ser en el Ser mismo subsistente.

Lo que esto tiene en común con el "fieri aliud in quantum aliud", hacerse lo otro en tanto que otro, es la objetividad del conocimiento, o sea, el realismo. Porque es claro que la posesión inmaterial de una esencia es la posesión de esa esencia misma y no de otra cosa parecida.

El conocimiento que el hombre tiene de sí mismo siempre es un acto realmente distinto del sujeto que se conoce mediante él, y en ese sentido vale el "hacerse el otro en tanto que otro": el sujeto conocido es "otro" respecto del acto por el que se conoce, y por eso ése también es un conocimiento objetivo, de hecho, puedo fantasear y equivocarme acerca de mí mismo.

En el conocimiento de sí mismo, hablando de lo creado, hay que distinguir entre el conocimiento de la propia existencia y el conocimiento de la propia esencia o naturaleza, y también entre el conocimiento angélico y el humano.

El ángel, en efecto, conoce tanto su existencia como su esencia por su misma esencia, sin necesidad de representaciones añadidas, pero sí, entiendo, con la mediación de su facultad intelectual, que es distinta de su esencia como accidente suyo, o sea, no inmediatamente por la esencia como tal.

En efecto, por la "contracción" del ser que implica la esencia finita del ángel, ésta ya no sirve para representar a las otras esencias distintas de ella misma, y para eso el ángel necesita especies, o sea, ideas infundidas por Dios al crearlo. Pero es claro que a sí misma la esencia angélica sí se puede representar.

En el caso del ser humano, Santo Tomás enseña que conoce sin necesidad de representaciones o "especies" su propia existencia, no su esencia o naturaleza, que debe averiguarla por conceptos y razonamiento. Es decir, la forma sustancial del hombre, el alma humana, está unida a la materia, y entonces, ya no es de suyo inteligible como es la esencia angélica, sino que su conocimiento debe pasar por la abstracción de lo inteligible que prescinde de lo sensible.

En cuanto al conocimiento de Dios sin especie por parte de las creaturas, creo que sólo puede darse en la visión beatífica, capaz que es de eso que habla Cayetano. A nivel natural toda creatura necesita especies creadas para conocer a Dios, por eso mismo, analógicamente.

Saludos cordiales.

19/02/26 1:25 PM
  
Feri del Carpio Marek
Está interesante, recién voy por la mitad, paciencia.

Cuando dices "la materia es potencia", o sea que está sin forma (que es acto), te refieres. Aún concepto de materia sin forma que no existe en la realidad, no?

Busqué en el diccionario la definición de forma, y me aparecieron tres, no se si me puedes aclarar la diferencia:

f. Fil. Principio activo que determina la materia para que esta sea algo concreto.
f. Fil. En la filosofía escolástica, principio activo que con la materia prima constituye la esencia de los cuerpos.
f. Fil. Principio activo que da a algo su entidad, ya sustancial, ya accidental.

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Me parece que básicamente las tres definiciones dicen lo mismo. En todo caso, las tres son verdaderas.

Deliberadamente dije que la materia es potencia en vez de decir que la materia está en potencia. Porque no es lo mismo. Estar en potencia es ser potencia y además no estar actualizada. Por ejemplo, yo estoy en potencia para aprender alemán.

Pero la potencia puede estar actualizada, en ese caso es potencia pero no está en potencia, sino en acto. Por ejemplo, me defiendo con el inglés, lo cual no quiere decir haya perdido la capacidad de defenderme con él.

Saludos cordiales.
19/02/26 2:24 PM
  
Federico Ma.
Gracias, Néstor.

Reconozco que no planteé la cuestión con mucha precisión.

Así lo presentan los Salmanticenses: "Utrum Angelus per suam essentiam, tanquam per speciem intelligibilem, cognoscat Deum? an vero per speciem superadditam repraesentantem Ipsum quidditative, vel [licet] abstractive?". Se definen, con santo Tomás, por lo primero. Y luego plantean: "Utrum essentia Angeli concurrat ad intellectionem naturalem Dei, non solum ut species intelligibilis, et ratio cognoscendi incognita; verum etiam ut objectum, et ratio cognoscendi cognita?". Y, hasta donde rápidamente vi, dicen que sí.

Ahora sí creo que se confirma: me parece que da para, por lo menos, todo un post. Está en De Angelis, q. 56, disp. VI, dub. 4 y 5, pp. 402-412.

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Habría que leerlo detenidamente. En todo caso, afirman que la esencia angélica sirve de especie inteligible al ángel para conocer a Dios. Y luego dicen o parecen decir que no sólo como especie inteligible la esencia angélica cumple este rol, sino también como objeto conocido.

Especulando, lo primero podría entenderse en el sentido de que si hace falta una especie creada para que el ángel naturalmente hablando conozca a Dios, eso no cambia sustancialmente por el hecho de que esa especie sea la misma esencia angélica.

Lo segundo, en el sentido de que el ángel podría usar algo parecido al principio de causalidad para concluir la existencia de Dios a partir del conocimiento de su propia esencia.

Saludos cordiales.
19/02/26 8:04 PM
  
Feri del Carpio Marek
Pero la materia, sin la forma que la actualice, no existe en la realidad, no? O sí?

En cuanto a la forma, me parece que una de las definiciones se refiere a la que actualiza cuerpos materiales, pero la tercera, que no hace referencia a la materia, parece que abarca también sustancias espirituales. En todos los casos dice que es un principio activo, ¿qué significa eso?

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En efecto, la materia no existe en la realidad si no está actualizada por alguna forma, pero eso no impide que esté en potencia para otras formas, las cuales, al actualizarse, sustituirán a la anterior. Como la materia del ratón está actualizada por la forma del ratón, pero en potencia para devenir materia del gato si el ratón es atrapado y devorado por el felino.

Cierto, la tercera definición se puede aplicar también a las sustancias espirituales. "Principio activo" tal vez sea una traducción no del todo exacta de "principio actual". En todo caso, es cierto que la forma determina la materia, y que es principio remoto de las operaciones o actividades del ente, en el caso de los seres puramente espirituales se daría solamente esto último.

Saludos cordiales.
19/02/26 8:59 PM
  
Joe
No termino de entender cómo la pluralidad de formas realmente existentes, pero númericamente distintas, sea compatible con el Dios simplísimo del tomismo.

Me explico. La identidad numérica es siempre transitiva, de modo que si X=Y, y Z=Y, por tanto necesariamente Z=X.
Pero si Dios alberga en sí todas las formas, y todo lo que alberga en Dios es numéricamente idéntico con Dios, necesariamente todo lo que alberga en Dios es numéricamente idéntico entre sí, y habiendo aceptado eso caemos en absurdos. Si en Dios alberga, digamos, la forma del hombre y la forma del triángulo, entonces necesariamente la forma del triángulo es numéricamente idéntica con la forma del hombre, lo cual es absurdo pues, por ejemplo, la forma de hombre excluye de sí la nota de trilateralidad y la forma de triángulo excluye de sí la nota de la racionalidad, de modo que tendríamos una y la misma entidad que excluye y que no-excluye de sí la nota de la trilateralidad, al igual que excluye y que no-excluye de sí la nota de la racionalidad.

Por lo que: o Dios no es absolutamente simple o no hay formas numéricamente distintas en Dios. Lo primero no es negociable para el tomista. Pero lo segundo será negociable, solo si acepta formas numéricamente distintas, pero no su realidad; o acepta su realidad, pero no que sean numéricamente distintas.

Pero ambas opciones disponibles para la segunda vertiente me parecen también insostenibles para el tomista.
¿En qué sentido sería "realista" la visión tomista negando la existencia real de las formas? ¿Cómo una teoría realista sobre lo universal tendría poder y alcance explicativo, si no aceptara que las formas son muchas y numéricamente distintas entre sí?

No veo sostenible, entonces, un realismo de las formas o esencias con el teísmo clásico de Aquino.

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Le transcribo lo que dice Santo Tomás en Iª, q. 15, a. 2

“Objeción 1

En segundo lugar se procede así. Parece que no hay múltiples ideas. Pues la idea en Dios es su esencia. Pero la esencia de Dios es una sola. Luego también la idea es una sola.

Objeción 2

Además, así como la idea es principio de conocer y de obrar, también lo son el arte y la sabiduría. Pero en Dios no hay múltiples artes ni múltiples sabidurías. Luego tampoco hay múltiples ideas.

Objeción 3

Si se dijera que las ideas se multiplican según las relaciones a las diversas criaturas, en contra: la pluralidad de las ideas es eterna. Si, pues, las ideas son múltiples y las criaturas son temporales, entonces lo temporal sería causa de lo eterno.

Objeción 4

Además, estas relaciones o bien están según la realidad sólo en las criaturas, o también en Dios.

Si están sólo en las criaturas, como las criaturas no son eternas, la pluralidad de las ideas no sería eterna si se multiplicara únicamente según tales relaciones. Pero si están realmente en Dios, se seguiría que hay en Dios otra pluralidad real distinta de la pluralidad de las personas, lo cual es contrario a lo que dice Juan Damasceno: que en lo divino todo es uno, excepto la ingeneración, la generación y la procesión. Por consiguiente, no hay múltiples ideas.

Sed contra

Pero en contra está lo que dice Agustín de Hipona en el libro De las ochenta y tres cuestiones: Las ideas son ciertas formas o razones principales de las cosas, estables e inmutables; ellas mismas no están formadas, y por eso son eternas y se mantienen siempre del mismo modo, contenidas en la inteligencia divina. Aunque no nacen ni perecen, según ellas se dice que se forma todo lo que puede nacer y perecer, todo lo que nace y perece.

Respuesta

Respondo diciendo que es necesario admitir múltiples ideas. Para evidenciarlo, hay que considerar que en cualquier efecto aquello que es el fin último es lo que propiamente es intentado por el agente principal; así como el orden del ejército es intentado por el general. Ahora bien, lo mejor que existe en las cosas es el bien del orden del universo, como se ve por el Filósofo en el libro XII de la Metafísica. Por tanto, el orden del universo es propiamente intentado por Dios, y no sobreviene por accidente según la sucesión de agentes, como dijeron algunos que afirmaban que Dios creó solamente la primera criatura, la cual creó la segunda, y así sucesivamente hasta que se produjo la multitud de las cosas; según esta opinión, Dios no tendría sino la idea de la primera criatura. Pero si el mismo orden del universo es creado por sí por Dios y es intentado por Él, es necesario que tenga la idea del orden del universo.

Ahora bien, la razón de un todo no puede tenerse si no se poseen las razones propias de aquello de lo que el todo está constituido; así, el arquitecto no podría concebir la forma de la casa si no tuviera en sí la razón propia de cada una de sus partes. Por consiguiente, es necesario que en la mente divina estén las razones propias de todas las cosas. Por eso dice Agustín, en el libro De las ochenta y tres cuestiones, que cada cosa ha sido creada por Dios según su razón propia. De donde se sigue que en la mente divina hay múltiples ideas.

Y no es difícil ver cómo esto no se opone a la simplicidad divina, si se considera que la idea de lo hecho está en la mente del que obra como aquello que es entendido, y no como la especie por la cual se entiende, que es la forma que pone al entendimiento en acto. En efecto, la forma de la casa en la mente del arquitecto es algo entendido por él, a cuya semejanza forma la casa en la materia. No va contra la simplicidad del entendimiento divino que entienda muchas cosas; lo que sí iría contra su simplicidad sería que su entendimiento fuese informado por múltiples especies. Por lo tanto, múltiples ideas están en la mente divina como entendidas por Él.

Esto puede verse del siguiente modo: Dios conoce perfectamente su esencia; por tanto, la conoce según todo modo en que es cognoscible. Ahora bien, puede ser conocida no sólo según lo que es en sí misma, sino también en cuanto es participable por las criaturas según algún modo de semejanza. Cada criatura tiene su propia especie en cuanto participa de algún modo la semejanza de la esencia divina. Así, en cuanto Dios conoce su esencia como imitable por tal criatura, la conoce como la razón propia y la idea de esa criatura. Y lo mismo respecto de las demás. De este modo queda claro que Dios entiende múltiples razones propias de múltiples cosas, las cuales son múltiples ideas.

Respuesta a la objeción 1

A lo primero hay que decir que la idea no nombra la esencia divina en cuanto es esencia, sino en cuanto es semejanza o razón de esta o aquella cosa. Por eso, en la medida en que hay múltiples razones entendidas a partir de una única esencia, en esa medida se dice que hay múltiples ideas.

Respuesta a la objeción 2

A lo segundo hay que decir que la sabiduría y el arte se significan como aquello por lo cual Dios entiende, mientras que la idea se significa como aquello que Dios entiende. Dios, en efecto, entiende muchas cosas con una sola cosa; y no sólo según lo que son en sí mismas, sino también en cuanto entendidas, lo cual es entender múltiples razones de las cosas. Así, el artífice, cuando entiende la forma de la casa en la materia, se dice que entiende la casa; pero cuando entiende la forma de la casa en cuanto contemplada por él, en cuanto entiende que la entiende, entiende la idea o razón de la casa. Dios no sólo entiende muchas cosas por su esencia, sino que también entiende que entiende muchas cosas por su esencia. Pero esto es entender múltiples razones de las cosas; es decir, que hay múltiples ideas en su entendimiento como entendidas.

Respuesta a la objeción 3

A lo tercero hay que decir que tales relaciones, por las que se multiplican las ideas, no son causadas por las cosas, sino por el entendimiento divino, que compara su esencia con las cosas.

Respuesta a la objeción 4

A lo cuarto hay que decir que las relaciones que multiplican las ideas no están en las cosas creadas, sino en Dios. Sin embargo, no son relaciones reales como aquellas por las que se distinguen las personas, sino relaciones entendidas por Dios.”

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La clave de la respuesta de Santo Tomás está en la distinción entre “lo que se conoce” y “aquello por lo que se conoce”. Por ejemplo, bajo el concepto de “población del Uruguay” lo que se conoce es una multitud de personas, pero mediante una sola idea. La identidad real de todas las Ideas en Dios que Ud. menciona, es una identidad a nivel de aquello por lo que se conoce, no a nivel de aquello que se conoce. Porque aquello por lo que Dios conoce todo es la única Esencia divina absolutamente Simple, y mediante ella Dios conoce la infinidad de las cosas posibles, y todo lo actualmente existente. Cada Idea divina, dice Santo Tomás, es la misma Esencia divina en tanto que imitable de tal o cual modo particular.

En cuanto al realismo de los universales, hay que recordar que Santo Tomás enseña que las creaturas, mirando a la especie propia de cada una, son más verdaderas en sí mismas que en la Inteligencia divina. En lo creado las esencias de las cosas, que son participaciones de las Ideas divinas, son realmente distintas entre sí, y es a ellas ante todo que se refiere el realismo de los universales.

Saludos cordiales.
20/02/26 4:32 AM
  
Gilbert
Muy buen post. Muchas gracias

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Gracias y saludos cordiales.
18/03/26 12:00 PM

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