Cortázar y Santo Tomás
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El conocimiento es “hacerse lo otro en tanto que otro”. Para que esta definición pueda incluir al conocimiento divino, en el cual no hay cambio, sino Eternidad, podemos decir que el conocimiento es ser lo otro en tanto que otro.
Esto es así al menos para el conocimiento que Dios tiene de las creaturas. El autoconocimiento divino plantea el problema de que Dios no es “otro” para sí mismo en modo alguno. En Dios ser y conocerse son lo mismo, si bien hay una distinción de razón entre ambas cosas, según nuestro modo de conocer. O sea que en el autoconocimiento divino, la identidad entre el cognoscente y el conocido implicada en la expresión “hacerse o ser lo otro en tanto que otro” llega al punto de que no hay “otro” como tal.
¿Qué quiere decir todo esto?
El misterio del conocimiento consiste en que mediante un acto interno nuestro conocemos lo externo, lo que está fuera de nosotros. ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo una perfección de lo que no somos nosotros puede ser de algún modo una perfección nuestra, sin dejar de ser una perfección de la otra cosa y sin que nosotros dejemos de ser distintos de esa otra cosa, o sea, sin diluirse en nuestro ser y sin que nosotros nos diluyamos en ella?
Como dice Julio Cortázar en su novela “El perseguidor”:




