La liturgia hace crecer a la Iglesia y es su vida

El crecimiento de la Iglesia supone mirar bien cuál es su naturaleza y su misión. Si fuera algo humano, un proyecto religioso, una estructura de beneficencia, crecería si se diese un buen organigrama, con una planificación y métodos de inteligente propaganda, así como una imagen muy moderna, contemporánea y adaptada a las modas ideológicas del momento.

Pero es evidente que las cosas no son así, que la Iglesia no es esa moderna organización humana y que el marketing no logra nada. Tampoco el populismo alcanza nada bueno.

Más bien la Iglesia crece de dentro hacia fuera, y recibiendo de lo alto la Gracia y el Espíritu que desciende hacia abajo en todo el Cuerpo eclesial. Si dentro no hay vida sobrenatural de fe, esperanza y caridad; si dentro no hay oración y contemplación, la Iglesia poco va a crecer; si la vida litúrgica es pobre, si su calidad celebrativa es insignificante, poco crecerá la Iglesia. Si la Iglesia no recibe la Fuerza de lo alto, y se deja llenar de la Gracia por la liturgia y los sacramentos, poco impulso sobrenatural, evangelizador, misionero y santificador va a tener.

Es necesario profundizar en la naturaleza de la Iglesia y su misión, y la importancia que en ella tiene la liturgia, para comprender y fomentar el crecimiento armónico de la Iglesia.

La claridad con la que Ratzinger explica escribiendo puede ayudar a que, con suavidad, consideremos cómo la liturgia es lo que permite, desde dentro, el crecimiento de la Iglesia en el mundo:

“La Iglesia es la presencia de Cristo: nuestra contemporaneidad con Él y su contemporaneidad con nosotros. De esto vive ella: del hecho de que Cristo está presente en los corazones; a partir de aquí, Él forma a su Iglesia.

Por esta razón, la primera palabra de la Iglesia es Cristo, y no ella misma; la Iglesia se conserva sana en la misma medida en que centra en Él su atención. El Vaticano II ha puesto esta concepción en el centro de sus consideraciones, y lo ha hecho de un modo tan grandioso, que el texto fundamental sobre la Iglesia comienza justamente con las palabras: Lumen gentium cum sit Christus: Cristo es la luz del mundo; por eso existe un espejo de su gloria, la Iglesia, que refleja su esplendor. Si uno quiere comprender rectamente el Vaticano II, debe comenzar siempre por esta frase inicial…

En segundo lugar, a partir de este punto, debe establecerse el aspecto de la interioridad y el de la comunión en el ámbito de la Iglesia. La Iglesia crece desde dentro hacia fuera, y no al contrario. Ella significa, ante todo, la más íntima comunión con Cristo; se forma en la vida de oración, en la vida sacramental, en las actitudes fundamentales que brotan de la fe, de la esperanza y del amor. Así, si alguien pregunta: ¿qué debo hacer para hacerme Iglesia y crecer como Iglesia?, la respuesta solo puede ser una: lo primero que debes hacer es tratar de ser alguien que vive la fe, la esperanza y la caridad. Lo que construye a la Iglesia es la oración y la comunión en los sacramentos, en los cuales nos sale al encuentro la oración misma de la Iglesia…

La Iglesia crece desde dentro…”[1]

El método, el procedimiento, es de dentro afuera, y de arriba abajo. Viviendo las solemnidades litúrgicas y sus ritos, recibiendo ahí la gracia, imbuidos de su espíritu, entonces crece la Iglesia, aumenta el fervor, nace el impulso apostólico y misionero. No son proyectos humanos ni programas elaborados de propaganda.

Es la vida litúrgica la que permite crecer a la Iglesia e ir adquiriendo la forma de Cristo.

Es la vida litúrgica la que centra a la Iglesia mirando a Cristo Luz en vez de mirarse a sí misma y hablar de Cristo en lugar de hablar siempre de sí y de sus reformas y actualizaciones y de distintos órganos de coordinación y consejos.

Es la vida litúrgica la que fecunda la vida de la Iglesia, y sin liturgia, o con una pobre vida litúrgica, o mal realizada, o celebrada de cualquier manera, con dejadez y prisas, o secularizándola… con eso los hijos de la Iglesia no pueden avanzar en vida cristiana y la Iglesia quedará empequeñecida, reducida, insignificante



[1] RATZINGER, J., “La eclesiología del Vaticano II”, en OC VIII/1, pp. 222-223.

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